Me tiene patidifuso la velocidad a la que se nos ha ido julio. Viene ahora tiempo de vacaciones para muchos de quienes me leen en España y el resto de Europa. Yo, siendo como soy y viviendo donde vivo, vacaciones no es que pueda tomarme. Pero se buscan facsímiles razonables. Por ejemplo, mañana me largo de nuevo a una calurosa Nueva York, donde me esperan unos cuantos compromisos médicos y de trabajo, además de alguna que otra cosilla lúdica que podré contarles luego.
Incluso hasta puede que me encuentre con uno de ustedes por allá.
Claro, La otra botella seguirá como si nada. Pueden esperar el próximo miércoles otra encuestilla, que me ha gustado el julepe. Además, alguna que otra entrada va a suscitarse. Eso sí, recuerden que estaré conectado desde mi Blackberry la mayor parte del tiempo y es bastante difícil responder a comentarios en el minúsculo tecladito, o sea que ténganme paciencia.
Pero, aparte del anuncio de viajes y otras hierbas, a lo que íbamos. La semana en curiosidades de la cultureta.
Resulta que el veterano autor y ex-jefe de subastas de Christie’s, Michael Broadbent, ha decidido demandar a la editorial norteamericana Random House por difamación y libelo. Esto es a causa de aquel magistral libro de Benjamin Wallace, The Billionaire’s Vinegar. Broadbent—a quien le robaron su famosa bicicleta no hace mucho, si mal no recuerdo—no queda muy bien en el cuadro que Wallace pinta del follón en torno a Hardy Rodenstock y las alegadamente fraudulentas “botellas Jefferson”.
Empatía siento ante el predicamento de Broadbent: Su reputación queda en entredicho a causa de un bestseller internacional que está siendo convertido en película y encima le roban la bici. ¡Pobre señor, tan amable que es! Va a sumar su demanda al puñado ya existentes en torno a Hardy Rodenstock y aquellas botellas de Lafite, Margaux e Yquem de finales de cuando Thomas Jefferson era embajador de los jóvenes Estados Unidos en Francia.
Una del departamento de vainas obvias: Reporta Decanter.com que el superconglomerado de productos de lujo Louis Vuitton Moët Hennessy declaró una baja severa en ingresos por parte de su ala de vino y bebidas (LVMH es, no hace falta decirlo, dueña de Moët, Krug, Ruinart y Veuve Clicquot entre otras grandes marcas de champaña que quizás alguna vez yo admirara, pero que ya no compro ni en broma).
La crisis, la crisis…
Otra de Decanter.com que viene con premio: Châteay d’Arche, un productor de Sauternes, lanzará al mercado su segundo vino en un novedoso empaque dirigido al público discotequero. Aparentemente, se trata de frasquitos de 10 cl. en forma de probeta. Se distribuirán las probetitas en locales nocturnos de Burdeos y Singapur.
Genios del marketing, les digo. Genios. A ver, canten conmigo… ¡Red Bull te da ah-laaaaaaaaaaaaaasssss!
Una cosita más antes de dejarles con un videito chulo: No dejen de votar por La otra botella y muchos otros blogs de vino que merecen su atención para el Premio Diccionario del vino al mejor blog de vino del 2009. A ver si me llevo la sorpresa cuando vuelva de Nueva York y me han mostrado un poquitín de cariño…
Ahora, videito. No tengo nada claro quien será el autor del clip, pero The Most Serene Republic es un grupo que he seguido con gusto desde hace un par de años. Esto es “Heavens to Purgatory”, de su disco más reciente:
El otro día pedí a los amigos lectores de este espacio que me sugirieran posibles mejoras para el sitio, lo que quisieran ver, etc. Una de las mejoras propuestas (por el bueno de “Jesús, etc.”, a quien le fastidia tanto que yo le llame “Norjito” como a mí que me llamen “Manolito”) fue la inclusión de encuestas à la Camblor.
Esa estaba tan fácil que no pude resistir. Hoy es miércoles y en adelante todos los miércoles tendrán aquí la encuesta semanal de La otra botella. En el espíritu de otra petición de mejora que ya estoy trabajando para complacer, quiero presentarles una primera pregunta que nos ayudará—presumo—a calibrar un poco nuestras narices, paladares y actitudes ante el vino. La pregunta no es nada transcendental. De hecho, parecería facilona. Pero creo que es el principio de toda buena discusión entre enómanos, porque para aquello de los gustos y los colores hay que tener clara la paleta. Así, nuestra primera encuesta de miércoles en La otra botella…
Sigo pensando en aquella amiga que se profesaba “harta” de chilenos inocuos, riberas (y un montón de riojas que bien podrían ser riberas) aburridísimos y californianos… Bueno, ahora mismo no me acuerdo lo que dijo de los californicios vínicos, pero da igual. Al final, la chica es víctima de un terrible enotedio. Pasa mucho en mercados jóvenes del vino, o sea, en regiones no productoras donde todo es importado (aunque protestarán algunos habitantes de regiones muy, pero que muy productoras, diciendo que en casa también les pasa). Se atrincheran un par de estilos de vino y de repente, pues, eso es todo y a traer solamente cosas idénticas, porque eso es “lo que vende” y al consumidor se le pueden dar “novedades”, pero sin jugar con la familiaridad.
Se me hace motivo de celebración que existan en mi actual hábitat algunos individuos capaces de ver un poquitín más allá e importar cosas un poquitín diferentes. Y más celebrable aún resulta que traen una buena cantidad de vinos a precios módicos. Apelar a mi promiscuidad vinofílica y a mi frugalidad a un mismo tiempo es, no hay que decirlo, todo un logro en estas latitudes.
Eso sí, otra cosa que hay que decir es que estos importadores se concentran al 100% en vinos de diversas regiones de Italia. Esto no es negativo en lo absoluto, pues Italia es todo un universo de vitiviniculturas idiosincráticas y fascinantes. Lo que sí es negativo es que no aparezcan importadores aquí que hagan lo mismo en cuanto a Francia, por ejemplo. Si el cuerpo me pide vino francés, a menos que quiera productillos de hiper-négoce o burdeos de puntos, la llevo fea. A menos que sea yo el importador, trayéndome botellitas a mano como suelo hacer cada vez que me doy una escapadilla.
Así es como aparece en mi nevera el Bernard Baudry, Chinon Rosé 2008. Ya venía advertido (por una nota de Sharon Bowman en Wine Disorder) que este rosadito 2008 de Baudry venía sumamente austero, muy a diferencia de su bonito y amable hermano de la añada anterior. Razón llevaba la advertencia…
El color es de rosa de té asalmonadito, pálido y luminoso. La primera impresión nasal me recuerda a sidra, pero con un poderoso componente mineral. Luego aparecen acentos de fresa y heno. En boca es un vino magro, severo, rígidamente rectilíneo. Todo tensión. Hay fruta y una floralidad etérea de fondo, pero en este momento estamos hablando de un vino que te reta a ver quien parpadea primero. Dejé la mitad de la botella en la nevera para revisitarla más o menos en unos días, a ver si se ha “afabilizado” un poco de aquí a allá.
En blancos, un desencantillo: El Masciarelli, “Villa Gemma” Bianco, Colline Teatine IGT 2007: La nariz es discretilla, limonosa, con ligeras notas de polen y té blanco. En boca es más o menos lo mismo, con fina mineralidad en el posgusto. El problema aquí es que le falta algo en el paladar medio. El hueco se hace particularmente molesto porque los sabores en el ataque son sencillones y un tanto difusos. Hay un posgusto, pero el bache puede hacerle a uno perder el interés antes de llegar a él.
Unos apuntillos rápidos sobre tintos: Primero, el Abbazia di Novacella, Lagrein, Südtirol-Alto Adige 2007: Térreo y especiado como buen lagrein, con una rusticidad agradable—aunque a la vez con una textura tan pulida que te deja una cierta tecnopestecilla en la mente. De cuerpo medio, con muy buena intensidad frutal en una boca sabrosa, acentos salinos y acidez viva en un posgusto bastante largo. Un vino muy fácil de beber y que agradece carne. A repetirse. Y mucho. Al menos en lo que aparece la nueva añada del teroldego rotaliano de Foradori, digo yo…
El importador, antes de enviarme el pedido que le hice, me advirtió que no abriese el Stefano Accordini, Valpolicella Classico 2008 hasta como dentro de un mes y pico, que estaba acabado de llegar y, encima, recientemente embotellado. Como si le hubiese puesto un letrero que dijera “Ábranme y es ya”, en una reunión alguien fue a la neverita de vinos de mi cocina y… ¿Cuál fue la botella que agarró? ¡Pues el valpolicella que, para mejores señas, estaba metido en una esquina atrás.
Nada, que esas cosas pasan. Y tampoco es que estuviese mal en su estado actual el vino. Aromas de cereza desecada, alcanfor, polvo y agua de violetas. Sencillo, agradablemente acuoso, con fruta vivaz y taninos masticables en el posgusto. “Un refresquito”, lo llamó mi mujer. Eso. Que nada tiene de incorrecto para unos escalopines de ternera con rovellones.
Hace un par de meses me encontré en una tienda con dos vinos de la bodega piamontesa Guidobono. No la conocía. Una googleada rápida en mi Blackberry arrojó unas cuantas reseñas positivas, algunas de ellas en sitios de confianza. Como los vinos andaban cerquita de los US$10, decidí probarlos. El primero que probé fue el Guidobono, Nebbiolo, Langhe 2006 y debo decir que me dejó sin palabras en el momento. Ahora lo recuerdo como negro, globular, denso, oleaginoso y alcohólico. Vamos, que tomé una copa y luego volví a la botella varias veces en el espacio de cinco días, observando su desintegración. De no mirar atrás y definitivamente no volver.
La otra botella era del Guidobono, Barbera d’Alba 2006 y podrán imaginarse que me tomó tiempo recaudar coraje para entrarle. Lo hice anoche. Tenía unos envuelticos de pollo con anacardos a la salsa hoisin en hojas de lechuga, iba a beber solo porque Josie está tomando medicamentos que no van con alcohol, y la botella no iba a marcharse sola de mi casa.
Para mi sorpresa, aunque al barbera definitivamente se le sentía su 14% de alcohol, estaba muy bebible. Especiado y goloso, con cereza y frambuesa negra pasando mercurialmente de lo desecado a lo mermeladesco. La acidez va justita en un posgusto dominado por el frutonazo. Pero hay una cierta salinidad también, lo que acaba por hacerlo funcionar. No que vaya a salir corriendo a buscar esto de nuevo, pero si un amigo me dice que le recomiende un tinto voluminoso y goloso que sea baratito y valga para bajarse una pizza…
El videín de hoy es un relajante muscular que dedico a todos los amigos que anden tensos este martes:
Otro post híbrido, pues me parecería que abarca por lo menos un par de “Las 12 cosas que más joden a Camblor de la cultureta actual del vino”, además de incluir un par de apuntes de bebienda casera. Encima, tiene algo que ver todavía con Anthony Dias Blue… Les digo, viene multipolar.
“Me impresiona que pague usted por ‘la gran mayoría’ de los vinos sobre los que escribe. Si cata usted 1000 vinos en un año, entonces debe usted pagar por 750 de ellos. Eso significaría que gasta usted cerca de US$20,000 en muestras, para no decir nada de lo que gasta en comida. Yo cato como 7000 vinos al año. Eso pondría mi factura por muestras bien por encima de los US$100,000. Creo que prefiero dar propinas generosas a los transportistas de FedEx y UPS.”
Se me antoja que aquí hay un problema fundamental. De verdad que no me he fijado cuantas notas de cata publica anualmente Dr. Vino. Solamente puedo hablar de lo que pruebo y cuento yo. Y se me antoja que si viviera pendiente de “muestras”, este blog probablemente no existiría.
¿El problema fundamental? Que muchísimos blogs son autopublicaciones que reflejan la bebienda privada de un consumidor, sea en casita a diario o con amigos en cenas, catas grupales, etc. Yo publico intentando reflejar como se comporta cada vino en un medio mucho más cercano a la realidad diaria del consumidor común que el salón de catas de la revista X, donde se toman sorbitos, se gargarea, se escupe y se da puntitos de forma clínica y aislada. Uno de los factores más influyentes sobre mi conciencia a la hora de evaluar un vino positiva o negativamente es que, carajo, ¡esto me costó dinero a mí o a algún amigo!
De verdad que no quiero enterarme de cuanto me gasto al año en vino. Tampoco quiero andar haciendo censos de botellas. Trato de ser responsable y no andar comprando por comprar. No soy hombre de trofeos—sólo pretendo beber bien y sentirme que aquello por lo que he pagado ha valido lo que pagué. Mi parcialidad, hay que decirlo, parte de esa sencilla premisa. Jamás diré, por ende, que soy “imparcial”.
Si, por casualidad, algún vinatero amigo me provee una muestra, usualmente es porque su vino no está disponible en mi mercado y desea que lo pruebe. Hago siempre una nota aclaratoria sobre las circunstancias en que vine a tener ese vino en mi posesión. Y lo hago más como agradecimiento público al amigo vinatero que se preocupó por hacerme llegar esto que por ninguna obligación de “full disclosure”, que conste.
Espero que me comprendan. Lo que quiero dejar claramente establecido es que aquí las cosas se hacen entre amigos, con sinceridad, contando lo que le pasa a uno, como uno ve o no ve… Una de las bellezas (y los peligros) del blogueo: El periodismo ciudadano tiende a trabajar en plan “micro”, exponiendo detalles que no se verían en las páginas cuidadosamente editadas de una buena revista o periódico. Aquí las cosas tienen pelos, señales y a veces no les huelen bien los pies. Siendo la motivación principal un deseo de comunicar la cotidianeidad de una pasión por el vino en esta época de pendejadas y veleidades, no podría funcionar de otra forma. Craso error del Sr. Dias y los que como él piensan, imaginar a los blogueros como gente que pretende usurparles su trabajo. Somos criaturas diferentes…
Piénsenselo ustedes la próxima vez que vayan a un blog y la próxima vez que compren su revista favorita sobre el mismo tema que trata el blog.
Esos veinte mil dólares de los que habla el Sr. Dias son un dineral, particularmente si se trata de muestras. Pero si uno ve esa inversión—aunque excesiva, sobre todo en los tiempos que corren—como parte de la búsqueda de disfrute personal, creo que la historia se lee distinta.
Y nada, lo otro que traia. Unos vinitos caidos en los últimos días, por mí pagaditos…
En blanco me probé, del mismo suplidor italiano del que les contaba el otro día, un Ronco dei Tassi, Bianco “Fosarin”, Collio 2007. Es una cuvée de friulano, malvasía, pinot bianco y sulfuroso. Digo porque la peste a huevos pasadillos no se le quitó en toda la noche. Debajo se sentían elementos tropicales de piña, banano y guanábana. Liso, goloso y glicérico, para mí lo salvan solamente sus elementos texturales. Entra en boca cremoso y en el posgusto deja una agradable granulosidad que me recuerda a pera fresca. Pero no creo que repita.
En tintos les puedo contar del Nino Negri, “Le Tense”, Sassella, Valtellina Superiore DOCG 2005. La botella la fuí probando a lo largo de aproximadamente 96 horas, interesado en ver lo que le iba pasando al vino.
Ya saben los que me conocen que me fascinan esos nebbiolos prealpinos, de clima más fresco que el del Piamonte centro-meridional. Lessona, Bramaterra, Ghemme, Carema, Valtellina son todos nombres que suenan como dulce música en mis oidos, sobre todo cuando van junto al nombre de un productor natural, tradicional y sin enotecnoínfulas.
Pues tenía yo mis reservas por la contraetiqueta de este sassella. Una cuarta parte del vino se envejece en grandes toneles de roble esloveno. Pero el resto se mete un año y pico en barricas de roble francés y americano. Ya se imaginan la gracia que me hace a mí lo de nebbiolo con barrica.
En fin, que por lo menos el color era valtellinesco: Granate coralino pálido, con destellos acaramelados y violáceos y excelente transparencia. A veinte minutos de abierta la botella, la nariz es toda madera: Vainilla, hinojo, caja de puros, cuero y canela. Por debajo van apareciendo ciruela fresca, té verde y frambuesa negra, pero la tabla pega fuerte. Más o menos el mismo efecto en boca. Es un vino ligero, delicado, que parecería pasar trabajo cargando tanto roble. Difícil no preguntarse qué poseyó al vinificador a meter esto en barricas. La madera obstruye. El posgusto tiene un agradable amargor frutal y el hecho de que no esté dominado por taninos secantes de barrica (como lo estaría, por ejemplo, en uno de esos riojones modernos) me hace guardar las dos terceras partes de la botella en la nevera para volver a evaluar.
La segunda noche la cosa parece haber empeorado. La misma nariz. En boca la fruta ha caido presa de un mutismo alarmante. Recorcho, abro otra cosa.
Esa otra cosa fue el Domaine Chignard, “Les Moriers”, Fléurie 2004. Lo sirvo con una ensalada de alubiones, chorizo, hongos y cebolla caramelizada sobre rúcola. El chorizo automáticamente le declara la guerra y comienza a pegar gritos en mi boca, pidiendo vino blanco. Pero bueno, nos comemos la ensalada sin pensar mucho en la catástrofe marital que se trae con el vino, reservando este último para disfrutarlo por sí solito.
Es que la gamay y el granito forman un duo muy especial. Se adoran. Preciosa nariz mineral. La fruta está ahí, en elegantes notas de fresa y cereza frescas y anís, pero esa distintiva mineralidad es lo que las mueve, las hace elocuentes. Es casi musical la cosa. Bella boca mineral. La fruta… Bueno, ya saben. Grácil, fresco y delicioso. Infinitamente bebible. Largo. ¿Les dije lo de mineral? El posgusto es de los extra-crunchy. Lo despierta a uno como si fuera cafeina la ligereza y el brio de este vino.
No, no voy a dejarlos en el aire con el valtellina. A la cuarta noche la cosa mejoró sustancialmente. La madera parece querer aceptar un papel secundario y se revela una fruta estructurada, seria, tirando más a negra que en las noches anteriores. Hay amagos florales, además. Y polvo. Decidí comprar un par de botellas y guardarlas, a ver.
Videito pa’ujtede ahora. Elvis. No, el marido de Diana Krall. La canción es del nuevo álbum, que está fenomenal. El título de la canción, por pura casualidad, me recuerda al blanquito del que les dije arriba. Y el “look” de la filmación parece primo de mi nueva modalidad fotográfica para los caidos en casa…
Me la paso pensando en complacer lo que me piden los amigos lectores de este espacio. Felipe Méndez sugería más fotos de “caidos en batalla”, o sea, botellas con etiquetas manchadas y toda la parafernalia de esas bebiendas que habitualmente calificaría como “de las buenas”. Pero no sé, me inspira abrir paso a más fotos en La otra botella una imagen que no tiene nada y lo tiene todo que ver con bebienda.
Me quejo mucho de lo que pasa por gastronomía en República Dominicana—el país donde ahora resido. Pero hay algo mágico, un plato que esta media isla tiene en común con el resto del Caribe hispanohablante, que siempre me hace sonreir. Une al gourmet más purista y al comelón menos discriminante. A grandes y pequeños. Sencillamente, cuando esto está en el menú, hay fiesta y uno no puede evitar participar. Así, un minirreportaje fotográfico dedicado a algo sumamente amigable al vino. Me ponen un buen rioja tradicional, o un fléurie, o un bonito nebbiolo prealpino, por favor, que hoy el homenaje y la navidad en julio es del… ¡Lechón asao!
Bien podría decirse que esta semana ha sido un largo episodio de “Cositas y cosotas”. Mucho folloncito y follonazo en la cultureta del vino…
Está el asunto de Anthony Dias Blue y su diatriba antiblogueril. Ahora Dr. Vino ha tomado cartas en el asunto con una entrega de su blog que revela muchísimo sobre el tipo de “crítico” y “periodista” que es el Sr. Dias Blue. Quien habló de “infomerciales” (o, como se dice en inglés de la versión impresa de ese tipo de publicidad, advertorials) andaba muy cerca de la realidad. Sin embargo, el individuo osa hablar de “ética periodística.” Es que hay que leer cada cosa…
En particular me ha resultado interesante un comentario extraido por Dr. Vino a Dias Blue, en el que este último habla de muchos blogueros como individuos “en pijama” derramando ponzoña, etc. Era lo que faltaba ya. Que se metan con el atuendo de uno. No que me vaya a mí bloguear en pijama. O usar pijama, punto. Como predicador de un extraño concepto de moral, la única prenda apropiada para bloguear acaban siendo los calzonci—er, perdón, se me va la onda. Me puse a buscar un video del “Pijama blanco” de Javier Krahe para ofrecerlo en dedicatoria, pero no aparece ni por los centros espiritistas.
Pero a otras cosas. Hoy no les diré nada sobre el “Caso Sierra Carche”. Aunque quizás sí. Leo esta mañana en VinoWire que, tras ya unos cuantos meses de acusaciones, investigaciones y revelaciones en torno al escándalo Brunellopoli, el Consorzio del Vino Brunello di Montalcino al fin se manifiesta en un par de cartas enviadas a sus miembros. Según VinoWIre, Patrizio Cencioni, presidente del Consorzio, “exhortó a los miembros a proyectar ‘un mensaje positivo’ a la luz de los descubrimientos de la Tesorería Italiana (más detalles sobre estas revelaciones de fraude aquí; se investigó a siete bodegas toscanas de mucho renombre bajo sospecha de adulterar sus brunellos con variedades de uva no permitidas. Entre los investigados estaban Antinori, Argiano, Casanova di Neri, Banfi y Marchesi di Frescobaldi. Exoneradas tras la investigación fueron Biondi Santi y Col d’Orcia) y anunció que la firma de auditoría Valore Italia ha sido contratada para certificar la calidad de los miembros de la asociación en el futuro.”
Vamos, como los óscares, con firma de auditores la cosa… Al Sr. Presidente del ilustre Consorzio quisiera yo dedicarle un videito:
¡A que silbaron un poquito! Al mal tiempo y la mala conducta, pues, buena cara y pensamiento positivo… ¡Esa es nuestra cultureta!
En otras noticias de empresas que buscan cepillar un poquito su imagen, cuenta Decanter.com que Starbuck’s comenzará a vender vino y cerveza en tres de sus tiendas de Seattle, que serán reconceptualizadas “en el estilo del coffeehouse tradicional”.
Esperemos que el vino sea un poquito mejor que los últimos diez “cafés” que habré tenido que zumbarme de Starbuck’s por pura necesidad de cafeina.
También de Decanter.com, que Kraken va a sacar un libro de 30 kilos dedicado a “los 100 mejores vinos del mundo”. Copias del mamotreto en cuestión se venderá a un precio apropiadísimo para la actual situación económica mundial: US$1,000,000.
“Cada comprador del libro recibirá estuches de seis botellas de cada uno de los vinos reseñados, así como invitaciones a visitar algunas de las bodegas…. Se producirán solamente cien copias del libro, de las cuales 25 han sido pre-ordenadas”, dice el artículo de Decanter.com.
En alguna parte hay un bosque llorando.
Ya saben. El que se lo compre, que lo preste, ¿eh?
Fuera del tema del vino, me he topado por casualidad con que Prince a levantado las restricciones a sus videos en YouTube, por lo que ahora podemos ver unos cuantos sin aquellos necios letreros o supresiones del sonido. Este clip, de allá por principios o mediados de los noventa, se lo regalo a cierto buen amigo, muy purista en cuanto a los Stones se refiere…
Bueno, y antes de que se me olvide: A principios de semana llegó a mi atención que Diccionario del Vino ha abierto ya la votación para su Premio Diccionario del Vino al Mejor Blog del Vino del Año 2009 y este blog aparece entre los candidatos. Les juro que yo no lo inscribí, o sea que a alguien por ahí le debo estar participando. Tankiu. Aparte de enterarme sobre la existencia de unos cuantos blogs de vino que desconocía completamente, engancha la onda de ver como uno va subiendo y bajando en el listado según le votan o no.
Dense ustedes la vuelta y, si lo merezco, échenle un voto a La otra botella y a todos los demás blogs amigos que forman parte de la lista de candidatos (pueden votar pro cinco blogs cada día, con puntuaciones del 1 al 10). A ver como quedamos al final…
Y ahora sí, para terminar-terminar: El otro día, en la fructífera sesión de sugerencias y reclamaciones que tuvimos aquí, alguien me pidió que iniciara una sección periódica de carácter más técnico/educativo. Me complace informar que estoy trabajando—en conjunción con un florido y cortés elenco de entendidísimos ponentes invitados—en una primera clase sobre el envejecimiento del vino. No sé si se vea mal, pero no es sobre esa clase que les daré un adelanto, sino sobre la segunda. En mi caótico esquema de las cosas, ésta tratará sobre vinos naturales. A manera de anticipo, les brindo un maravilloso ensayo publicado esta semana por mi querido Joe Dressner en su genial blog Captain Tumorman. Es uno de esos momentos en que el entendimiento llega como emoción.
Los que han leido el hilo de comentarios en la entrada anterior ya saben que ayer sufrí una caida muy aparatosa en mi casa y hoy estoy todo jodido. No puede llamársele de otra manera a mi presente estado físico y mental, sobre todo porque ni los ungüentos ni las pastillitas para el dolor me hacen el más mínimo efecto.
Ya me mejoraré. Aparte de los superficialmente visible, no parece haber nada roto. La cuestión es que aquí sentado, respondiendo e-mails de trabajo con seis dedos, me dió por pensar en el “Caso Sierra Carche” del que les hablaba ayer y, de repente, me surgen algunos esbozos de ideas.
En primer lugar, no sé si sea justo andar tratando de absolver de culpa al cliente final. Tontos siempre habrá y a los americanos les gusta mucho la frasecita caveat emptor (parecería que es todo el latín que muchos en ese país conocen, aunque tiendan a pensar que la advertencia no aplica a ellos).
Vivimos en un mundo donde lo más fácil es obtener información instantáneamente. Quien busca enterarse de algo, sea lo que sea, usualmente se entera en cuestión de minutos. Que aquello de lo que se entere sea válido y fiable ya son otros veinte pesos. Caveat emptor, etc.
Aunque debería maravillarme ante la profusa disponibilidad de información, en realidad más me maravillo ante la incapacidad de tanta gente de pasarla por filtros propios. Y aún más me maravillo ante la manera en que aparecen “gurús” enteramente dispuestos a “filtrar” o “suavizar” tanta información. Pero aún más todavía me maravillo ante la facilidad con la que la gente sigue a esos “gurús” sin cuestionarlos.
¿Trasfondo? ¿Ideología? ¿Metodología? ¿Etica?
¡Pfffffffffft! ¡Poco importa! ¡Si el tipo habla como si supiera! ¿No basta con eso?
La suprema ingenuidad, por no decir la espeluznante pereza mental que lleva a algunos a seguir a “gurús” sin la más mínima reserva es uno de los peores males sociales de nuestro tiempo. Caen primos a montones en engaños financieros a lo Bernie Madoff y Allen Stanford sin que a nadie se le haya ocurrido cuestionar nada. Estos estafadores, convicto uno y alegado el otro, fueron “gurús” a quienes sus “clientes” creian poseedores de conocimiento secreto, de clarividencia financiera, de todo tipo de recursos misteriosos que garantizaban éxito aunque, sometidos aún a un escrutinio chapucerete, no tuviesen ni pies ni cabeza.
Hoy hay “gurús” para todo. Tal parecería que una inmensa cantidad de seres humanos no es capaz de tomar decisiones por sí misma, sea en materia financiera o sobre que película ver, que disco oir, que vino beber en que restaurante… Incluso gente con amplia experiencia en un tema—por ejemplo, el vino que tanto nos apasiona—no es capaz de autodestetarse en cuanto a “gurús” del vino se refiere. Donde debiera operar implacablemente el caveat emptor, impera una credulidad que, francamente, me llena en iguales medidas de temor, pena y vergüenza ajena.
Y a uno no le queda más remedio que preguntarse lo que pasa. Lo digo no por quien tiene la culpa final en el “Caso Sierra Carche”, sino por lo fácil que resulta que ocurran y sigan ocurriendo cosas así. ¿Tan descarriada y desesperada por ser lidereada está la gente?
Pero perdonen ustedes ahora, que creo que voy a recostarme un ratito en el sofá. Me siento fatigado y, encima, un poquito wilhelmreichesco-circa-1933. ¿Un videito antes de comida para ir abriendo el apetito?
Esta entrega de La otra botella va dedicada al Sr. Anthony Dias Blue, cuya reciente diatriba antiblogueril ha causado una cierta hilaridad indignadilla al autor de estas líneas.
Tyler Colman, mejor conocido como Dr. Vino, hace el tipo de blog que quisiera hacer yo cuando sea mayor. Se hace preguntas inteligentes en torno a fenómenos de la cultureta del vino, investiga, transmite sus preguntas a otros, investiga más y publica artículos que dan mucho que pensar y hablar. Su blog, Dr. Vino, es un modelo a seguir. Si hay alguien a quien pudiese yo calificar de “periodista ciudadano” en esta cultureta del vino, es él.
Quienes sospechen que los ataques del Sr. Dias Blue iban dirigidos primariamente a Dr. Vino están en lo correcto. Hoy Tyler ha publicado una entrada que es, a mi juicio, verdaderamente fascinante. Narra la “saga” de un enoproducto de Jumilla muy altamente puntuado por Jay Miller en el Wine Advocate. Este vino fue importado a Estados Unidos y ofrecido al público, mucho del cual lo compró en base a la puntuación de 96 adjudicada por Miller. Algunos consumidores, al probar el vino, se quejaron de que no se parecía en lo absoluto a lo descrito por el Dr. Miller y era, además, un producto de una mediocridad conspicua, inmerecedor de la puntuación adjudicada, etc.
Estos consumidores, lectores asiduos de Miller, le llamaron a contar. Uno de ellos, incluso, envió una de las botellas que había adquirido a Miller para que este último la catase de nuevo y confirmara o desmintiera la opinión del hombre. Miller eventualmente cató el vino y quedó consternado al comprobar que se trataba de un vinajo muy distante de la muestra que catara originalmente para el Wine Advocate.
Dimes y diretes varios. Otras llamadas a contar. Tiendas ofreciendo devolver el dinero a clientes inconformes. En fin, tremendo follón, que espero les merezca un ratico de su tiempo a los angloleyentes entre ustedes.
¿El enoproducto en cuestión? Pues se llama Sierra Carche, Jumilla 2005, supuestamente una cuvée de monastrell, petit verdot y malbec. La marca es propiedad de Guy Anderson Wines, firma que se autodescribe como “una de las principales creadoras de marcas en el Reino Unido”. Se sabe muy poco sobre los detalles de viñedo de este producto, que, según la investigación subsecuente por parte de diversos personajes del universo parkeriano, resulta ser “Bodegas y Viñedos de Murcia, brazo comercial del Grupo Casa de la Ermita” (mi traducción de una cita de Víctor de la Serna en el artículo de Dr. Vino).
En realidad, aunque los pormenores del caso me parecen sumamente interesantes, lo más importante son las preguntas que nos deja Dr. Vino al final de su pieza. Dice: “Una de las preguntas más grandes (en un caso como éste) es qué protecciones tienen los consumidores. Ha sido usted alguna vez como Robert Kenney (el señor que llamó la atención de Jay Miller a la discrepancia entre el vino que compró y lo que Miller dijera de la muestra puntuada) y comprado mucho de un vino basado solo en una puntuación, sin probarlo? ¿Piensa usted que las tiendas deberán aceptar devoluciones de vinos así?”
Los derechos del consumidor, particularmente en esta cultureta que vive tan pendiente de las opiniones de críticos poderosísimos, debieran preocuparnos. Claro, también hay que ver que la gente es como es… Porque a estas alturas yo siempre digo que sólo al caballo regalado no se le mira la dentadura. Todos los otros me tienen que abrir la boca y someterse a examen. O sea, “cuidado antes de soltar la plata, chicos y chicas…”
Commentez et discutez, amigos. Y a Dr. Vino mis felicitaciones por uan de las mejores lecturas vínicas que me han llegado en semanas.
Esta mañana, por el hilo de comentarios en una entrada del excelente blog de José Luis Louzán, La Trastienda de…, me enteré de que ha desaparecido un vino que, en su momento, consideré sumamente interesante y prometedor. Tanto fue así, que en la primera edición de los Premios El Botellazo™ en diciembre del 2007, le sucedió a este vino lo siguiente…
Nuestro segundo Botellazo™ en este segmento es para el Vino Revelación del Año. Ojo, aquí no premiaré a vedettes del mundo actual del enocomercio con productejos nuevos, sino a algo verdaderamente singular que de repente y muy inesperadamente me remeneó mi conciencia de lo posible y probable. De una región famosa por blancos, sale un tinto de calidad. Eso, pues, vaya y pase. Pero cuando el tinto en cuestión es tan radicalmente distinto a lo que uno pudiera imaginar, no hay más que darle un Botellazo. Así me pasa con el…
¡Viñas doTorroxal, Tinto Joven, O Rosal, Rías Baixas 2004!
Me lo encontré por primera vez en aquella cata multitudinaria de The Great Match http://blogs.larioja.com/otrabotella/2007/9/25/the-great-match-nueva-york-2007-redescrubriendo-espana#comments) entre el portafolio de vinos de la encantadora Alex Elman, de Marble Hill Cellars, y luego lo probé otra vez en un almuerzo con la igualmente encantadora Alejandra Rodríguez, representante de exportación de la bodega. En The Great Match lo describí esta interesantísima cuvée de sousón, brancellao y caiño así: “Se las arregla para parecerse impresionantemente a un buen côte-rôtie de añada fresca en un momento (por tener notas de tocino ahumado) y a un saint-joseph (por tener notas de olivas negras) en otro. Fruta limpia, con deliciosos aspectos salinas. Taninos maduros, levemente granulosos. Un vino interesantísimo, que me encanta por su ligereza, su porte y su originalidad. Una revelación.”
Ya saben. Podría decirse que vino predeterminado para este premio…
Pero la revelación fue efímera. La promesa fue en vano. El tinto de Torroxal—y hasta donde entiendo la bodega misma—ya pasó a la historia como mera marginalia. Torroxal fue comprada por Bodegas Valmiñor a finales del año pasado y, según nos cuenta José Luis Louzán, el tinto fue una de las primeras cosas en sucumbir a la reestructuración corporativa.
Si bien sé que algunos no llegaron a compartir mi entusiasmo por este tinto gallego (fruto de un loable primer esfuerzo por recuperar cepas tintas autóctonas de Rías Baixas), a mí llegó a ilusionarme. Dije que se parecía por momentos a muchas cosas (desde un chinon hasta un Saint-Joseph), pero ante todo era él mismo, un vino que no aspiraba a grandes escalas ni titanismos, pero era sumamente distintivo. En una España y un mundo del vino sobrepoblados por vinos formulaicos e idénticos, el tinto Torroxal 2004 fue un bonito momento de autenticidad.
Me apena infinitamente que no se repetirá tal cosa en añadas futuras. Creo que me queda una botellita guardada de ese 2004 en la bodega de Nueva York. No sé si atesorarla sin abrir como recuerdo de aquel Botellazo™ 2007 y de la labor de la bodega, o beberla celebrando que existió.
El otro día conversaba con una amiga, aficionada al vino y también residente de Santo Domingo. Me decía que se encontraba presa de un terrible aburrimiento, vaya, un atroz eno-ennui… Desde hacía tiempo parecía que todo lo que cataba y bebía en su vida diaria era idéntico: Un ribera por aquí, un chileno por allá, otro ribera por aquí, un californicado a ultrasobreprecio por allá, un rioja que parecía ribera por aquí, otro argentino igualito a ese último rioja y al correspondiente ribera por allá, y así… Me hablaba esta muchacha, sin ponerle nombre, de un fenómeno que tengo ya requetevisto en la oferta de algunos grandes distribuidores de vinos en República Dominicana. Tienden a na homogeneidad en sus portafolios que, aunque da gran número de etiquetas, no da variedad en cuanto a sensaciones. Claro, esto no es solamente cosa de esos distribuidores. Hay que ver que la industria misma lleva ya mucho tiempo autohomogeneizándose y la oferta acaba siendo mucho más de conceptos mercadológicos y marcas que de vino en sí.
Lo curioso es que la enochaladura auténtica, cuando da, tiende a provocar una reacción en el enochalado que resulta inímica a esta tendencia. El crecimiento de la pasión por el vino lleva casi invariablemente a un análisis cuasiobsesivo de lo consumido, a la búsqueda de profundidad, de sensaciones nuevas, de microdiferencias entre caracteres conocidos. MIentras más crece nuestra enochaladura, más exigentes nos volvemos, más estímulo sensorial/intelectual aspiramos a encontrar.
Cosa que parecería ir en directo conflicto con la manera que tienen vastos sectores de la industria del vino de enfocarnos.
Pero a lo de mi amiga… Se profesaba ya harta de lo mismo. Como yo tiendo a ser un buenazo y siempre me gusta ayudar, automáticamente se me animó la sesera y comencé a dar alternativas.
Abundantemente documentadas han quedado en este espacio las dificultades que me encontré al mudarme a República Dominicana para encontrar vinos de terroir, idiosincráticos, apasionantes… Yo era el primero en decir que venir de Nueva York me dañaba, pues había sido expuesto a aquella profusión de todo lo que auno pudiera ocurrírsele en términos de vino y comida y no había vuelta atrás: Casi todo lo demás iba a parecerme insuficiente. Pero quien busca, encuentra. Con el paso de los meses he ido descubriendo proveedores que, si bien no llegan al nivel de esoterismo vínico que me tendría fascinado, al menos me dan un poquito de algo remotamente parecido a lo que quiero.
Aparte de importar yo a mano algunas botellitas de vinos apasionantes del Loira, Borgoña, Jura, Ródano, Rheingau, Mosel, Wachau, Ribeira Sacra, etc., me he estado manteniendo a base de mucho vino italiano comprado a importadores pequeños en Santo Domingo. Aunque estos importadores tienden a no trabajar con el tipo de productor artesanal cuya obra más me apasiona, entre lo que traen de bodegas italianas más grandecitas a veces aparecen cosas que me provocan un cierto interés. Si bien tienden a ser vinos que me despiertan objeciones, el mero hecho de que mantengan cierta diferencia con respecto al nuevo Bodegas Arribalasmanos, “Plomus” Reserva ya viene a ser algo. A veces la cura del aburrimiento está en un ajuste de expectativas. A veces está en un ajuste del propio sentido de la ironía. Decidan ustedes lo que aplica aquí. Así llego a un mini-compendio de notitas de bebienda. Tres blancos (casi cuatro) y un rosado, todos de diversos puntos de Italia, adquiridos en diversos puntos de Santo Domingo.
El otro día, viendo el sol ponerse sobre un resort al este de Santo Domingo, bebía una copita del Donnafugata, “Lighea”, Sicilia IGT 2007. Ya había mencionado aquí mi sorpresa ante el chardonnay “La Fuga” de esta bodega siciliana. Resultaba cómico que uno de los chardonnays más frescos, limpios y sabrosos disponibles en suelo dominicano viniera no de los lugares más representados y marketeados, sino de esa tierra mediterranísima. Pues este Lighea, cuvée de Zibibbo (o sea, moscato de Alejandría) proveniente de Pantelería y Catarratto de la zona de Contessa Entellina (ver la web de Donnafugata para más detalles técnicos) es agradable y facilito de beber. “Un buen vino de piscina”, como me gusta decir. Simpática floralidad blanca en la nariz, donde hay mucho de mandarina dulce y limón persa. Algo de tropicalidad en esos cítricos me hace pensar en levaduras… Pero mejor no ponerse en ésas. Quizás es esto de vivir en el trópico lo que provoca que todo me huela y sepa a piña (insertar aquí diabólica risita). Jugoso, suave y equilibrado en boca. “Completamente inofensivo”, dice Josie. Buen posgusto cítrico con mineralidad fina al final. Definitivamente, entre tanto sauvignon chileno que anda por ahí y esto, me quedaría con esto sin pensarlo.
De menos gracia resultó mi experiencia en casa con vinos de Cantina del Taburno en Campania. Dos vinos probé, un Cantina del Taburno, Falanghina DOC 2007 y un Cantina del Taburno, Fiano Beneventino IGT 2007. Abrí un día más tarde un Cantina del Taburno, Greco, Taburno DOC 2007 con muchísimo trabajo, pues el corcho me salió sangrón. Hasta se cargó el gusano de mi viejo Laguiole, que ahora he de mandar a reparar. Al final el corcho, que en un principio se rehusaba tozudamente a salir, salió en mil pedacitos… ¡Y el vino estaba corchado!
Eso lo pone a uno de una disposición que no veas. Pero en fin, que ya venía yo un poquito turbado por los dos vinos anteriores de Cantina del Taburno. Sobre el falanghina puse en mi libretita lo siguiente: Especiado. Bonbones de piña-pera en un aroma dulce que me recuerda más a piña colada frozen que a vino. Lo mismo en boca. Un perfil goloso, redondo, simple. Hay una nota de guanábana en el paladar medio. Buena acidez. Pero esto definitivamente no es mi tipo. Se deja beber, pero me lo encuentro un tanto grueso, infantilista y empalagoso en su acercamiento.
¿El problema? Que la nota del fiano dice así: Bonbón de piña-pera con un poquito de miel añadida. Gordito en boca, con lo que parecería ser una entorpecedora carga de azuquita residual. Redondo, sencillo y goloso de forma un tanto pesada para mí. Buena acidez, pero… Bueno, que resulta intercambiable con el falanghina.
Eso, que los vinos, al fin y al cabo, me resultaban intercambiables. Las notas de vinificación en la web de Cantina del Taburno (una cooperativa con más de 300 miembros, por cierto, además del beneplácito de quien ahora cubra Italia para el Wine Advocate) no indican mucho más allá de una fermentación a 12 grados centígrados en inox. Que estos dos vinos se parezcan tanto me intriga, por decir lo menos.
El rosado que tocó fue el Masciarelli, “Villa Gemma”, Cerasuolo, Montepulciano d’Abruzzo DOC 2007. Hablar de rosados en Santo Domingo es hablar de vinillos industriales, en muchos casos tendiendo al banal y venal refresquismo horrendo del “White Zinfandel” californiano. No se han enterado en la mayoría de las tiendas de vinos y restaurantes de aquí de que existen rosados superlativos en este mundo, vinos tan en serio como el que más y que, encima, complementan a una cantidad de cocinas que no veas.
O sea que cuando encuentro un rosado que pudiera remotamente servir de algo, tiendo a no dudarlo ni un segundo. Así me llevé este cerasuolo, que no será el mejor que me he tomado, pero estaba muy decentito. El color es un fresa coralino profundo, brillante con destellos violetas y cobrizos. Fresa, frambuesa y sandía en nariz y boca, acentuadas por notas especiadas y salinas y algún deje distante de aceite de lavanda. Sencillo y sabroso, con su salinidad haciendo el paladar medio particularmente atractivo. Buena acidez. El único problema es que me lo encontré un poquito cortito y glicérico de posgusto. Pero creo que no tendría problemas en pedírmelo de nuevo, particularmente con la comida apropiada.
Aburrirse, concluyo yo de mis experiencias recientes, es algo relativo. Como ejemplo de esto les dejo un grupito que muy recientemente he descubierto y que participa de una cierta tendencia “retro”, que ya se hace cansona. Sin embargo, algo encuentro que me hace atractivas a las Those Dancing Days: