Hablando de miel… Don Rice había traido algo muy especial, regalo del elaborador mismo: La Mile d’été de François Pinon, admirabilísimo elaborador de vouvrays geniales. Una miel cremosa, compleja de sabores, con tonos de muchas flores distintas. Vamos, que si tuviera algunas ganas de seguir siendo diabético, les juro que eso me las quitaría de sopetón. Sólo me dieron una gotica con queso.
No era lo único de Pinon. Yo me había traido conmigo del almacén donde guardo el vino una botella humilde, pero especialísima. Era el cumpleaños de Brad Kane y juzgué el momento ideal para abrir la primera botella que él me vendiera, allá antes del 2000, cuando yo aún vivía en Puerto Rico y Brad trabajaba en Garnet Wines. La botella era del François Pinon, “Cuvée Tradition”, Vouvray 1997. Aunque un poquito evolucionado, es un vino que está entero. Todavía conserva su deje goloso de vin tendre, ligeramente dulce, pero sólo lo justo. Comienza a soltar notas de pera, polen y salvia seca sobre bella mineralidad. Muy vivaz y largo. Me queda otra en el haber. Por cierto, sé que la de esa noche era la que me vendió Brad por la etiqueta de precio de Garnet que llevaba aún puesta.

Josh Raynolds y Sharon Bowman
Otro de los míos fue un error. Estaba yo abriendo cajas en el almacén y dí con un hatajo de chablis premier y grand cru del 2000. Botellas sueltas. Había cosas de Dauvissat, Raveneau, Picq y un par de productores más. Creí separar un Forest de Dauvissat para la fiesta, pero resultó que lo que me traje fue el Laurent Tribut, “Beauroy”, Chablis Premier Cru 2000.
Nada grave, siendo Tribut pariente de los Dauvissat y, encima, excelente productor también. Pero bueno, la fe de erratas hay que darla.
En mi libreta puse algo que he de transcribir textualmente: “Añada de putones verbeneros en Chablis, ese 2000″.
Ya tenía un par de experiencias más. En este caso, un anti-chablis… Regordete, sabrosón, simplísimo, juguetón; lo único que lo identifica como chablis es un cierto aspecto marino. Pero el resto es todo dulzor, zalamería y trago fácil. Palabras inmortales de Sharon Bowman: “No me gusta el chablis, pero éste está muy rico”. Iba particularmente bien con aquel cheddar del que les hablé y un queso de cabra de cuyo nombre ahora no me acuerdo. Buena acidez, buena persistencia. Para beber ya. Lo que no sé es lo que haré con los demás ejemplares de la añada que dejé guardados. Habrá que volver a Nueva York pronto.
Llego a mis narices otro blanco, pero estaba corchado. Anduve un rato buscando más blancos a los que dar gaznate, pero nada. Pasé a tintos. El primero fue un Georges Roumier, Chambolle-Musigny 2000 que tiraba en dirección contraria a la que llevara el chablis de Tribut.
He estado disfrutando mucho lo bien que se están bebiendo ahora mismo tantos borgoñas del 2000. Una añada muy madura, de inmediateces. Este chambolle está muy bueno ahora, pero parecería querer que lo dejen quieto. Compacto, salino, con notas de yodo y herrumbre. Aunque superficialmente es sedoso, debajo hay bastante musculatura tánica. Un vino aún primario, amable de plano, pero que no duda en ponerse serio si uno se pasa de confianza.

Josie, conversadora. En el fondo está Michel Abood y, por la cara que tiene, me atrevo a pensar que lo que tiene en su copa es el Saint-Joseph.
Josh Raynolds se acercó a mí con una botella en mano en la cual quedaba poquito vino. Me sirvió. Algo increiblemente fino. De primera intención se le entendía perfectamente como syrah, con sus tonos de tocino, cuero, polvo y violetas, pero a la vez quería ser borgoña. Perfumado, delicado, con una sedosidad aromática que me puso las rodillas a temblar. Mucho granito en la fragancia también. En boca hay fruta carnosa, purísima y de expresión clara. Posgusto largo y etéreo, verdaderamente delicioso. Puse en la libreta: “Una de esas chicas bellas a las que sería sacrilegio imaginarlas con maquillaje”. Josh me dijo: “Ahora la pregunta es quién habrá plantado syrah en Chambolle…”
Esta belleza diáfana era del Pierre Gonon, “Les Oliviers”, Saint-Joseph 1989.
(Continuará)

