La otra botella

Entradas de Agosto 2009

Las zapatillas mágicas, Capítulo Seis: My Favorite Things

Agosto 31, 2009 · 5 comentarios

Esta es una entrega feliz de La otra botella. Feliz porque lo que parecía ser un gripazo de antología se quedó en tres días. Ahora estoy mucho mejor. Y feliz porque trata de dos cosas que me gustan mucho.

El viajecito a Nueva York habías sido, en general, muy fluido y, eso, feliz. Había pasado todo lo que tenía que pasar y nos sentíamos satisfechos Josie y yo.

Era sábado por la tarde y la escapada tocaba a su fin cuando me dirigía yo en el metro a Chambers Street Wines. Debía comprar un par de botellitas que importar a mano a Santo Domingo, de ésas que me hacen recobrar algo parecido a la cordura cuando mi vida actual comienza a cargarme como me carga. Ya saben, en Santo Domingo “vino natural” es un concepto ajeno, para muchos incomprensible. “Terroir” es un conceptillo de marketing que se caracteriza por su indefinibilidad. Y mi apego tanto al vino natural como a expresiones claras y precisas de terroir son vistos generalmente como las excentricidades de un extranjero de sanidad mental cuestionable.

Y sin embargo…


Llevaba puestas mis Adidas color mandarina, que eran el objeto de muchas miradas. Es que aparte de llamativas, esas zapatillas han probado ser capaces de hacerme olvidar problemas, de expeditar gestiones e, incluso, de poner en mi camino el proverbial “free linch” ése que dicen los americanos que no existe.

Repetido muchas veces he que Chambers Street Wines es una de mis tiendas de vino favoritas en todo el mundo, sino la favorita. Esto es por unas cuantas razones. (1) Su selección de vinos: Naturales y biodinámicos muchos; otros no, pero aún así puede uno confiar en el celo curatorial de los propietarios de la tienda y sus empleados, que se esmeran en llenar los estantes con cosas en las que creen; (2) esos propietarios, David Lillie y Jamie Wolf, que siempre están ahí al pie del cañón, afables, sinceros y listos para recomendarte cosas deliciosas o enseñarte algo que no sabías; (3) esos empleados a los que se les contagia la energía de la tienda, entrando inexpertos pero rápidamente convirtiéndose en conocedores de las regiones que les asignan; (4) la completa carencia de pretenciosidad del local, para cuyo diseño no se contrató arquitectos de alto perfil, ni se anduvo con superconceptos de novedad pirotécnica marketinguera, y (5) las degustaciones gratis de diversos vinos que tienen casi todos los sábados.

Dirán ustedes que degustaciones gratuitas las tiene todo quisque hoy día. Cierto. Pero en la mayoría de las tiendas lo que te ponen es a un (o una, guapetona) representante de algún distribuidor a ofrecerte X producto industrial y recitarte, si vas con preguntas, un par de líneas de algún panfletillo marketinguero. Da lo mismo que te ofrezcan vodka, sidra, ron saborizado, whisky de malta o limoncello que que te ofrezcan… Er, ¿vino?

Pero es que las catitas gratis en Chambers tienden a ser siempre interesantes y altamente educativas. Llegas, pruebas y si tienes alguna pregunta indiscreta, usualmente quien te pone el vinito es tan enochalado como tú y está muy dispuesto a enrrollarse en la contestación. Varias han sido las veces en que he presenciado el nacimiento de una enomanía en una de esas catas. Llegaba un señor o señora más en plan tomarse un aperitivo en la tarde que en plan aprender de vino, esperando encontrarse cualquier vinajo del que hubiera que bajar inventario. Y lo que le sirvieron, como tiende a suceder, le impactó. Preguntó. Le explicaron y… Bueno, la curiosidad creada tomó las riendas y dió necesarios giros a una vida que, de otro modo, no se hubiese enterado jamás.

Claro, tiene clara siempre la gente de CHambers la misión de vender vino. La parte gregaria y altruista no paga las cuentas, por más que satisfaga.

Resulta que hacía poco Eric Asimov había hablado de los crus del Beaujolais en el New York Times y manifestado gran entusiasmo por unos cuantos vinos, algo que el equipo de Chambers decidió aprovechar, ofreciendo cinco de los vinos catados por el panel del periódico (además de un “infiltrado”)  para que los clientes pudiesen formularse una opinión propia. Todos los vinos son elaborados naturalmente, según pone en la muy informativa hojita que tenían disponible (sobre la que tomé mis notas), “fermentados con levaduras silvestres y con mínima o ninguna adición de sulfuroso”.

Una de mis tiendas favoritas brindando vinos de una de mis regiones favoritas, sin pagar un centavo. ¿No les digo?

La gamay, los suelos graníticos y el clima de los crus de; Beaujolais tienen una relación muy especial. Lo que sale de ahí, si se respeta esa relación, puede ser sublime. ¿Les he contado que aquí en Santo Domingo solamente aparecen beaujolais de Georges Duboeuf y alguno que otro meganegociante borgoñón? Me da un poco de pena que la noción que muchos aquí tienen de “beaujolais” sea de potinguejos confeccionados con “aroma” a Bananaberry Bubble Yum . Lo digo porque los vinos del Beaujolais que mercadean esos meganegociantes tienden a ser a un buen beaujolais natural lo que un “jamón” pasteurizado, prejonjeado y empacado en plástico para venta en grandes superficies internacionales es a jabugo legítimo. Algún día, a manera de labor humanitaria, tendré que introducir a un puñado de amigos acá a los placeres del beaujolais de verdad. Encima, como tintos, los buenos Fléuries, Morgons, Moulin-à-Vents, Chiroubles, etc. serían bien compatibles con nuestro clima. Los del 2007 son vinos en su mayoría más bien ligeros, no para largas guardas. La bendición de un buen vino natural es que, aún en añadas que nos serán “la añada del siglo” pueden dar mucho placer, si se le sabe respetar como lo que es.

Dado el espacio que tenía en la hoja, mis apuntes son necesariamente breves. A continuación los vinos, con la información más saliente provista por Chambers y mi mini-comentario.

Damien Coquelet, Chiroubles 2007: Cuvée “básica” del sobrino o hijastro (¿o las dos cosas?) del gran Georges Descombes. Descombes aparentemente intervino en la elaboración. Un vino sumamente atractivo y fresco. Violetas y garrigue en la nariz. Limpio. Fresas y frambuesas en boca con una granulosidad mineral en el posgusto y taninos vivos.

Georges Descombes, Chiroubles “Vieilles Vignes” 2007: Tiene que ser muy jodido ser Georges Descombes. Lo digo porque mucha gente (como el señor que probaba los vinos al lado mío) le confunde con Jean Descombes, quien vende su producción a Georges Duboeuf  (la “Cuvée Jean Descombes” de Duboeuf era altamente puntuada por el Wine Spectator allá a mediados de los noventas, cuando yo aún prestaba atención a la revista), lo que sería antitético a las ideas de Georges, discípulo fiel de Jules Chauvet. Viticultura orgánica. Vinificación con levaduras ambientales y cero sulfuroso. Cuerpo medio. Frambuesa muy pura, con el sutil amargor de la fruta silvestre. Muy mineral. Un poco apretado. Se abrirá a algo espectacular en no mucho tiempo.

Jean-Paul Brun, Domaine des Terres Dorées, Côtes de Brouilly 2007: El favorito del Times entre los 2007 que cataron, según cuenta la hojita. Térreo perfume con notas de rosas desecadas y verbena sobre purísima fresa (no puedo sacarme de la mente una horrible canción de mi infancia que contaba sobre un viaje “a la Colonia Tovar”, o algo así en Venezuela; “…Y ricas freeeesaaaaasss voy a traeeeeeeeeeer… “). Buena estructura. Delicioso. Por algo le tengo tanto afecto a Jean-Paul.

Pierre-Marie Chermette-Domaine Vissoux, Brouilly “Pierreux” 2007: Compacto y un tanto rústico, su volatilidad se deja sentir casi al punto de distraerme. Fresa y manzana sobre fondo mineral. Un poco rígido en comparación con los demás.

Jean Foillard, Morgon “Côte de Pÿ” 2007: Este lo he probado varias veces en los últimos seis meses y siempre ha sido encantador. Explosiva floralidad, notas de jengibre, preciosa fruta roja y el granito declamando un poema para todos los sentidos. Precioso. Sexy, pero no de forma superficial. Se te queda en la mente.

Domaine Diochon, Moulin-à-Vent “Vieilles Vignes” 2007: Más rígido aún que el Vissoux. Austero y con más cuerpo. Un toque de establo y bestias. Muy buena intensidad de frambuesa negra y cereza con corazón mineral, pero está guardando silencio. Necesita tiempo.

No compré beaujolais en esa visita a Chambers. No por falta de entusiasmo con los vinos catados, sino porque el espacio en la maleta es limitado y hay muchísimas cosas interesantes que sencillamente tengo que probar. No les contaré lo que al final me llevé. Ya lo verán en este confesional algún día, estoy seguro.

Mis zapatillas naranja me han llevado a muy buenos sitios, sí señor.

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Cositas y cosotas: 28.08.2009

Agosto 28, 2009 · 10 comentarios

Tengo un gripazo endemoniado. No, no es porcino. Aparentemente es uno de esos que “andan” de incógnito. Hay que joderse. Tos, garganta, congestión, fiebrecilla…

En fin, que esta semana cero vino para mí. No que tenga particular mono. Tengo todavía mucho en que pensar de lo catado e ingerido en este mes. Aparte, hay cositas interesantes esta semana.

Comencemos con un par de iniciativas de marketing interesantes.

La primera es de L’Anima,  un restaurante en Londres que va a dar a su público la oportunidad de seleccionar una parte de los vinos para su carta mediante mensajitos en Twitter. No voy a decir nada de lo pesado que me cae Twitter. Me limitaré a la historia: La carta de vinos será seleccionada por un panel profesional de cata. Los vinos “que más dividan al panel” pasarán a una votación abierta al público, que así “elegirá” lo que va y lo que no.

La segunda iniciativa es de Naked Wines, una tienda online británica de vinos, que ha propuesto dedicar US$100,000 de su presupuesto de adquisiciones a vinos elegidos “por el público” durante la feria Wines of Argentina, que se celebrará próximamente en Londres. El fin de esto es dar a conocer productores pequeños que haya sido hasta ahora ignorados por los compradores profesionales de las firmas importadoras y tiendas.

Según el artículo de Decanter.com al respecto, los miembros del público que participen en las degustaciones dictarán el precio que están dispuestos a pagar por cada vino. Las bodegas, ante esos dictámenes deberán ajustar sus precios para tratar de quedarse con una lonja de los US$100,000.

Ideas novedosas ambas. Aunque, pensándolo bien, me huelen a versiones modificadas del focus group clásico, si se quiere, un poquito más freestyle y con la internet de por medio. Pero de todas formas parecerían vulnerar un poco la otrora impenetrable esfera de los prescriptores y selectores profesionales.

Claro, ahora sólo falta que al “público” le dé un ataque de buen gusto. Yo al principio me embullé con lo del restaurante y no les niego que hasta pensé en mandarles quince o veinte sugerencias de vinos italianos de verdad, por lo de… Pero luego ví las reglas del juego y ya bajé a mi realidad.

Hablando de gustos, una del departamento de estudios científicos para determinar vainas obvias. Aparentemente, académicos en una universidad británica intentan establecer la correlación entre una preferencia por el dulzor en los vinos y la tendencia a la impulsividad en el individuo. ¿Tengo que decir más? Les deseo suerte a estos analistas. Explicarían mucho (particularmente sobre unos cuantos amigos míos) si logran probar esto irrefutablemente.

Y sigue la crisis, amigos y amigas. En Decanter.com te encuentras con esto o esto mientras buscas noticias más divertidas. Luego te vas a Lomejordelvinoderioja.com y te salen con una de “optimismo”. Encantadora actitud. No es que caigas y te la pegues, es que podías haber caido más y habértela pegado peor. Pero vamos, que no les voy a poner videito de Monty Python (por cierto, nota al verdaderamente perdido Errepé: Me puse la camiseta que me regalaste para ir al gimnasio. Nadie la entiende. Parece que el personaje de “Pijus Magníficus” aquí no tiene resonancia). Ustedes tarareen en sus mentes la canción.

Lo que me hace traer a colación este tema es el artículo sobre la baja en ventas de Diageo. Se habla claramente de una marcada caida en las ventas de vinos de US$25 o más. Eso da mucho que pensar. En los últimos años cualquier hijo de vecino sencillamente no veía como entrar al mercado con un nuevo vino por menos de US$25. Son botellas de esos precios las que más parecen haber proliferado en el mercado internacional, reduciéndose dramáticamente la oferta de buenos vinitos “de diario” por debajo de, digamos, US$10. Antes de que salten mis lectores en regiones productoras, hablo de mercados de exportación como aquellos en los que, casualmente, habito yo.

Podríamos justificar hasta un punto los altos precios de vinos importados desde Europa hablando de la desfavorable tasa de cambio, o de impuestos descocados en destino. Pero tengo que reiterar que me parece que hay un elemento subyacente de pretenciosidad y ambición desenfrenada que es lo que verdaderamente va a deshacer cualquier avance que se haya logrado hacia una “democratización” del vino en los últimos tiempos.

Pienso en una conversación que tuve con Cecilia Gadea durante la cata para el Virtualazo la semana pasada. Hablábamos de los precios de los vinos aquí en Santo Domingo. Cecilia es argentina y declara estar acostumbrada a acompañar sus comidas con buen vino. Algo perfectamente normal. Pero si uno se pone a analizar lo que hay que invertir para sostener esa costumbre, no sólo en Santo Domingo, sino en Estados Unidos y otras partes del mundo, se convierte esto en un hábito cotidiano prohibitivo con un sueldo normal.

Muchas veces me he mofado de esa trágica verdad que algunos se dan a declarar: Los US$20 son los nuevos US$10, en cuanto a vino se refiere. El duplicar el presupuesto para el vinito diario es algo que no suena particularmente bien para muchos de nosotros, consumidores fieles. Yo me pongo a analizar la cantidad de botellas de vinos nuevos que caen en mi casa, muchas de ellas documentadas en este espacio, y me erizo. Yo pago. De repente se me despierta un furor de responsabilidad económica que no veas. Porque al fin y al cabo, lo que era un artículo que no se pensaba mucho en la cotidianeidad ahora es un lujo.

Puede que sea el no estar bebiendo por la gripe, pero se me ocurre que una muy buena manera de ahorrar en estos tiempos que tanto ahorro piden es recortar el presupuesto de vino. Los precios se desbocaron alguna vez. Como caballo desbocado, o se cansan, paran y reculan, o se tiran por el primer despeñadero que encuentren. Claro, la mía es una sola voz diciendo esto. Va y no me hace caso nadie.

Esta digresión, perdonen ustedes, se la debemos a la palabra “impulsiva” y a todas las compras ídem de vino que pienso dejar de hacer.

En otro orden de ideas, una mala noticia: Me entristeció mucho enterarme a principios de semana que el Wine Report anual editado por Tom Stevenson y publicado por Dorling Kindersley afronta un futuro incierto. Dorling Kindersley ha declarado que la edición 2008 será la última y Tom Stevenson no se oye muy optimista respecto a los prospectos de que otra editorial asuma la franquicia.

Una pena, porque el Wine Report me ha sido sumamente informativo y útil desde que lo conozco, repleto de reportes de cosecha, recomendaciones de bodegas a considerar y opiniones expertas sobre el estado de la industria del vino. Digamos que era un anuario que me tomaba muy en serio y que me leía de tapa a tapa en cuanto aparecía.

Otra mala noticia: El lunes en la mañana leí que había muerto Buster, el fiel perro de Joe Dressner y Denyse Louis. Murió de viejito, sin sufrimiento, sefún nos cuenta Dressner.

Como enochalado neoyorquino expatriado, tengo muy gratos recuerdos de Buster. A cada rato le veíamos, pues Dressner lo llevaba a las bebiendas que ocurrían en casas de amigos y a las catas que ofrecía en Chambers Street Wines. Los vignerons representados por Dressner frecuentemente tenían alguna simpática que contar  historia sobre las travesuras de Buster. Era un perro trotamundos, pintoresco. Su imagen en el cuello de una botella importada por Louis/Dressner junto a la frase “Cuvée Buster” indicaba un vino especial. Especial como ese perro de tanto carácter. Muchas “Cuvée Buster” consumí a lo largo de los últimos diez años. Me quedan algunas en la bodega, que atesoraré como atesoro la memoria de este perro tan querido.

Una gran pérdida. Son estos parrafitos mi sentido adiós y mi nota de condolencia.

Les dejo por esta semana con un clip de The Aluminum Group que se ajusta muy bien al humor que hoy me ocupa. Un poquito de gripe, un poquito de tristeza, un poquito de música. Ustedes me entienden…

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El momento de la traición: La encuesta de la semana

Agosto 27, 2009 · 23 comentarios

Llevo un poquito más de la mitad de mi vida enamorado del vino, su historia y su cultura. Hoy estaba pensando, a raíz de la pregunta de una amiga que se inicia, en nis propios comienzos. Como todo el mundo, absorbí mucho cliché sin cuestionarlo hasta que era demasiado tarde; me dejé llevar por romances y cuando me dí de narices con algunas realidades, fue menos que agradable. Por ejemplo, mi joven cerebro postadolescente fue alimentado con imágenes del vino como algo directa e inmaculadamente conectado a la naturaleza: El fruto puro de la vid, mimado por hombres de campo que trabajaban cuidadosamente las tierras de sus ancestros y cuya labor obedecía únicamente al saber hacer heredado en una larga tradición, bla, bla, bla.

Claro, nada distaba más de la realidad en una gran cantidad de bodegas que yo admiraba y que ya a principios de los ochentas formaban parte de megacorporaciones con intereses en un montón de negocios distintos. Además, como muchos aún hoy, tenía un impedimento a la hora de ponerme a considerar las manipulaciones a las que podía haber sido sometido ese vino tan correcto que me bebía. En algún momento me tocaría leer sobre escándalos en Austria o Italia en torno a adición de químicos al vino. Pero eso no me incumbía. Yo seguía en mi mitomanía.

Lo curioso es queis uno se dedica a leer contraetiquetas de vinos de los más diversos orígenes hoy día, la idea bucólica del vino como producto honesto de tierra, vid, trabajo y tradición la siguen vendiendo como si nada.

Y hay mucha gente que aún se la cree.

El romance del vino se va al  carajo cuando comienzas a pensar en un proceso altamente tecnologizado, donde aquellos rústicos labriegos y vinateros que uno visualizaba son sustituidos por ejecutivos en trajes de Brioni o laboratoristas de bata blanca. Y no digamos nada de ponernos a enumerar todos los posibles aditivos nada románticos que puede llevar ese “producto honesto de tierra, vid, trabajo y tradición” que tanto se nos vende.

Perdón por el largo preámbulo. La pregunta de esta semana pretende hacer un reconocimiento del meollo del debate sobre la definición de  ”vino natural”. Mucho ha sido lo hablado y escrito sobre cierta falta de transparencia en la industria actual del vino. Largos artículos he leido proponiendo hacer ley que las bodegas publiquen “listas de ingredientes” en la etiqueta de cada botella. Incluso algunos proponen que se añadan “listas de procesos” y advertencias sobre posibles efectos secundarios, tanto para el vino como para el consumidor. Y sin embargo tdos los días se encuentra uno con nuevos enófilos que no entienden de qué les estás hablando cuando les mencionas “vino natural”, pues según lo que a ellos les han dicho (o dejado de decir) sus educadores, en realidad todo el vino es producto natural de la vid, con mínima intervención humana, etc.

Les propongo comenzar un pequeño experimento de cuchilla, a ver si abrimos algún huequito entre tanta disonancia cognitiva. He aquí una pregunta para ponernos en contacto con nuestras emociones…

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Las zapatillas mágicas, Capítulo Cinco: Apiary, la otra mitad del cumpleaños y un visitante inesperado

Agosto 26, 2009 · 9 comentarios

Teníamos que sobreponernos al trauma terrible del Riscal 68. Había más vino y, de sefuro, algo que nos haría olvidar esa criminal acidez volátil, aunque jamás pudiéramos perdonarla.

Gruaud-Larose 1966

Gruaud-Larose 1966

Apareció un Château Gruaud-Larose, Saint-Julien 1966, con una de esas reconfortantes etiquetas de Cordier. Digo “reconfortantes” porque después de principios de los noventas Gtuaud-Larose ha sido vendido un montón de veces a entidades corporativas varias y, pues, la consistencia de los años de Cordier quedó en el pasado, Hablando de “consistencia”, una interesante discusión se suscitó a ese punto en torno a la noción de terroir aplicada a Burdeos. La base de de esta línea de conversación era el artículo sobre Rioja de Eric Asimov, publicado en el New York Times la mañana anterior. Asimov establece que las grandes bodegas clásicas de rioja producen vinos en los cuales no se discierne claramente terroir en términos de suelo, etc., sino de un “estilo de la marca”, consistentemente representado añada tras añada, que acaba siendo la identidad de los grandes riojas de siempre. Algo sumamente obvio, si nada más pensábamos en el Monte Real que habíamos probado hacía muy poco, vis à vis el Tondonia que probamos inmediatamente después. ¿Hasta dónde podíamos atribuir la diferencia entre un vino y otro a que uno viene de Haro y el otro de Elciego? En realidad la cosa va más allá y nos pone cara a cara con el conflicto inherente en nuestras aversiones a la noción de “vino hecho” (algo me dice que ahora mismo Víctor de la Serna se relame y comienza a preparar otro artículo sobre las actitudes contradictorias de los “fundamentalistas neoyorquinos”).

Dándole vueltas al asunto, aunque hablamos de terroirs privilegiados en Burdeos, tiende a darse lo mismo que en Rioja. Por encima del terruño en los viñedos de Margaux, el estilo de Château Margaux, Château Palmer, etc. Lanzamos al aire la idea de que quizás el patrón “estilista” de las bodegas históricas de Rioja era cosa heredada de aquellos bordeleses que originalmente trajeran a Rioja sus ideas de como hacer vino.

Volviendo a Burdeos, y en particular al Burdeos actual, me temí por momentos que tanta vindicación del trabajo de bodega en vinos antiguos pudiese subvertirse, tornando en arma de defensa de, digamos, el “estilo” que Michel Rolland ha dado a tantos vinos bordeleses de los últimos veinte años. Pero no. Antes la sinergía entre viticultura y trabajo bodeguero daba diferenciación entre marcas. Ahora da homogeneidad.

En fin, aunque el tema es para discutir largo y tendido, el Gruaud me esperaba…

Bella nariz, masculina, erguida y enérgica. Chocolate oscuro, laurel, punta de lápiz, cuero, barro caliente y ciruela negra. “Cool, steady and easy” pongo en mi libreta, robándome el título de aquel magnífico álbum de los Brooklyn Funk Essentials. Un vino pulido a la perfección por el tiempo, con la elegancia que da un equilibrio perfecto en todos sus componentes. Una delicia de beber. Largo, de caricia confiada.

En mi mano, Lascombes 1966

En mi mano, Lascombes 1966

Puestos en burdeos y el 66, estaba también el Château Lascombes, Margaux 1966, de media botella (375 ml.). A pesar de que se siente una nota de madeirización (ojo, no hablo de roble, hablo de aspectos oxidativos, que siempre me ha hecho gracia leer a la gente hablando de “vino maderizado” para referirse a excesos tabloneros), no deja de tener sus atractivos. Cocoa, tierra, perifollo y cereza desecada en una nariz . Ligero en boca, térreo y especiado, con el desgaste que uno espera de medias botellas. Pero tiene buen largo y acaba siendo lo suficientemente convincente.

La mesa, como suele ocurrir con ciertos vinos, quedó dividida en “Brad Kane contra todos los demás” ante el Château Branaire, Saint-Julien 1966. Es que a mi querido amigo Brad le gustan los vinos frutones, voluptuosos y, preferiblemente, con alguito de azúcar “para entonar”. Se molesta ante vinos muy secos, o demasiado firmes, o demasiado serios. Uno lo aprecia como es y sencillamente declara: “Bueno, pues más pa’ mí” cuando comienza a protestar.

Este Branaire se siente tremendamente joven aún, compacto y reticente. Sus expresiones ocurren “de a poquito” y hay que apreciarlas con calma. Por delante trae volatilidad que, por suerte, se disipa para dejar aparecer tierra negra, tomillo y salvia secos, arándano, cereza negra y sutiles acentos de caza. Pero todo esto, igual en nariz que en boca, ocurre a nivel de una primera capa, siendo el centro aún impenetrable. Buen largo. Impresionante estructura. Necesita más tiempo. Eso sí, siempre va a ser un vino serio, de encanto basado en su austeridad.

Cheval Blanc 1970

Cheval Blanc 1970

A continuación, el Château Cheval Blanc, Saint-Emilion 1970 que Jayson nos trajera por error. Creía haber abierto un 1962 y se percató demasiado tarde, ya con el vino en el decantador, de que era de otra añada. No que fuese yo a protestar, pues el Cheval Blanc 70 puede ser maravilloso. Y éste no nos desencantó. Nariz delicadamente perfumada, que me recuerda a los jaboncitos de olor que ponía mi abuela en el medio-baño de su casa cuando yo era niño. Violetas, cúrcuma, comino, alcaravea, aceite de rosas, cuero antiguo, polvo y frutas negras. La complejidad se acentúa por lo etéreos que resultan los aromas. En la boca es sedoso, amable, seductor… Te llena la cabeza de ideas perfumadas. Hay carnosidad y dulzor frutal, pero también hay muy buena estructura. En el largo posgusto hay mucha nota especiada que me lleva a pensarlo un poquito “riojesco”. Vaya usted a saber…

El otro vino que traje yo lo guardamos, pues sabíamos que por ahí vendría algo con risotto. Y en efecto, lonjas de maigret de pato sobre risotto de setas silvestres, a lo que dedicamos el Marcarini, Brunate, Barolo 1964, una botella muy controversial que, evaluada en un breve momento, no dió mucho placer.

Hay que joderse.

Pero a esa botella corresponde una graciosa historia que he de contarles aquí.

Estaba yo en Crush Wine Co.  el domingo anterior, buscando unas botellitas que llevar a casa de SFJoe para la cena de despedida de Sharon Bowman. Precisamente frente a los vinos piamonteses me encontraba cuando uno de los chicos que controlan inventario y entregas se me acerca y me dice: “Sr. Camblor, tengo dos botellas suyas y me gustaría que me diera instrucciones sobre donde entregarlas”.

“¿Cómo que dos botellas mías?”

“Sí, de un barolo 64 de Marcarini que usted preordenó hace un par de años. Acaban de llegar…”

“¿Un par de añoooooooooossssss?” Me esforzaba por hacer memoria. En aquel entonces Lyle Fass aún regenteaba Crush y yo vivía a un par de cuadras. Rutinariamente recibía ofertas de vinos pre-llegada t a veces picaba. Pero… ¡¿Dos años?!

“Se tardaron lo suyo”, dijo el chico.

“Ven acá, ¿y yo las pagué?”

“Sí señor, están pagas y listas para entrega”, dijo, adosando al pronunciamiento el total que pagara yo hacía dos años.

Eso fue con una tarjeta de crédito saldada y cancelada hace tiempo. Se me había olvidado completamente. Pero ahora me salían dos botellas de barolo antiguo así, de la nada. Me hubieran podido dar la mala, pues la verdad era que para mí esa transacción como si no hubiese existido jamás. Pero no, lo que pagué me lo querían entregar, tarde pero seguro.

Loable conducta en el negocio, ¿no?

Las botellas parecían haber sido recientemente reetiquetadas. El nivel parecía satisfactorio. No dudé que una valdría para esta cena sesentera.

El chef Scott Bryan conversa con SFJoe mientras comparte una copita de algo bueno con nosotros.

El chef Scott Bryan conversa con SFJoe mientras comparte una copita de algo bueno con nosotros.

A la controversia. La nariz se presentaba inicialmente muy caramelosa, oxidativa a un nivel incómodo. Pero detrás se percibían notas que prometían. No hubiese sido la primera vez que un barolo viejo parecía muerto un momento, sólo para dar un giro de 180 grados tras un rato de aire  y cobrar vida repentinamente, volviéndose una gloria de alquitrán y flores. Se discernían detrás del caramelo notas de rosas, hojas secas, arándano y cera. Lo mismo en boca. Tras un frente aparentemente dañado, cosas quizás bonitas. Pero el ritmo de la cena no nos dejó darle la oportunidad de que ocurriese un milagro.

Me queda una. Ya veremos si está igual. Para el pato con risotto volvimos sin vacilar al Cheval Blanc.

Me permito una disgresión que, se verá, resultará perdonable. Durante este viaje neoyorquino de las zapatillas color mandarina había estado intentando quedar con dos “amigos virtuales” de La otra botella que, por pura casualidad, visitaban Nueva York en esos días. Uno era nuestro entrañable Errepé. El otro era David J. Rodríguez.

David, según tengo entendido, va mucho a Nueva York. Con ‘el no pude encontrarme en esta vuelta, pero otra vez será, si no en Manhattan, en Puerto Rico o en Santo Domingo. Lo del Errepé era otra historia. Venía a Nueva York nada más y nada menos que de luna de miel. Y había manifestado que quería verme. Vamos, que eso es cariño del que se aprecia. Un par de intentos habíamos hecho de quedar, pero las circunstancias se interpusieron. Sabía que el Errepé y su esposa Eva se marcharían a California el viernes en la mañana, o sea que ya el jueves en la noche me había dicho a mí mismo que se intentó, pero otra vez sería.

De repente, ya tirando hacia el final de nuestra cena en Apiary, una pareja que se acerca a nuestra mesa. El tipo me saluda. ¡el Errepé y Eva!

Una gran suerte fue que había compartido mi agenda y el Erre sabía que estaría en Apiary. Lo de aparecerse fue un detallazo. No quiso quedarse mucho tiempo. Me entregó una bolsita con regalitos y aceptó un poquito de Cheval Blanc. Le reitero mi agradecimiento por esa visita inesperada (aunque  estoy ahora  un poco cabreado con él, porque siendo el instigador original a lo del Virtualazo, pasó de unírsenos aquí para discutir los seis riojas que catamos la semana pasada; un fallo…)

Sano hábito de mis amigos en Manhattan: Dejar el Tondonia Blanco para último. Si hay un blanco que puede llegar a la mesa después de una secuencia de grandes tintos sin desmerecerse en lo absoluto, es un Tondonia y, en específico, un R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Gran Reserva, Rioja 1964. Esta botella, cortesía de SFJoe, estaba impecable. Crema de limón, almendra tostada, azahar, comino, cúrcuma, sal, hierbas secas, membrillo, grano de anís y cera en una nariz compleja, provocadora, adulta. Salino en boca, firme, con una línea eléctrica de acidez corriéndole por el medio. Magníficas capas especiadas y de nueces diversas con interesantes momentos minerales. Muy largo y sabroso. Inmejorable acompañante para buenos quesos siempre ha sido y será…

Nuestros visitantes inesperados: El Errepé y su esposa Eva.

Nuestros visitantes inesperados: El Errepé y su esposa Eva se unen momentáneamente a las festividades.

La sobremesa continuó buen rato mientras se vaciaba el restaurante alrededor nuestro. Algunos de mis compañeros de mesa comenzaron a marcharse. Eventualmente quedamos solamente Brad Kane, Jayson, el Dr. K y yo, volviendo a probar algunos de los vinos y a rediscutir cosas discutidas durante la cena. Se me ocurrió echar mano a la bolsita que me había traido de regalo el Errepé y ví que contenía una botella de vino. La saqué y era el Sameiras, Tinto, Ribeiro 2008. De esta bodega había probado anteriormente sólo blancos. Me entusiasmaba, viendo la botella, que Sameiras se hubiese apuntado a la movida de los tintos, pues no es ningún secreto que Galicia, en cuanto a tintos españoles elaborados en la actualidad, es la región española que más excitación me viene creando desde hace tiempo. Toda nueva manifestación es bienvenida, sobre todo si se trata de vino honesto y sabroso, sin afeites ni veleidades. Este tinto podía compartirlo con los cuatro amiguetes que quedábamos, con Brett Feore, el sumiller de Apiary, con su barman y con dos chicas que quedaban en una mesa en el salón. Sería una buena coda para la noche, después de un buen número de vinos con edad, algo joven y fresco.

El festejado, ante su pastel de cumpleaños...

El festejado, ante su pastel de cumpleaños...

Y precisamente eso era. Muy limpio y vibrante en nariz y boca, con uva, ciruela roja y sandía  fresquísimas y golosas. Además, acentos de té verde y una mineralidad de grano bien fino. Sabroso vinito, con un altísimo índice de bebestibilidad inmediata. Invita. Cierta garrita tánica en el final, donde sale a relucir un puntito de menta fresca.

Sobraba la mitad de la botella y la dejamos en el bar, para disfrute del personal de Apiary al que le apeteciese un sorbito de tinto reavivador a medianoche. Una velada larga. Sabrosa. Los cumpleaños de mi gran amigo el Dr. K siempre son así.

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Las zapatillas mágicas, Capítulo Cuatro: Apiary otra vez, con la mitad de un cumpleaños

Agosto 25, 2009 · 4 comentarios

De nuevo mi mujer decidió no unírsenos. Estaba cansada y me decía que en realidad, si iba a ser de nuevo un “todo hombres”, ella pasaba.

Estas son las cosas que me hacen preguntarme si mi enochaladura será en verdad algo tan bien visto. Son tan pocas las veces en que estamos en una mesa equitativamente dividida entre masculino y femenino que me pica la conciencia. Voy a disfrutar de buenos vinos y comidas y me siento como Pedro Picapiedra camino a la Logia de los Búfalos Mojados.

Pero bueno, por lo menos estoy siempre consciente.

Resulta que llegaba yo a Apiary para lo que iba a ser una cata de vinos de los sesentas. Cada quien ponía cualquier cosa dentro del marco temporal. Claro, se prefería que los vinos fuesen de la añada de 1964, que es el natalicio de nuestro querido Dr. K, quien estaba de cumpleaños ese jueves por la noche. En algún momento de nuestra cena del lunes en Apiary, Victor L y él habían reservado una mesota grande y negociado descorche con la gerencia del restaurante. Inclusive corría el rumorcillo de que el mismísimo Scott Bryan se nos uniría en la cata en cuanto tuviera un momento. Ah, y nos prepararía una degustación especial de su cocina, especialmente sintonizada a los vinos que fuesen apareciendo.

Al final resultó que la mesa que reservamos nos quedó grandecilla. Estábamos  el Dr. K, Victor, SFJoe, Jayson Cohen, el verdadero Jay Miller, Brad Kane y yo. De nueve habíamos bajado a siete al fallarnos tanto Josie como Laura, la esposa de Jayson.

Piper-Heidsieck Brut Rosé Sauvage: Una champaña rosada oscurita...

Piper-Heidsieck Brut Rosé "Sauvage": Una champaña rosada oscurita...

Comenzamos con champaña. La pedimos de la carta del restaurante, en agradecimiento por no cobrarnos descorche. Se trataba de algo raro: Piper-Heidsieck, Brut Rosé  “Sauvage”, Champagne NV. Aparentemente se trata de un rosado sin dosage, elaborado con adición de vino tinto. El color es el más profundo que recuerdo haber visto jamás en una champaña rosada. En boca y nariz es extraño, más bien un tinto ligero con burbujas, con aromas de frambuesa, cereza y sandía adornados por notitas de mineralidad salina, heno y almendra. Simple. La elegancia lo elude al adquirir la fruta en boca un leve aspecto mermeladoso. Lo dicho: Raro.

Auslese 49 1971 de Von Schubert: Entre la vida y lo otro...

"Auslese 49" 1971 de Von Schubert: Entre la vida y lo otro...

En realidad era muy poco lo de blanco que parecía haber sobre la mesa. Me pareció ver aparecer un Tondonia 64, pero si apareció fue por un nanosegundo. Lo que me pusieron a continuación fue un Von Schubert-Maximin Grünhauser, Riesling Abstberg  “Auslese 49″, Mosel-Saar-Ruwer 1971. Brad Kane, siendo como es, enseguida comenzó a hablar de que esto estaba oxidado, muerto, etc., etc. Pero en realidad este tipo de riesling con edad requiere otro esquema interpretativo y, sobre todo, algo de paciencia para apreciar sus sutiles placeres. Aromas de caramelo que, en efecto, hablan en un principio de oxidación. Pero detrás comienzan a aparecer con la aireación notas de almendra tostada, nuez moscada, pino y manzana asada en la nariz. En boca no está dulce ya, aunque posee aún una decidida tendencia golosa. A nivel de superficie se siente un tanto cansado, pero le queda alguito de chicha. Tarta de manzana con una veta salina corriéndole por el medio. Buen largo, con agarre muy satisfactorio. Su mejor momento quizás ya pasó, pero dejarlo pasar hubiese sido un error.

Habían comenzado a salir platos de la cocina. Eran todos del menú regular del restaurante esa noche, pero sutilmente ajustados para maridar mejor con los vinos. Debo decir, sin temor ya a equivocarme, que tengo dos platos favoritos en Apiary—dos creaciones de Scott Bryan que no me cansaré nunca de pedir: Uno es la exquisita vieira con “caviar” de berenjenas y chorizo y el otro las mollejitas crujientes con frisée. Scott tiene un talento muy especial con vieiras. Y con mollejas. Y con muchas otras cosas. Pero bueno, que se me va el hilo…

Vieira con caviar de berenjena y chorizo, uno de mis platos favoritos en Apiary.

Vieira con "caviar" de berenjena y chorizo, uno de mis platos favoritos en Apiary.

Comenzaron los tintos inmediatamente. El primero fue un CVNE, “Viña Real” Reserva Especial, Rioja 1966. Apestosillo. Para mí la peste era de barrica vieja sucia. Algunos lo declararon corchado. Pero, aunque al paladar estaba severo y sequísimo, soltaba un dulzor de fondo que no era de vino con TCA. Claro, un debate puramente académico, porque estropeado estaba.

Dos de CVNE y algo que cayó más tarde...

Dos de CVNE y algo que cayó más tarde...

Uno raro. El segundo dudoso. Y el tercero jodido. No llevábamos buena noche hasta ese momento. Pero la suerte es frívola y lo mismo tira para un lado que para el otro. Así llegamos al CVNE, “Viña Real” Gran Reserva, Rioja 1964. Un Viña Real espectacular. Quizás una de las mejores botellas de este vino que he probado en memoria reciente. Térreo y profundo. Inmediatamente se suscitan comentarios sobre sus aromas de canela y alcaravea, que recuerdan los mejores momentos de Domaine Dujac. También hay en la nariz cuero, chocolate, y jamón glaseado de ése de navidad. Sedoso en boca, muy elegante y perfectamente organizado en el fluir de sus energías. Un rioja con tremendo feng shui, diría algún bromista. Largo, delicioso.

Monte Real Gran Reserva 1964, up close and personal...

Monte Real Gran Reserva 1964, up close and personal...

La primera de mis aportaciones a la noche fue lo próximo, un Bodegas Riojanas, “Monte Real” Gran Reserva, Rioja 1964. Nunca me ha fallado este Monte Real, y mira que lo he probado veces… Esta botella nos salió particularmente buena—”un vino de los de usar múltiples signos de admiración”, dijo alguien. Si el Viña Real recordaba a Dujac, este Monte Real recuerda a Chevillon, con un airecito de herrumbre, o quizás de sangre que es muy Nuits-Saint Georges apareciendo en un contexto que es muy rioja. Explosiva nariz, dulce y cálida. Fruta negra sorprendentemente fresca, cuero, armario antiguo, todo un repertorio de especias y carne curada. En boca se hace aún más pronunciado el aspecto chevillonesco, apareciendo elementos salinos y cereza negra con un cierto airecito a rostizado. La textura es aterciopelada y el posgusto larguísimo y complejo. Un showstopper donde los haya.

Difícil era soltar esa copa y emprenderla con el próximo vino. El riesgo de un anticlímax era considerable. Pero el R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran Reserva, Rioja 1964 estaba en la cosa y nos permitió completar un trio que nos compensara por los tres insatisfactorios que iniciaron la velada.

Aromas de cuero, pétalos de rosa, cedro, barro cociéndose y especias sobre fruta roja (especialmente cereza)  viva y pura. En boca es de cuerpo medio, presentándose en capas de forma muy interesante. Primero tienes una de fruta y especias suave, acariciante, luego otra que hace eco de la nariz y te llena la cabeza de aromas bonitos, y debajo de todo eso un centro de puro músculo, compacto y tenso. Largo y juvenil de una forma que sólo puedo describir como “eléctrica”. Admirable estructura. Va para largo este Tondonia.

¿Nos sonreiría el destino con un cuarto rioja sensacional? Apareció la botella de Marqués de Riscal, Reserva, Rioja 1968 y servida fue. Nos llevamos copas a narices y… Las muecas de horror se sucedían una tras otra. La acidez volátil más agresiva que he experimentado en toda mi vida de bebedor saltaba y me laceraba las sinoviales. Les juro que sentí mis ojos llorar por dentro, del lado del cerebro. Imaginen una habitación cerrada donde están aplicando al mismo tiempo simultánea y masivamente barniz, trementina y removedor de pintura y se harán una idea. Memorable, vamos… Una botella que vivirá en la infamia.

(Concluye en la próxima entrega)

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Las zapatillas mágicas, Capítulo Tres: Así, casualmente…

Agosto 24, 2009 · 11 comentarios

Algo que extraño muchísimo de Nueva York es la capacidad que tienen mis amigos allá de montarse, de un momento a otro y así, casualmente, una deliciosa velada de comida y bebienda de altísima calidad. La llamada puede ocurrir a las dos de la tarde. Y enseguida te pones a mover cosas en la agenda. A pensar en que vino llevar. A imaginar las bromas que puedes gastarle a fulano o mengano. Tu apetito se abre y palpita.

Es maravilloso cuando uno puede dar rienda suelta a las afinidades electivas. Las mejores amistades de mi vida se han forjado en ese contexto.

En fin, que Brad Kane había llamado para que Josie y yo compareciéramos en su casa. Nada complicado. Una cenita de miércoles de verano. Unos vinitos. Josie tenía compromisos previos con ex-colegas de su antiguo trabajo. Yo, libre de ese tipo de obligaciones, me apunté a lo de Brad.

Donde nos llevó la noche, primera vista

Donde nos llevó la noche, primera vista

Llegué y allí estaban Kane con Michel Aboud y Keith Levenberg. Brad ajetreaba en la cocina (tengo prohibido colgar fotos suyas en estas páginas hasta nuevo aviso, pues está en un proceso de transformación personal y quiere desligarse de su antigua imagen, o sea que nada de aquella tan simpática que le tomé delante de su estufa). Los demás nos dedicamos a relajearle, como de costumbre. Es que Kane a veces se demora un poco en la cocina y puedes verte cenando a medianoche con una facilidad pasmosa.

Pero a lo que íbamos. Copas en mano. Se sorprenderían de cuanto vino había para un mero cuarteto. Pero esas cosas ocurren. Sabemos manejarlas.

Abrimos con un De Venoge, Brut Select “Cordon Bleu”, Champagne NV. Nariz de croissant aux amandes recién salido del horno y bañado en crema de limón. Especiado y cremoso en boca, es un espumante sencillo y de trago fácil. Posgusto largo con buena mordida cítrica, sutiles notas minerales y un agradable aspecto de nuez moscada. “Buena champañita de boda,” anoté al pie de la página en mi libreta negra, o sea que tomen nota aquellos a quienes vaya a caerles encima un casorio en el futuro cercano.

Michel se ha metido a importador de vinos y nos trajo alguito para que probásemos. Un muscadet. Concretamente, el Jean Aubrion, “Grand Fief de l’Audigière,” Muscadet de Sèvre et Maine Sur Lie 2007. Riesgoso debut, ante tres muscadeteros de espíritu muy purista cuando se refiere a estos blancos del Nantais—nombres como Luneau-Papin, Ollivier y Bossard son nuestros referentes de base, o sea que cuesta trabajo impresionarnos.

Este Audigière, aunque tiene bastante buenos cítricos y mineralidad, carece de esa salinidad marina y de la tensión a nivel profundo que para mí caracteriza a un gran muscadet. Un blanquito fácil, decente y limpio. Se deja beber muy bien, pero las comparaciones no le son bondadosas.

Seguimos con una de mis aportaciones a la noche. El lunes en la mañana en Chambers Street Wines, cuando compré aquel silvaner viejo de Hans Wirsching que tanto nos sorprendiera en Apiary, también compré el Hans Wirsching, Riesling Spätlese Trocken “Iphöfer-Julius Echter Berg”, Franken 1992 que nos disponíamos a probar.

Para ser justos, aún no estaba muerto, pero ya poco le faltaba. Dijo Keith con toda la razón del mundo: “A éste llegamos cinco años tarde.” Lanolina, kerosén, un poquito de sudor, toronja blanca y melocotón en una nariz desgastadilla. En boca entra con toronja y mineralidad que sólo cualifico como “blanca”. Redondez superficial bajo la cual se sienten algunas aristas incómodas. Y un hueco debajo. Se siente cansado en el posgusto, que es cortito.

Lo curioso es que este riesling ya esté tan mustio cuando el silvaner del lunes estaba tan vibrante y sabroso. Cosas que te hacen encogerte de hombros…

Brad, de forma extremadamente poco característica, nos comenzó a servir comida tempranito. Fíjense ustedes que a las ocho de la noche (hora normal de cena en Nueva York, más aún cuando la mitad de los comensales están obsesionados con perder un poco de peso) comenzábamos a cenar sin contratiempos. El primer plato fue una espectacular ensalada con rúcola silvestre, tomatitos, bulbo de anís, maíz y langosta. Y habiendo langosta de por medio, entonces era hora del Huet, “Le Haut Lieu” Demi-Sec, Vouvray 2002. Porque pocas cosas en este mundo son más amigables a una buena cola de langosta que los magníficos vouvrays semisecos de Huet. Al que ofrezca chardonnay la próxima vez, infórmenle que hay mejores posibilidades de feliz matrimonio. Mucho mejores.

La excelente ensalada de langosta que comimos con el Le Haut Lieu Demi-Sec.

La excelente ensalada de langosta que comimos con el Le Haut Lieu Demi-Sec.

Lo que sigue dejándonos perplejos es que estos vouvrays, de una muy buena añada, aún no se han cerrado como se esperaba que lo hicieran. Siguen perfectamente sociables, incluso hasta sobrados en el cariño que te dan, pese a poseer una estructura y una mineralidad impecables, dignas de buena guarda.

Cosas. Pero uno lo mejor que hace ante estos misterios es rascarse el cráneo y echar pa’lante, disfrutando. Que están buenísimos.

Por ejemplo, éste: Bonita nariz de madreselva, cúrcuma, miel y piña con viva mineralidad. En boca es de dulzor moderado, voluptuoso pero firme de carnes. Muchas capas. Sabroso amargor en un posgusto muy largo, que aprieta un poquito en cuanto comienzas a pensártelo.

¿Les dije que esto queda delicioso con langosta?

No, por si acaso me olvidaba.

Comenzamos con los tintos inmediatamente después de la ensalada. El primero fue el Thierry Allemand, “Sans Souffre”, Cornas 2001, un vino del que había probado igual cantidad de botellas sensacionales en el pasado como de botellas que… Bueno, digamos que lo de los vinos sin sufuroso añadido tiene sus riesgos y a veces te salen “ranitas”. Lo que definitivamente no era el caso con este ejemplar. Maravillosa nariz de tono alto, térrea y cálida, con aromas de tocino, aceituna negra, semillas de anís,  y frutas negras. Fenomenal profundidad para un perfil aromático decididamente aún primario. Cada aroma parecía presentar múltiples facetas. Muy pulido en boca, con fruta roja y negra suculenta, acentuada por el elemento salino de aceituna negra y mineralidad. Posgusto largo y denso, con excelente acidez y taninos sedosos. Tremendo vino. Una de las mejores botellas de él que he tenido la suerte de probar.

Seguimos con más Cornas, que es una grata suerte… El Noël Verset, Cornas 1994, a[arte de absolutamente fabuloso, es un perfecto estudio de contraste al lado  del de Allemand. Las aceitunas aquí no son negras, sino verdes. Fruta roja muy pura y bien enfocada, con acentos de cuero, humo, lavanda y piedras trituradas. En boca es de cuerpo medio, gentil, evolucionado, con un toquecito rústico que le da encanto. En el paladar medio le surge una notita de chipotles en adobo que resulta interesantísima. Posgusto largo y vibrante, con una cierta floralidad retronasal muy atractiva.

Siguió el Pierre Gonon, "Les Oliviers", Saint-Joseph 1989, un vino del que escribí aquí hace un par de meses.  Todo lo que dije sobre su "belleza diáfana" lo reitero ahora. Seda pura. Mi dicha es grande por haber podido beber esto dos veces en tan poco tiempo.

Cayó después del Gonon la otra botella traida por mí. El Az. Agr. Cristiano Guttarolo, Primitivo "Anfora", Gioia del Colle DOC, Puglia 2006 no es cualquier primitivo y eso se nota. Donde el nombre de esa uva ha adquirido para mí las mismas connotaciones negativas que el de la zinfandel por culpa de un montón de elaboraciones abusivamente puntilleras, el juego aquí va de otra cosa. Estamos hablando de primitivo de cultivo orgánico, vinificado naturalmente y  envejecido en ánforas de terracotta durante un año. Es un vino de cuerpo ligero-medio, con bonito color granate-rubí atejado. Nada de pesos tremebundos y capas impenetrables.

No que se aprecie inmediatamente la bondad aquí, hay que decirlo. Recién abierto es más bien apestosillo. Michel, Keith y Brad por poco lo dejan de lado y se pierden el espectáculo provocado por un poquito de aireación. Es que a veces se precipitan los chicos.

Michel evalúa la nariz del Guttarollo con su técnica particular, según él infalible.

Michel evalúa la nariz del Guttarollo con su técnica particular, según él infalible.

Yo, por mi parte, soy un hombre paciente y a cada rato me veo recompensado por ello, lo que me indica que ni de coña debo cambiar. Huele a frambuesa y establo, a té verde y bulbo de anís, alcanfor, rosas secas y humo. Una nariz salvaje, sin afeites ni pendejadas, franca, que o te cautiva o te repele. Y a mí me cautivó. Notas aromáticas de higo y boletus también, además de considerable mineralidad de fondo. Una gozada. Jugoso y vivaz en boca. No tan complejo como la nariz me hubiese dado a esperar, pero delicioso. Un vino que quiero beber de nuevo pronto. A ver si puedo hacerme por lo menos con media docena de botellas. Va a ser dificilillo, pues me cuentan que Guttarolo solamente produce unas mil cajas de vino en su cantina cada añada. Pero se intentará.

Algunos protestarán que tantas botellas divididas entre solamente cuatro tipos toca a muchísimo vino por barba. Pero en realidad no consumimos mucho. Probamos y seguimos, quedándose la casa con los generosos sobrantes para consumo posterior.

Claro, en el espíritu de parecer bien exagerados, se abrió otra botella más. Resulta que la conversación nos llevó, por algún misterioso motivo, a Chile. Concordábamos los amiguetes y yo en que ya no conocíamos mucho vino chileno que nos tentara a beber. Chile había sido para alguno de nosotros—por lo menos hasta mediados de los noventas—fuente de vinos con excelente relación calidad-precio. Pero ahora como que ni fu ni fa (frasecita recurrente en los últimos días en La otra botella, ¿no?) Hablamos de lo bueno, bonito y barato que antes había y ahora no parece querer haber en Chile.

Se habló de corporativismo, de océanos de vino industrial, de vinos dizque “premium” a los que no había por donde meterles los cien dólares que por ellos se atrevían a pedirte. Surgió el nombre de Cousiño-Macul como ejemplo de una bodega que antes era referencia obligada y ahora… Bueno, ya saben.

“¡Ey, que esos los vendo yo!”, declaró Kane, levantándose de la mesa. “Esperen que les saco una muestra”.

Donde nos llevó la noche, segunda vista.

Donde nos llevó la noche, segunda vista.

¡Ay. coño, vámonos!“, exclamé yo en mi lengua materna, aunque ninguno de mis tres contertulios era hispanohablante. Nadie me hizo caso.

Nada, que probamos el Cousiño-Macul, Cabernet Sauvignon “Antiguas Reservas”, Maipo, Chile 2006 y la reacción fue la que fue. Nariz ligeramente insecticídica al principio, luego con notas de tinta de bolígrafo y hoja de plátano sobre Ribena. En boca es fláccido, sin encanto porque no parece tener vida. La esencia del aburrimiento. Una lástima, definitivamente, pues Cousiño-Macul fue hace mucho autora de cabernets preciosos, que envejecían muy bien y me dieron mucho placer cuando era más joven.

Yo, para no quedarme así, eché mano a un sorbito que me quedaba en otra copa del primitivo. Poco después salí para el hotel, sintiéndome que para una noche de miércoles la cosa no estuvo nada mal, no señor…

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Cositas y cosotas: 21.08.2009

Agosto 21, 2009 · 6 comentarios

Mientras hemos estado ocupados con nuestro Virtualazo en La otra botella, catando, recatando y comentando esos seis riojas en diversos lugares del mundo, la cultureta del vino se ha estado quieta. Pocas veces en memoria reciente han estado tan aburridos los hilos noticiosos. Una historia en Decanter.com cuyo titular ponía “Crack Appears In Australian Marketing Campaign” me hizo pensar que de repente habría tela… ¿Que los australianos estaban fumando crack? Pues, eso habría explicado mucho. Pero no. Se trataba de un pleito entre segmentos de la industria, etc. Baba de caracol.

También ponían algo sobre si Château Latour expandía su operación orgánica. Sería buena noticia, pero en realidad ni fu ni fa, porque ya hace muchos años que no me da la gana de pagar lo que piden por una botella de Latour. Además había una sobre el superproductor de hip hop Jay-Z y su nuevo blanc de blancs de no sé cuantos cientos de libras esterlinas la botella, elaborado por Armand de Brignac. Que sería volver a caer en otra historia de celebridades montándose al enocarro. A joder a otro con eso.

Es que, francamente, queda mucho que hacer y decir en torno al Virtualazo, o sea que  a él dediquémonos. Pero hablando de hip hop, quizás alguito de Lyrics Born, Diverse y el inmenso RJD2, uno de mis productores-manipuladores musicales preferidos…

Categorías: Cositas y cosotas de la semana
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Donde vive el miedo: La encuesta de la semana

Agosto 20, 2009 · 14 comentarios

Una cosa que caracteriza al enochalado promedio es su gran promiscuidad vínica. Otra cosa es la proporción de sus ingresos que está dispuesto a invertir cada mes en probar vinos nuevos y ampliar su experiencia. Claro, no muchos tienen la dicha de disponer de fondos ilimitados para gastar en vino—sobre todo en estos tiempos de turbulencia económica mundial. En algún momento, cuando vemos vinos que nos tientan en las tiendas, entra en función el dispositivo de la responsabilidad fiscal, dudamos, nos acojonamos, o lo que sea, y decidimos pasar del vino tentador al no poder justificarnos a nosotros mismos pagar X cantidad por él. Así, la pregunta de esta semana, que aunque no lo grean, tiene mucho que ver con el Virtualazo que nos ocupa desde el lunes…

Categorías: Encuestas de La Otra Botella

Nuestro primer Virtualazo: Seis vinos en busca de una historia…

Agosto 18, 2009 · 42 comentarios

Ya sé que les prometí un poquito de “live blogging” ayer, pero la verdad es que eso se hace muy difícil cuando estás entre amigos, con vino y buena comida, charlando y divirtiéndote durante horas. Pierdes conciencia del tiempo. Y más todavía pierdes conciencia de que hay una computadora y una blogosfera esperando por lo que tienes que decir. ¿Evento estructurado? ¡Pffffffft! Aquí en casa nos reunimos media docena de individuos contra media docena de riojas de diversas pintas. Estaba Elizabeth Peña, de la revista Vinalia. También estaban José Antonio Alvarez y su esposa Cecilia (en adelante “Cecilia A.”. por razones que se harán obvias muy en breve). Y se nos unía alguien a quien conocía por primera vez, Cecilia Gadea (me referiré a ella como “Cecilia G.” en el resto de este texto, por lo de no confundir). Cecilia es una sumiller argentina ahora radicada en Santo Domingo que (espero) se convierta en una habituée de nuestras aventuras bebiendísticas y de este espacio. Bueno, y estábamos Josie y yo.

Si hacen ustedes números verán que anoche se me dió algo muy bonito: Las mujeres estaban en mayoría dos a uno. Para alguien como yo, que clasifica el terrible machocentrismo de la afición vínica en los últimos años como una de “las 12 cosas que más me joden sobre la cultureta actual del vino”, esto fue un momento de gran felicidad.

Hablando así, en plan feliz, les diré que esta entrega de La otra botella no será igual que todas las demás. Será más bien una especie de “post en transición”, ya que describe un evento que no concluyó anoche al marcharse mis invitados, sino que fluye hacia diversas esquinas del mundo y une más gente en unas cuantas zonas horarias. Comienzo contando lo sucedido anoche, en torno a una mesa con piscolabis y paella, luego intervienen todos ustedes que leerán y probarán los mismos vinos, luego voy colgando fotos, luego vuelvo a probar lo que va quedando de los vinos en mi nevera y voy añadiendo pensamientos nuevos, etc., etc.

Hice algo que no acostumbro hacer para lo de anoche. Creé unas hojitas de cata don información básica sobre los vinos a probar y un espacio en blanco para las notas de cata de cada uno de los presentes. Me quedé con esas hojas de cata y, en la medida de lo posible (la legibilidad de mi propia caligrafía es cuestionable y no quiero asumir nada sobre la legibilidad de la letra de otros…), iré transcribiendo las impresiones de los demás junto con las mías. Con las hojitas de cata hasta les incluí un mapita de la Rioja que me bajé de la red. Coqueto, ‘el con los nombres de un montón de pueblos, resultó ser un mapa turístico para los adictos a visitar conventos y rollos religiosos diversos. Un toquecito folclórico-lúdico.

Aparte de lo que hayan dicho los presentes sobre cada vino, también les incluiré la información que suministré, recopilada de fichas técnicas que me enviaran los elaboradores de unos vinos (Gracias a mis amigos  Julio Sáenz, de La Rioja Alta S.A. y  Jesús Madrazo, de Contino, por atender mis peticiones, tan imprudentes en tiempo de vacaciones), o de las webs de las bodegas de los otros.

Para comenzar, manzanilla clásica de Argüeso

Para comenzar, manzanilla clásica de Argüeso

Para ir  ”entonando” mientras llegaba la gente abrí una media de la deliciosa Bodegas Argüeso, Manzanilla Clásica “San León”, Sanlúcar de Barrameda NV. Suavemente marina e inesperadamente floral, una manzanilla fresca y vibrante, con bonita redondez frutal en el paladar.  Excelente persistencia, aunque quizás hubiese deseado un poquito más de salinidad en el posgusto. Pero no me quejaré. Viviendo en Santo Domingo ya me gustaría traerme esto en doble mágnum para consumo diario…

Prosciutto y un sustituto italiano de manchego (por un atasco de tráfico no pude hacerme con los ocrrespondientes productos españoles, o sea que a apañarnos en el delimarket itálico de cerca de mi oficina), tostaditas con puré de alubias, puerro y aceite de trufa blanca, chorizo al vino tinto y comenzamos con el La Rioja Alta S.A., “Viña Alberdi” Reserva, Rioja 2002. La ficha que tengo dice que es 100%tempranillo de viñedos en Briones, Rodezno y Labastida, envejecido un año en roble americano nuevo y un año en roble americano con edad media de tres años. Luego tiempo en botella no especificado. 12.6% de alcohol,  la graduación más modesta de la noche.

No diré yo mucho del Alberdi, pues de quienes me leen es bien sabido que es favorito perenne para el consumo diario entre mi familia. A pesar de ser todo tempranillo y llevar barrica nueva, mantiene un perfil sumamente clásico, vivo, fresco y perfectamente estructurado. Frambuesa fresca y arándadano entre notas especiadas, de coco, armario viejo, ahumados  y laurel. Se siente el roble nuevo, pero integra bien en el conjunto, sin molestar ni aromática ni texturalmente. De cuerpo medio en boca, con un paso gentil y muy buen agarre de acidez y taninos. José Antonio es el primero en manifestar que esto tiene no solamente para durar buen tiempo en botella, sino para mejorar con un poquito de guarda. Se aprieta un poco en el posgusto, pero resulta delicioso con comida. Invita a otra copa, que es el mejor halago que se le puede hacer a un vino, digo yo.

Cecilia G. dice que para ella, “aunque de una añada más o menos, es….muy buen vino para su nivel”. Elizabeth lo llama “jugoso, persistente”. José Antonio apunta que el color se ve “evolucionado para su edad”. Califica la boca de “frutal, juvenil”. Por su parte, Cecilia A. dice que en la nariz “se nota ya Rioja”, aunque hay “mucha más nariz que boca”. Pero en suma el Alberdi da mucho de que hablar luego, recurriendo según íbamos probando otros vinos.

Elizabeth, contenta.

Elizabeth, contenta.

La web de Marqués de Cáceres no es particularmente generosa en cuanto a información técnica utilizable sobre el Marqués de Cáceres, Reserva, Rioja 2002. Aunque te dan datos sobre la cosecha y los porcentajes varietales, pero no te dan alcohol, acidez, edad de las barricas utilizadas en la crianza, etc. Viendo la botella advertí que estábamos en otra liga alcohólica, con 14% declarado. El roble envuelto es francés. De ahí en adelante, a adivinar o deducir.

No que me tiente mucho ponerme a pensar este vino, que resulta ser terriblemente plano y aburrido. No sé por qué, pero rondaba mi cabeza la primera estrofa de cierto gran éxito de The Smiths. Ya saben, aquella que empieza

I am the son

and the heir

of a shyness that is criminally vulgar,

I am the son and heir

of nothing in particular.

Color granate-cereza profundo, opaco de centro. Nasales balsámicofrutonas con un elemento yoguresco de fondo. Aunque técnicamente “correcto”, resulta  sonso, torpe, sin orientación ni nada en que colgar la imaginación. Redondo en boca, entre fruta roja anónma y flan, con un tonito especiado. Buen largo, pero… ¿Y pa’ qué?  En sus notas, Cecilia A.  pone “Al principio nada. Nariz cero. Baja bien, pero no supo a nada”. Cecilia G, por su parte, concluye su nota diciendo que este Marqués de Cáceres “tira al olvido”. La palabra “poca” se repite un par de veces en las notas de José Antonio y Elizabeth. José Antonio es tan elocuente como lingüísticamente frugal en su conclusión: “No puntuable”.

Un vinito del que pasar olímpicamente, cosa que hicimos. No está la vida como para aburrirse.

Sentados a la mesa con una paella marítimo-terrestre que ordené a un buen restaurante español de por aquí, seguimos con el Muga, Reserva, Rioja 2005. Otro de color profundo. Me lo llevo a la nariz y me quedo esperando aquella nota entre la fecalidad, la silla de montar sudada y las curitas que acostumbraba encontrar en cualquier joven reserva de Muga en los ochentas y noventas. Algunos considerarían esos aspectos “defectos”, pero para mí eran una singular marca de identidad que se integraba al vino con el tiempo y contribuía a su complejidad. Ahora mismo es un vino compacto, seriote y estructurado. Nariz de cereza-frambuesa con notas térreas, de cola, canela, humo y balsámicas. Corpulento en boca. Buena fruta, con acidez y taninos responsables. En el posgusto interviene un poco cierta rasposidad que atribuiría a taninos de madera, pero no es suficiente como para distraerme/ Me parece que integrará con el tiempo en botella.

Josie y Cecilia, esta última en pose modiglianesca...

Josie y Cecilia, esta última en pose modiglianesca...

En contraste a mi impresión en cuanto al cuerpo de esto, José Antonio lo declara “delicado en boca”. Su mujer, que siempre es dada a un giro poético, habla de una nariz con “closet de mami, viejo”. Les recuerdo que fue precisamente Cecilia la que formuló aquel sublime descriptor de “lapiz labial viejo” para un Remírez de Ganuza Gran Reserva. Cecilia G. declara que “Esto fue un infanticidio”. Definitivamente. Tres años después de la cosecha no es nunca buen momento para un Muga Reserva. Necesita tiempo.

Ahora veo que se me olvidaron los datos técnicos. 13.5% de alcohol. 70% tempranillo, 20% garnacha y el resto de mazuelo y graciano de viñedos sobre suelos arcillo-calcáreos y aluviales. Seis meses en cubas de roble, luego 24 meses en barricas de roble americano y francés de edad no especificada.

De verdad que pienso guardar unas cuantas botellas, a ver lo que pasa con él de aquí a diez años.

UN pequeño paréntesis de duda y amable solicitud de aclaración. Fíjense ustedes en la versión española de la web de Bodegas Muga, particularmente en el vino que aparece entre el “Eneas” y el “Selección Especial”. Ahora vean la versión en inglés de la misma página. En la primera aparece un “Crianza”. En la segunda, un “Reserva”. Las descripciones son esencialmente iguales y los tiempos de crianza aplicarían para cualquiera de las dos designaciones. Lo que quisiera que me aclarasen es por qué se reclasifica el vino para exportación, o, si en realidad es un vino distinto, los pormenores que distinto lo hacen. Esto, por cierto, no solamente ocurre con Muga. También el Viña Alberdi de La Rioja Alta S.A. parece salir como “Crianza” para el mercado español y como “Reserva” para el extranjero. Mentes curiosas quisieran enterarse de los detalles, para no andar desubicadas por la vida. Agradezco todo lo que puedan contarme.

Continuamos con el Barón de Oña, Reserva, Rioja 2004. “Principalmente tempranillo, con algo de mazuelo”m dice la ficha técnica. De viñedos contiguos a la bodega en Páganos, Laguardia. La uva de las distintas parcelas se vinifica por separado. El vino pasa dos años en barricas de roble americano de dos años de uso y en barricas de roble francés nuevo, “a partes iguales”. No se precisa si eso de las “partes iguales” se refiere a tiempo o a volumen de vino envejecido en cada tipo de barrica. El alcohol es muy modesto para la añada, sólo 13%.

Cuando un hombre lleva la cabeza rapada, sólo se preocupa por la calidad de la afeitada. Un tipo calvo, en cambio, se molesta por la deficiencia de su pelo. Camblor dando el coñ... Er, explicando.

Cuando un hombre lleva la cabeza rapada, sólo se preocupa por la calidad de la afeitada. Un tipo calvo, en cambio, se molesta por la deficiencia de su pelo. Camblor dando el coñ... Er, explicando.

Nariz reductiva, rarona. Fruta negra y barrica con ciertos verdores que me recuerdan un momento a carobo, otro momento a jalapeños enlatados. Entra en boca corpulento, rústico y un poquito grueso de textura. En el paladar medio se ahueca un poco. Buen largo, pero es un vino que no hace muchos amigos en la mesa. “Esto ni fuá ni fu”, dice Cecilia A. en voz alta. El resto del grupo parece haber notado más notas de humo que yo, pero fuimos unánimes en no sentirnos muy impresionados. Particularmente las chicas comentaron sobre astringencia y tanicidad un poco fuertes en este momento. “En boca es correcto” es el comentario positivo de José Antonio. Tengo unas cuantas botellas más de esto que me regaló mi padre. Pienso dejarlas guardadas, pues no descarto la posibilidad de que nos sorprenda con un poco de tiempo.

Se habrán percatado que entre tanto comentario que transcribo no hay nada de Josie. La pobrecita participó de la compañía, pero ciertos medicamentos que está tomando vienen con prohibición total de alcohol. De vez en cuando olisqueaba alguna copa, pero de probar, no probó nada. Vamos, por si les intrigaba…

El Contino, Reserva, Rioja 2004 es un vino al que tengo una cierta atadura sentimental. No solamente porque considero a Jesús Madrazo, su hacedor, como un buen amigo. Es que ese vino acababa de entrar en barrica laltima vez que pude visitar Rioja. Luego, ya se sabe, nacieron mis hijos, me mudé a Santo Domingo, y al final llevo casi cuatro años sin cruzar el Atlántico. Todo el que quiera cogerme pena, siéntase libre de hacerlo ahora. Tengo pendiente un gran número de visitas a regiones vitivinícolas y a los amigos que viven en ellas. Ya saben algunos en Cataluña que los tengo en la mirilla con ojo deseoso. Igual los riojanos y los gallegos. Igual algunos en el norte de Piamonte. Igual en Sicilia. Igual en el Mosela. Igual en Santorini. Igual en el Beaujolais. En realidad no sé cuando pueda, pero tengo que poder.

Perdonen la digresión. La cuestión es que los Continos en el 2004 tenían una peculiaridad: Alcoholes bastante altos. Jesús pnderaba distintas cuvées posibles para reducir el grado al momento de ensamblar el vino final, pero era seguro que iban a ser Continos bien grandotes. Este Reserva 2004 carga 14.5% de alcohol por volumen, la más alta graduación después de la manzanilla del principio. Hago el énfasis porque es un vino que sorprende—no perdón, acojona un poco por lo elegante que es.

El color es un granate-rubí intenso. Tono alto en la nariz, pero no es volatilidad que moleste. Más bien propulsa los demás aromas. De plano, mucha fruta diversa: Frambuesa, cereza, higo seco , como declara Cecilia G., orejones. Controlado aspecto de pasificación. También controladitas las vainillas, balsámicos y el polvo chino de cinco especias aportados por la madera. Varios comentarios circulan acerca de la “oportez” de esta nariz dulce, cálida y licorosa.

Cecilia Gadea. En el fondo están Elizabeth y José Antonio.

Cecilia Gadea. En el fondo están Elizabeth y José Antonio.

En boca es grande y de paso lento. Fruta mullida y bastante madera, además de calor en el posgusto. Lo raro es que, donde podría estar considerando todas estas referencias al alcohol y el roble negativos, acaba funcionando el conjunto de forma admirable, con ese extraño equilibrio de vino inmenso, buena persistencia y hasta cierta complejidad. No es un vino para todos los días en el Caribe y tampoco creo que sea un Contino de los históricos, pero superó todas mis expectativas.

Cecilia G. se notaba abiertamente excitada por el Contino: “La nariz al principio es oxidativa, pero después, coño, ¡es maravillosa!” Cecilia A., por su parte, se fijó bastante en los aspectos dulces de la nariz. Elizabeth lo llamó “Rico, sabroso, complejo y personal” y algo más que no logro descifrar. Pero dibujó al lado una carita sonriente, o sea que…

No sé por qué le tocó de último en la secuencia, pero el Marqués de Riscal, Reserva, Rioja 2004 resultó un anticlímax después del Contino. Dice la web de Riscal que es 90% tempranillo y 10% graciano y mazuelo de viñedos situados “sobre los mejores suelos calcáreos de la Rioja Alavesa”. Pasa dos años en roble americano de edad no especificada. Tiene 14% de alcohol.

Debo decir de antemano que posiblemente tres o más de los riojas más originales y memorables que he probado en mi vida han venido bajo etiqueta de Riscal Reserva. En las catas y comidas en las que cayeron esas maravillosas botellas tendía a hablarse bastante del componente de cabernet sauvignon en esos riscales viejos como una de las claves de su originalidad. Aquí, nada de cabernet, ni siquera a nivel de leyenda. Uno de esos desencantos míos, ¿qué quieren que les diga?  Y el grado alcohólico no me ayuda tampoco.

La nariz es agradable, con notas de té verde al jazmín, cereza negra, frambuesa, alguito de establo, alguito más de volatilidad, carne curada y notas de hojarasca. Entra en boca dulce y especiado, amplio y con una sutil salinidad… Pero de repente se corta, aplastado por su propio alcohol. ¿Dónde se fue el posgusto?

Me parece entender que Elizabeth coincide conmigo en la apreciación de este antiposgusto, aunque no me atrevo a citarla, pues no me puso caritas sonrientes o tristes y no entiendo la letra. José Antonio—cuya letra sí leo perfectamente—dice que el vino está “algo tánico; falta doma”. La nota de Cecilia G. tampoco la entiendo bien. Bueno, pero ojalá luego vengan y nos digan sus impresiones todos sin este humilde mediador interfiriendo.

Nuestra cata había tenido una inclinación decididamente alavesa, con cinco vinos de esa parte de Rioja contra uno solo de la Rioja Alta (el Alberdi). Creo que José Antonio venía con intenciones de remediar eso—al menos un poquito—, porque para finalizar nos ofreció un CVNE, “Imperial” Gran Reserva, Rioja 1996.

Seis vinos en busca de una historia...

Seis vinos en busca de una historia...

Muy buena botella de un vino aún jovencísimo. Compacto de aromas, pero mostrando señas de complejidad muy prometedoras: Té negro, tomillo seco, cedro, pétalos de rosa, arcilla, ciruela fresca, fresa desecada, arándano y una notita sutil de volatilidad barnizesca. Apretado en boca, mostrando más que nada su estructura. Acidez viva y taninos masticables en un posgusto largo y jugoso. El tiempo le será benévolo, me parece.

Hasta aquí la historia de anoche. Estoy muy agradecido a Elizabeth, José Antonio y ambas Cecilias por unírseme en este primer Virtualazo de La otra botella y hacer la experiencia algo verdaderamente especial. También estoy sumamente agradecido a mi mujer, sufrida abstemia forzada, por la paciencia que me tiene.  Bueno, y ya que estoy en dar las gracias, le toca algo al Errepé, que fue quien se inventó esto en el principio. Y a todos ustedes por participar.

Ahora, les toca…

Posdata #1: 24 horas después

En el cambloriano refrigerador, al lado de la leche, han aparecido unos okupas...

En el cambloriano refrigerador, al lado de la leche, han aparecido unos okupas...

El lunes éramos seis personas contra seis (bueno, okey, siete y media) botellas. Sobró bastante de los seis riojas asignados para el Virtualazo, de manera que tengo el lujo de poderlos probar a lo largo de la semana, para confirmar evolución o desevolución. Así, anoche, a 24 de abiertos, luego recorchados y guardados en mi refrigerador, los vinos decían lo siguiente…

Marqués de Cáceres: Si es posible, esto ha perdido aún más lustre. Notas compostadas, fruta indiferente y madera más prominente en una nariz que se ha vuelto abiertamente inatractiva. En boca le ha salido un hueco en el medio.

Barón de Oña: Se suelta un poquito y comienza a notarse algo de detalle en la fruta, que tira hacia cereza y ciruela. Lamentablemente, la rusticidad también “florece” con esta nueva soltura y nos tira hacia una esquina no particularmente limpia del establo. Taninos masticables que se hacen ligeramente secantes en el posgusto.

Marqués de Riscal: Sigue perfumado. Visto a la luz de mi cocina, su color es muy bonito, muy rubí. Luminoso en su densidad. En nariz y boca no quedo tan contento. Ha ganado prominencia un elemento de aserrín que me resulta incómodo en la nariz y el ataque, pero que se hace especialmente necio en el no-posgusto, donde el alcohol machaca y la madera añade incomodidad. Buscando el lado positivo, la fruta que entra de frente ha adquirido tonos de arándano y naranja.

Contino: No sorprende que continúa mostrando un busto imponente. Aún lleva su madera muy bien, también. Pero me preocupa el posgusto. Aunque el vino entra goloso y se deja beber, la nota de calor alcohólico final se hace mucho más marcada.

Muga: Otro que comienza a soltarse un poco, pero he de coincidir con la evaluación de Javier y sus compañeros de cata—falta carácter riojano en el conjunto. No que deje de ser un vino muy correcto, qua tinto grande de proyección internacionalista, pero no se parece a los Muga de antes. Viendo el lado positivo, la fruta tira hacia frambuesa negra con buena presencia. Notas de alcanfor y un cierto elemento de ketchup surgen en la copa a medida que el vino gana temperatura.

Alberdi: El lunes fue el ganador de la noche por su relación calidad-precio. No se ha movido mucho de allá a acá. La fruta sigue fresca y vivaz, aunque el color parezca de vino más viejo. Notas de té verde y semilla de anís en la nariz. Sigue siendo mi favorito para beber. Tanto así que por poco me sirvo el tercio de botella restante con la ensalada “Ratatouille” que me hice anoche. Pero no. Guardé, para probar a 48 y 72 horas, si posible.

Posdata #2: 48 horas después

Ya me tienen amenazado por lo de las botellas a medio vaciar en la nevera. Dice mi mujer que no es justo tener tanto espacio copado. Pero bueno, todo sea en aras de la ciencia…

Marques de Riscal: Parece haberse decidido a poner por delante su bretanomices con orgullo. Y trae una pirazina pispireta de hoja de tomate ahora en la nariz. En boca se comienza a hacer amargo y el calor alcohólico se me hace francamente desagradable.

Barón de Oña: Algo interesante ha pasado aquí. La nariz parece haber encontrado un punto e mayor soltura, dando notas de cuero y un agradable deje de agua de violetas. En boca todavía es recio y un poquito abrasivo, pero empieza a funcionar mejor en la entrada, con nuevas notas dulces de regaliz, aunque en el posgusto te atacan unos taninos secantes de madera que te hacen dudar sobre cualquier idea de “mejoría”.

Marqués de Cáceres: Uno que se despide. Lo que queda se va por el fregadero hoy mismo y así complazco a mi mujer liberando un pedacito de repisa en el refrigerador. Donde al menos antes había una cierta armonía en un conjunto aburridísimo, ahora todos los componentes tiran cada uno por su lado. El efecto compostado del que hablé ayer se exacerba y surgen notas de oxidación que no auguran nada bueno. En la boca se siente descoyuntado y quemón. Se ha descarnado y los taninos de madera quedan como secante incómodo.

Muga: No sé si los comentarios de Javier me han dispuesto a buscarle la “riojez” a esto en cada nueva cata, pero eso es lo que hago… Hay que decirlo: Es el que más fresco se siente, a dos días de abierto, de todos los vinos envueltos en este experimento. La frambuesa negra se hace peludita y mermeladesca, girando por momentos hacia ciruela. El vino gana cremosidad, pero (también hay que decirlo) pierde dimensiones con el aire. Ahora la fruta y la madera se presentan en una armonía simple, en la que faltan verdaderas marcas de carácter. Pero está entero, o sea que vamos a ver a la tercera noche, que va y nos da un susto.

Contino: Comienza a exhibir marcada nota de oxidación en la nariz. Aunque la textura aterciopelada sigue ahí, la fruta va perdiendo intensidad, por lo que salen a relucir mucho más los aspectos de pasificación.

Viña Alberdi: Otro que parece comenzar a oxidarse, aunque no tanto como el Contino. Pero todavía creo que tiene para buen rato. La oxidación parece ser meramente cosa de las orillitas. La nariz suelta sutilezas de higo seco, laurel y cuero antiguo. Los taninos en el posgusto parecen estar perdiendo agarre rápidamente y lo que le mantiene erguido y alegre es la acidez.

Posdata #3 (y final de la cata): 72 horas después

Sumo y sigo...

Las cinco botellas retaponadas que quedaban (había tirado los restos del Marqués de Cáceres por el fregadero, siendo su proceso evolutivo con el aire la crónica de una muerte anunciada) ocupaban bastante espacio en la repisa central de la nevera. Esto provocaba cierta discordia doméstica chez Camblor. Ya estaba bueno de la guardadera. O sea que anoche fue mi última sesión para el Virtualazo, sentado solito ante la mesa blanca de la cocina. Dependiendo de como se analice la cosa, arroja nociones interesantes…

Riscal: Nasalmente se ha enfangado un poco, perdiendo definición aromática y, a la vez, el encanto que poseía anoche y anteanoche. Plano y con más madera evidente, huele pesado. En boca está grueso y desecado. El final sigue cortándose por culpa del alcohol, pero ahora te deja una sensación sedimentaria de sequedad maderosa que resulta francamente desagradable.

Oña: Recuerdos de caldo de res en la nariz. Bueno, caldo de res al que se han añadido ciruelas y un buen puñado de aserrín. Salino en boca, ahumado. Fruta negra firmemente carnosa que no parece capaz de deshacerse de elementos de verdor. La madera se ha apoderado completamente del posgusto, que te aprieta la lengua y los dientes.

Alberdi: Se ha movido poquito desde anoche. No parece haber progresado la oxidación. Sigue vivo y bastante enérgico. Un poquito más volátil que antes, con la fruta aún presentando notas frescas de frambuesa. La nariz por sí sola hace pensar que esto bien facilmente hubiese aguantado un par de noches más sin perder significativamente. Masticable en boca, con un poquito más de granulosidad. Quizás se separa un poquito la madera de la fruta, lo que me resulta un poquito preocupante. De un lado tienes vivacidad y frescor y del otro una aspereza maderera que te seca la boca. No sé… En el posgusto es donde más se comienza a sentir la oxidación, en una nota acaramelada-caldosa que se te queda.

Al final, los muertos...

Al final, los muertos...

Contino: Hablando de oxidación, la primera impresión nasal aquí es precisamente de eso. Se nos va rápido. Incluso me parece sentirlo perder en la copa durante los diez minutos que le dedico. Ha perdido cremosidad y se va ahuecando. El posgusto se hace secante. Pero paradójicamente, el alcohol ha perdido protagonismo y no se siente tanto.

Muga: En cuanto a permanecer inmóviles, este Muga Reserva vence de calle a todos los demás. En realidad lleva tres días aparcado en el mismo sitio, dando casi exactamente lo mismo, que es fruta roja con aspectos licorosos y madera en un conjunto estilísticamente internacionalista. Estoy entre dos con este vino, pues no sé si tomarme esta pasividad como alentadora o acojonante.

Y hasta aquí mis impresiones de estos vinos. No se extiende más este post, el más largo de la historia de La otra botella, al menos de cuerpo. La sección de comentarios es otra cosa…

Categorías: Crónicas de bebienda · Primer Jeebus Virtual de La otra botella
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Presentando… ¡El virtualazo!

Agosto 17, 2009 · 4 comentarios

Hoy, queridos amigos, comenzamos una semana muy especial para La otra botella. Una sugerencia de nuestro querido Errepé ha conducido a esta iniciativa, probablemente la más ambiciosa en la historia de este espacio (y del otro que se llamaba igual que ‘este antes). Lo digo porque en la mayoría de los casos escribo yo solito, en mi casa o en mi oficina, sin tener que coordinar ni sincronizar nada ni nadie en torno al blog. Pero ahora es distinto. Vamos a montarnos un bonito cambio de impresiones transcontinental sobre seis vinos.

Me hace muy feliz pensar que no solamente será un evento éste de individuos ante ordenadores. Ya nos hemos enterado que algunos se reunirán para hacer la cata de los seis vinos. Eso me llena de ilusión, pues la cata así puede convertirse en bebienda y, si me conocen un poquito, saben que para mí la cata pierde rápidamente la gracia si no lleva a feliz bebienda y tertulia entre amigos.

He ahí las preliminares. Ya las botellas están listas y esperando. Esta tarde nos reuniremos un puñado aquí en casa y, con suerte, podré bloguear en vivo nuestras primeras impresiones. Luego irán llegando ustedes virtualmente y sumándose a la conversación. Quizás haya alguna que otra sorpresa…

Categorías: Primer Jeebus Virtual de La otra botella