Archivo diario: julio 23, 2009

Pensándolo bien…

Los que han leido el hilo de comentarios en la entrada anterior ya saben que ayer sufrí una caida muy aparatosa en mi casa y hoy estoy todo jodido. No puede llamársele de otra manera a mi presente estado físico y mental, sobre todo porque ni los ungüentos ni las pastillitas para el dolor me hacen el más mínimo efecto.

Ya me mejoraré. Aparte de los superficialmente visible, no parece haber nada roto. La cuestión es que aquí sentado, respondiendo e-mails de trabajo con seis dedos, me dió por pensar en el “Caso Sierra Carche” del que les hablaba ayer y, de repente, me surgen algunos esbozos de ideas.

En primer lugar, no sé si sea justo andar tratando de absolver de culpa al cliente final. Tontos siempre habrá y a los americanos les gusta mucho la frasecita caveat emptor (parecería que es todo el latín que muchos en ese país conocen, aunque tiendan a pensar que la advertencia no aplica a ellos).

Vivimos en un mundo donde lo más fácil es obtener información instantáneamente. Quien busca enterarse de algo, sea lo que sea, usualmente se entera en cuestión de minutos. Que aquello de lo que se entere sea válido y fiable ya son otros veinte pesos. Caveat emptor, etc.

Aunque debería maravillarme ante la profusa disponibilidad de información, en realidad más me maravillo ante la incapacidad de tanta gente de pasarla por filtros propios. Y aún más me maravillo ante la manera en que aparecen “gurús” enteramente dispuestos a “filtrar” o “suavizar” tanta información. Pero aún más todavía me maravillo ante la facilidad con la que la gente sigue a esos “gurús” sin cuestionarlos.

¿Trasfondo? ¿Ideología? ¿Metodología? ¿Etica?

¡Pfffffffffft! ¡Poco importa! ¡Si el tipo habla como si supiera! ¿No basta con eso?

La suprema ingenuidad, por no decir la espeluznante pereza mental que lleva a algunos a seguir a “gurús” sin la más mínima reserva es uno de los peores males sociales de nuestro tiempo. Caen primos a montones en engaños financieros a lo Bernie Madoff y Allen Stanford sin que a nadie se le haya ocurrido cuestionar nada. Estos estafadores, convicto uno y alegado el otro, fueron “gurús” a quienes sus “clientes” creian poseedores de conocimiento secreto, de clarividencia financiera, de todo tipo de recursos misteriosos que garantizaban éxito aunque, sometidos aún a un escrutinio chapucerete, no tuviesen ni pies ni cabeza.

Hoy hay “gurús” para todo. Tal parecería que una inmensa cantidad de seres humanos no es capaz de tomar decisiones por sí misma, sea en materia financiera o sobre que película ver, que disco oir, que vino beber en que restaurante… Incluso gente con amplia experiencia en un tema—por ejemplo, el vino que tanto nos apasiona—no es capaz de autodestetarse en cuanto a “gurús” del vino se refiere. Donde debiera operar implacablemente el caveat emptor, impera una credulidad que, francamente, me llena en iguales medidas de temor, pena y vergüenza ajena.

Y a uno no le queda más remedio que preguntarse lo que pasa. Lo digo no por quien tiene la culpa final  en el “Caso Sierra Carche”, sino por lo fácil que resulta que ocurran y sigan ocurriendo cosas así. ¿Tan descarriada y desesperada por ser lidereada está la gente?

Pero perdonen ustedes ahora, que creo que voy a recostarme un ratito en el sofá. Me siento fatigado y, encima, un poquito wilhelmreichesco-circa-1933. ¿Un videito antes de comida para ir abriendo el apetito?