Todo conecta, Capítulo LXVII

Hace poco más de un par de años, cuando inicié la primera versión de este blog en Lomejordelvinoderioja.com, me dí a una práctica que ahora me da un poquito de vergüenza por lo anacronística que parece. Al final de muchos artículos recomendaba “Otro disco”, o sea, un álbum completo de un artista en CD.

Es que en aquel entonces yo aún compraba muchos discos así.

Eran, digamos, otros tiempos

La cuestión es que hace unos días me leí un libro interesantísimo: Appetite for Self-Destruction: The Spectacular Crash of the Record Industry in the Digital Age, de Steve Knopper.

Knopper, quien colabora con un montón de revistas norteamericanas, incluyendo Rolling Stone y Wired, cuenta los fascinantes altibajos de la industria disquera en los últimos treinta años. Comienza su narración a finales de los setentas, cuando, repentinamente, pasó el furor por la música disco y la industria se vió desorientada, con inmensas inversiones en artistas de ese género. Luego pasa Knopper pasa buen rato en el advenimiento del CD, salvador temporero de las grandes compañías discográficas. Bonanza, etc. Hasta que la internet cambió todo y de repente, pues, a poca gente le hacía gracia pagar la barbaridad que te piden por un CD en las tiendas.

El elenco es pintoresco, abarcando desde poderosísimos directivos en multinacionales plurindustriales hasta músicos, managers, disc jockeys payoleros, inventores, abogados, inversionistas, timadores, hackers… Bueno, y el sufrido consumidor, que no puede faltar.

La trama, al final, parecería acabar siendo un manual de que no hacer para triunfar en el negocio de la música. Las grandes disqueras quedan a la altura del betún: Retrógradas, increiblemente  torpes de movimiento,  tramposas, codiciosas hasta llegar a lo ridículo, ciegas ante las verdaderas necesidades de los artistas y público que las sustentan, idiotas perdidas a la hora de identificar nuevas posibilidades de mercado y explotarlas a cabalidad, estúpidamente litigiosas y un montón de otras cosas más que me habrán pasado por la mente leyendo el libro, pero que ahora se me olvidan.

Curioso resulta como las disqueras originalmente se resistieron a la implementación del CD, aunque luego, al adoptar el formato, se forraron durante un tiempo, para luego empecinarse tanto en él que dejarían pasar otras oportunidades. Claro, como los márgenes de ganancia vendiendo CDs a 16 dólares son lo que son…

Más curioso aún resulta que la internet, con todas las posibilidades de distribución de material musical que abría, fuese vista como “enemiga” por las grandes disqueras. Recuerden a Napster, Kazaa y todos aquellos primeros servicios para compartir archivos. Feos pleitos legales que fastidiaron la vida de unos cuantos infelices musicófilos acusados de “piratería” por bajarse musiquita gratis de la red.  No rindieron esos litigios ningún beneficio para la industria del disco. De hecho, puede decirse que fueron altamente dañinos en términos de relaciones públicas.

También interesante me parece la manera en que las grandes disqueras se empecinaban en “fabricar hits” a como diese lugar, saturando el mercado con muchísimo de lo mismo—¿cuántos clones de los Backstreet Boys o Britney Spears eran necesarios?— “porque es lo que vende” e ignorando que existían nichos de mercado que, aunque pequeños, no dejaban de ser lucrativos. Sólo había que reconocer necesidades diversas y satisfacerlas. Pero la industria era una mole de reflejos lentos, lentísimos.

No diré nada sobre los diversos escándalos de payola en los que se vió envuelta la gran industria disquera durante los últimos cuarenta años. Desde dinerito por debajo de la mesa al disc jockey en los sesentas y setentas se llegó a viajes de lujo, todo tipo de “regalos” y “beneficios VIP” para directores de programación y otros tastemakers en el mundillo de la distribución musical.  El écito de un disco tendía a depender de cuanto recibiera alguien “extraoficialmente” por promoverlo. Follones legales los hubo en torno a ese comportamiento de la industria—en los mejores casos antiético, en los peores,  ilegal— con vistas ante el Congreso de los Estados Unidos, multas, mucha bulla en la prensa y todo.

Si bien el análisis de Knopper de las posibilidades para el futuro de la industria de la música no va, a mi gusto, lo  suficientemente lejos, da bastante que pensar al final del libro. Vemos un mercado infinitamente fragmentado, en el que el cliente busca acceso al producto en dosis más reducidas, más inmediatas, consumiendo canciones en vez de álbumes y aspirando a un contacto mucho más directo con los creadores de esas canciones. De repente, esos “hits” de ultraplatino  con los que se obsesionaba la industria en los ochentas y noventas parecen algo ridículo. Se mueve menos de cada producto, requiriendo el público una mayor diversidad en la oferta. Se abarata la producción de música  y los artistas  comprenden que en realidad no necesitan firmar contratos satánicos como los de antes con las disqueras, ni dejar que les asignasen productores para “moldearlos” en el estudio a una retorcida percepción de “lo comercialmente viable”.

De golpe y porrazo, los autores e intérpretes de música tienen, a través de MySpace, Facebook, sus propias webs y un montón de opciones comunicatorias más, una interacción inmediata y desenfadada con sus fans. Ahora, me parece, es mucho más fácil enterarse de “lo que pide el consumidor” de verdad, sin llevarlo al anonimato de la mera estadística.

Aquí paro. Todo conecta, amigos, y en este volumen de Steve Knopper me parece que hay paralelos con y lecciones cruciales para la industria del vino, que hoy día afronta todas las crisis que afronta. Bueno, y creo que esto vale para muchas otras industrias también. Vivimos en un mundo en que se puede hacer mucho dinero, pero donde es más aconsejable un acercamiento que no sea el de pretender clavarse constantemente a basurazo limpio y con aspiraciones desorbitadas de ganancia  a un “consumidor” para cuya inteligencia  se tiene cero respeto. De verdad que les recomiendo el libro.

Tirando pa’otro lao…

Voy a tomarme un breve hiato. Josie y yo vamos a aprovechar esta semana para darnos una escapadita de renovación personal a base de comida y vino de verdad. Vamos, compensándome a mí por aquel viaje que tuve que cancelar hace unas semanas.

Pasarán unos d;ias hasta que vuelva a escribir. Tendré conmigo mi Comunicador Intergaláctico Frambuesa Negra, pero saben bien ustedes que intentar responder a comentarios de blog desde ese cachivache es un auténtico coñazo. O sea que si alguien tiene algo que decirme, procúrese mi e-mail. O hablen entre ustedes, que eso también es bueno.

Les dejo con notas sobre un par de tintos abiertos recientemente en casa, para que no se diga que me he puesto demasiado blancocéntrico.

El primero lo abrí hace un par de noches, tras un día dificilón en la oficina. Necesitaba algo a manera de tónico refrescante y no dudé ante el Coudert-Clos de la Roilette, “Cuvée Tardive”, Fléurie 2007. Nunca puedo decidir si tengo un favorito entre Fléurie y Morgon en cuanto a crus de Beaujolais. Pero sí tengo claro que como productores en Fléurie los Coudert están bien arriba en mi escala de preferencias.

Este es un “Cuvée Tardive” atípico. Usualmente este vino trae bastante cuerpo, con fenomenal estructura para la guarda. Pero el 2007 salió ligero y juguetón, con una nariz de fresa, frambuesa y arándano seco acentuada por un toquecito de anís, otro de lavanda y un alud de mineralidad granítica. Grácil, jugoso, purísimo en boca… Taninos masticables y mucho granito en un posgusto largo y muy fresco. Encantador vino.

Lo otro, abierto anoche, fue una botella no especialmente deslumbrante (pero funcional) del Muga, “Prado Enea” Gran Reserva, Rioja 1991. De color estaba muy bien y la nariz, aunque inicialmente apestosilla a reducción, luego fue desplegando cositas buenas. Con cierta reticencia lo hizo, pero lo hizo.

Cuero sudado, tierra negra, hierbas secas y muebles antiguos dominaban la primera media docena de impactos nasales. Luego, con aire, surgen cereza, arándano, regaliz, laurel seco, comino, salsa tamari y cáscara de naranja.

Pero se trata de un Prado Enea en una fase torpe, gruñona. Muy especiado y musculoso en boca, compacto de carnes en torno a una estructura excelente. Jovencísimo y con muy buen agarre al final.

Una copa que me guardé para después de la cena, viendo el final de la tercera temporada de Aquí no hay quien viva, comenzó a dar en la nariz bonitos tonos florales y cárnicos pasadas un par de horas de mi primer apunte. Pero en boca el vino continuó cerradote hasta el fin.

Ahora les dejo con un videito de otra de esas geniales bandas que llenan las noches neoyorquinas con sonidos interesantes. Ambulance Ltd., con una instrucción que no pienso seguir… A ver qué les traigo de mi viaje.

8 Respuestas a Todo conecta, Capítulo LXVII

  1. Con los rollos de fotografía 35mm fue peor, quien no se pasó del lado de las fotos digitales, desapareció del mapa.
    Me acuerdo de los “discos LP” long play, un amigo tenía la colección de AC DC limpiaba diario sus fundas. Recuerdos románticos, hoy en día aprietas la selección en tu ipod y listo. Aunque he de confesarte que yo me he resistido a tener una. Será porque ya compré como 4 para la familia.

    Saludos

  2. Felipe Méndez

    Yo aún compro cedés, aun sabiendo que es un anacronismo. Prefiero la presencia física de la cosa. Un archivo digital pasa de inmediato a convertirse en muy poquita cosa.

    También prefiero mis viejas diapositivas. Extraño los tiempos en que ir a buscarlas a la tienda de revelado era toda una aventura de sorpresas y decepciones. Extraño proyectar diapos en mi telón.

    Y la gran diferencia entre la industria de la música y del vino es que no puedes consumir vino por una página web. Finalmente tiene que haber un canal de distribución para llegar a tener en tus manos la botella.

  3. Tienes razón Felipe, ir a recoger las fotos impresas y no saber cuales valían la pena, era emocionante. Hoy con un clic borras, compones, corriges…

  4. Somos de la generacion de la musica grabada, nos gusta tener la carpeta del disco en nuestras piernas, mientras escuchamos musica, fijarnos en los creditos, ver el titulo de la cancion que esta sonando. Nuestros hijos son de la epoca de la informatica, de la edad audiovisual. Parece que no tiene esa añoranza a lo que tenemos nosotros.

    Me da la sensacion que el soporte del Cd tiene los dias contados, y vemos el resurgir del mercado del vinilo, con unos pensajes de muchisima calidad, vinilos de 180 grms inluso mas. Ahora estan saliendo un sistema que te bajas la musica en internet previo pago, con diferentes calidades, la mas alta es una llamada “masters”, que es directamente del estudio de grabacion. Los buenos reproductores, tienen un precio no asequible a todo los bolsillos. Mucha gente se plantea esto y tambien por cuestion de espacio, que ya no les cabe mas cds en las estanterias, y este nuevo soporte es mucho mejor que los otros soportes digitales, tengamos en cuenta que nos evitamos toda la mecanica, y que la lectura siempre es atiempo real de los datos contenidos en el soporte.

    Saludos cordiales desde la Manchuela.

  5. Acabo de terminar otra mudanza más, aunque sus efectos todavía colean. No tengo muchos CDs… sólo 3 cajas!!!! Nunca me doy cuenta de esto hasta que tengo que cambiar de techo.
    También sigo apegado emocionalmente a mi vieja reflex. Una Pentax MZ-10 con su pequeño objetivo 35-80 que a mi me servía a las mil maravillas. El mejor tele son los pies, ya sabeis. Incluso en esta mudanza se ha venido conmigo una tontería a la que le tengo cariño. El último rollo de Ilford XP-2. Ya no sé ni para qué, seguro que estas cosas ya no se revelan con virado sepia. Me siento profundamente viejuno.

    Saludos,

    Jose

  6. Es mi primera vez en tu blog, hoy gustosamente por medio de una nota del Pato Tapia, he llegado acá… Aun estoy tratando de dijerir ésta nota… pero me parece super sugestiva … Espero volver seguido. Desde Costa Rica, mis saludos.

  7. Manuel Camblor

    Amigos,

    Acabo de regresar anoche de Nueva York. Un viajecito muy rico del que ya les contaré. Nos hemos ido, sin quererlo, un poquito por las ramas en esto de la “muerte del CD”. De lo que hablaba en este post era de posibles similaridades entre los patrones de conducta de la industria del disco y la del vino (los hay) y de las repercusiones que este tipo de gran cambio tiene para el consumidor. Felipe, en CHile no se te parecerán las dos industrias, pero en EEUU y otros lugares la estructura de costos de producción, la manipulación del producto, la enredada cadena de distribución, la pugna por espacio de tienda, etc., de ambas industrias, daban mucho, pero muuuucho que pensar…

    En cuanto a “preferir el objeto”, me declaro también culpable. Los miles y miles de CDs que te encuentras en estantes, huacales y esas pesadas pero útiles carpetotas negras de Case Logic (que te agarran hasta 350 y te ahorran mucho espacio) por toda mi caa y oficina son suficiente testimonio.

    En cuanto a las cámaras, si bien me hice en la fotografía con una Canon AE1, una Nikon F4 y algo de formato mediano que cogía prestado a un amigo profesional, he descubierto en el medio digital todo tipo de posibilidades nuevas e interesantísimas, que me llevan a considerarle igual de valioso.

    Mi gran placer (descubierto muy tarde, ya a principios de los noventas y viviendo en Europa) en realidad no era ir al Fotomat a buscar fotos impresas, sino revelar e imprimir yo mismo las fotos. Claro, hay cierto paralelo, al menos en laboriosidad, entre lo que uno lograba en el laboratorio y lo que puede hacer en Photoshop con un buen archivo RAW.

    Tendré más que decir sobre esto de la música en la próxima entrega, que creo que voy a publicar esta tarde. Justo llegando a Nueva York presencié algo que debemos tener documentado aquí. Muy relevante, sí señor.

    Y Alejandro,

    Recibe una cordial bienvenida a este espacio, mío y de todos ustedes. Precisamente el lunes me reuní con Patricio Tapia en Manhattan, en las oficinas de Wine & Spirits. Ya contaré los detalles luego. Me enteré de secretos ocultos del Tapia con los que habrá que hacer algo… :-)

    Bueno, son las siete y media de la mañana en Santo Domingo. Al gimnasio un rato, que comí (y bebí) bastante en los últimos seis días.

    Luego les cuento más.

    M.

  8. Pingback: Viñetas de Manhattan 1 « La otra botella

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