Archivo diario: julio 2, 2009

Viñetas de Manhattan 5.3: Al final, Fear and Loathing in Ribera…

Ya pasábamos del horario pautado para la cata. Temía yo que fuesen mis rezagos, amateur no acostumbrado a los ritmos de una cata pro como soy. Patricio y Chris siempre acababan con sus tandas de copas antes que yo. Intentaba apresurarme, pero me era difícil. ¿Sería por mis notas excesivamente prolijas y minuciosas? ¿O sería sencillamente que estaba dedicando demasiado tiempo a cada vino en busca de algún aspecto positivo que resaltar?

Porque hay que darle la cara al asunto: Esto había sido un catálogo de impotabilidad. Pero a mí se me había contagiado una misteriosa voluntad diplomática de crear consensos y me empeciné en demasiadas ocasiones en encontrar algo a recomendar a otros en un conjunto que, francamente, yo mismo no consumiría ni de coña.

Esto me puso de cara con uno de los problemas fundamentales de la prensa del vino hoy día para el tipo de bebedor que soy: La necesidad de actuar como promotores de cualquier tipo de vino, sin importar las objeciones estéticas individuales de uno, que se lleva las copas a las narices, el vino a la boca, que se deja los dientes negros (me va a costar una pasta el blanqueado, para el que aún no he hecho cita, ahora que me acuerdo). Es que me resulta imposible participar de una “imparcialidad” artificial. Pruebo una muestra, no me gusta, saco una microconclusión. Veintipico de muestras más tarde, si hay muy pocas que me gustan, comienzo a acercarme rápidamente a macroconclusiones. Inevitable. 

Y lo que pasaba con los vinos en esta cata ponía ciertas arruguitas en el debate sobre filosofías de elaboración. Okey, mucho monovarietal de tempranillo, lo que de por sí no me parece conducente a gran excitación. Okey, alcoholes subiditos, golosería, redondez fofa y acideces entre lo meramente suficiente y lo nulo. Okey los vainillazos del roble nuevo. Todo eso responde a una estética vitivinícola determinada que no me gusta, pero que tiene su audiencia.

Por mayoría aplastante, los vinos me resultaron aburridísimos. Encima, considerando lo modernotes que eran todos, andaba mucha volatilidad zafada y no pocos procesos bacterianos en feliz actividad. Encima, las texturas  aportadas al juego por los taninos de madera no me parecían particularmente negociables ni para un lado ni para el otro. Me encantaría conocer a alguien que se encuentre ese apretón secante de boca agradable… Además, las acideces bajas en tantos de estos vinos me hacen cuestionar lo que es verdadera estructura y lo que es madera superimpuesta “a modo de estructura”, resultando en entes con un esqueleto artificial llevado por fuera. Yo pensaba que el punto de la modernez era lograr vinos “perfectos” (una buena se traía mi amigo Tapia con este tema en su nuevo proyecto Vinorama), pero ahora me confundo. Porque si aquí había algo sublime, o se me pasó, o existía en el plano negativo de la definición kantiana de “sublime”.

Nos quedaban cuatro vinos por probar y yo había quedado con mi mujer para almorzar en un sitio bonito…

Pagos del Infante, “Lynus”, Ribera del Duero 2004: Mismo color de la mayoría. Notas de sotobosque, cuero y chocorroble sobre fruta estofada en la nariz. Medicinal, pesado y amarguete en boca, trayéndome a la mente la imagen de un Campari obeso y feamente alopécico. Final recortado, caliente.

Pagos del Rey, Tempranillo Reserva  ”Condado de Oriza”, Ribera del Duero 2003: Granate amoratado, denso y oscuro. Nasalmente, un ofensivo coctel de nam pla (salsa de pescado fermentado muy popular en ciertas cocinas del sudeste asiático) y jugo de ciruela pasa. Huele a canícula. En boca es plastoso, sin centro, con fruta potajesca. Intentar encontrar el positivo aquí es como chapaletear en mar abierto sin saber donde queda el norte.

Balbas, Tempranillo Gran Reserva, Ribera del Duero 2001: Aquí la fruta roja quisiera dar la cara, pero acaba apabullada por roble nuevo. Lástima. La madera se apodera de la nariz y te destruye el paladar a puro taninazo lijoso. Se siente detrás fresa-frambuesa con un levantadito acídico, haciendo el esfuerzo… Pero acaba aplastada en el alud de tablones. 

Arzuaga, Tempranillo Gran Reserva, Ribera del Duero 2001: Huele a bolitas de naftalina, vainilla, café viejo, eucalipto y Ribena. Extrañamente, hay en esta copa un toquecito de aguja. Amorfismo morado-negruzco en boca, viscoso y alcohólico. Activamente desagradable.

Algo hay que decir sobre estos dos últimos vinos, ya vista la hoja con las identidades y, sobre todo, los precios. El Balbas sale por US$80 según lo que pone aquí. El Arzuaga por… ¡US$150! O bueno, quizás no hay que decir nada…

Aunque los vinos fueron lo que fueron, quedé muy agradecido a Patricio, Chris y Wine & Spirits por la oportunidad de unírmeles en su trabajo y entender un poco. Definitivamente, cuando crezca creo que quiero ser astronauta.,,

Me encontré con Josie en un romántico bistro del Upper East Side, viejo favorito. Lo primero que me dijo al verme: “¡Pero tienes la boca negraaaaaaaa!”

Por casualidad, en el vacío vagón de metro que pillé subiendo a almorzar con mi esposa, ví unos anuncios de cerveza que me llamaron la atención, no por la cerveza anunciada, sino por la sonrisita irónica que me traían a los labios, pensando como iba en las objeciones que me suscitaron los 34 riberas que acababa de catar. Porque en este mundo hay vino y hay vino, pero al final la diferencia está en la bebibilidad

Viñetas de Manhattan 5.2: ¿Glamour? ¿Qué glamour?

 

Esta era la información con la que contábamos mientras realizábamos la cata. Nada más. Nada menos.

Esta era la información con la que contábamos mientras realizábamos la cata. Nada más. Nada menos.

Que fueron un montón de vinos. Seguían llegando las copas numeradas y al trio dinámico en la mesa de Wine & Spirits no se nos veía particularmente contentos. Hab;ia que encontrar algo que recomendar. Había que intentar ponerse en el lugar del consumidor promedio, o al menos del menos enochalado. Había que imaginar a los vainillófilos del mundo, a los fans incondicionales del jugo de ciruela pasa…

 

En fin, que alguna vez en plan bromista le hablé a Patricio Tapia del “glamour” de ser catador y crítico profesional en la cultureta actual del vino y les juro que no lo vuelvo a hacer. Tener que zumbarse tanda tras tanda del tipo de vino que estábamos catando lo veo como una especie de apostolado autopunitivo con severo desgaste corporal incluido.

Llevábamos veintiuna muestras y me dolían las encías. Además, estaba un poco nervioso por andar pensando en algo bueno que decir sobre alguno de estos vinos. Dos me habían parecido aceptables de los veintiuno. Dos.

Cuando sea mayor, no quiero ser catador profesional. No quiero imaginarme tener que hacer esto todos los días. Ni tan siquiera una vez al mes.

Pero bueno, seguimos con los riberas, que faltaba aún una buena tajada.

Pagos del Rey, Tempranillo Crianza “Condado de Oriza”, Ribera del Duero 2005: Aquí, por alguna razón y si se puede, pasamos a un color un tanto más intenso. Potaje de guisantes mezclado con Robitussin en la nariz. En boca, hostilmente aburrido. Plano, con fruta negra globular revestida de taninos barrileros ásperos. Finalito truncado. Sólo para masoquistas.

Comenge, Tempranillo “Don Miguel”, Ribera del Duero 2005: Volátil de primer plano. Luego huele rechoncho, asopado y mermeladón. Plano, sonso. Aburridísimo. Una nota de caldo de pollo  con laurel en el medianillo final.

Bodegas Bohorquez, Tempranillo “MMII”, Ribera del Duero 2005: De no ser por la cantidad de madera que le han forzado a cargar y por un puntito bonbonesco un tanto vulgar, esto podría funcionar. Fruta roja viva y presente, bien embarrada de crema de vainilla. Especiado y masticable, con la mejor acidez que he encontrado en la mañana (nada difícil llevarse el premio…). Recomendable si el precio es el justo.

Bodegas Balbas, Reserva, Ribera del Duero 2005: Crayolas y orina de caballo, ciruela roja y un chorrito de limón. Cereza en boca. Levemente áspero de textura, masticable. Acidez media. Muy tánico. Final satisfactorio, con buen equilibrio y frescura. Se mueve bien y pide un chuletón. Otro que podría recomendar si no anda disparado de precio.

Pago de los Capellanes, Reserva, Ribera del Duero 2005: Otro nivel de oscuridad aún. ¿Quién lo hubiera querido? Cerezas con pepitas del más agresivo roble nuevo, maceradas en oporto y recubiertas de chocolate. Masacote medicinal en boca. Pesado y alcohólico. Posgusto larguito, masticable, con buen agarre. Pero el conjunto es tan inóspito que poco importa.

Arzuaga, Tempranillo Reserva, Ribera del Duero 2005: Volvemos al granate opaco de antes. Eucalipto y zapatillas deportivas sudadas llevan a una globularidad morada que confirma la tendencia australoide de esto. Supermasticable, supermorado, sin vestigios de chispa vital. Me duelen los dientes.

Viña Arnáiz, Tempranillo Crianza “Arribeño”, Ribera del Duero 2004: Aquí el granate opaco tiene un bordecito atejado. Volátil, con caramelo y coco por delante, luego notas de aceite de lavanda, cereza, ciruela fresca y balsámicos. Ah, no se me olvide la vainilla… Fruta roja masticable con una inesperada y bonita ligereza de movimiento. Especiado, con una notita caldosa en el posgusto largo y granuloso.  Se bebería.

Bodegas Convento de San Francisco, Tempranillo, Ribera del Duero 2004: Otro con bordillo atejado. Cuestionable aroma de hormigas trituradas, caramelo, vainilla y ciruela pasa. Bueno, cuestionable no—retable, a este punto. Plano y sopesco, con el maderazo superimpuesto en un caldo denso, sin vida. Final corto y amargón. ¿Qué diablos se hace con algo así en la copa? Honestamente, preferiría beber leche de magnesia.

Balbas, “Ritus”, Ribera del Duero 2004: Hilarante nariz gelatina de frambuesa y coctel de pimientos del piquillo conservados entrementina y extracto de vainilla. De verdad, huele cómico este vino. Globular en boca, goloso y envainillado hasta el hartazgo empalagoso. Final cortito, secante. Cosas tontas y raras que prueba uno en esta vida…

(Concluye en la próxima entrega)