Archivo mensual: junio 2009

Cositas y cosotas: 19.06.2009

En diversos círculos enómanos que frecuento, un tema calentito esta semana ha sido un estudio de la Brock University en Canadá, publicado en The Journal of  Agricultural and Food Chemistry, alegando que los contenedores de cartón y aluminio tipo Tetrapak pueden remover químicos indeseables del vino. Aparentemente, los materiales de estos contenedores pueden absorber la alkil-metoxipirazina, compuesto responsable de impartir gustos “vegetales” o de “pimiento morrón” a ciertos vinos. Aunque esos gustos han sido comunmente asociados con fruta menos que madura o de baja calidad, una revelación paralela a este estudio es que también pueden deberse a la presencia de insectos triturados en el vino, notoriamente mariquitas arcoiris que se alimentan de uvas en el campo y acaban quién sabe como en la prensa, etc.

Antes de que comiencen los alaridos de asco, he de decir que  las hipótesis planteadas por este estudio, as´como la acompañante polemiquilla, me provocan una reacción muy, muy mixta. Eso porque (a) me caen muy bien las mariquitas, que tiendo a encontrarme graciosas e inofensivas (aparte de que prestan su nombre a una de mis raperas favoritas desde hace años, la exquisita Ladybug Mecca, de Digable Planets); (2) ¿y si el nivel de gusto a pimiento morrón, del piquillo, del padrón, etc. me resulta agradable? En algún carmenère chileno o hasta en ciertos burdeos o chinons, un toquecito de pimiento tiendo a verlo como algo rústicamente positivo, y (III) no crean ustedes que dejo de ver lo práctico del Tetrapak, particularmente para alguien como yo, que vive en un medio vínicamente muy agreste, que no hostil. Digo, como tengo que importar a mano una buena cantidad de los mejores vinos que me bebo, quitar de en medio la posibilidad de roturas que acompaña traer botellas en la maleta es un plus.

En otro orden de ideas, aunque también va de sabores desagradables en virtud de ciertos vinos catados: El pasado lunes me reuní con Patricio Tapia en las oficinas manhattanianas de la revista Food & Wine para participar del panel de cata. Debo confesarles que estaba un poco nervioso. No porque carezca de experiencia en catas clínico-evaluativas a semiciegas, sino porque al final mis juicios iban a ser tabulados en conjunto con los de los otros dos catadores y eso arrojaría las “Recomendaciones” de la revista en un número futuro. No sé, mucha responsabilidad. Pero también una gozada, pues la atmósfera de la cata, lejos de ser laboratoresca, era relajada y amistosa. La próxima semana reportaré in extenso.

Bueno, y me fue inevitable, en la ma`nana en que regresaba de Nueva York a Santo Domingo, fijarme en el New York Times. Artículo de portada en la sección de ciencias, poniendo en duda que el consumo moderado de alcohol sea necesariamente bueno para la salud. Ya, ya… Pero resulta interesante que el argumento se basa en la causalidad de lo propuesto por quienes llevan a`nos diciéndonos lo del par de copitas y el corazón, etc. Propone el artículo que quizás beber con moderación es algo que hace naturalmente la gente saludable y que en realidad no existe suficiente información para recomendar el alcohol como beneficioso para la salud en base a un nexo causal. Hmmmm… ¿Huevo? ¿Gallina?

Hablando de cosas que llevan a otras cosas, la reciente visita a mi antigua casa me trajo unas cuantas sorpresas. Amigos enochalados que se han metido, de un modo u otro, en la parte más activa del vino, o sea, en hacerlo, o embotellarlo, o mercadearlo, o las tres cosas. No sólo tuve un grato encuentro con Jesús Barquín, que de nuevo visitaba la Gran Manzana (bella coincidencia que me dió ocasión de probar un par de cosas geniales de su Equipo Navazos), sino que surgieron botellas que llevaban los nombres de…

Bueno, mantengan la sintonía, que esto se pone bueno.

También, otras noticias: Un desaprensivo ratero le robó la bici y el casco a Michael Broadbent el otro día. ¡Pobre noble señor, tan amable que es! ¡Primero le tumban la credibilidad con aquel follón de Hardy Rodenstock y las botellas falsas, y ahora su famoso medio de transporte! ¿Adónde vamos a llegar? También, parece que el buen nombre de Torres queda exonerado de dudas tras que apareciese cianuro en una botella de San Valentín que se bebiera un señor en Noruega. El envenenamiento del señor ahora resulta haber sido un intento de asesinato. Arrestos han habido.

No, si ha sido una semana de lo más simpática… Les dejo con otro descubrimiento de la semana, un canalito de YouTube dedicado alos excelentes podcasts del Jazz Video Guy. Vale la pena no solamente ver este episodio, sino hacer clic en el enlace y explorar todo lo que tiene que darnos este señor.  Cada video  es una educación en sí. Aquí tienen a Cannonball Adderley, ya verán donde…

Viñetas de Manhattan 1

No sé por qué, pero me ha dado con escribir sobre mi más reciente viaje a Nueva York en entregas más pequeñas de lo común. Quizás 600 palabras o menos para mostrar una viñera de algo bonito. Algunas experiencias podrán pasar de una sola viñeta y convertirse en un tebeo completo. O no. No sé. Pero es lo que dicta la imaginación y el tiempo de escritorio que ahora mismo tengo.

Llegamos Josie y yo a Manhattan el jueves 11 y cenamos en Insieme, el restaurante de nuestro hotel, el confortable y bien localizado Michelangelo. Ya les he contado antes de este sitio, donde almorcé con Jayson Cohen en mi último viaje. Competente cocina italiana hogareña, con una lista de vinos de Paul Grieco, el genial sumiller detrás de Hearth y Terroir. Nos tomamos un Nigl, Riesling “Seftenberg Hochäcker”, Kremstal, Austria 2000. Un blanco evolucionado, amplio y amable, con bastante complejidad, aunque un poquito desenfocado en el paladar medio.

Pero en realidad no es de esta cenita de la que iba a hablarles.

Un par de mañanas después me acerqué a Union Square en busca de un par de cosas que necesitaba. Bueno, y guiado por un cierto morbo, dada la temática de mi anterior entrada en este blog.

Bajé en la línea 4 del Subway. Expreso desde la 59, de la que se sale por una boca que te pone frente por frente a la Virgin Megastore.

Perdón, a la difunta Virgin Megastore.

Cuando salí del metro, pocas eran las horas que le quedaban de vida a esa última gigante del negocio del disco en Manhattan. Viviendo en la ciudad había presenciado la desaparición primero de HMV y luego de Tower. Ahora Virgin. Sólo quedan las pequeñas tiendas de discos independientes. Me viene a la mente una hecatombe a la que sólo sobreviven organismos diminutos, ágiles, que quedan como únicas formas de vida en un medio que ha de renovarse.

Ofrecían descuentos tremendos en los rastrojos que quedaban. Entré. Pero no pude quedarme mucho rato ni rebuscar entre las ofertas finales. Me daba tiriquito eso. Si bien sentía un cierto nivel de Schadenfreude al ver una señal más del ocaso de lo “mega” en cuanto a música se refiere, también recordaba haber encontrado muchas cosas buenas en esa tienda. Una gran cantidad de discos compré en sus secciones de “Jazz”, “World”, “R&B/Soul” o “Pop/Rock”. Incluso descubrí algunas de mis bandas favoritas en sus puestos de escucha. The Square Egg, esos tremendos brooklyniano-floridianos del jazz-soul-funk-hiohioero… La Virgin daba mucho apoyo a los artistas neoyorquinos independientes. Eso hay que decirlo. Decirlo alto, como ponían la música en los altavoces de la tienda siempre.

Así termina una era. El sonido que recordaré, saliendo de allí, es el “rucuturrucutu” de un carromato con estantes desarmados encima, empujado por un chico con pinta metalera a lo largo de la acera frente a la moribunda gran tienda. ¿Encontraremos alguna lección aplicable a la mentalidad “mega” en el mundo del vino hoy día? Ojalá…

Como videito acompañante de este réquiem, un artista al que ví en directo, por pura casualidad, allá a principios de los noventas y en la celebración de aquella Virgin Megajtó que abría entonces en la Calle Sierpes de mi Sevilla adorada:

Todo conecta, Capítulo LXVII

Hace poco más de un par de años, cuando inicié la primera versión de este blog en Lomejordelvinoderioja.com, me dí a una práctica que ahora me da un poquito de vergüenza por lo anacronística que parece. Al final de muchos artículos recomendaba “Otro disco”, o sea, un álbum completo de un artista en CD.

Es que en aquel entonces yo aún compraba muchos discos así.

Eran, digamos, otros tiempos

La cuestión es que hace unos días me leí un libro interesantísimo: Appetite for Self-Destruction: The Spectacular Crash of the Record Industry in the Digital Age, de Steve Knopper.

Knopper, quien colabora con un montón de revistas norteamericanas, incluyendo Rolling Stone y Wired, cuenta los fascinantes altibajos de la industria disquera en los últimos treinta años. Comienza su narración a finales de los setentas, cuando, repentinamente, pasó el furor por la música disco y la industria se vió desorientada, con inmensas inversiones en artistas de ese género. Luego pasa Knopper pasa buen rato en el advenimiento del CD, salvador temporero de las grandes compañías discográficas. Bonanza, etc. Hasta que la internet cambió todo y de repente, pues, a poca gente le hacía gracia pagar la barbaridad que te piden por un CD en las tiendas.

El elenco es pintoresco, abarcando desde poderosísimos directivos en multinacionales plurindustriales hasta músicos, managers, disc jockeys payoleros, inventores, abogados, inversionistas, timadores, hackers… Bueno, y el sufrido consumidor, que no puede faltar.

La trama, al final, parecería acabar siendo un manual de que no hacer para triunfar en el negocio de la música. Las grandes disqueras quedan a la altura del betún: Retrógradas, increiblemente  torpes de movimiento,  tramposas, codiciosas hasta llegar a lo ridículo, ciegas ante las verdaderas necesidades de los artistas y público que las sustentan, idiotas perdidas a la hora de identificar nuevas posibilidades de mercado y explotarlas a cabalidad, estúpidamente litigiosas y un montón de otras cosas más que me habrán pasado por la mente leyendo el libro, pero que ahora se me olvidan.

Curioso resulta como las disqueras originalmente se resistieron a la implementación del CD, aunque luego, al adoptar el formato, se forraron durante un tiempo, para luego empecinarse tanto en él que dejarían pasar otras oportunidades. Claro, como los márgenes de ganancia vendiendo CDs a 16 dólares son lo que son…

Más curioso aún resulta que la internet, con todas las posibilidades de distribución de material musical que abría, fuese vista como “enemiga” por las grandes disqueras. Recuerden a Napster, Kazaa y todos aquellos primeros servicios para compartir archivos. Feos pleitos legales que fastidiaron la vida de unos cuantos infelices musicófilos acusados de “piratería” por bajarse musiquita gratis de la red.  No rindieron esos litigios ningún beneficio para la industria del disco. De hecho, puede decirse que fueron altamente dañinos en términos de relaciones públicas.

También interesante me parece la manera en que las grandes disqueras se empecinaban en “fabricar hits” a como diese lugar, saturando el mercado con muchísimo de lo mismo—¿cuántos clones de los Backstreet Boys o Britney Spears eran necesarios?— “porque es lo que vende” e ignorando que existían nichos de mercado que, aunque pequeños, no dejaban de ser lucrativos. Sólo había que reconocer necesidades diversas y satisfacerlas. Pero la industria era una mole de reflejos lentos, lentísimos.

No diré nada sobre los diversos escándalos de payola en los que se vió envuelta la gran industria disquera durante los últimos cuarenta años. Desde dinerito por debajo de la mesa al disc jockey en los sesentas y setentas se llegó a viajes de lujo, todo tipo de “regalos” y “beneficios VIP” para directores de programación y otros tastemakers en el mundillo de la distribución musical.  El écito de un disco tendía a depender de cuanto recibiera alguien “extraoficialmente” por promoverlo. Follones legales los hubo en torno a ese comportamiento de la industria—en los mejores casos antiético, en los peores,  ilegal— con vistas ante el Congreso de los Estados Unidos, multas, mucha bulla en la prensa y todo.

Si bien el análisis de Knopper de las posibilidades para el futuro de la industria de la música no va, a mi gusto, lo  suficientemente lejos, da bastante que pensar al final del libro. Vemos un mercado infinitamente fragmentado, en el que el cliente busca acceso al producto en dosis más reducidas, más inmediatas, consumiendo canciones en vez de álbumes y aspirando a un contacto mucho más directo con los creadores de esas canciones. De repente, esos “hits” de ultraplatino  con los que se obsesionaba la industria en los ochentas y noventas parecen algo ridículo. Se mueve menos de cada producto, requiriendo el público una mayor diversidad en la oferta. Se abarata la producción de música  y los artistas  comprenden que en realidad no necesitan firmar contratos satánicos como los de antes con las disqueras, ni dejar que les asignasen productores para “moldearlos” en el estudio a una retorcida percepción de “lo comercialmente viable”.

De golpe y porrazo, los autores e intérpretes de música tienen, a través de MySpace, Facebook, sus propias webs y un montón de opciones comunicatorias más, una interacción inmediata y desenfadada con sus fans. Ahora, me parece, es mucho más fácil enterarse de “lo que pide el consumidor” de verdad, sin llevarlo al anonimato de la mera estadística.

Aquí paro. Todo conecta, amigos, y en este volumen de Steve Knopper me parece que hay paralelos con y lecciones cruciales para la industria del vino, que hoy día afronta todas las crisis que afronta. Bueno, y creo que esto vale para muchas otras industrias también. Vivimos en un mundo en que se puede hacer mucho dinero, pero donde es más aconsejable un acercamiento que no sea el de pretender clavarse constantemente a basurazo limpio y con aspiraciones desorbitadas de ganancia  a un “consumidor” para cuya inteligencia  se tiene cero respeto. De verdad que les recomiendo el libro.

Tirando pa’otro lao…

Voy a tomarme un breve hiato. Josie y yo vamos a aprovechar esta semana para darnos una escapadita de renovación personal a base de comida y vino de verdad. Vamos, compensándome a mí por aquel viaje que tuve que cancelar hace unas semanas.

Pasarán unos d;ias hasta que vuelva a escribir. Tendré conmigo mi Comunicador Intergaláctico Frambuesa Negra, pero saben bien ustedes que intentar responder a comentarios de blog desde ese cachivache es un auténtico coñazo. O sea que si alguien tiene algo que decirme, procúrese mi e-mail. O hablen entre ustedes, que eso también es bueno.

Les dejo con notas sobre un par de tintos abiertos recientemente en casa, para que no se diga que me he puesto demasiado blancocéntrico.

El primero lo abrí hace un par de noches, tras un día dificilón en la oficina. Necesitaba algo a manera de tónico refrescante y no dudé ante el Coudert-Clos de la Roilette, “Cuvée Tardive”, Fléurie 2007. Nunca puedo decidir si tengo un favorito entre Fléurie y Morgon en cuanto a crus de Beaujolais. Pero sí tengo claro que como productores en Fléurie los Coudert están bien arriba en mi escala de preferencias.

Este es un “Cuvée Tardive” atípico. Usualmente este vino trae bastante cuerpo, con fenomenal estructura para la guarda. Pero el 2007 salió ligero y juguetón, con una nariz de fresa, frambuesa y arándano seco acentuada por un toquecito de anís, otro de lavanda y un alud de mineralidad granítica. Grácil, jugoso, purísimo en boca… Taninos masticables y mucho granito en un posgusto largo y muy fresco. Encantador vino.

Lo otro, abierto anoche, fue una botella no especialmente deslumbrante (pero funcional) del Muga, “Prado Enea” Gran Reserva, Rioja 1991. De color estaba muy bien y la nariz, aunque inicialmente apestosilla a reducción, luego fue desplegando cositas buenas. Con cierta reticencia lo hizo, pero lo hizo.

Cuero sudado, tierra negra, hierbas secas y muebles antiguos dominaban la primera media docena de impactos nasales. Luego, con aire, surgen cereza, arándano, regaliz, laurel seco, comino, salsa tamari y cáscara de naranja.

Pero se trata de un Prado Enea en una fase torpe, gruñona. Muy especiado y musculoso en boca, compacto de carnes en torno a una estructura excelente. Jovencísimo y con muy buen agarre al final.

Una copa que me guardé para después de la cena, viendo el final de la tercera temporada de Aquí no hay quien viva, comenzó a dar en la nariz bonitos tonos florales y cárnicos pasadas un par de horas de mi primer apunte. Pero en boca el vino continuó cerradote hasta el fin.

Ahora les dejo con un videito de otra de esas geniales bandas que llenan las noches neoyorquinas con sonidos interesantes. Ambulance Ltd., con una instrucción que no pienso seguir… A ver qué les traigo de mi viaje.

Sírvase frío…

Un simple pero importantísimo placer de mis domingos es salir con mi mujer y mis hijos a almorzar. Elegimos casi siempre una familiar y amable trattoria cerca de casa donde hacen excelentes pizzas en masa integral y, además, tienen una cartita de vinos con un par de cosas atractivas en blanco. Ya, ya, que muchos italianos no verían lo de vino con la pizza, pero no me importa. Yo gravito hacia blancos del Friuli…

No sé por que razón, este pasado domingo decidimos ir a un sitio distinto, pero más o menos con el mismo perfil. También muy buena pizza, aunque no en masa integral (lo que la hace una rotura de dieta aún más flagrante) y una lista de vinos que se sale del habitual tedio duerochilenista que se vive tantos restaurantes  de  Santo Domingo.

Pero esto no es una reseña de restaurante. No señor. Ni les mencionaré el nombre. No quiero que se tome lo que voy a apuntar como un juicio hacia un lado u otro, pues en realidad todavía no sé lo que pienso sobre un aspecto muy curioso de la experiencia.

En la carta ví un Livio Felluga, “Shàris”,  Venezie IGT 2006. Recordaba añadas anteriores de esto como internacionalillas e inofensivamente  spoofulísticas—agradables como lo que son. Lo pedí. El vino era exactamente lo que esperaba. Sin sobresaltos.  Cuvée de ribolla gialla y chardonnay, la web de Livio Felluga nos declara que “Mezclar uvas en el Shàris reconcilia las expectativas culturalmente adquiridas del consumidor local con las del aficionado internacional del vino.”

Yo es que… Bueno, nada. Un blanquito de cuerpo medio, floral, con afrutamiento muy de temperatura controlada, rayando en tropicalidad levaduril. Buen agarre en boca, con una corriente mineral en el fondo que se encarga de destrivializar la experiencia, haciéndole a uno pausar. Largo, suculento y fresco. Se disfruta mejor dejando el espíritu hipercrítico en la puerta. Como acompañante de una pizza con mozzarela, rúcola, tomate fresco y parmigiano, de que vale, vale.

La cosa es—reitero—que no voy a meterme ni con la comida, ni con el vino, habiendo sido ambos exactamente lo esperado.

Lo que no me esperaba fue que cuando trajeron el vino, también trajeron a la mesa copas que a todas luces acababan de salir del congelador, heladitas, ya saben, como vasos de cerveza (Desde ahora les ruego me perdonen, pues la foto de los hechos la tomó mi mujer con su Blackberry y no ha podido hacérmela llegar para ilustrar esta breve entrada; he tenido que recurrir al “Dramatic Reenactment“, como en aquel  reality show de los policías en la tele.)

No pude ver si en la botella ponía algo sobre “Sírvase bien frío”, de lo que esta nueva onda en el servicio caribeño del vino sería una interpretación impresionantemente literal.

Se trata del tipo de cosa que me hace sonreir sin querer. Podía tomármelo como señal del estatus de los blancos aquí, o como señal de extrañas idiosincrasias en el garde manger—porque guardar tan siquiera media docena de copas de buen tamaño en el congelador no puede ser un muy provechoso manejo del espacio—pero no lo haré. Aquí tienen una irresistible tonadita de Bugz In the Attic, muy acorde a mi humor, que se sirve en copa helada para amplificar o disminuir el efecto de algo, no sé exactamente que…

Cositas y cosotas: 05.06.2009

De las más horrendas profundidades del averno marketinguiano sale hoy una muy especial: Ya está en el mercado una nueva gama de vinos “Hello Kitty” elaborados por Tenimenti Castelrotto en Oltrepò Pavese.

Lo de usar caricaturas en etiquetas de vino no es nada nuevo, pero este caso me resulta de un repugnante que no vean ustedes.

No se trata solamente de que nunca le he visto el punto a la gatita con cabeza de zepelín por la que a cada rato clama mi hija de dos años.  Tampoco se trata solamente de que esta utilización de Hello Kitty me parece un burdo reclamo a un segmento del público al que aún no debiera interesar el vino—o si le interesa, no debe ser con porquerías de este tipo, sino de un modo más edificante… En realidad son demasiadas las objeciones que tengo a esto como para ponerme a enumerarlas aquí.

Según Patrizia Torti, heredera y enóloga de la bodega responsable de este mamarracho, en el artículo con el que enlazo arriba: “Hello Kitty no es sólo para niños. Es un ícono de la moda para adolescentes y adultos alrededor del mundo” (Mi traducción).

¿”Adolescentes y adultos”? Querrá decir “una caterva de oligofrénicos sin remedio”, porque de otro modo sencillamente no lo veo.

En todo el tiempo que llevo como observador de la cultureta del vino me he encontrado con todo tipo de cosas. Esta del vino “Hello Kitty” me provoca un tipo muy especial de repelús…

Y hablando del averno mercadológico: Me entero de que ya están aprobadas oficialmente en Rioja la chardonnay, la sauvignon blanc, y otras “estrellas” de la enoindustria internacional. También de Decanter.com la noticia. Citan a Ricardo Aguiriano San VIcente, director de marketing del Consejo Regulador de la DOCa: “Con estas nuevas variedades intentamos hacer la viura más afrutada y fresca, que es lo que quieren los consumidores” (Mi traducción).

Pues, ahí está: The New and Improved Viura.

Y yo que pensaba que a esa variedad le iba tan bien con la malvasía…

Pero bueno, a lo que iba, que felicidades, queridos señores aprobadores de estas cosas. Hasta si les da por hacer monovarietales de chardonnay y sauvignon, la Rioja ahora podrá competir con los millones de millones de litros de chardonnays y sauvignons que hay ya en las tiendas de este mundo. ¡Porque nunca puede haber suficiente chardonnay o sauvignon blancm bi señor!

Me trae recuerdos de Argentina y lo difícil que era encontrar un buen torrontés en Buenos Aires, mientras que chardonnays los había a torrentes.

Y en otro giro, que igual acaba siendo cosa del marketing, sigue la gente dándole caña a Robert Parker, aunque éste intenta públicamente—más vale tarde que nunca—rectificar los tropiezos éticos de sus empleados. Resiulta que en el mismo boletín noticioso de Decanter.com del que saqué esas dos joyitas que les expuse arriba sale también esto.

Resulta que el Sr. Parker fue desplazado del primer lugar en la edición de este año de la Power List de Decanter. Ahora el más-más-supermás de todos los poderosos en el mundo del vino es el jefe de Constellation Brands, gigante internacional de las bebidas, etc.

Decanter atribuye el movimiento de Parker a que está pasando ya la popularidad del tipo de vino que él favorece, así como también a esos conflictejos de ética de Jay Miller y Mark Squires.

Yo he pasado del Schadenfreude a una especie de fría curiosidad científica por ver a donde diablos irá todo esto.

Bueno, y como yo no cobro ni un nanocentavo por todo esto que doy aquí en este blog, fruto de mi vanidad, les diré que entre anteanoche y  anoche me tomé una botella que me mandó de regalo un bodeguero.

Oh yeah.

Que comience la investigación sobre la ética cambloriana, ya que acepté una botella del Von Schubert-Maximin Grúnhauser, Riesling “Herenberg”, Mosel-Saar-Ruwer 1998 dentro de aquella cajita que me mandara hace unos meses mi amigo Alfredo Arribas con muestras de su propia bodega.

Y riquísimo estaba. Oh yeah.

El color no parecía de un riesling con diez años. Pajizo tirando a dorado claro, con destellos verdosos. La nariz en la primera noche estaba poseida del pestazo sulfúrico que habitualmente  aqueja a los vinos de Von Schubert recién abiertos. Pero a la segunda noche… Vivísima toronja con acentos de fresa silvestre. Detrás hay una veta mineral que anda entre cuarzo y aspirinas. Aún más atrás huele a melocotón y quizás a té blanco. Al paladar es ligeramente tendre, con el azúcar residual muy bajo control. Cítricos y minerales te hacen la boca agua. Un vino erguido, enérgico, aún enterito y comenzando a vivir. Muy largo. Delicioso con una ensalada de pimientos y puerro ancho asados sobre la cual puse queso de cabra a la plancha recubierto de almendra.

No hay que decir que a Alfredo, muchas gracias. Es el tipo de vino que en Santo Domingo no aparece ni por casualidad a menos que sea de esta forma.

Bueno, y ahora les dejo con un videito. Es muy posible que Iñaki Gómez Legorburu se pille un cabreo soberbio (si es que de tal cosa es capaz un tipo tan zen) con lo que voy a decir, pero desde hace un par de días estoy tarareando “So Sad About Us”, una canción de The Who. El problema es que la versión que oigo en mi cabeza no es la original de The Who, sino la mucho más provocadora interpretación de The Breeders…

Retinteces…

Hace unos días inicié lo que proponía como una especie de serie de artículos relacionados, pero publicados medalaganariamente en el tiempo, sobre “Las 12 cosas que más joden a Camblor sobre la cultureta actual del vino”. Aquella primera reflexión iba de falta de honestidad. Someto, a manera de preámbulo, una serie de líneas recogidas en enoactividades de los últimos meses. Ya me dirán ustedes si no hubieron (y han) de reventarme…

No entiendo como un conocedor como tú bebe tanto vino blanco. Eso es para gente que no entiende de vino.

o

¿”Vino de verdad”, dices? Me imagino que te refieres a tinto…

o

Yo dejo el blanco para las mujeres. A mí, que me den Ribera…

o

¡Pero eso es blanco! ¿Estás seguro de que quieres que lo pruebe?
o

Recuerda el mandamiento, que me lo enseñaron en las clases de cata: “El mejor blanco es un tinto”.

Ya, ya… Dirán ustedes que se trata de ejemplos sacados de conversaciones con cuatro gatos sumamente desfasados e ignorantes. Pero no. Es algo que oigo día a día, y no sólo aquí en Santo Domingo. Viajando por ahí me encuentro rutinariamente que las falacias del tintocentrismo siguen vivitas y coleando, o sea, jodiendo la paciencia.

Muchos de ustedes que me leen ya llevan unos añitos conociéndome. Algunos llegan ya a más del lustro, que no la década. Juntos nos hemos visto evolucionar, crecer en nuestro amor por el vino—o nuestra desilusión con su cultureta. Una constante que vengo viendo, aún en los medios más superficialmente  tintófilos (no nos engañemos, que en esos foros españoles siempre ha latido fuerte el tinteo) es que, a medida que un “enófilo” va convirtiéndose en un enochalado de veras—que no un enómano, enópata, enobseso, o tantas otras subcategorías de nuestra pintoresca proclividad—su apreciación por los grandes vinos blancos de este mundo va creciendo. Y la apoteosis de eso es cuando uno de estos personajes comienza a preferir  rieslings del Mosel o del Wachau, vouvrays de Huet o  aquellos sublimes Tondonias blancos viejos  a cualquier supertinto de esos por los que antes se pirrase.

Un amor por los grandes vinos blancos, basado en grata experiencia y conocimiento, es algo sumamente positivo. Bajo ningún concepto debe ser algo conflictivo con amor por buenos tintos. Quien verderamente ama el vino puede ver con igual interés el momento de un Le Mont Demi-Sec 1967 y el de un Viña Bosconia Gran Reserva 1976.

Obvio, ¿no?

Entonces, ¿qué es lo que me jode?

Que se sigue privilegiando al tinto por encima del blanco, en los medios, en la “enseñanza” sobre vino que se lleva hoy… Hordas de principiantes, sobre todo en mercados emergentes,  se embullan con el vino y se ven ahogados en un tsunami de tintería. De repente, si quieres ser “enófilo” o simplemente parecerlo, has de tener en la mano una copa de tinto, mientras más oscuro, mejor. El blanco—y ni hablemos de rosados, que donde vivo ahora eso, aparte de dos o tres excepciones potabilillas,  es equivalente a  “White Zinfandel”—queda como algo desechable, para tomar fresquito, de aperitivo antes de que aparezca el tinto.

Eso me jode,  sobre todo cuando la gente se la pasa hablando de que admiran “la diversidad” en sus experiencias vínicas, pero sólo beben retinto. Estaría bueno ya que dejaran los “educadores” del vino de favorecer estúpidamente a los tintos y que la gente que le entra a esto llegase verdaderamente abierta a todos los maravillosos colores del vino.

Quizás parezca trivial lo arriba expuesto. Pero no sé, en lo trivial a veces se esconden las peores patologías. Les regalo a Lesley Gore (sí, esa misma Lesley Gore) cantando una canción preciosa de Blake Morgan:

Hablando por no hablar…

No les mentiré: Hay semanas en que me fallan las ganas de bloguear. Es que, como bien dice un amigo mío, llega el momento en que uno se da cuenta de que son los mismos temas siempre, las mismas discusiones con variantes infinitesimales.  Rutina. Y eso, amigos y amigas, acaba por joderlo todo si uno no es capaz de meterle creatividad a sus asuntos.

Un buen número de borradores tenía en la bandeja, esperando que me diera por terminar de escribir y colgarlos. Pero los boté todos.

El primero en irse fue uno en que respondía a las inquietudes de un amigo sobre por qué bloguear. La respuesta, clara y concisa, es: Porque te da la gana. Con acento en “gana”. El resto es redundante. Si comienzas a imaginarte lectores, comenzarás casi inevitablemente a sentirte obligado a ellos. Y bueno, rutina.

Obligaciones: Ahí otro punto. Otro lector de esto, a quien he llegado a considerar  amigo pese a nunca haberle conocido “en vivo”,  se extrañaba de que no le había respondido inmediatamente a un mensaje en que me pedía mi “sabio” consejo.

A veces uno no contesta sencillamente porque la mente no quiere darle algo satisfactorio que contestar. Y contestar por contestar, particularmente cuando te abordan con un asunto serio, me parece cosa de impresentables.Vamos, querido, que pudiera decirte que cambiaras de carrera o que no cambiaras y discutir ambas posiciones con igual destreza, pero para eso…

Lo que me lleva, como todo conecta, a cosas hechas sencillamente por el hecho hacerlas (valgan todas las redundancias). Por ejemplo, está lo de beber por beber. A diario busco vinos diferentes que consumir con la cena, pensando en el disfrute inmediato de la noche, pero también en ustedes, los que me leen y se interesan por las descripciones de mis experiencias. A veces, lo admito, he comprado botellas con claras expectativas de que me diesen algo que decir—para bien o mal.

Llamémoslo un imperativo opinatorio.

Bengodi es un deli italiano que frecuento aquí en Santo Domingo. Su gente es amable y tienen una seleccioncita de vinos que, aunque a veces errática, me ha proporcionado bastantes cositas decentes que beber en el pasado año. Hace una semana y pico—tras un período sin la tienda recibir nada nuevo que ya se me iba haciendo largo—aparecieron en los estantes tres vinitos de Donnafugata, una bodega siciliana cuyo nombre había visto mencionado favorablemente en el blog de Joan Gómez Pallarès.

Tengo una extraña manía que me hace desconfiar terriblemente de cualquier etiqueta demasiado colorida en un vino. Allá aquellos a los que les caigo mal y que insisten en sicoanalizarme: Creo que les estoy dando una regüena para roer. El caso es que dos de las botellas en cuestión venían con etiquetas que… Bueno, la foto habla por sí sola. Llamemos a mi compra de esos tres vinos superciliar.

La web de Donnafugata parecería pródiga en informaciones. Te anuncia la misión de “Producir vinos de calidad mientras se respeta el medioambiente y promueve el terruño” y te da bastantes detalles sobre los viñedos. Lo que no hay—o sencillamente he sido capaz de encontrar—es mucha información sobre vinificaciones. Esto me hubiese gustado tenerlo, considerando lo que probé y lo que opiné.

La primera botella que abrí fue del Donnafugata, “Anthìlia”, Sicilia IGT 2007, un blanquito de las variedades autóctonas ansonica y catarrato, redondito, melonesco-naranjista, con toques de flores blancas y alguito de vaselina. Acidez justa en una boca golosona. Buena persistencia. La impresión general es limpia, aunque no especialmente interesante. Al final echo en falta textura y nervio. Los serví con una ensalada de puerro ancho, tomate a la plancha, garbanzos, pollo asado al limón y feta griego. No estuvo mal.

Sí sigo en la dieta de las ensaladas por la noche. Un par de kilitos ya he perdido.

El segundo vino, abierto la noche siguiente,  era un tinto: El Donnafugata, Nero d’Avola “”Sedàra”, Sicilia IGT 2006. Cereza oscuro de color, con su brillito en los bordes, pero completamente opaco en el centro. No se siente madera en la nariz, lo que de plano es un plus. Según la web,  esto envejece en tanques de cemento recubiertos en vidrio.  Especiado y muy voluminosamente frutal en nariz y boca. Mermelada de mora y cereza con su puntita de nuez moscada y canela en rama. Aunque tiene buena persistencia, el problema viene con la oleada de calor en el posgusto 9carga 14% de alcohol y se nota). Definitivamente, aunque proviene de tierra cálida, sería el último vino que me hablaría a mí del Caribe y no creo que vuelva a acercármele en estas latitudes.

La sorpresa positiva vino con la última botella del lote, del Donnafugata, Chardonnay “La Fuga”, Contessa Entellina DOC, Sicilia 2007. La compré no sé exactamente por qué. Quizás prevía una buena entrada de blog sobre los errores chardonnísticos de mi vida. Pero no… Para comenzar, la contraetiqueta pone 13% a.p.v., feliz detalle en que no me fijé en la tienda. Y, por suerte, se nota. No hay excesos aquí. Se trata de un chardonnay limpio, bastante bien delineado y—¡sapristi!—fresco de un modo que nunca hubiese sospechado siciliano. Otro Donnafugata donde la madera está afortunadamente ausente. Aromas de almendra, miel,  manzana verde y melocotón blanco. Hay de fondo un deje tropical (¿levaduras de paquetico?) al que siguen notas arenosas y algo que me recuerda a azahar. Sabrosa boca, limpia, muy frutal y con excelente acidez. Largo y jugoso.

Mire ujté por donde…

Lo serví con unas pechuguitas de pollo marinadas en mi mojo cubano-dominicano y luego puestas a la brasa, acompañadas de una ensalada de berenjena china, puerro ancho, ají cubanela y tomates asados. Feliz maridaje, por cierto.

Ya ven. Uno comienza semiquejoso por una baja en el blogolíbido y acaba zumbando mil palabras al éter. Es que esto es como es y con lo de no hablar, uno habla.

¿Videito?

Esto es Hal, de hace un par de años, pero hoy me suenan fresquitos. Esas influencias californianosesenteras llevadas en la manga son algo muy serio…