Una cosota que se lo tragó todo, en realidad… Iba a escribir una cartita cariñosa y consoladora a todos mis encorbatados amigos de la industria del vino que esta semana tuvieron que zumbarse ese más incordio de todos los enoshows corporativos: Vinexpo. Más de uno conozco cuyo dolor de pies en esa feria está directamente relacionado con un punzante dolor en el alma. Yo una vez hace diez años, ignorando muchas cosas acerca de la cultureta del vino, estuve en Vinexpo. Una experiencia que me marcó. Iba a meterme en el negocio del vino como importador y no lo hice, tanto fue lo que me perturbó aquella experiencia.
Vinexpo este año no ha estado sin follones cómicos. No solamente están los que se reportan en medios masivos (ese suena un poco a Aquí no hay quien viva, ¿no?). También están todos los chimentitos que te llegan por e-mail o por Facebook. Mucha cosita y cosota.
Incluso iba a hacer un pequeño homenaje a Farrah Fawcett, cuyo icónico poster del bañador rojo fue único responsable de mi primer gran choque con mis hormonas, allá en la distante galaxia de mi preadolescencia.
Pero todo se lo cargó la noticia, ayer tarde, de la muerte de Michael Jackson.
Fue de mucho debate la noche de anoche. Gran cantidad de gente insistía en hablar del “legado del Rey del Pop” como algo a admirarse sin reserva alguna. Pero el padre de niños pequeños que soy puede más que el amante de la música que también soy. La última década y media de la vida de Michael Jackson me resultan demasiado perturbadoras. Las acusaciones de abuso de menores. La locura que lo llevó a convertirse en un espantajo siniestro a base de cirugía plástica. La total inercia creativa… Hablar del “legado del Rey del Pop” es hablar de algo asquerosa e indeleblemente manchado por el comportamiento del hombre trastornado detrás de la figura artística. Por un lado siento gran tristeza ante la muerte de un entertainer de talento inmenso e influencia infinita. Pero también no puedo evitar pensar que Michael Jackson, el artista, murió a finales de los ochentas, después de Bad.
Y entonces están las cirugías plásticas, el circo mediático y, sobre todo, los niños. Perdonen la crudeza, igual que la tristeza: De repente, el gran astro que tanto brillaba se revelaba hecho de mierda incandescente. Me era imposible encontrar la manera de vindicar a Michael Jackson y, ahora que ya no está, los vítores me parecen absurdos.
¿Podría yo rendir tributo a Michael Jackson en la ocasión de su deceso? Pues sí y no. Una canción suya me viene a la mente. La imagino conspicuamente ausente de los “maratones Michael Jackson” con que seguramente castigarán al mundo las emisoras de radio populacheras en los próximos días. De hecho, la imagino interpretada a duo por dos difuntos, Jackson cantando y el inimitable Miles con su trompeta tan roja como el traje de baño de Farrah. Porque a Miles Davis, en sus últimos años, le gustaba mucho interpretar esa canción de Michael Jackson. Una canción sensual, provocadora, pero a la vez sinuosa, conflictuada, con demonios a flor de piel… Así, más o menos, como Michael Jackson.
Hablar hoy de esto era inevitable. Quizás tan inevitable como resumir su extraña vida en una línea de la canción que digo. Y si reguntan por qué, díganles que es naturaleza humana.