Teníamos que sobreponernos al trauma terrible del Riscal 68. Había más vino y, de sefuro, algo que nos haría olvidar esa criminal acidez volátil, aunque jamás pudiéramos perdonarla.

Gruaud-Larose 1966
Apareció un Château Gruaud-Larose, Saint-Julien 1966, con una de esas reconfortantes etiquetas de Cordier. Digo “reconfortantes” porque después de principios de los noventas Gtuaud-Larose ha sido vendido un montón de veces a entidades corporativas varias y, pues, la consistencia de los años de Cordier quedó en el pasado, Hablando de “consistencia”, una interesante discusión se suscitó a ese punto en torno a la noción de terroir aplicada a Burdeos. La base de de esta línea de conversación era el artículo sobre Rioja de Eric Asimov, publicado en el New York Times la mañana anterior. Asimov establece que las grandes bodegas clásicas de rioja producen vinos en los cuales no se discierne claramente terroir en términos de suelo, etc., sino de un “estilo de la marca”, consistentemente representado añada tras añada, que acaba siendo la identidad de los grandes riojas de siempre. Algo sumamente obvio, si nada más pensábamos en el Monte Real que habíamos probado hacía muy poco, vis à vis el Tondonia que probamos inmediatamente después. ¿Hasta dónde podíamos atribuir la diferencia entre un vino y otro a que uno viene de Haro y el otro de Elciego? En realidad la cosa va más allá y nos pone cara a cara con el conflicto inherente en nuestras aversiones a la noción de “vino hecho” (algo me dice que ahora mismo Víctor de la Serna se relame y comienza a preparar otro artículo sobre las actitudes contradictorias de los “fundamentalistas neoyorquinos”).
Dándole vueltas al asunto, aunque hablamos de terroirs privilegiados en Burdeos, tiende a darse lo mismo que en Rioja. Por encima del terruño en los viñedos de Margaux, el estilo de Château Margaux, Château Palmer, etc. Lanzamos al aire la idea de que quizás el patrón “estilista” de las bodegas históricas de Rioja era cosa heredada de aquellos bordeleses que originalmente trajeran a Rioja sus ideas de como hacer vino.
Volviendo a Burdeos, y en particular al Burdeos actual, me temí por momentos que tanta vindicación del trabajo de bodega en vinos antiguos pudiese subvertirse, tornando en arma de defensa de, digamos, el “estilo” que Michel Rolland ha dado a tantos vinos bordeleses de los últimos veinte años. Pero no. Antes la sinergía entre viticultura y trabajo bodeguero daba diferenciación entre marcas. Ahora da homogeneidad.
En fin, aunque el tema es para discutir largo y tendido, el Gruaud me esperaba…
Bella nariz, masculina, erguida y enérgica. Chocolate oscuro, laurel, punta de lápiz, cuero, barro caliente y ciruela negra. “Cool, steady and easy” pongo en mi libreta, robándome el título de aquel magnífico álbum de los Brooklyn Funk Essentials. Un vino pulido a la perfección por el tiempo, con la elegancia que da un equilibrio perfecto en todos sus componentes. Una delicia de beber. Largo, de caricia confiada.

En mi mano, Lascombes 1966
Puestos en burdeos y el 66, estaba también el Château Lascombes, Margaux 1966, de media botella (375 ml.). A pesar de que se siente una nota de madeirización (ojo, no hablo de roble, hablo de aspectos oxidativos, que siempre me ha hecho gracia leer a la gente hablando de “vino maderizado” para referirse a excesos tabloneros), no deja de tener sus atractivos. Cocoa, tierra, perifollo y cereza desecada en una nariz . Ligero en boca, térreo y especiado, con el desgaste que uno espera de medias botellas. Pero tiene buen largo y acaba siendo lo suficientemente convincente.
La mesa, como suele ocurrir con ciertos vinos, quedó dividida en “Brad Kane contra todos los demás” ante el Château Branaire, Saint-Julien 1966. Es que a mi querido amigo Brad le gustan los vinos frutones, voluptuosos y, preferiblemente, con alguito de azúcar “para entonar”. Se molesta ante vinos muy secos, o demasiado firmes, o demasiado serios. Uno lo aprecia como es y sencillamente declara: “Bueno, pues más pa’ mí” cuando comienza a protestar.
Este Branaire se siente tremendamente joven aún, compacto y reticente. Sus expresiones ocurren “de a poquito” y hay que apreciarlas con calma. Por delante trae volatilidad que, por suerte, se disipa para dejar aparecer tierra negra, tomillo y salvia secos, arándano, cereza negra y sutiles acentos de caza. Pero todo esto, igual en nariz que en boca, ocurre a nivel de una primera capa, siendo el centro aún impenetrable. Buen largo. Impresionante estructura. Necesita más tiempo. Eso sí, siempre va a ser un vino serio, de encanto basado en su austeridad.

Cheval Blanc 1970
A continuación, el Château Cheval Blanc, Saint-Emilion 1970 que Jayson nos trajera por error. Creía haber abierto un 1962 y se percató demasiado tarde, ya con el vino en el decantador, de que era de otra añada. No que fuese yo a protestar, pues el Cheval Blanc 70 puede ser maravilloso. Y éste no nos desencantó. Nariz delicadamente perfumada, que me recuerda a los jaboncitos de olor que ponía mi abuela en el medio-baño de su casa cuando yo era niño. Violetas, cúrcuma, comino, alcaravea, aceite de rosas, cuero antiguo, polvo y frutas negras. La complejidad se acentúa por lo etéreos que resultan los aromas. En la boca es sedoso, amable, seductor… Te llena la cabeza de ideas perfumadas. Hay carnosidad y dulzor frutal, pero también hay muy buena estructura. En el largo posgusto hay mucha nota especiada que me lleva a pensarlo un poquito “riojesco”. Vaya usted a saber…
El otro vino que traje yo lo guardamos, pues sabíamos que por ahí vendría algo con risotto. Y en efecto, lonjas de maigret de pato sobre risotto de setas silvestres, a lo que dedicamos el Marcarini, Brunate, Barolo 1964, una botella muy controversial que, evaluada en un breve momento, no dió mucho placer.
Hay que joderse.
Pero a esa botella corresponde una graciosa historia que he de contarles aquí.
Estaba yo en Crush Wine Co. el domingo anterior, buscando unas botellitas que llevar a casa de SFJoe para la cena de despedida de Sharon Bowman. Precisamente frente a los vinos piamonteses me encontraba cuando uno de los chicos que controlan inventario y entregas se me acerca y me dice: “Sr. Camblor, tengo dos botellas suyas y me gustaría que me diera instrucciones sobre donde entregarlas”.
“¿Cómo que dos botellas mías?”
“Sí, de un barolo 64 de Marcarini que usted preordenó hace un par de años. Acaban de llegar…”
“¿Un par de añoooooooooossssss?” Me esforzaba por hacer memoria. En aquel entonces Lyle Fass aún regenteaba Crush y yo vivía a un par de cuadras. Rutinariamente recibía ofertas de vinos pre-llegada t a veces picaba. Pero… ¡¿Dos años?!
“Se tardaron lo suyo”, dijo el chico.
“Ven acá, ¿y yo las pagué?”
“Sí señor, están pagas y listas para entrega”, dijo, adosando al pronunciamiento el total que pagara yo hacía dos años.
Eso fue con una tarjeta de crédito saldada y cancelada hace tiempo. Se me había olvidado completamente. Pero ahora me salían dos botellas de barolo antiguo así, de la nada. Me hubieran podido dar la mala, pues la verdad era que para mí esa transacción como si no hubiese existido jamás. Pero no, lo que pagué me lo querían entregar, tarde pero seguro.
Loable conducta en el negocio, ¿no?
Las botellas parecían haber sido recientemente reetiquetadas. El nivel parecía satisfactorio. No dudé que una valdría para esta cena sesentera.

El chef Scott Bryan conversa con SFJoe mientras comparte una copita de algo bueno con nosotros.
A la controversia. La nariz se presentaba inicialmente muy caramelosa, oxidativa a un nivel incómodo. Pero detrás se percibían notas que prometían. No hubiese sido la primera vez que un barolo viejo parecía muerto un momento, sólo para dar un giro de 180 grados tras un rato de aire y cobrar vida repentinamente, volviéndose una gloria de alquitrán y flores. Se discernían detrás del caramelo notas de rosas, hojas secas, arándano y cera. Lo mismo en boca. Tras un frente aparentemente dañado, cosas quizás bonitas. Pero el ritmo de la cena no nos dejó darle la oportunidad de que ocurriese un milagro.
Me queda una. Ya veremos si está igual. Para el pato con risotto volvimos sin vacilar al Cheval Blanc.
Me permito una disgresión que, se verá, resultará perdonable. Durante este viaje neoyorquino de las zapatillas color mandarina había estado intentando quedar con dos “amigos virtuales” de La otra botella que, por pura casualidad, visitaban Nueva York en esos días. Uno era nuestro entrañable Errepé. El otro era David J. Rodríguez.
David, según tengo entendido, va mucho a Nueva York. Con ‘el no pude encontrarme en esta vuelta, pero otra vez será, si no en Manhattan, en Puerto Rico o en Santo Domingo. Lo del Errepé era otra historia. Venía a Nueva York nada más y nada menos que de luna de miel. Y había manifestado que quería verme. Vamos, que eso es cariño del que se aprecia. Un par de intentos habíamos hecho de quedar, pero las circunstancias se interpusieron. Sabía que el Errepé y su esposa Eva se marcharían a California el viernes en la mañana, o sea que ya el jueves en la noche me había dicho a mí mismo que se intentó, pero otra vez sería.
De repente, ya tirando hacia el final de nuestra cena en Apiary, una pareja que se acerca a nuestra mesa. El tipo me saluda. ¡el Errepé y Eva!
Una gran suerte fue que había compartido mi agenda y el Erre sabía que estaría en Apiary. Lo de aparecerse fue un detallazo. No quiso quedarse mucho tiempo. Me entregó una bolsita con regalitos y aceptó un poquito de Cheval Blanc. Le reitero mi agradecimiento por esa visita inesperada (aunque estoy ahora un poco cabreado con él, porque siendo el instigador original a lo del Virtualazo, pasó de unírsenos aquí para discutir los seis riojas que catamos la semana pasada; un fallo…)
Sano hábito de mis amigos en Manhattan: Dejar el Tondonia Blanco para último. Si hay un blanco que puede llegar a la mesa después de una secuencia de grandes tintos sin desmerecerse en lo absoluto, es un Tondonia y, en específico, un R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Gran Reserva, Rioja 1964. Esta botella, cortesía de SFJoe, estaba impecable. Crema de limón, almendra tostada, azahar, comino, cúrcuma, sal, hierbas secas, membrillo, grano de anís y cera en una nariz compleja, provocadora, adulta. Salino en boca, firme, con una línea eléctrica de acidez corriéndole por el medio. Magníficas capas especiadas y de nueces diversas con interesantes momentos minerales. Muy largo y sabroso. Inmejorable acompañante para buenos quesos siempre ha sido y será…

Nuestros visitantes inesperados: El Errepé y su esposa Eva se unen momentáneamente a las festividades.
La sobremesa continuó buen rato mientras se vaciaba el restaurante alrededor nuestro. Algunos de mis compañeros de mesa comenzaron a marcharse. Eventualmente quedamos solamente Brad Kane, Jayson, el Dr. K y yo, volviendo a probar algunos de los vinos y a rediscutir cosas discutidas durante la cena. Se me ocurrió echar mano a la bolsita que me había traido de regalo el Errepé y ví que contenía una botella de vino. La saqué y era el Sameiras, Tinto, Ribeiro 2008. De esta bodega había probado anteriormente sólo blancos. Me entusiasmaba, viendo la botella, que Sameiras se hubiese apuntado a la movida de los tintos, pues no es ningún secreto que Galicia, en cuanto a tintos españoles elaborados en la actualidad, es la región española que más excitación me viene creando desde hace tiempo. Toda nueva manifestación es bienvenida, sobre todo si se trata de vino honesto y sabroso, sin afeites ni veleidades. Este tinto podía compartirlo con los cuatro amiguetes que quedábamos, con Brett Feore, el sumiller de Apiary, con su barman y con dos chicas que quedaban en una mesa en el salón. Sería una buena coda para la noche, después de un buen número de vinos con edad, algo joven y fresco.

El festejado, ante su pastel de cumpleaños...
Y precisamente eso era. Muy limpio y vibrante en nariz y boca, con uva, ciruela roja y sandía fresquísimas y golosas. Además, acentos de té verde y una mineralidad de grano bien fino. Sabroso vinito, con un altísimo índice de bebestibilidad inmediata. Invita. Cierta garrita tánica en el final, donde sale a relucir un puntito de menta fresca.
Sobraba la mitad de la botella y la dejamos en el bar, para disfrute del personal de Apiary al que le apeteciese un sorbito de tinto reavivador a medianoche. Una velada larga. Sabrosa. Los cumpleaños de mi gran amigo el Dr. K siempre son así.
I don’t just like voluptuous fruit, LL. That Branaire was too volatile and was a bit off, imho.
What happened to the ’64 Vina Real and Monte Real?
Never mind. Didn’t see the earlier post.
Shhhhhh, Bradley! You make for a better write-up character as our very own, lovable fruit-slut. And besides, you say stuff like “Philosophy makes my head ache” (paraphrase, actually, but I remember something like that coming from you…) Besides, you don’t let me put up embarrassing pictures of you anymore, so I have to make up for the lack of visuals somehow…
M.
I said philosophy makes my head hurt, actually.
E-mail me the pic of me in the kitchen, or any others you took and like the wines you bring, I’ll give them a thumbs up or down.
Lopez de Heredia Tondonia blanco GR 1964.
Please don’t make me cry.
Llora, hijo, que es saludable…
M.
¡ Como me gustará “colarme” en alguna sesión de estas!…
solo miraría… bueno, es mentira, también escucharía, charlaría y tendría que pediros un cristal para acompañaros… ¡ enhorabuena !
si vuelvo, avisaré…
Manuel,
Bienvenido. Bueno verte por LOB.
Lo de estos saraos es cosa de estar en el lugar correcto, en el momento correcto, pues el grupo es tremendamente amigable y hospitalario. Si en una coincidimos en Nueva York podrás comprobarlo.
M.
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