Hace poco más de un par de años, cuando inicié la primera versión de este blog en Lomejordelvinoderioja.com, me dí a una práctica que ahora me da un poquito de vergüenza por lo anacronística que parece. Al final de muchos artículos recomendaba “Otro disco”, o sea, un álbum completo de un artista en CD.
Es que en aquel entonces yo aún compraba muchos discos así.
Eran, digamos, otros tiempos…
La cuestión es que hace unos días me leí un libro interesantísimo: Appetite for Self-Destruction: The Spectacular Crash of the Record Industry in the Digital Age, de Steve Knopper.
Knopper, quien colabora con un montón de revistas norteamericanas, incluyendo Rolling Stone y Wired, cuenta los fascinantes altibajos de la industria disquera en los últimos treinta años. Comienza su narración a finales de los setentas, cuando, repentinamente, pasó el furor por la música disco y la industria se vió desorientada, con inmensas inversiones en artistas de ese género. Luego pasa Knopper pasa buen rato en el advenimiento del CD, salvador temporero de las grandes compañías discográficas. Bonanza, etc. Hasta que la internet cambió todo y de repente, pues, a poca gente le hacía gracia pagar la barbaridad que te piden por un CD en las tiendas.
El elenco es pintoresco, abarcando desde poderosísimos directivos en multinacionales plurindustriales hasta músicos, managers, disc jockeys payoleros, inventores, abogados, inversionistas, timadores, hackers… Bueno, y el sufrido consumidor, que no puede faltar.
La trama, al final, parecería acabar siendo un manual de que no hacer para triunfar en el negocio de la música. Las grandes disqueras quedan a la altura del betún: Retrógradas, increiblemente torpes de movimiento, tramposas, codiciosas hasta llegar a lo ridículo, ciegas ante las verdaderas necesidades de los artistas y público que las sustentan, idiotas perdidas a la hora de identificar nuevas posibilidades de mercado y explotarlas a cabalidad, estúpidamente litigiosas y un montón de otras cosas más que me habrán pasado por la mente leyendo el libro, pero que ahora se me olvidan.
Curioso resulta como las disqueras originalmente se resistieron a la implementación del CD, aunque luego, al adoptar el formato, se forraron durante un tiempo, para luego empecinarse tanto en él que dejarían pasar otras oportunidades. Claro, como los márgenes de ganancia vendiendo CDs a 16 dólares son lo que son…
Más curioso aún resulta que la internet, con todas las posibilidades de distribución de material musical que abría, fuese vista como “enemiga” por las grandes disqueras. Recuerden a Napster, Kazaa y todos aquellos primeros servicios para compartir archivos. Feos pleitos legales que fastidiaron la vida de unos cuantos infelices musicófilos acusados de “piratería” por bajarse musiquita gratis de la red. No rindieron esos litigios ningún beneficio para la industria del disco. De hecho, puede decirse que fueron altamente dañinos en términos de relaciones públicas.
También interesante me parece la manera en que las grandes disqueras se empecinaban en “fabricar hits” a como diese lugar, saturando el mercado con muchísimo de lo mismo—¿cuántos clones de los Backstreet Boys o Britney Spears eran necesarios?— “porque es lo que vende” e ignorando que existían nichos de mercado que, aunque pequeños, no dejaban de ser lucrativos. Sólo había que reconocer necesidades diversas y satisfacerlas. Pero la industria era una mole de reflejos lentos, lentísimos.
No diré nada sobre los diversos escándalos de payola en los que se vió envuelta la gran industria disquera durante los últimos cuarenta años. Desde dinerito por debajo de la mesa al disc jockey en los sesentas y setentas se llegó a viajes de lujo, todo tipo de “regalos” y “beneficios VIP” para directores de programación y otros tastemakers en el mundillo de la distribución musical. El écito de un disco tendía a depender de cuanto recibiera alguien “extraoficialmente” por promoverlo. Follones legales los hubo en torno a ese comportamiento de la industria—en los mejores casos antiético, en los peores, ilegal— con vistas ante el Congreso de los Estados Unidos, multas, mucha bulla en la prensa y todo.
Si bien el análisis de Knopper de las posibilidades para el futuro de la industria de la música no va, a mi gusto, lo suficientemente lejos, da bastante que pensar al final del libro. Vemos un mercado infinitamente fragmentado, en el que el cliente busca acceso al producto en dosis más reducidas, más inmediatas, consumiendo canciones en vez de álbumes y aspirando a un contacto mucho más directo con los creadores de esas canciones. De repente, esos “hits” de ultraplatino con los que se obsesionaba la industria en los ochentas y noventas parecen algo ridículo. Se mueve menos de cada producto, requiriendo el público una mayor diversidad en la oferta. Se abarata la producción de música y los artistas comprenden que en realidad no necesitan firmar contratos satánicos como los de antes con las disqueras, ni dejar que les asignasen productores para “moldearlos” en el estudio a una retorcida percepción de “lo comercialmente viable”.
De golpe y porrazo, los autores e intérpretes de música tienen, a través de MySpace, Facebook, sus propias webs y un montón de opciones comunicatorias más, una interacción inmediata y desenfadada con sus fans. Ahora, me parece, es mucho más fácil enterarse de “lo que pide el consumidor” de verdad, sin llevarlo al anonimato de la mera estadística.
Aquí paro. Todo conecta, amigos, y en este volumen de Steve Knopper me parece que hay paralelos con y lecciones cruciales para la industria del vino, que hoy día afronta todas las crisis que afronta. Bueno, y creo que esto vale para muchas otras industrias también. Vivimos en un mundo en que se puede hacer mucho dinero, pero donde es más aconsejable un acercamiento que no sea el de pretender clavarse constantemente a basurazo limpio y con aspiraciones desorbitadas de ganancia a un “consumidor” para cuya inteligencia se tiene cero respeto. De verdad que les recomiendo el libro.
Tirando pa’otro lao…
Voy a tomarme un breve hiato. Josie y yo vamos a aprovechar esta semana para darnos una escapadita de renovación personal a base de comida y vino de verdad. Vamos, compensándome a mí por aquel viaje que tuve que cancelar hace unas semanas.
Pasarán unos d;ias hasta que vuelva a escribir. Tendré conmigo mi Comunicador Intergaláctico Frambuesa Negra, pero saben bien ustedes que intentar responder a comentarios de blog desde ese cachivache es un auténtico coñazo. O sea que si alguien tiene algo que decirme, procúrese mi e-mail. O hablen entre ustedes, que eso también es bueno.
Les dejo con notas sobre un par de tintos abiertos recientemente en casa, para que no se diga que me he puesto demasiado blancocéntrico.
El primero lo abrí hace un par de noches, tras un día dificilón en la oficina. Necesitaba algo a manera de tónico refrescante y no dudé ante el Coudert-Clos de la Roilette, “Cuvée Tardive”, Fléurie 2007. Nunca puedo decidir si tengo un favorito entre Fléurie y Morgon en cuanto a crus de Beaujolais. Pero sí tengo claro que como productores en Fléurie los Coudert están bien arriba en mi escala de preferencias.
Este es un “Cuvée Tardive” atípico. Usualmente este vino trae bastante cuerpo, con fenomenal estructura para la guarda. Pero el 2007 salió ligero y juguetón, con una nariz de fresa, frambuesa y arándano seco acentuada por un toquecito de anís, otro de lavanda y un alud de mineralidad granítica. Grácil, jugoso, purísimo en boca… Taninos masticables y mucho granito en un posgusto largo y muy fresco. Encantador vino.
Lo otro, abierto anoche, fue una botella no especialmente deslumbrante (pero funcional) del Muga, “Prado Enea” Gran Reserva, Rioja 1991. De color estaba muy bien y la nariz, aunque inicialmente apestosilla a reducción, luego fue desplegando cositas buenas. Con cierta reticencia lo hizo, pero lo hizo.
Cuero sudado, tierra negra, hierbas secas y muebles antiguos dominaban la primera media docena de impactos nasales. Luego, con aire, surgen cereza, arándano, regaliz, laurel seco, comino, salsa tamari y cáscara de naranja.
Pero se trata de un Prado Enea en una fase torpe, gruñona. Muy especiado y musculoso en boca, compacto de carnes en torno a una estructura excelente. Jovencísimo y con muy buen agarre al final.
Una copa que me guardé para después de la cena, viendo el final de la tercera temporada de Aquí no hay quien viva, comenzó a dar en la nariz bonitos tonos florales y cárnicos pasadas un par de horas de mi primer apunte. Pero en boca el vino continuó cerradote hasta el fin.
Ahora les dejo con un videito de otra de esas geniales bandas que llenan las noches neoyorquinas con sonidos interesantes. Ambulance Ltd., con una instrucción que no pienso seguir… A ver qué les traigo de mi viaje.