Otro post híbrido, pues me parecería que abarca por lo menos un par de “Las 12 cosas que más joden a Camblor de la cultureta actual del vino”, además de incluir un par de apuntes de bebienda casera. Encima, tiene algo que ver todavía con Anthony Dias Blue… Les digo, viene multipolar.
Resulta que en el artículo que publicara Dr. Vino sobre Anthony Dias Blue y su conflicto con los blogueros del vino hay un pasaje muy curioso. Es de la respuesta del Sr. Dias a Tyler Colman:
“Me impresiona que pague usted por ‘la gran mayoría’ de los vinos sobre los que escribe. Si cata usted 1000 vinos en un año, entonces debe usted pagar por 750 de ellos. Eso significaría que gasta usted cerca de US$20,000 en muestras, para no decir nada de lo que gasta en comida. Yo cato como 7000 vinos al año. Eso pondría mi factura por muestras bien por encima de los US$100,000. Creo que prefiero dar propinas generosas a los transportistas de FedEx y UPS.”
Se me antoja que aquí hay un problema fundamental. De verdad que no me he fijado cuantas notas de cata publica anualmente Dr. Vino. Solamente puedo hablar de lo que pruebo y cuento yo. Y se me antoja que si viviera pendiente de “muestras”, este blog probablemente no existiría.
¿El problema fundamental? Que muchísimos blogs son autopublicaciones que reflejan la bebienda privada de un consumidor, sea en casita a diario o con amigos en cenas, catas grupales, etc. Yo publico intentando reflejar como se comporta cada vino en un medio mucho más cercano a la realidad diaria del consumidor común que el salón de catas de la revista X, donde se toman sorbitos, se gargarea, se escupe y se da puntitos de forma clínica y aislada. Uno de los factores más influyentes sobre mi conciencia a la hora de evaluar un vino positiva o negativamente es que, carajo, ¡esto me costó dinero a mí o a algún amigo!
De verdad que no quiero enterarme de cuanto me gasto al año en vino. Tampoco quiero andar haciendo censos de botellas. Trato de ser responsable y no andar comprando por comprar. No soy hombre de trofeos—sólo pretendo beber bien y sentirme que aquello por lo que he pagado ha valido lo que pagué. Mi parcialidad, hay que decirlo, parte de esa sencilla premisa. Jamás diré, por ende, que soy “imparcial”.
Si, por casualidad, algún vinatero amigo me provee una muestra, usualmente es porque su vino no está disponible en mi mercado y desea que lo pruebe. Hago siempre una nota aclaratoria sobre las circunstancias en que vine a tener ese vino en mi posesión. Y lo hago más como agradecimiento público al amigo vinatero que se preocupó por hacerme llegar esto que por ninguna obligación de “full disclosure”, que conste.
Espero que me comprendan. Lo que quiero dejar claramente establecido es que aquí las cosas se hacen entre amigos, con sinceridad, contando lo que le pasa a uno, como uno ve o no ve… Una de las bellezas (y los peligros) del blogueo: El periodismo ciudadano tiende a trabajar en plan “micro”, exponiendo detalles que no se verían en las páginas cuidadosamente editadas de una buena revista o periódico. Aquí las cosas tienen pelos, señales y a veces no les huelen bien los pies. Siendo la motivación principal un deseo de comunicar la cotidianeidad de una pasión por el vino en esta época de pendejadas y veleidades, no podría funcionar de otra forma. Craso error del Sr. Dias y los que como él piensan, imaginar a los blogueros como gente que pretende usurparles su trabajo. Somos criaturas diferentes…
Piénsenselo ustedes la próxima vez que vayan a un blog y la próxima vez que compren su revista favorita sobre el mismo tema que trata el blog.
Esos veinte mil dólares de los que habla el Sr. Dias son un dineral, particularmente si se trata de muestras. Pero si uno ve esa inversión—aunque excesiva, sobre todo en los tiempos que corren—como parte de la búsqueda de disfrute personal, creo que la historia se lee distinta.
Y nada, lo otro que traia. Unos vinitos caidos en los últimos días, por mí pagaditos…
En blanco me probé, del mismo suplidor italiano del que les contaba el otro día, un Ronco dei Tassi, Bianco “Fosarin”, Collio 2007. Es una cuvée de friulano, malvasía, pinot bianco y sulfuroso. Digo porque la peste a huevos pasadillos no se le quitó en toda la noche. Debajo se sentían elementos tropicales de piña, banano y guanábana. Liso, goloso y glicérico, para mí lo salvan solamente sus elementos texturales. Entra en boca cremoso y en el posgusto deja una agradable granulosidad que me recuerda a pera fresca. Pero no creo que repita.
En tintos les puedo contar del Nino Negri, “Le Tense”, Sassella, Valtellina Superiore DOCG 2005. La botella la fuí probando a lo largo de aproximadamente 96 horas, interesado en ver lo que le iba pasando al vino.
Ya saben los que me conocen que me fascinan esos nebbiolos prealpinos, de clima más fresco que el del Piamonte centro-meridional. Lessona, Bramaterra, Ghemme, Carema, Valtellina son todos nombres que suenan como dulce música en mis oidos, sobre todo cuando van junto al nombre de un productor natural, tradicional y sin enotecnoínfulas.
Pues tenía yo mis reservas por la contraetiqueta de este sassella. Una cuarta parte del vino se envejece en grandes toneles de roble esloveno. Pero el resto se mete un año y pico en barricas de roble francés y americano. Ya se imaginan la gracia que me hace a mí lo de nebbiolo con barrica.
En fin, que por lo menos el color era valtellinesco: Granate coralino pálido, con destellos acaramelados y violáceos y excelente transparencia. A veinte minutos de abierta la botella, la nariz es toda madera: Vainilla, hinojo, caja de puros, cuero y canela. Por debajo van apareciendo ciruela fresca, té verde y frambuesa negra, pero la tabla pega fuerte. Más o menos el mismo efecto en boca. Es un vino ligero, delicado, que parecería pasar trabajo cargando tanto roble. Difícil no preguntarse qué poseyó al vinificador a meter esto en barricas. La madera obstruye. El posgusto tiene un agradable amargor frutal y el hecho de que no esté dominado por taninos secantes de barrica (como lo estaría, por ejemplo, en uno de esos riojones modernos) me hace guardar las dos terceras partes de la botella en la nevera para volver a evaluar.
La segunda noche la cosa parece haber empeorado. La misma nariz. En boca la fruta ha caido presa de un mutismo alarmante. Recorcho, abro otra cosa.
Esa otra cosa fue el Domaine Chignard, “Les Moriers”, Fléurie 2004. Lo sirvo con una ensalada de alubiones, chorizo, hongos y cebolla caramelizada sobre rúcola. El chorizo automáticamente le declara la guerra y comienza a pegar gritos en mi boca, pidiendo vino blanco. Pero bueno, nos comemos la ensalada sin pensar mucho en la catástrofe marital que se trae con el vino, reservando este último para disfrutarlo por sí solito.
Es que la gamay y el granito forman un duo muy especial. Se adoran. Preciosa nariz mineral. La fruta está ahí, en elegantes notas de fresa y cereza frescas y anís, pero esa distintiva mineralidad es lo que las mueve, las hace elocuentes. Es casi musical la cosa. Bella boca mineral. La fruta… Bueno, ya saben. Grácil, fresco y delicioso. Infinitamente bebible. Largo. ¿Les dije lo de mineral? El posgusto es de los extra-crunchy. Lo despierta a uno como si fuera cafeina la ligereza y el brio de este vino.
No, no voy a dejarlos en el aire con el valtellina. A la cuarta noche la cosa mejoró sustancialmente. La madera parece querer aceptar un papel secundario y se revela una fruta estructurada, seria, tirando más a negra que en las noches anteriores. Hay amagos florales, además. Y polvo. Decidí comprar un par de botellas y guardarlas, a ver.
Videito pa’ujtede ahora. Elvis. No, el marido de Diana Krall. La canción es del nuevo álbum, que está fenomenal. El título de la canción, por pura casualidad, me recuerda al blanquito del que les dije arriba. Y el “look” de la filmación parece primo de mi nueva modalidad fotográfica para los caidos en casa…