Ya sé que les prometí un poquito de “live blogging” ayer, pero la verdad es que eso se hace muy difícil cuando estás entre amigos, con vino y buena comida, charlando y divirtiéndote durante horas. Pierdes conciencia del tiempo. Y más todavía pierdes conciencia de que hay una computadora y una blogosfera esperando por lo que tienes que decir. ¿Evento estructurado? ¡Pffffffft! Aquí en casa nos reunimos media docena de individuos contra media docena de riojas de diversas pintas. Estaba Elizabeth Peña, de la revista Vinalia. También estaban José Antonio Alvarez y su esposa Cecilia (en adelante “Cecilia A.”. por razones que se harán obvias muy en breve). Y se nos unía alguien a quien conocía por primera vez, Cecilia Gadea (me referiré a ella como “Cecilia G.” en el resto de este texto, por lo de no confundir). Cecilia es una sumiller argentina ahora radicada en Santo Domingo que (espero) se convierta en una habituée de nuestras aventuras bebiendísticas y de este espacio. Bueno, y estábamos Josie y yo.
Si hacen ustedes números verán que anoche se me dió algo muy bonito: Las mujeres estaban en mayoría dos a uno. Para alguien como yo, que clasifica el terrible machocentrismo de la afición vínica en los últimos años como una de “las 12 cosas que más me joden sobre la cultureta actual del vino”, esto fue un momento de gran felicidad.
Hablando así, en plan feliz, les diré que esta entrega de La otra botella no será igual que todas las demás. Será más bien una especie de “post en transición”, ya que describe un evento que no concluyó anoche al marcharse mis invitados, sino que fluye hacia diversas esquinas del mundo y une más gente en unas cuantas zonas horarias. Comienzo contando lo sucedido anoche, en torno a una mesa con piscolabis y paella, luego intervienen todos ustedes que leerán y probarán los mismos vinos, luego voy colgando fotos, luego vuelvo a probar lo que va quedando de los vinos en mi nevera y voy añadiendo pensamientos nuevos, etc., etc.
Hice algo que no acostumbro hacer para lo de anoche. Creé unas hojitas de cata don información básica sobre los vinos a probar y un espacio en blanco para las notas de cata de cada uno de los presentes. Me quedé con esas hojas de cata y, en la medida de lo posible (la legibilidad de mi propia caligrafía es cuestionable y no quiero asumir nada sobre la legibilidad de la letra de otros…), iré transcribiendo las impresiones de los demás junto con las mías. Con las hojitas de cata hasta les incluí un mapita de la Rioja que me bajé de la red. Coqueto, ‘el con los nombres de un montón de pueblos, resultó ser un mapa turístico para los adictos a visitar conventos y rollos religiosos diversos. Un toquecito folclórico-lúdico.
Aparte de lo que hayan dicho los presentes sobre cada vino, también les incluiré la información que suministré, recopilada de fichas técnicas que me enviaran los elaboradores de unos vinos (Gracias a mis amigos Julio Sáenz, de La Rioja Alta S.A. y Jesús Madrazo, de Contino, por atender mis peticiones, tan imprudentes en tiempo de vacaciones), o de las webs de las bodegas de los otros.

Para comenzar, manzanilla clásica de Argüeso
Para ir ”entonando” mientras llegaba la gente abrí una media de la deliciosa Bodegas Argüeso, Manzanilla Clásica “San León”, Sanlúcar de Barrameda NV. Suavemente marina e inesperadamente floral, una manzanilla fresca y vibrante, con bonita redondez frutal en el paladar. Excelente persistencia, aunque quizás hubiese deseado un poquito más de salinidad en el posgusto. Pero no me quejaré. Viviendo en Santo Domingo ya me gustaría traerme esto en doble mágnum para consumo diario…
Prosciutto y un sustituto italiano de manchego (por un atasco de tráfico no pude hacerme con los ocrrespondientes productos españoles, o sea que a apañarnos en el delimarket itálico de cerca de mi oficina), tostaditas con puré de alubias, puerro y aceite de trufa blanca, chorizo al vino tinto y comenzamos con el La Rioja Alta S.A., “Viña Alberdi” Reserva, Rioja 2002. La ficha que tengo dice que es 100%tempranillo de viñedos en Briones, Rodezno y Labastida, envejecido un año en roble americano nuevo y un año en roble americano con edad media de tres años. Luego tiempo en botella no especificado. 12.6% de alcohol, la graduación más modesta de la noche.
No diré yo mucho del Alberdi, pues de quienes me leen es bien sabido que es favorito perenne para el consumo diario entre mi familia. A pesar de ser todo tempranillo y llevar barrica nueva, mantiene un perfil sumamente clásico, vivo, fresco y perfectamente estructurado. Frambuesa fresca y arándadano entre notas especiadas, de coco, armario viejo, ahumados y laurel. Se siente el roble nuevo, pero integra bien en el conjunto, sin molestar ni aromática ni texturalmente. De cuerpo medio en boca, con un paso gentil y muy buen agarre de acidez y taninos. José Antonio es el primero en manifestar que esto tiene no solamente para durar buen tiempo en botella, sino para mejorar con un poquito de guarda. Se aprieta un poco en el posgusto, pero resulta delicioso con comida. Invita a otra copa, que es el mejor halago que se le puede hacer a un vino, digo yo.
Cecilia G. dice que para ella, “aunque de una añada más o menos, es….muy buen vino para su nivel”. Elizabeth lo llama “jugoso, persistente”. José Antonio apunta que el color se ve “evolucionado para su edad”. Califica la boca de “frutal, juvenil”. Por su parte, Cecilia A. dice que en la nariz “se nota ya Rioja”, aunque hay “mucha más nariz que boca”. Pero en suma el Alberdi da mucho de que hablar luego, recurriendo según íbamos probando otros vinos.

Elizabeth, contenta.
La web de Marqués de Cáceres no es particularmente generosa en cuanto a información técnica utilizable sobre el Marqués de Cáceres, Reserva, Rioja 2002. Aunque te dan datos sobre la cosecha y los porcentajes varietales, pero no te dan alcohol, acidez, edad de las barricas utilizadas en la crianza, etc. Viendo la botella advertí que estábamos en otra liga alcohólica, con 14% declarado. El roble envuelto es francés. De ahí en adelante, a adivinar o deducir.
No que me tiente mucho ponerme a pensar este vino, que resulta ser terriblemente plano y aburrido. No sé por qué, pero rondaba mi cabeza la primera estrofa de cierto gran éxito de The Smiths. Ya saben, aquella que empieza
I am the son
and the heir
of a shyness that is criminally vulgar,
I am the son and heir
of nothing in particular.
Color granate-cereza profundo, opaco de centro. Nasales balsámicofrutonas con un elemento yoguresco de fondo. Aunque técnicamente “correcto”, resulta sonso, torpe, sin orientación ni nada en que colgar la imaginación. Redondo en boca, entre fruta roja anónma y flan, con un tonito especiado. Buen largo, pero… ¿Y pa’ qué? En sus notas, Cecilia A. pone “Al principio nada. Nariz cero. Baja bien, pero no supo a nada”. Cecilia G, por su parte, concluye su nota diciendo que este Marqués de Cáceres “tira al olvido”. La palabra “poca” se repite un par de veces en las notas de José Antonio y Elizabeth. José Antonio es tan elocuente como lingüísticamente frugal en su conclusión: “No puntuable”.
Un vinito del que pasar olímpicamente, cosa que hicimos. No está la vida como para aburrirse.
Sentados a la mesa con una paella marítimo-terrestre que ordené a un buen restaurante español de por aquí, seguimos con el Muga, Reserva, Rioja 2005. Otro de color profundo. Me lo llevo a la nariz y me quedo esperando aquella nota entre la fecalidad, la silla de montar sudada y las curitas que acostumbraba encontrar en cualquier joven reserva de Muga en los ochentas y noventas. Algunos considerarían esos aspectos “defectos”, pero para mí eran una singular marca de identidad que se integraba al vino con el tiempo y contribuía a su complejidad. Ahora mismo es un vino compacto, seriote y estructurado. Nariz de cereza-frambuesa con notas térreas, de cola, canela, humo y balsámicas. Corpulento en boca. Buena fruta, con acidez y taninos responsables. En el posgusto interviene un poco cierta rasposidad que atribuiría a taninos de madera, pero no es suficiente como para distraerme/ Me parece que integrará con el tiempo en botella.

Josie y Cecilia, esta última en pose modiglianesca...
En contraste a mi impresión en cuanto al cuerpo de esto, José Antonio lo declara “delicado en boca”. Su mujer, que siempre es dada a un giro poético, habla de una nariz con “closet de mami, viejo”. Les recuerdo que fue precisamente Cecilia la que formuló aquel sublime descriptor de “lapiz labial viejo” para un Remírez de Ganuza Gran Reserva. Cecilia G. declara que “Esto fue un infanticidio”. Definitivamente. Tres años después de la cosecha no es nunca buen momento para un Muga Reserva. Necesita tiempo.
Ahora veo que se me olvidaron los datos técnicos. 13.5% de alcohol. 70% tempranillo, 20% garnacha y el resto de mazuelo y graciano de viñedos sobre suelos arcillo-calcáreos y aluviales. Seis meses en cubas de roble, luego 24 meses en barricas de roble americano y francés de edad no especificada.
De verdad que pienso guardar unas cuantas botellas, a ver lo que pasa con él de aquí a diez años.
UN pequeño paréntesis de duda y amable solicitud de aclaración. Fíjense ustedes en la versión española de la web de Bodegas Muga, particularmente en el vino que aparece entre el “Eneas” y el “Selección Especial”. Ahora vean la versión en inglés de la misma página. En la primera aparece un “Crianza”. En la segunda, un “Reserva”. Las descripciones son esencialmente iguales y los tiempos de crianza aplicarían para cualquiera de las dos designaciones. Lo que quisiera que me aclarasen es por qué se reclasifica el vino para exportación, o, si en realidad es un vino distinto, los pormenores que distinto lo hacen. Esto, por cierto, no solamente ocurre con Muga. También el Viña Alberdi de La Rioja Alta S.A. parece salir como “Crianza” para el mercado español y como “Reserva” para el extranjero. Mentes curiosas quisieran enterarse de los detalles, para no andar desubicadas por la vida. Agradezco todo lo que puedan contarme.
Continuamos con el Barón de Oña, Reserva, Rioja 2004. “Principalmente tempranillo, con algo de mazuelo”m dice la ficha técnica. De viñedos contiguos a la bodega en Páganos, Laguardia. La uva de las distintas parcelas se vinifica por separado. El vino pasa dos años en barricas de roble americano de dos años de uso y en barricas de roble francés nuevo, “a partes iguales”. No se precisa si eso de las “partes iguales” se refiere a tiempo o a volumen de vino envejecido en cada tipo de barrica. El alcohol es muy modesto para la añada, sólo 13%.

Cuando un hombre lleva la cabeza rapada, sólo se preocupa por la calidad de la afeitada. Un tipo calvo, en cambio, se molesta por la deficiencia de su pelo. Camblor dando el coñ... Er, explicando.
Nariz reductiva, rarona. Fruta negra y barrica con ciertos verdores que me recuerdan un momento a carobo, otro momento a jalapeños enlatados. Entra en boca corpulento, rústico y un poquito grueso de textura. En el paladar medio se ahueca un poco. Buen largo, pero es un vino que no hace muchos amigos en la mesa. “Esto ni fuá ni fu”, dice Cecilia A. en voz alta. El resto del grupo parece haber notado más notas de humo que yo, pero fuimos unánimes en no sentirnos muy impresionados. Particularmente las chicas comentaron sobre astringencia y tanicidad un poco fuertes en este momento. “En boca es correcto” es el comentario positivo de José Antonio. Tengo unas cuantas botellas más de esto que me regaló mi padre. Pienso dejarlas guardadas, pues no descarto la posibilidad de que nos sorprenda con un poco de tiempo.
Se habrán percatado que entre tanto comentario que transcribo no hay nada de Josie. La pobrecita participó de la compañía, pero ciertos medicamentos que está tomando vienen con prohibición total de alcohol. De vez en cuando olisqueaba alguna copa, pero de probar, no probó nada. Vamos, por si les intrigaba…
El Contino, Reserva, Rioja 2004 es un vino al que tengo una cierta atadura sentimental. No solamente porque considero a Jesús Madrazo, su hacedor, como un buen amigo. Es que ese vino acababa de entrar en barrica laltima vez que pude visitar Rioja. Luego, ya se sabe, nacieron mis hijos, me mudé a Santo Domingo, y al final llevo casi cuatro años sin cruzar el Atlántico. Todo el que quiera cogerme pena, siéntase libre de hacerlo ahora. Tengo pendiente un gran número de visitas a regiones vitivinícolas y a los amigos que viven en ellas. Ya saben algunos en Cataluña que los tengo en la mirilla con ojo deseoso. Igual los riojanos y los gallegos. Igual algunos en el norte de Piamonte. Igual en Sicilia. Igual en el Mosela. Igual en Santorini. Igual en el Beaujolais. En realidad no sé cuando pueda, pero tengo que poder.
Perdonen la digresión. La cuestión es que los Continos en el 2004 tenían una peculiaridad: Alcoholes bastante altos. Jesús pnderaba distintas cuvées posibles para reducir el grado al momento de ensamblar el vino final, pero era seguro que iban a ser Continos bien grandotes. Este Reserva 2004 carga 14.5% de alcohol por volumen, la más alta graduación después de la manzanilla del principio. Hago el énfasis porque es un vino que sorprende—no perdón, acojona un poco por lo elegante que es.
El color es un granate-rubí intenso. Tono alto en la nariz, pero no es volatilidad que moleste. Más bien propulsa los demás aromas. De plano, mucha fruta diversa: Frambuesa, cereza, higo seco , como declara Cecilia G., orejones. Controlado aspecto de pasificación. También controladitas las vainillas, balsámicos y el polvo chino de cinco especias aportados por la madera. Varios comentarios circulan acerca de la “oportez” de esta nariz dulce, cálida y licorosa.

Cecilia Gadea. En el fondo están Elizabeth y José Antonio.
En boca es grande y de paso lento. Fruta mullida y bastante madera, además de calor en el posgusto. Lo raro es que, donde podría estar considerando todas estas referencias al alcohol y el roble negativos, acaba funcionando el conjunto de forma admirable, con ese extraño equilibrio de vino inmenso, buena persistencia y hasta cierta complejidad. No es un vino para todos los días en el Caribe y tampoco creo que sea un Contino de los históricos, pero superó todas mis expectativas.
Cecilia G. se notaba abiertamente excitada por el Contino: “La nariz al principio es oxidativa, pero después, coño, ¡es maravillosa!” Cecilia A., por su parte, se fijó bastante en los aspectos dulces de la nariz. Elizabeth lo llamó “Rico, sabroso, complejo y personal” y algo más que no logro descifrar. Pero dibujó al lado una carita sonriente, o sea que…
No sé por qué le tocó de último en la secuencia, pero el Marqués de Riscal, Reserva, Rioja 2004 resultó un anticlímax después del Contino. Dice la web de Riscal que es 90% tempranillo y 10% graciano y mazuelo de viñedos situados “sobre los mejores suelos calcáreos de la Rioja Alavesa”. Pasa dos años en roble americano de edad no especificada. Tiene 14% de alcohol.
Debo decir de antemano que posiblemente tres o más de los riojas más originales y memorables que he probado en mi vida han venido bajo etiqueta de Riscal Reserva. En las catas y comidas en las que cayeron esas maravillosas botellas tendía a hablarse bastante del componente de cabernet sauvignon en esos riscales viejos como una de las claves de su originalidad. Aquí, nada de cabernet, ni siquera a nivel de leyenda. Uno de esos desencantos míos, ¿qué quieren que les diga? Y el grado alcohólico no me ayuda tampoco.
La nariz es agradable, con notas de té verde al jazmín, cereza negra, frambuesa, alguito de establo, alguito más de volatilidad, carne curada y notas de hojarasca. Entra en boca dulce y especiado, amplio y con una sutil salinidad… Pero de repente se corta, aplastado por su propio alcohol. ¿Dónde se fue el posgusto?
Me parece entender que Elizabeth coincide conmigo en la apreciación de este antiposgusto, aunque no me atrevo a citarla, pues no me puso caritas sonrientes o tristes y no entiendo la letra. José Antonio—cuya letra sí leo perfectamente—dice que el vino está “algo tánico; falta doma”. La nota de Cecilia G. tampoco la entiendo bien. Bueno, pero ojalá luego vengan y nos digan sus impresiones todos sin este humilde mediador interfiriendo.
Nuestra cata había tenido una inclinación decididamente alavesa, con cinco vinos de esa parte de Rioja contra uno solo de la Rioja Alta (el Alberdi). Creo que José Antonio venía con intenciones de remediar eso—al menos un poquito—, porque para finalizar nos ofreció un CVNE, “Imperial” Gran Reserva, Rioja 1996.

Seis vinos en busca de una historia...
Muy buena botella de un vino aún jovencísimo. Compacto de aromas, pero mostrando señas de complejidad muy prometedoras: Té negro, tomillo seco, cedro, pétalos de rosa, arcilla, ciruela fresca, fresa desecada, arándano y una notita sutil de volatilidad barnizesca. Apretado en boca, mostrando más que nada su estructura. Acidez viva y taninos masticables en un posgusto largo y jugoso. El tiempo le será benévolo, me parece.
Hasta aquí la historia de anoche. Estoy muy agradecido a Elizabeth, José Antonio y ambas Cecilias por unírseme en este primer Virtualazo de La otra botella y hacer la experiencia algo verdaderamente especial. También estoy sumamente agradecido a mi mujer, sufrida abstemia forzada, por la paciencia que me tiene. Bueno, y ya que estoy en dar las gracias, le toca algo al Errepé, que fue quien se inventó esto en el principio. Y a todos ustedes por participar.
Ahora, les toca…
Posdata #1: 24 horas después

En el cambloriano refrigerador, al lado de la leche, han aparecido unos okupas...
El lunes éramos seis personas contra seis (bueno, okey, siete y media) botellas. Sobró bastante de los seis riojas asignados para el Virtualazo, de manera que tengo el lujo de poderlos probar a lo largo de la semana, para confirmar evolución o desevolución. Así, anoche, a 24 de abiertos, luego recorchados y guardados en mi refrigerador, los vinos decían lo siguiente…
Marqués de Cáceres: Si es posible, esto ha perdido aún más lustre. Notas compostadas, fruta indiferente y madera más prominente en una nariz que se ha vuelto abiertamente inatractiva. En boca le ha salido un hueco en el medio.
Barón de Oña: Se suelta un poquito y comienza a notarse algo de detalle en la fruta, que tira hacia cereza y ciruela. Lamentablemente, la rusticidad también “florece” con esta nueva soltura y nos tira hacia una esquina no particularmente limpia del establo. Taninos masticables que se hacen ligeramente secantes en el posgusto.
Marqués de Riscal: Sigue perfumado. Visto a la luz de mi cocina, su color es muy bonito, muy rubí. Luminoso en su densidad. En nariz y boca no quedo tan contento. Ha ganado prominencia un elemento de aserrín que me resulta incómodo en la nariz y el ataque, pero que se hace especialmente necio en el no-posgusto, donde el alcohol machaca y la madera añade incomodidad. Buscando el lado positivo, la fruta que entra de frente ha adquirido tonos de arándano y naranja.
Contino: No sorprende que continúa mostrando un busto imponente. Aún lleva su madera muy bien, también. Pero me preocupa el posgusto. Aunque el vino entra goloso y se deja beber, la nota de calor alcohólico final se hace mucho más marcada.
Muga: Otro que comienza a soltarse un poco, pero he de coincidir con la evaluación de Javier y sus compañeros de cata—falta carácter riojano en el conjunto. No que deje de ser un vino muy correcto, qua tinto grande de proyección internacionalista, pero no se parece a los Muga de antes. Viendo el lado positivo, la fruta tira hacia frambuesa negra con buena presencia. Notas de alcanfor y un cierto elemento de ketchup surgen en la copa a medida que el vino gana temperatura.
Alberdi: El lunes fue el ganador de la noche por su relación calidad-precio. No se ha movido mucho de allá a acá. La fruta sigue fresca y vivaz, aunque el color parezca de vino más viejo. Notas de té verde y semilla de anís en la nariz. Sigue siendo mi favorito para beber. Tanto así que por poco me sirvo el tercio de botella restante con la ensalada “Ratatouille” que me hice anoche. Pero no. Guardé, para probar a 48 y 72 horas, si posible.
Posdata #2: 48 horas después
Ya me tienen amenazado por lo de las botellas a medio vaciar en la nevera. Dice mi mujer que no es justo tener tanto espacio copado. Pero bueno, todo sea en aras de la ciencia…
Marques de Riscal: Parece haberse decidido a poner por delante su bretanomices con orgullo. Y trae una pirazina pispireta de hoja de tomate ahora en la nariz. En boca se comienza a hacer amargo y el calor alcohólico se me hace francamente desagradable.
Barón de Oña: Algo interesante ha pasado aquí. La nariz parece haber encontrado un punto e mayor soltura, dando notas de cuero y un agradable deje de agua de violetas. En boca todavía es recio y un poquito abrasivo, pero empieza a funcionar mejor en la entrada, con nuevas notas dulces de regaliz, aunque en el posgusto te atacan unos taninos secantes de madera que te hacen dudar sobre cualquier idea de “mejoría”.
Marqués de Cáceres: Uno que se despide. Lo que queda se va por el fregadero hoy mismo y así complazco a mi mujer liberando un pedacito de repisa en el refrigerador. Donde al menos antes había una cierta armonía en un conjunto aburridísimo, ahora todos los componentes tiran cada uno por su lado. El efecto compostado del que hablé ayer se exacerba y surgen notas de oxidación que no auguran nada bueno. En la boca se siente descoyuntado y quemón. Se ha descarnado y los taninos de madera quedan como secante incómodo.
Muga: No sé si los comentarios de Javier me han dispuesto a buscarle la “riojez” a esto en cada nueva cata, pero eso es lo que hago… Hay que decirlo: Es el que más fresco se siente, a dos días de abierto, de todos los vinos envueltos en este experimento. La frambuesa negra se hace peludita y mermeladesca, girando por momentos hacia ciruela. El vino gana cremosidad, pero (también hay que decirlo) pierde dimensiones con el aire. Ahora la fruta y la madera se presentan en una armonía simple, en la que faltan verdaderas marcas de carácter. Pero está entero, o sea que vamos a ver a la tercera noche, que va y nos da un susto.
Contino: Comienza a exhibir marcada nota de oxidación en la nariz. Aunque la textura aterciopelada sigue ahí, la fruta va perdiendo intensidad, por lo que salen a relucir mucho más los aspectos de pasificación.
Viña Alberdi: Otro que parece comenzar a oxidarse, aunque no tanto como el Contino. Pero todavía creo que tiene para buen rato. La oxidación parece ser meramente cosa de las orillitas. La nariz suelta sutilezas de higo seco, laurel y cuero antiguo. Los taninos en el posgusto parecen estar perdiendo agarre rápidamente y lo que le mantiene erguido y alegre es la acidez.
Posdata #3 (y final de la cata): 72 horas después

Sumo y sigo...
Las cinco botellas retaponadas que quedaban (había tirado los restos del Marqués de Cáceres por el fregadero, siendo su proceso evolutivo con el aire la crónica de una muerte anunciada) ocupaban bastante espacio en la repisa central de la nevera. Esto provocaba cierta discordia doméstica chez Camblor. Ya estaba bueno de la guardadera. O sea que anoche fue mi última sesión para el Virtualazo, sentado solito ante la mesa blanca de la cocina. Dependiendo de como se analice la cosa, arroja nociones interesantes…
Riscal: Nasalmente se ha enfangado un poco, perdiendo definición aromática y, a la vez, el encanto que poseía anoche y anteanoche. Plano y con más madera evidente, huele pesado. En boca está grueso y desecado. El final sigue cortándose por culpa del alcohol, pero ahora te deja una sensación sedimentaria de sequedad maderosa que resulta francamente desagradable.
Oña: Recuerdos de caldo de res en la nariz. Bueno, caldo de res al que se han añadido ciruelas y un buen puñado de aserrín. Salino en boca, ahumado. Fruta negra firmemente carnosa que no parece capaz de deshacerse de elementos de verdor. La madera se ha apoderado completamente del posgusto, que te aprieta la lengua y los dientes.
Alberdi: Se ha movido poquito desde anoche. No parece haber progresado la oxidación. Sigue vivo y bastante enérgico. Un poquito más volátil que antes, con la fruta aún presentando notas frescas de frambuesa. La nariz por sí sola hace pensar que esto bien facilmente hubiese aguantado un par de noches más sin perder significativamente. Masticable en boca, con un poquito más de granulosidad. Quizás se separa un poquito la madera de la fruta, lo que me resulta un poquito preocupante. De un lado tienes vivacidad y frescor y del otro una aspereza maderera que te seca la boca. No sé… En el posgusto es donde más se comienza a sentir la oxidación, en una nota acaramelada-caldosa que se te queda.

Al final, los muertos...
Contino: Hablando de oxidación, la primera impresión nasal aquí es precisamente de eso. Se nos va rápido. Incluso me parece sentirlo perder en la copa durante los diez minutos que le dedico. Ha perdido cremosidad y se va ahuecando. El posgusto se hace secante. Pero paradójicamente, el alcohol ha perdido protagonismo y no se siente tanto.
Muga: En cuanto a permanecer inmóviles, este Muga Reserva vence de calle a todos los demás. En realidad lleva tres días aparcado en el mismo sitio, dando casi exactamente lo mismo, que es fruta roja con aspectos licorosos y madera en un conjunto estilísticamente internacionalista. Estoy entre dos con este vino, pues no sé si tomarme esta pasividad como alentadora o acojonante.
Y hasta aquí mis impresiones de estos vinos. No se extiende más este post, el más largo de la historia de La otra botella, al menos de cuerpo. La sección de comentarios es otra cosa…