Las zapatillas mágicas, Capítulo Seis: My Favorite Things

Esta es una entrega feliz de La otra botella. Feliz porque lo que parecía ser un gripazo de antología se quedó en tres días. Ahora estoy mucho mejor. Y feliz porque trata de dos cosas que me gustan mucho.

El viajecito a Nueva York habías sido, en general, muy fluido y, eso, feliz. Había pasado todo lo que tenía que pasar y nos sentíamos satisfechos Josie y yo.

Era sábado por la tarde y la escapada tocaba a su fin cuando me dirigía yo en el metro a Chambers Street Wines. Debía comprar un par de botellitas que importar a mano a Santo Domingo, de ésas que me hacen recobrar algo parecido a la cordura cuando mi vida actual comienza a cargarme como me carga. Ya saben, en Santo Domingo “vino natural” es un concepto ajeno, para muchos incomprensible. “Terroir” es un conceptillo de marketing que se caracteriza por su indefinibilidad. Y mi apego tanto al vino natural como a expresiones claras y precisas de terroir son vistos generalmente como las excentricidades de un extranjero de sanidad mental cuestionable.

Y sin embargo…


Llevaba puestas mis Adidas color mandarina, que eran el objeto de muchas miradas. Es que aparte de llamativas, esas zapatillas han probado ser capaces de hacerme olvidar problemas, de expeditar gestiones e, incluso, de poner en mi camino el proverbial “free linch” ése que dicen los americanos que no existe.

Repetido muchas veces he que Chambers Street Wines es una de mis tiendas de vino favoritas en todo el mundo, sino la favorita. Esto es por unas cuantas razones. (1) Su selección de vinos: Naturales y biodinámicos muchos; otros no, pero aún así puede uno confiar en el celo curatorial de los propietarios de la tienda y sus empleados, que se esmeran en llenar los estantes con cosas en las que creen; (2) esos propietarios, David Lillie y Jamie Wolf, que siempre están ahí al pie del cañón, afables, sinceros y listos para recomendarte cosas deliciosas o enseñarte algo que no sabías; (3) esos empleados a los que se les contagia la energía de la tienda, entrando inexpertos pero rápidamente convirtiéndose en conocedores de las regiones que les asignan; (4) la completa carencia de pretenciosidad del local, para cuyo diseño no se contrató arquitectos de alto perfil, ni se anduvo con superconceptos de novedad pirotécnica marketinguera, y (5) las degustaciones gratis de diversos vinos que tienen casi todos los sábados.

Dirán ustedes que degustaciones gratuitas las tiene todo quisque hoy día. Cierto. Pero en la mayoría de las tiendas lo que te ponen es a un (o una, guapetona) representante de algún distribuidor a ofrecerte X producto industrial y recitarte, si vas con preguntas, un par de líneas de algún panfletillo marketinguero. Da lo mismo que te ofrezcan vodka, sidra, ron saborizado, whisky de malta o limoncello que que te ofrezcan… Er, ¿vino?

Pero es que las catitas gratis en Chambers tienden a ser siempre interesantes y altamente educativas. Llegas, pruebas y si tienes alguna pregunta indiscreta, usualmente quien te pone el vinito es tan enochalado como tú y está muy dispuesto a enrrollarse en la contestación. Varias han sido las veces en que he presenciado el nacimiento de una enomanía en una de esas catas. Llegaba un señor o señora más en plan tomarse un aperitivo en la tarde que en plan aprender de vino, esperando encontrarse cualquier vinajo del que hubiera que bajar inventario. Y lo que le sirvieron, como tiende a suceder, le impactó. Preguntó. Le explicaron y… Bueno, la curiosidad creada tomó las riendas y dió necesarios giros a una vida que, de otro modo, no se hubiese enterado jamás.

Claro, tiene clara siempre la gente de CHambers la misión de vender vino. La parte gregaria y altruista no paga las cuentas, por más que satisfaga.

Resulta que hacía poco Eric Asimov había hablado de los crus del Beaujolais en el New York Times y manifestado gran entusiasmo por unos cuantos vinos, algo que el equipo de Chambers decidió aprovechar, ofreciendo cinco de los vinos catados por el panel del periódico (además de un “infiltrado”)  para que los clientes pudiesen formularse una opinión propia. Todos los vinos son elaborados naturalmente, según pone en la muy informativa hojita que tenían disponible (sobre la que tomé mis notas), “fermentados con levaduras silvestres y con mínima o ninguna adición de sulfuroso”.

Una de mis tiendas favoritas brindando vinos de una de mis regiones favoritas, sin pagar un centavo. ¿No les digo?

La gamay, los suelos graníticos y el clima de los crus de; Beaujolais tienen una relación muy especial. Lo que sale de ahí, si se respeta esa relación, puede ser sublime. ¿Les he contado que aquí en Santo Domingo solamente aparecen beaujolais de Georges Duboeuf y alguno que otro meganegociante borgoñón? Me da un poco de pena que la noción que muchos aquí tienen de “beaujolais” sea de potinguejos confeccionados con “aroma” a Bananaberry Bubble Yum . Lo digo porque los vinos del Beaujolais que mercadean esos meganegociantes tienden a ser a un buen beaujolais natural lo que un “jamón” pasteurizado, prejonjeado y empacado en plástico para venta en grandes superficies internacionales es a jabugo legítimo. Algún día, a manera de labor humanitaria, tendré que introducir a un puñado de amigos acá a los placeres del beaujolais de verdad. Encima, como tintos, los buenos Fléuries, Morgons, Moulin-à-Vents, Chiroubles, etc. serían bien compatibles con nuestro clima. Los del 2007 son vinos en su mayoría más bien ligeros, no para largas guardas. La bendición de un buen vino natural es que, aún en añadas que nos serán “la añada del siglo” pueden dar mucho placer, si se le sabe respetar como lo que es.

Dado el espacio que tenía en la hoja, mis apuntes son necesariamente breves. A continuación los vinos, con la información más saliente provista por Chambers y mi mini-comentario.

Damien Coquelet, Chiroubles 2007: Cuvée “básica” del sobrino o hijastro (¿o las dos cosas?) del gran Georges Descombes. Descombes aparentemente intervino en la elaboración. Un vino sumamente atractivo y fresco. Violetas y garrigue en la nariz. Limpio. Fresas y frambuesas en boca con una granulosidad mineral en el posgusto y taninos vivos.

Georges Descombes, Chiroubles “Vieilles Vignes” 2007: Tiene que ser muy jodido ser Georges Descombes. Lo digo porque mucha gente (como el señor que probaba los vinos al lado mío) le confunde con Jean Descombes, quien vende su producción a Georges Duboeuf  (la “Cuvée Jean Descombes” de Duboeuf era altamente puntuada por el Wine Spectator allá a mediados de los noventas, cuando yo aún prestaba atención a la revista), lo que sería antitético a las ideas de Georges, discípulo fiel de Jules Chauvet. Viticultura orgánica. Vinificación con levaduras ambientales y cero sulfuroso. Cuerpo medio. Frambuesa muy pura, con el sutil amargor de la fruta silvestre. Muy mineral. Un poco apretado. Se abrirá a algo espectacular en no mucho tiempo.

Jean-Paul Brun, Domaine des Terres Dorées, Côtes de Brouilly 2007: El favorito del Times entre los 2007 que cataron, según cuenta la hojita. Térreo perfume con notas de rosas desecadas y verbena sobre purísima fresa (no puedo sacarme de la mente una horrible canción de mi infancia que contaba sobre un viaje “a la Colonia Tovar”, o algo así en Venezuela; “…Y ricas freeeesaaaaasss voy a traeeeeeeeeeer… “). Buena estructura. Delicioso. Por algo le tengo tanto afecto a Jean-Paul.

Pierre-Marie Chermette-Domaine Vissoux, Brouilly “Pierreux” 2007: Compacto y un tanto rústico, su volatilidad se deja sentir casi al punto de distraerme. Fresa y manzana sobre fondo mineral. Un poco rígido en comparación con los demás.

Jean Foillard, Morgon “Côte de Pÿ” 2007: Este lo he probado varias veces en los últimos seis meses y siempre ha sido encantador. Explosiva floralidad, notas de jengibre, preciosa fruta roja y el granito declamando un poema para todos los sentidos. Precioso. Sexy, pero no de forma superficial. Se te queda en la mente.

Domaine Diochon, Moulin-à-Vent “Vieilles Vignes” 2007: Más rígido aún que el Vissoux. Austero y con más cuerpo. Un toque de establo y bestias. Muy buena intensidad de frambuesa negra y cereza con corazón mineral, pero está guardando silencio. Necesita tiempo.

No compré beaujolais en esa visita a Chambers. No por falta de entusiasmo con los vinos catados, sino porque el espacio en la maleta es limitado y hay muchísimas cosas interesantes que sencillamente tengo que probar. No les contaré lo que al final me llevé. Ya lo verán en este confesional algún día, estoy seguro.

Mis zapatillas naranja me han llevado a muy buenos sitios, sí señor.

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5 Respuestas a Las zapatillas mágicas, Capítulo Seis: My Favorite Things

  1. Cuanto más bebo de Beujolais, ¡más ganas tengo de Beaujolais!

    Jose

  2. Manuel Camblor

    Es que hay gente buena haciendo vinos magníficos, reales y, encima, a precios muchas veces muy atractivos. Digo “muchas veces” porque en algunos casos ya andamos por encima de los US$25, aunque sin llegarle a los US$30. Claro, como decíamos el otro día, los tiempos de vinos así de interesantes por debajo de US$10 como que ya han pasado.

    M.

  3. Yo te agradezco que me recomendaras la visita a Chambers cuando fui a NYC. Desde luego merece la pena…el problema es que luego hay que transportar el vino :-)

    Dimos buena cuenta hace poco de varios vinos de JP Brun pero del 2008. Jóvener y tiernos cual pollitos para ser echados a la cazuela. Y el pollo tiene chicha. Guardaremos algo.

    Un abrazo

  4. Manuel Camblor

    Iñaki, querido amigo, me complace que este comentario tuyo es el número 2000 en esta encarnación de LOB. Debieran sonar pitos, prenderse lucecitas de colores, caer confetti y aparecerse una tuna a cantar canciones de los Stones en instrumentos tradicionales donde estás ahora mismo. Infórmame si no ha ocurrido, que entonces me timaron…

    Chambers es uno de esos lugares que nunca me canso de recomendar. Es un punto clave para cualquier enochalado de verdad.

    Y los 2008 tengo de muy buena tinta que prometen. Muchos pasarán a engrosar mi haber de beaujolais, que es ya amplio y profundo de añadas.

    M.

  5. Manuel, la tuna no vino pero anoche sí sonó el Sympathy For The Devil mientras me bebía algo que no era Beaujolais. :-) Así que, si mandaste a los tunos, te timaron :-)

    Lo más parecido a una bandurria es la forma redonda de alguna caja de galletas que, con un poco de imaginación, la haces la caja, la pones una cuerdas y un mástil e igual produce sonidos.

    Vete con ello a la puerta de Chambers, les tocas algo y que se estiren un poquito.

    Nada mal esos 2008…

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