La otra botella

Nueva defensa del tiempo

Julio 12, 2009 · 22 comentarios

No hace mucho charlaba con un buen amigo cuyo hijo nació en el 2007, igual que los míos. Hablábamos de los vinos del natalicio de nuestros vástagos que guardaríamos para alguna celebración futura, cuando ya los chicos tuviesen edad de apreciar tanto los vinos como el detalle.

No poco conflictiva es la voluntad que nos lleva a este tipo de gesto intergeneracional con la industria del vino hoy día, y es por eso que ahora, pensando en esa amable conversación con mi amigo, procederé a revelarles otra de las  12 Cosas Que Más Joden a Camblor de la Cutureta Actual del Vino™.

Es el tiempo. Bueno, concretamente es  lo mucho que se ha devaluado el tiempo en cuanto al vino se refiere.

Este amigo y yo hemos tenido que aguantar—es verdad, lo juro—no poca mofa por esta determinación de guardar vino para nuestros hijos, que a muchos les parece anacronística y ridícula. Ya saben, nos toca frecuentemente oir  del orden de “Mis vinos me los bebo yo ahora y mis hijos que se busquen la vida…”

Les parecerá raro, pero la palabra clave para mí en esa sentencia no tiene que ver con el egoismo del padre en cuestión, sino con la marca temporal fijada: Ahora.

Duele pensarlo, pero una de las peores enfermedades del vino hoy día es inmediatez patológica. Sencillamente hemos dejado de concebirn el vino como algo que pueda transcender nuestro momento, mucho menos múltiples generaciones humanas. Aún cuando la “crítica” que propulsa la cultureta habla de largas  “ventanas de consumo” para X o Y enotrofeo, lo hace de un modo que no deja de hacerme intuir un deseo de que esas “ventanas” abran antes mejor que después.

Son fuertes las acusaciones que hoy deposito a la puerta de la cultureta: Egoismo, majadería, inmediatismo, facilismo intelectual… Probablemente crispe a unos cuantos, pero eso no es nada raro en este eterno ejercicio en el gentil arte de hacer enemigos que es La Otra Botella.

Se ha hablado de “vino bien envejecido” desde la antigüedad. Ya entre los romanos el vino viejo era preciado. Sin embargo, lo de guardar vino con el fin de que sus asperezas se pulieran y sus bondades se integrasen en un conjunto armónico  óptimo es una noción que sólo cobra fuerza y extensión en el s. XIX, cuando la burguesía se consolida como poder económico mayor. O sea que las tradiciones de envejecer el vino en la bodega del consumidor, aunque ya tienen su tiempillo, en realidad podrían debatirse como relativamente jóvenes en términos históricos. Pero no creo, vamos. Que siglito y medio como que da solera y ponerse a discutir con eso huele a petulancia.

Sólo puedo hablarles con certeza de mi propia experiencia, en la cual, eso sí, lo de envejecer el buen vino lentamente era algo virtuoso, altamente deseable. Ya hacen buena cantidad las botellas de cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta u ochenta años que me ha tocado probar y que me han dejado lelo del placer, absorto ante algo que jamás podría dar un vino joven, maravillándome ante algo que parecería mágico. 

En parte es esa magia la que queremos legar a nuestros hijos aquel amigo y yo. También la extraña ilusión que hace ver la evolución de un vino de la misma edad de uno. Todavía recuerdo el primer vino de 1968 (terrible añada en casi todo el mundo, menos en un par de sitios) que probé. Se diría que comencé por la cumbre. Era el Vega Sicilia “Unico” 1968. Yo tendría veintitantos. Y el vino estaba tan enérgico como yo. Exhibía ya sus cositas, como un joven adulto astuto y bien instruido que deja entrever la extensión de sus estudios, pero se notaba que tenía toda la vida por delante. El mismo vino, probado a mis treinta y mis cuarenta, daba impresiones radicalmente diferentes . Se me habrá escuchado comentar en mi cumpleaños más reciente, con una copa de él en la mano (compensación por el mágnum corchado que abrió el Dr. K para mis cuarenta) que “coño, está más joven que yo”.

Y eso no solamente puedo decirlo de aquel “Unico”. También hay un puñado de riojas clásicos a los que puedo apelar en mis cumpleaños, con similar efecto. Contemplar el paso del tiempo para el vino crea la posibilidad de nuevas y maravillosas perspectivas a la hora de contemplar el paso de ese tiempo para uno mismo. El vino se convierte a la vez en la magdalena, en el espejo del porvenir y en la máquina del tiempo.

Pero, triste y jodidamente, la cultureta no entiende de esas cosas. Dos argumentos devastadores: El público pide vinos para consumo ya y los vinos, dado eso que pide el público, sencillamente no se hacen como se hacían antes, con la misma estructura, con la misma chicha interior. ¡Eeeeeee cultureta, ahay!

No que el consumidor inmediatista deje de buscar ciertas cosas características del vino bien envejecido: Redondez, dulzor especiado, finura.. Pero lo hace caricaturizando esas cualidades, llevándolas a parámetros falsamente cuantificables que “evalúa” per se e independientes uno de otro. Pero lo que le hace el tiempo a un gran vino va mucho más allá de lo medible y lo expresable. Ocurren cosas especiales en ese reposo, se alimenta un carácter. Cosa que no importa, vamos, porque “redondez” en sí la logras en nada con hipermaduración, enzimas, texturizantes, micro-ox, etc. Importa poco lo que viva el vino después de que salga de la bodega, mientras lo compren todo y podamos repetir el proceso año tras años.

Por suerte, el amigo del que les contaba y yo aún podemos encontrar vinos que guardar para cuando nuestros hijos tengan veinte, treinta, hasta cuarenta años. Vinos que vimos nacer como los vimos nacer a ellos. Vinos cuyo progreso podemos seguir (claro, mientras ganas y fuerzas nos permita la edad) y vinos que quizás nos darán la dicha de ver a nuestros hijos adultos flipar en colores ante ellos. Muchos no son vinos de las regiones que tradicionalmente un caballero guardaba en su bodega a largo plazo. Aquellos nobles burdeos de antaño que nos enseñaron lo que nos enseñaron son los primeros que ya no se hacen como se hacían, o sea que apostar por ellos es cosa de tontos. Incluso los hermanos más jóvenes de aquel Vega Sicilia que me enseñara por primera vez el valor del tiempo ya no se le parecen en lo absoluto. Pero hay sus cositas, hay sus cositas. El que busca, encuentra.

Por casualidad, anoche platicaba con otro amigo y le conté que había comenzado a redactar esta entrada del blog. Me preguntó con cara de serio: “¿Pero cuánto estás tú dispuesto a esperar por un vino? ÷No temes morirte antes de verlo llegar a su perfección?” Yo le respondí: “¿Qué sé yo; diez, veinte, cincuenta años… Los que la vida me dé. Si me muero, me jodí. Una apuesta más que perdí y punto. Mientras no lo haya apostado todo, santos y buenos”.

Mi interlocutor cerró el tema diciendo: “Bueno, yo es que eso de los diez años no lo veo. Imagínate que haya que esperar diez años después de comprarse una cerveza para tomársela”.

Y es que al final es eso. La cultureta trata la idea de los grandes vinos de este mundo como lo que no es.

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