Interrumpo momentáneamente mi colección de estampas neoyorquinas para dedicarles otra entrega de nuestra colección ”Las 12 cosas que más joden a Camblor sobre la cultureta actual del vino”. Esta es la tercera. ¡Colecciónenlas todas, amigos!
Abrimos aquí remontándonos a la Grecia antigua, via el didáctico libro Cuisine and Culture: A History of Food and People, de Linda Civitello (Segunda Edición, John Wiley & Sons, New Jersey 2008):
A las mujeres raras veces se les permitía consumir vino. Por ejemplo, los banquetes públicos usualmente estaban limitados a los hombres. En las raras ocasiones en que se invitaban mujeres, no recibían el mismo vino bueno, fuerte y envejecido que se servía a los hombres. Se les servía “vino dulce o jugo de uva apenas fermentado”. (p. 29, mi traducción)
De vez en cuando se ve un nombre femenino en las secciones de comentarios de este blog. O igual me encuentro en un evento del vino de tantos a los que asisto, delante de Alice Feiring, o Sharon Bowman, o hasta Elizabeth Peña… No es que no existan muchas mujeres del vino ya. El mundillo está lleno de destacadísimas profesionales de muy diversos países: Desde hacedoras de vino hasta escritoras de vino pasando por sumilleres, ejecutivas del vino, etc., etc.
Pero las enómanas certificables que me ha tocado conocer en mi ya larguito periplo por la cultureta vínica a nivel del sector consumidor son, para ser conservadores en el estimado, más bien escasas. En miles y miles de catas y cenas he estado con apasionados del vino de muchos lugares donde todos los asistentes son, bueno, eso… “Apasionados”, o sea, hombres.
Todavía recuerdo cuando llegué a Santo Domingo y planteé por primera vez la posibilidad de formar un grupo de cata al que invitásemos sin reserva alguna a nuestras esposas, novias, etc. O en el que sencillamente participasen mujeres como algo natural y para nada raro. UNos cuantos me miraron raro. Luego he encontrado un conjunto de individuos que le ha entrado alegremente al concepto y nos lo pasamos muy bien cuando nos reunimos. Pero queda todo el resto. Hablas de entusiastas del vino y, el 99% de las veces, estás hablando de hombres.
¿Por qué diablos pasará esto? Incluso en ese más cosmopolita de todos los medios que es Manhattan te encuentras el fenómeno. Nada más tienen que ponerse a mirar fotos de jeebus y otras bebiendas que narro aquí y verán la predominancia absoluta de elementos varoniles.
¡Ni que fuera fútbol, carajo!
No piensen mal. En realidad celebro muchísimo las amistades masculinas que he hecho entre enochalados diversos. La camaradería y generosidad que se respiran en esas catas, cenas, etc. a las que rutinariamente asisto siempre me hacen maravillarme. Lo que no entiendo—y lo que, francamente, no deja de joderme—es por qué no hay más mujeres que se apasionen por el tema del vino como lo hacemos muchos hombres.
Tomo el caso de mi propia esposa y aumenta mi perplejidad. Como todos ustedes saben, me esfuerzo por incluirla en todo lo que puedo en cuanto a esta extraña pasión por el vino se refiere. No solamente trato de hacerle atractivas las catas y cenas con los amigos. También la tengo como coprotagonista de este espacio en el que vierto mis ideas. Pero ella, aunque es capaz de discernir la variedad de uva que compone a tal o cual vino, aunque disfruta el vino sensorialmente como lo haría cualquiera, no comparte en lo absoluto mi académico entusiasmo, mi obsesión adquisitiva, mi deseo de aprender cada día más, sobre el vino. Digamos que la enochaladura ni es ni será nunca una de las “afinidades electivas” que cementan nuestra relación.
Josie tiende a ver el vino como estimulante sensual y lubricante social. Más de ahí parecería que le cuesta ir.
Corríjanme ustedes si les parece que yerro, pero creo que el disfrute del vino para una buena tajada de las mujeres se queda en eso—bueno, igual que para la mayoría de la población, sin importar su sexo. Y no es que vaya yo a criticar ese tipo de apreciación del vino. De hecho, en muchos casos desearía poder limitarme a disfrutar así, sin las complicarme como lo hace cualquier buen enochalado ante aspectos geográficos, históricos, geológicos, climatológicos, agrícolas, políticos, mercadológicos… No obstante, la preocupación: ¿Dónde están las enochaladas? Somos demasiados hombres metidos en esto. Eso me jode. Y me preocupa. Las necesitamos entre nosotros. No puede ser que no hayamos evolucionado aunque sea un poquito desde la antigua Grecia. Estamos como los pobres marcianos en aquella película tan chipichape que salió en el año de mi nacimiento y que he visto mil veces por la tele, Mars Needs Women: Todos los hijos nos salen machos.
Entre tanto, aún no pierdo las esperanzas de despertarle la enochaladura en mi mujer. Va y se da.
Bueno, honor al tema antes de retomar lo de Nueva York: Meat Beat Manifesto con eso mismo.