No hace mucho charlaba con un buen amigo cuyo hijo nació en el 2007, igual que los míos. Hablábamos de los vinos del natalicio de nuestros vástagos que guardaríamos para alguna celebración futura, cuando ya los chicos tuviesen edad de apreciar tanto los vinos como el detalle.
No poco conflictiva es la voluntad que nos lleva a este tipo de gesto intergeneracional con la industria del vino hoy día, y es por eso que ahora, pensando en esa amable conversación con mi amigo, procederé a revelarles otra de las 12 Cosas Que Más Joden a Camblor de la Cutureta Actual del Vino™.
Es el tiempo. Bueno, concretamente es lo mucho que se ha devaluado el tiempo en cuanto al vino se refiere.
Este amigo y yo hemos tenido que aguantar—es verdad, lo juro—no poca mofa por esta determinación de guardar vino para nuestros hijos, que a muchos les parece anacronística y ridícula. Ya saben, nos toca frecuentemente oir del orden de “Mis vinos me los bebo yo ahora y mis hijos que se busquen la vida…”
Les parecerá raro, pero la palabra clave para mí en esa sentencia no tiene que ver con el egoismo del padre en cuestión, sino con la marca temporal fijada: Ahora.
Duele pensarlo, pero una de las peores enfermedades del vino hoy día es inmediatez patológica. Sencillamente hemos dejado de concebirn el vino como algo que pueda transcender nuestro momento, mucho menos múltiples generaciones humanas. Aún cuando la “crítica” que propulsa la cultureta habla de largas “ventanas de consumo” para X o Y enotrofeo, lo hace de un modo que no deja de hacerme intuir un deseo de que esas “ventanas” abran antes mejor que después.
Son fuertes las acusaciones que hoy deposito a la puerta de la cultureta: Egoismo, majadería, inmediatismo, facilismo intelectual… Probablemente crispe a unos cuantos, pero eso no es nada raro en este eterno ejercicio en el gentil arte de hacer enemigos que es La Otra Botella.
Se ha hablado de “vino bien envejecido” desde la antigüedad. Ya entre los romanos el vino viejo era preciado. Sin embargo, lo de guardar vino con el fin de que sus asperezas se pulieran y sus bondades se integrasen en un conjunto armónico óptimo es una noción que sólo cobra fuerza y extensión en el s. XIX, cuando la burguesía se consolida como poder económico mayor. O sea que las tradiciones de envejecer el vino en la bodega del consumidor, aunque ya tienen su tiempillo, en realidad podrían debatirse como relativamente jóvenes en términos históricos. Pero no creo, vamos. Que siglito y medio como que da solera y ponerse a discutir con eso huele a petulancia.
Sólo puedo hablarles con certeza de mi propia experiencia, en la cual, eso sí, lo de envejecer el buen vino lentamente era algo virtuoso, altamente deseable. Ya hacen buena cantidad las botellas de cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta u ochenta años que me ha tocado probar y que me han dejado lelo del placer, absorto ante algo que jamás podría dar un vino joven, maravillándome ante algo que parecería mágico.
En parte es esa magia la que queremos legar a nuestros hijos aquel amigo y yo. También la extraña ilusión que hace ver la evolución de un vino de la misma edad de uno. Todavía recuerdo el primer vino de 1968 (terrible añada en casi todo el mundo, menos en un par de sitios) que probé. Se diría que comencé por la cumbre. Era el Vega Sicilia “Unico” 1968. Yo tendría veintitantos. Y el vino estaba tan enérgico como yo. Exhibía ya sus cositas, como un joven adulto astuto y bien instruido que deja entrever la extensión de sus estudios, pero se notaba que tenía toda la vida por delante. El mismo vino, probado a mis treinta y mis cuarenta, daba impresiones radicalmente diferentes . Se me habrá escuchado comentar en mi cumpleaños más reciente, con una copa de él en la mano (compensación por el mágnum corchado que abrió el Dr. K para mis cuarenta) que “coño, está más joven que yo”.
Y eso no solamente puedo decirlo de aquel “Unico”. También hay un puñado de riojas clásicos a los que puedo apelar en mis cumpleaños, con similar efecto. Contemplar el paso del tiempo para el vino crea la posibilidad de nuevas y maravillosas perspectivas a la hora de contemplar el paso de ese tiempo para uno mismo. El vino se convierte a la vez en la magdalena, en el espejo del porvenir y en la máquina del tiempo.
Pero, triste y jodidamente, la cultureta no entiende de esas cosas. Dos argumentos devastadores: El público pide vinos para consumo ya y los vinos, dado eso que pide el público, sencillamente no se hacen como se hacían antes, con la misma estructura, con la misma chicha interior. ¡Eeeeeee cultureta, ahay!
No que el consumidor inmediatista deje de buscar ciertas cosas características del vino bien envejecido: Redondez, dulzor especiado, finura.. Pero lo hace caricaturizando esas cualidades, llevándolas a parámetros falsamente cuantificables que “evalúa” per se e independientes uno de otro. Pero lo que le hace el tiempo a un gran vino va mucho más allá de lo medible y lo expresable. Ocurren cosas especiales en ese reposo, se alimenta un carácter. Cosa que no importa, vamos, porque “redondez” en sí la logras en nada con hipermaduración, enzimas, texturizantes, micro-ox, etc. Importa poco lo que viva el vino después de que salga de la bodega, mientras lo compren todo y podamos repetir el proceso año tras años.
Por suerte, el amigo del que les contaba y yo aún podemos encontrar vinos que guardar para cuando nuestros hijos tengan veinte, treinta, hasta cuarenta años. Vinos que vimos nacer como los vimos nacer a ellos. Vinos cuyo progreso podemos seguir (claro, mientras ganas y fuerzas nos permita la edad) y vinos que quizás nos darán la dicha de ver a nuestros hijos adultos flipar en colores ante ellos. Muchos no son vinos de las regiones que tradicionalmente un caballero guardaba en su bodega a largo plazo. Aquellos nobles burdeos de antaño que nos enseñaron lo que nos enseñaron son los primeros que ya no se hacen como se hacían, o sea que apostar por ellos es cosa de tontos. Incluso los hermanos más jóvenes de aquel Vega Sicilia que me enseñara por primera vez el valor del tiempo ya no se le parecen en lo absoluto. Pero hay sus cositas, hay sus cositas. El que busca, encuentra.
Por casualidad, anoche platicaba con otro amigo y le conté que había comenzado a redactar esta entrada del blog. Me preguntó con cara de serio: “¿Pero cuánto estás tú dispuesto a esperar por un vino? ÷No temes morirte antes de verlo llegar a su perfección?” Yo le respondí: “¿Qué sé yo; diez, veinte, cincuenta años… Los que la vida me dé. Si me muero, me jodí. Una apuesta más que perdí y punto. Mientras no lo haya apostado todo, santos y buenos”.
Mi interlocutor cerró el tema diciendo: “Bueno, yo es que eso de los diez años no lo veo. Imagínate que haya que esperar diez años después de comprarse una cerveza para tomársela”.
Y es que al final es eso. La cultureta trata la idea de los grandes vinos de este mundo como lo que no es.




22 respuestas hasta el momento ↓
sibaritastur // Julio 12, 2009 a 11:02 am
Tienes razón, no se debería de perder guadar vinos para años venideros, pero hay que tener un buen lugar para ello, ademas de dinero para inmovilizarlo.
Creo que falta información para saber cuales son de guarda y cuales no, es evidente que se saben algunos pero otros….
Lo mejor es que cohexistan vinos inmediatos y de guarda para que cada uno elija.
Ojalá yo pueda hacer mi bodega de jubilación, jejejejeje.
Y lo del detalle de guardar algún vino de la añada del nacimiento de otra generación me parece un detalle muy bonito, creo que cualquier hijo valoraría eso y mas si el vino le gustase, pero como la evolución de un vino, el tiempo dirá….
Manuel Camblor // Julio 12, 2009 a 11:54 am
Ha ahí un serio planteamiento, Jorge: Lo de guardar vino, en la época en que eso se convirtió en la norma, efectivamente requería el espacio en la casa, el capital para mantener las existencias de la bodega, e incluso para pagar a sirvientes que se encargasen de su gestión. O sea, era cosa de burgueses y aristócratas.
Ya comenzarán algunos a hablar de “pijería”. Debo decir que sigue siendo la situación más o menos la misma, aunque gracias a ciertos avances que no había, digamos, entre 1850 y 1950, ahora casi cualquiera puede guardar su colección de vinos para el futuro en una neverita práctica y estable.
Pero vamos a algo que me parece sumamente importante sobre tu comentario: Lo de “falta información”.
Yo me atrevería a decir que sobra información hoy día, lo que pasa es que en gran medida viene viciada por las tonterías de la cultureta, las modas marketinguianas y enológicas, y toda la pretenciosidad que se respira en el mercado del “vino importante”.
No fue hace tanto que yo comencé a educarme sobre vino. Apenas veintipico de añitos. En aquellos tiempos se tenía más o menos claro lo que aguantaba guarda y lo que no. Incluso la escala de precios de las cosas tendía a indicarte que debías guardar un vino caro–aunque sólo fuese para una ocasión importante en el futuro cercano. Si adquirías burdeos de cierto pedigrí, mal que bien tenías garantizada cierta longevidad. Igual vinos como ese Vega Sicilia del que hablaba, grands crus de Borgoña (e incluso algunos premiers crus), ciertos rieslings de diversas procedencias y, sobre todo, aquellos riojas clásicos hasta no hace mucho tan denostados por los opinionadores de la cultureta. De hecho, esa última categoría de vinos como que venía pre-probada en cuanto a longevidad, pues ya salían al mercado esos grandes reservas con diez años o más encima. Luego los guardabas y duraban muchísimo.
Pero ante la cantidad de nuevas técnicas enológicas, de tendencias hacia el exceso en cuanto a componentes del vino, de deficiencias estructurales a priori, el problema es que toda la información del mundo no vale sobre ciertos “supervinos” de los últimos quince o veinte años. Algunos los hemos visto caerse a pedazos bastante rápido. Otros parecen aguantar, aunque no sabemos si se dirigen a una noble segunda o tercera edad o si de repente se caerán. En fin, que el inmediatismo ha modificado radicalmente la idea de lo que debe ser y hacer un gran vino, por lo que donde antes podíamos actuar con confianza en el mercado, ahora nos vemos titubeando y sin saber en qué o quién confiar.
HOmbre, y a ponerle ganas al proyecto de la jubilación, que el chalet en la costa no sirve de nada si no tienes cosas buenas que beber y la satisfacción de haberlas visto llegar contigo a su punto.
M.
Benjamín Berjón // Julio 12, 2009 a 12:53 pm
Hola Manuel:
¡Ojalá! mi padre hubiera guardado algo a su querido hijo… 1964 fue una super añada, en estos momentos estaría gozando de esos vinos. Pero tengo que apañarmelas solo, así que ya me hice de un Haut Brion magnum, Bosconia y Tondonia GR. regalo de Ma. J. L. H. y una que otra cosita más. Tengo que darme prisa para conseguir las añadas de mis hijos. Algo de eso escribí en mi última entrada.
Saludos
Manuel Camblor // Julio 12, 2009 a 3:28 pm
Benjamín,
Confieso que mi padre tampoco ha sido de los de guardar vino para que sus hijos lo disfrutemos. De hecho, más bien aspira a que yo proporcione vinos para él disfrutar…
Quizás es mero sentimentalismo de enochalado posmoderno romantizando un ideal lo de adquirir botellas para que mis hijos (que ahora mismo están a mi lado cantando “La vaca lechera” a viva voz), pero es algo en lo que he pensado.
De todos modos, ya he tenido yo suficiente oportunidad de adquirir cosas del año de mi natalicio. De España, de California y de Italia (el que a Burdeos le haya ido mal en el 68 parece haber descalificado automáticamente a tantas otras regiones en cuanto a vinos celebrables y celebratorios se refiere, pero he buscado y he encontrado…) he podido probar muchas cosas que hablaban de su edad en formas distintas.
Tengo dos palabras para ti, que tuviste la suerte de nacer cuando naciste: Château Trotanoy.
No digas después que no sabías…
M.
Jose // Julio 12, 2009 a 4:46 pm
El que venga detrás que arrée… Decía mi abuela de cuando en vez y si la ocasión lo hacía pertinente.
Esa filosofía de bebernoslo todo hoy y luego ya veremos quizá explique mucho acerca de la (in)cultura actual del vino, música… y de cómo tratamos al mundo en general. Algo así como un mañana no existe si no estamos nosotros.
Jose
Juan Carlos // Julio 13, 2009 a 5:30 am
No creo que haya dudas de que el mejor alojamiento para una botella de vino sea la casa que le vió nacer. Otra cosa es calcular la rentabilidad de guardar el vino en los nichos para antojo del bebedor.
Está constatado que cuando alguien se dispone a abrir una botella de cierta edad lo que más le preocupa son los avátares de la guarda: Dónde y cómo ha estado envejeciendo.
Yo mismo, si pudiera elegir, optaría por la que nació, creció y maduró en la bodega, a pesar del comprensible suplemento de precio.
Pero claro, el inmovilizado, el espacio que ocupa y ese factor desconocido, imprevisible y sorprendente por el que, a lo largo de un determinado tiempo, las botellas de una partida concreta, resultan más placenteras y apetecibles que las de otra remesa con parecidos parámetros analíticos y sensoriales susceptibles de buena guarda son factores que siempre han condicionado las decisiones de la bodega y estas, a su vez las de los consumidores.
El ideal sería de la bodega a la copa. Pero si las bodegas no apuestan por el envejecimiento ¿Por qué voy a apostar yo?
A partir de estos planteamientos, analizándo esas causas- efectos con profundidad, sería posible comprender un poco mejor los distintos comportamientos de consumo actuales.
Manuel Camblor // Julio 13, 2009 a 6:48 am
Juan Carlos,
Una excelente reflexión la tuya. Pero incluso en otros tiempos, cuando la gente compraba cantidades de vino para guardarlo a largo plazo, no eran tantas las bodegas que apostaban por envejecer durante décadas el vino que vendían. Pienso en el caso de Burdeos, donde las añadas salían de bodega en significativamente menos tiempo que, digamos, en la Rioja clásica.
En verdad no me parece que el vino sea tan inconstante como dices, en cuanto a que “las botellas de una partida concreta, resultan más placenteras y apetecibles que las de otra remesa con parecidos parámetros analíticos y sensoriales susceptibles de buena guarda”. He podido presenciar una cierta constancia, una consistencia, en determinados productores de alta calidad, que casi garantiza buen envejecimiento en añadas similares. Claro, te sale alguna botella “rana” de vez en cuando, pero no como para descuajeringar el patrón.
Estamos de acuerdo en que lo ideal sería de la bodega a la copa. Pero no despreciemos las virtudes de una buena bodega residencial, hombre, que mira que me han dado cada cosa magnífica guardada tres cuartos de siglo en algún sótano en Escocia, o Boston…
En cuanto a modelos de “inmovilización”, algún día tendremos que hablar de Madeira.
M.
Manuel Camblor // Julio 13, 2009 a 6:49 am
JOse,
Es en buena medida exactamente lo que propones. No ver más allá de la usatirabilidad es el gran mal de nuestro tiempo.
M.
Juan Carlos // Julio 13, 2009 a 7:46 am
Bueno. Es que cuando digo remesa, me refiero a lo que se identifica como toda una añada o cosecha y que por algunas razones que no vienen al caso ahora, me ha apetecido llamarle así.
Me refería a lo imprevisible que puede resultar la guarda a partir de unos parámetros determinados para resaltar el desinterés que podría suscitar esa carencia de control total de los aspectos que influyen en el envejecimiento.
Añadas, llamémoslo así, con idénticos valores químicos y sensaciones similares en un determinado momento, reposando en las mismas condiciones, recipientes y lugares, resultan después de muchos años, con diferencias notables en la copa. A lo mejor es que dios existe que es lo que se suele decir cuando hay algo que se nos escapa del conocimiento y por ende de la previsión.
Y que conste que a mí los experimentos me gustan hasta con vino. Pero eso sí con voluntad, consciencia y si puede ser con hechos constatados, mejor.
Manuel Camblor // Julio 13, 2009 a 8:48 am
No, si te entendí perfectamente. Lo que pasa es que quise reducir los términos a partidas pequeñas y botellas dentro de partidas en el interés de ser completos en nuestro análisis.
Lo que no me cuadra aquí es que en mi experiencia, por ejemplo, con burdeos antiguos, existe una cierta capacidad de guarda implícita en cada tipo de añada, siendo excepciones muy marcadas las añadas “para consumo inmediato”. La curva de aprendizaje para el amante de esos vinos tira más bien hacia saber cuánto guardar los vinos según el tipo de añada y las características salientes de cada dirección. Las añadas “menores” te las beber en lo que esperas las “mayores” y listo. Sin necesidad de tanta analítica. Era algo que debía aprenderse a través de la experiencia. O por lo menos aprender a intuirse.
Hoy día me parece que la variabilidad en el potencial de guarda obedece, como indiqué antes, más a una falta de verdadero equilibrio en la fruta misma y a los procesos manipulatorios y las adiciones innecesarias que se hacen a los vinos que a ningún “factor misterio”. Sencillamente se hacen vinos buscando ciertas “prestaciones” y se logra lo que se logra, que no es particularmente longevo, al menos según parámetros tradicionales.
M.
javier // Julio 13, 2009 a 11:53 am
Manuel, en cuanto a la devaluación del tiempo del que tú hablas, agregaría también la cuestión del tiempo entre el descorche y la bebienda, con la que tantas veces injusticiamos un vino que fue elaborado, criado y guardado con vocación y esmero. Y hasta resulta que la culpa termina siendo del vino!
Y sobre añadas, soy del 68 también, y todavía hay disponible un madeira (Bual) de D’Oliveira, que es un jovenzuelo y creo que lo vamos a poder disfrutar durante varias décadas más, idealmente con nuestras futuras generaciones. Por si aún no te has visto cara a cara con él.
Saludos.
Juan Carlos // Julio 13, 2009 a 12:09 pm
Por supuesto que la experiencia mueve la intuición y nos aproxima al acierto. Mira el pastor del Gorbea que anunció ocho nevadas o así para el invierno pasado y ¡Zas! ¡Bingo!
Y es que tengo la sensación de haber padecido tantas desilusiones como de haber disfrutado de la misma cantidad de recompesas. Así que no veo otra opción que ir descorchando con empirismo intentando averiguar plazos idóneos de consumo.
Muy acertado eso de los vinos con prestaciones.
Y aquí volvemos a lo de antes. Si la bodega no elabora ni educa para el consumo y por el contrario transforma el vino en bebida al gusto simplón, con recuerdos al lácteo materno, aromas de maizena, caramelo y chucherías para aderezo de la cuenta de resultados, va ha resultar que la longevidad de sus vinos se la trae al pairo.
Así, no me sorprende leer estos días de un aficionado que abrió un fino riojano GR, de unos quince años, que lo decantó durante casi una hora y le resultó decadente.
Manuel Camblor // Julio 13, 2009 a 12:14 pm
Javier,
Gracias por la recomendación. El bual 68 de D’Oliveira lo tuvieron como madeira de la casa en Veritas (en Nueva York) durante buen tiempo. Recuerdo que la vez que estuvo Benjamín Berjón a visitarnos y cenamos allá pedí una copa. Es un vino que se porta mejor como a partir de la segunda semana de abierto, preferiblemente si lo dejas olvidado sobre algún librero en tu despacho… Compré una buena cantidad de él que anda guardada por ahí para futuros cumpleaños.
En cuanto a lo otro, efectivamente… Hay protocolos de oxigenación, recién abierta una botella de algún vino—no importa la edad—esenciales para una evaluación justa. Muchos han sido los ejemplares de vinos viejos declarados “difuntos” por algún ignorante de la vida en una velada en la que participara yo que luego florecieron con aire, revelando la falsedad de la noticia de deceso. Igual, algún vino jovencito parece de una austeridad grosera recién abierto, pero con un par de horas en un decantador se transforma.
Clave: La paciencia.
M.
Manuel Camblor // Julio 13, 2009 a 12:20 pm
¡Sapristi! ¿Que tu lácteo materno venía con vainilla, Juan Carlos? Pues mira que tengo que pedirle a mi madre el libro de reclamaciones, porque a mí esa opción nunca me la ofrecieron.
Coño, esto me va a costar un par de docenas de horas de siquiatra, te digoooo…
M.
javier // Julio 13, 2009 a 1:42 pm
Y siguiendo tu recomendación la semana pasada, hubo comida en un restaurant con un Ferreirinha Reserva 1994, y justamente ocurrió eso, inclusive tomando varios aperitivos para darle tiempo al vino (aperitivos a los cuales nadie se opuso) la última copa de vino fue tal vez la mejor. Una pequeña injusticia.
Y qué hay de cierto en el supuesto dato estadístico que indicaría que una gran mayoría de los vinos (90%?) se beben el día que son comprados?
Manuel Camblor // Julio 13, 2009 a 3:48 pm
Javier,
O sea que te fuiste con el “Barca Velha Jr.”, ¿eh? ¿Probaste algo de Dorado? Es una referencia importante…
En cuanto al dato estadístico: Es verosímil si consideramos un mundo en el que el vino de guarda es la minoría que debe ser. Creo, por cierto, que hoy día ese número puede tirar a más todavía.
M.
javier // Julio 13, 2009 a 4:10 pm
Manuel, una pequeña anécdota generó la mención del Dorado, el que ya no estaba en la carta. En realidad llegué por casualidad (aunque esto habría que consultarlo con Freud) a este restaurante la noche anterior, mientras rehacía mis planes para esa noche y buscaba “al tacto” un lugar para entrar a comer y hacer tiempo hasta la llegada de mi mujer a la 1 am. Pues al mencionar el Dorado que no estaba en la carta, llamaron de inmediato al sommelier (digno exponente lusitano) que se acercó con una sonrisa de aceptación al saber que este parroquiano buscaba el tal Dorado. Me dijo que lo habían sacado recientemente (y creo temporariamente) de la carta pero que me tendría reservadas cuantas botellas quisiera para mi el día siguiente. Las deberían traer de su cava, sin ningún problema. Pues al día siguiente la botella de Dorado (creo 2004) estaba ahí esperando, presentada por el sommelier, el gerente, el camarero y compañía que se juntaron a raíz de este pedido y de varios otros temas que se suscitaron a partir de esto. Pero hablando sobre vinos de la carta, salió el tema Ferreirinha, frente a lo que tanto el sommelier como yo nos entusiasmamos, me dijo que me podía encontrar en la cava un 94 (“por el mismo precio”, imaginar esta frase en forma de susurro y tono cómplice…). Ahí nos decidimos por el Ferreirinha. Ante esto la casa comenzó a invitar una mini degustacion de oportos, comenzando por un Ferreirinha blanco muy entrador, con lo cual, al fin y al cabo el Dorado que inició todo esto, nunca vio la luz. Esto no va a quedar así!
Manuel Camblor // Julio 13, 2009 a 5:25 pm
Ya veo… Te hicieron la clásica jugarreta de enseñarte la botella y después distraerte con todo tipo de cosas para acabar bebiéndosela ellos…
M.
javier // Julio 14, 2009 a 1:34 pm
El viejo truco! Pero ya te dije, esto no quedara asi….
Felipe Méndez // Julio 14, 2009 a 2:27 pm
Hace no mucho estuve en una cata de Madiranes. Montus y otras cositas. Estuvimos todos de acuerdo en que los vinos estaban rabiosamente jóvenes. Mi favorito fue un Laffitte-Teston (así, con doble efe y doble te, por puro joer) del 98. Se bebía como un infante, pero ya no provocaba el dolor gingival de los exponentes de los 2000 iniciales. Christophe Bristiel, un sommelier y winemaker francés con el que hemos llegado a trabar cierta amistad, y que fue quien proporcionó la mayoría de los exponentes, nos contaba de los problemas que tienen estos vinos en el mercado. Que no se venden. Que nadie ya compra vinos que necesitan 25 años antes de estar listos.
En Chile ya no se producen vinos para la guarda. Los “Iconos” chilenos, malos ya cuando jóvenes, sólo empeoran con ella. Por supuesto, es a propósito: hacen todo lo posible para que el vino esté “amable” desde el día 1. Pero los chilenos viejitos, digamos los hechos hace 15 a 20 años o más, se beben hoy, algunos, maravillosamente. Parecen casi hechos de otro material. Esa experiencia será imposible para mis hijos. Los vinos que ellos beban, si alguna vez lo hacen, con 15 ó 20 años de guarda, serán mamotretos imbebibles y más que probablemente muertos ya.
Lo que me lleva al problema de que yo también deseo guardar buen vino del año de nacimiento de mis hijos. Pero por acá no hay dónde encontrarlos.
¿Qué hacer?
javier // Julio 15, 2009 a 9:56 am
Felipe, siempre tienes la mulita a disposición!!! En qué año/s nacieron tus hijos?
Ricardo Chávez // Julio 17, 2009 a 3:28 pm
Había leído durante la semana ésta entrada y recién ahora puedo escribir algo.
Como se ha dicho, acá en Chile, Vino chileno para guaradarle a mi hija no hay prácticamente nada (todavía “con ilusión” estoy esperando ver algunas cosas del 2008.. a ver si un milagro dificil se presenta). Pero creo que no hay mucho que esperar, hace dos semanas fui a una devastadora feria de Vinos en el Ritz (salvo algunos blancos y un muy buen Antiyal orgánico del 98) salvaron en parte el dineral que cobraron de entrada y un coctel franciscano. Confirmo que Almaviva, Epu, Domus.. y otras cosas que alguna vez dieron placer simplemente ya no existen en sus últimas versiones (Q.E.P.D.).
Una Pena, con razón me llegan 4 o 5 mails diarios ofreciendo ofertas de vinos de todo tipo de viñas chilenas .
Tratando de ver qué posibilidades tengo, creo que un Pavilon Rouge de Margaux, está todavía dentro del cupo de mi tarjeta de crédito.. o no sé un Le Petit Mounton 2008, que vi en la vinia.es en Primeur.
Si alguien tiene sugerencias para guardar del año 2008, serán muy bienvenidas.
Salud! Ricardo Chávez