En diversos círculos enómanos que frecuento, un tema calentito esta semana ha sido un estudio de la Brock University en Canadá, publicado en The Journal of Agricultural and Food Chemistry, alegando que los contenedores de cartón y aluminio tipo Tetrapak pueden remover químicos indeseables del vino. Aparentemente, los materiales de estos contenedores pueden absorber la alkil-metoxipirazina, compuesto responsable de impartir gustos “vegetales” o de “pimiento morrón” a ciertos vinos. Aunque esos gustos han sido comunmente asociados con fruta menos que madura o de baja calidad, una revelación paralela a este estudio es que también pueden deberse a la presencia de insectos triturados en el vino, notoriamente mariquitas arcoiris que se alimentan de uvas en el campo y acaban quién sabe como en la prensa, etc.
Antes de que comiencen los alaridos de asco, he de decir que las hipótesis planteadas por este estudio, as´como la acompañante polemiquilla, me provocan una reacción muy, muy mixta. Eso porque (a) me caen muy bien las mariquitas, que tiendo a encontrarme graciosas e inofensivas (aparte de que prestan su nombre a una de mis raperas favoritas desde hace años, la exquisita Ladybug Mecca, de Digable Planets); (2) ¿y si el nivel de gusto a pimiento morrón, del piquillo, del padrón, etc. me resulta agradable? En algún carmenère chileno o hasta en ciertos burdeos o chinons, un toquecito de pimiento tiendo a verlo como algo rústicamente positivo, y (III) no crean ustedes que dejo de ver lo práctico del Tetrapak, particularmente para alguien como yo, que vive en un medio vínicamente muy agreste, que no hostil. Digo, como tengo que importar a mano una buena cantidad de los mejores vinos que me bebo, quitar de en medio la posibilidad de roturas que acompaña traer botellas en la maleta es un plus.
En otro orden de ideas, aunque también va de sabores desagradables en virtud de ciertos vinos catados: El pasado lunes me reuní con Patricio Tapia en las oficinas manhattanianas de la revista Food & Wine para participar del panel de cata. Debo confesarles que estaba un poco nervioso. No porque carezca de experiencia en catas clínico-evaluativas a semiciegas, sino porque al final mis juicios iban a ser tabulados en conjunto con los de los otros dos catadores y eso arrojaría las “Recomendaciones” de la revista en un número futuro. No sé, mucha responsabilidad. Pero también una gozada, pues la atmósfera de la cata, lejos de ser laboratoresca, era relajada y amistosa. La próxima semana reportaré in extenso.
Bueno, y me fue inevitable, en la ma`nana en que regresaba de Nueva York a Santo Domingo, fijarme en el New York Times. Artículo de portada en la sección de ciencias, poniendo en duda que el consumo moderado de alcohol sea necesariamente bueno para la salud. Ya, ya… Pero resulta interesante que el argumento se basa en la causalidad de lo propuesto por quienes llevan a`nos diciéndonos lo del par de copitas y el corazón, etc. Propone el artículo que quizás beber con moderación es algo que hace naturalmente la gente saludable y que en realidad no existe suficiente información para recomendar el alcohol como beneficioso para la salud en base a un nexo causal. Hmmmm… ¿Huevo? ¿Gallina?
Hablando de cosas que llevan a otras cosas, la reciente visita a mi antigua casa me trajo unas cuantas sorpresas. Amigos enochalados que se han metido, de un modo u otro, en la parte más activa del vino, o sea, en hacerlo, o embotellarlo, o mercadearlo, o las tres cosas. No sólo tuve un grato encuentro con Jesús Barquín, que de nuevo visitaba la Gran Manzana (bella coincidencia que me dió ocasión de probar un par de cosas geniales de su Equipo Navazos), sino que surgieron botellas que llevaban los nombres de…
Bueno, mantengan la sintonía, que esto se pone bueno.
También, otras noticias: Un desaprensivo ratero le robó la bici y el casco a Michael Broadbent el otro día. ¡Pobre noble señor, tan amable que es! ¡Primero le tumban la credibilidad con aquel follón de Hardy Rodenstock y las botellas falsas, y ahora su famoso medio de transporte! ¿Adónde vamos a llegar? También, parece que el buen nombre de Torres queda exonerado de dudas tras que apareciese cianuro en una botella de San Valentín que se bebiera un señor en Noruega. El envenenamiento del señor ahora resulta haber sido un intento de asesinato. Arrestos han habido.
No, si ha sido una semana de lo más simpática… Les dejo con otro descubrimiento de la semana, un canalito de YouTube dedicado alos excelentes podcasts del Jazz Video Guy. Vale la pena no solamente ver este episodio, sino hacer clic en el enlace y explorar todo lo que tiene que darnos este señor. Cada video es una educación en sí. Aquí tienen a Cannonball Adderley, ya verán donde…
Un par de mañanas después me acerqué a Union Square en busca de un par de cosas que necesitaba. Bueno, y guiado por un cierto morbo, dada la temática de
La cuestión es que hace unos días me leí un libro interesantísimo:
El primero lo abrí hace un par de noches, tras un día dificilón en la oficina. Necesitaba algo a manera de tónico refrescante y no dudé ante el Coudert-Clos de la Roilette, “Cuvée Tardive”, Fléurie 2007. Nunca puedo decidir si tengo un favorito entre Fléurie y Morgon en cuanto a crus de Beaujolais. Pero sí tengo claro que como productores en Fléurie los Coudert están bien arriba en mi escala de preferencias.
Lo otro, abierto anoche, fue una botella no especialmente deslumbrante (pero funcional) del Muga, “Prado Enea” Gran Reserva, Rioja 1991. De color estaba muy bien y la nariz, aunque inicialmente apestosilla a reducción, luego fue desplegando cositas buenas. Con cierta reticencia lo hizo, pero lo hizo.
Un simple pero importantísimo placer de mis domingos es salir con mi mujer y mis hijos a almorzar. Elegimos casi siempre una familiar y amable trattoria cerca de casa donde hacen excelentes pizzas en masa integral y, además, tienen una cartita de vinos con un par de cosas atractivas en blanco. Ya, ya, que muchos italianos no verían lo de vino con la pizza, pero no me importa. Yo gravito hacia blancos del Friuli…
De las más horrendas profundidades del averno marketinguiano sale hoy una muy especial: Ya está en el mercado
Que comience la investigación sobre la ética cambloriana, ya que acepté una botella del Von Schubert-Maximin Grúnhauser, Riesling “Herenberg”, Mosel-Saar-Ruwer 1998 dentro de aquella cajita que me mandara hace unos meses mi amigo Alfredo Arribas con muestras de su propia bodega.
Hace unos días inicié lo que proponía como una especie de serie de artículos relacionados, pero publicados medalaganariamente en el tiempo, sobre “Las 12 cosas que más joden a Camblor sobre la cultureta actual del vino”. Aquella primera reflexión iba de falta de honestidad. Someto, a manera de preámbulo, una serie de líneas recogidas en enoactividades de los últimos meses. Ya me dirán ustedes si no hubieron (y han) de reventarme…
Tengo una extraña manía que me hace desconfiar terriblemente de cualquier etiqueta demasiado colorida en un vino. Allá aquellos a los que les caigo mal y que insisten en sicoanalizarme: Creo que les estoy dando una regüena para roer. El caso es que dos de las botellas en cuestión venían con etiquetas que… Bueno, la foto habla por sí sola. Llamemos a mi compra de esos tres vinos superciliar.
Mire ujté por donde…