La otra botella

Pequeña odisea puertorriqueña (1)

Septiembre 8, 2009 · 6 comentarios

Alguno que otro amigo me ha comentado que me notaba un tanto arisco en mis comentarios electrónicos durante el pasado fin de semana. Creo que es hora de revelar el por qué de eso.

Resulta que Josie y yo nos llevamos a nuestros hijos de dos años y medio a ver a sus bisabueletes maternos en Puerto Rico. En principio, lo de una visita a los yayoyayos parecía algo bonito y nosotros consideramos que le podíamos a la misión. Pero nada te prepara para esta edad de tus hijos. Son dos ciclones de energía irrepresible, sumamente ocurrentes y traviesos. A uno el jolgorio infantil le hace gracia durante un rato, pero cuando estás cinco días en hiperconcentrado, con aeropuertos, vuelos, descalabros de rutina, etc., etc., etc., ejerciendo de cuidador de estos tremendines al 10,000%, ocurre una rápida merma en tu buen humor y tus ánimos.

Muchas fueron las ocasiones en este viajecito breve en las que me oí proclamar, a lo Danny Glover en una de las películas de  Lethal Weapon, “¡Estoy demasiado viejo para esto!”

Pero triunfamos. Dimos una tremenda alegría a tres ancianitos, mi mujer se siente satisfecha como hija y nieta y yo, pues, quedé como un sol de marido abnegado. Incluso, gracias a que mi suegra nos sirvió de canguro en un par de noches, hasta pudimos ir a cenar a algún sitio y encontrarnos con algún personaje otrabotéllico.

O sea que independientemente de lo físicamente desbaratado que me siento mientras escribo esto (necesitaré semanas de descanso para recuperarme; me duele todo el cuerpo como si hubiese participado en tres pentatlones consecutivos, seguidos de quince rounds de lucha grecorromana), podría decirse que nos fue mayormente bien en Puerto Rico.

La primera noche estábamos tan cansados que sencillamente decidimos no ir a cenar. Pasamos por el supermercado Pueblo en Isla Verde, cerquita de nuestro hotel, y nos apertrechamos para irnos a dormir temprano.

Lógicamente, yo enfilé para el pasillo de los vinos, a ver qué había.

Una conclusión inmediatamente extraible: A los puertorriqueños les encanta Ribera del Duero. Lo he notado por la manera ligeramente rimbombante en la que algunos amigos hablan de esa región. También lo he notado porque si te vas a una sección de “España” en cualquier tienda que venda vinos (habitualmente de un tintocentrismo extremo), usualmente un 80% de la oferta es de riberas.

Es algo que me tiene entre suspiros y palabrotas.

Este supermercado, he de decirlo, se esfuerza por presentar una variedad un poquito más equilibrada. Claro, hay un chorro de riberas. Pero también aparece una buena docena de riojas en diferentes estilos, desde López de Heredia hasta Sierra Cantabria. Pero lo que me llamó la atención, lo que acabé comprando, fue otra cosa.

Me quedé patidifuso al hallar una etiqueta conocida que me sonreía floridamente en rojo desde una esquina del estante. Aunque me asaltaron inmediatamente dudas sobre la conservación del vino en un ambiente de supermercado, la inversión era relativamente pequeña (US$16) y rendiría honor a un viejo favorito de estas páginas, del cual hablaba yo aquí recientemente en una “nota luctuosa”, pues la bodega que lo hacía fue absorbida por uno de esos peces gordos del enocorporativismo.

El tinto 2004 de Torroxal. Reencuentro con una especie extinta...

El tinto 2004 de Torroxal. Reencuentro con una especie extinta...

Estoy hablando, amigas y amigos, del Viñas do Torroxal, Tinto, O Rosal, Rías Baixas 2004.

Recordando: 50% sousón, 30% brancellao, 20% caiño tinto y 100% interesantísimo había sido mi conclusión cada vez que había probado esto anteriormente. Esta botella, consumida con alguna que otra galleta viendo a Larry King Live, sirve para reafirmar esas evaluaciones.

Recién abierta la botella, la nariz presenta un prominente aspecto de tierra negra recién removida, con gusanos y todo. Como cuando de niño dabas un palazo en el patio para buscar lombrices de carnada antes de irte de pesca en algún río cercano. Lo de las lombrices se autolimpia pronto, aunque queda lo térreo por delante siempre, acompañado de notas de tocino, aceituna negra, yodo y laurel desecado (sigue resultándome un gallego rodaniano, éste…) sobre cereza y frambuesa negra. Carnoso y salino en boca. Muy buena presencia. Cuerpo medio, con fruta pura y una cierta rusticidad. Hay un dejecito de jengibre cristalizado y otro de savia en un final fresco y frutal,  ni largo ni corto.

¡Y yo que creí que ya no probaría Torroxal de nuevo! No está nada mal esto para un noche de las de irte a la cama sin cenar.

Nuestra segunda noche en San Juan sí comimos. Era lo justo. Hacía años que no veía a mi buen amigo, el chef Roberto Treviño. Aunque un par de veces en esta década intenté localizarlo en sus antiguos restaurantes del Viejo San Juan, el Parrot Club y Dragonfly, no coincidíamos. Esto me apenaba, pues Roberto y yo compartimos muchas excelentes conversaciones sobre comida, vino, negocios y vida a finales de los noventas. Buen tipo, Roberto… En fin, que hace un par de años me enteré que había dejado el Parrot y los Dragonfly y tenía proyectos nuevos. Ahora me tocaba visitar uno de ellos, Budatai, en la parte más glamorosa del Condado.

Cuando conocí a Roberto, allá a mediados de los noventas, era una de las luminarias de la cocina de fusión caribeña. Imposible olvidar aquel divino risotto de chicharrón que hacía en el Parrot Club. Luego él y su entonces socio abrieron Dragonfly, que jugaba con un concepto latino-panasiático. Budatai sigue esa última línea, con un menú en el que protagonizan reinterpretaciones latinizadas de dim sum y sushi junto a un puñado de platos fuertes también fusionisas, si bien un poquito más cercanos a una cocina europea clásica.

Como suele ocurrir en los restaurantes de Roberto, el local es sumamente hiperactivo y festivo. La banda sonora es House a volumen considerable, lo que se mezcla con el típico alboroto verbal puertorriqueño en un inevitable bullicio más en plan bar de noche que alta gastronomía tradicional. Eso, más el hecho de que obviamente estás en un local chic, donde la gente bonita viene a dejarse ver (ojo, detalle importante es que Budatai estaba de lleno total, cosa que sorprende y alegra en tiempos de crisis económica; allí había gente soltando la plata…), tiende a influir sobre la parte del menú hacia la que gravitas. Josie y yo decidimos inmediatamente quedarnos en la sección de dim sum y pedir variedad como quien tapea.

En la carta de vinos, mayormente orientada a estilo internacional, me alegró mucho encontrar el Palacio de Fefiñanes, Albariño, Rías Baixas 2007. Es un Fefiñanes más frutocéntrico que de costumbre. Manzana y durazno muy mullidos, con puntitos golosos. La estructura queda por momentos demasiado cubierta por esta fruta fácil. Pero cuando aparece te reconforta, recordándote que aquí hay estructura y marinidad suficientes, hombre, que es Fefiñanes…

Roberto Treviño en una foto de hace diez años. Perdonarán ustedes no tener algo más actual, pero les aseguro que poco importa. Está igualito. Y yo andaba sin cámara.

Roberto Treviño en una foto de hace diez años. Perdonarán ustedes no tener algo más actual, pero les aseguro que poco importa. Está igualito. Y yo andaba sin cámara.

Vale la pena destacar, entre la selección de dim sum que dejé que ordenara Josie, los shumai de cangrejo con chorizo, los dumplings de cerdo con rayadura de trufa extemporal y los blini de pato, todos deliciosos. También cabe mencionar que uno de los platos que ordenamos  nos pareció un intempestivo viaje del santo al cielo: El tempura de hamachi con miel creo que pide otro tipo de pescado (el hamachi pierde mucho de su encanto textural cuando envuelto en masa y frito), otro formato (un filete de pescado de tamaño responsable en la antedicha masa requiere un tiempo de freidura bastante largo, lo que afecta el resultado final, aparte de que cada una de las dos porciones en que viene dividido resulta un tanto grande e imposible de manejar con gracia en la mesa) y menos miel (nueva regla cambloriana formulada al ver toda la miel que quedaba en el plato tras consumir el tempura: Si queda en el plato un charco de salsa tras consumirse la sustancia principal, se te fue la mano en la salsa).

Pero bueno, ya dada la crítica constructiva, otro puntito bueno: Para un sitio de índole tan dinámica, el servicio me pareció muy esmerado y amable. Mi copa de vino nunca se vaciaba y la continuidad de llegada de la comida fue muy efectiva. Si al aspecto amabilidad en el servicio sumamos que el chef se pasara un buen rato al final de la noche, en el catching up tan necesario después de casi diez años sin vernos, tenemos la cereza encima del pastel. Un verdadero placer reencontrar a Roberto Treviño, un individuo siempre encantador y un cocinero de tremendo talento.

(Concluye en la próxima entrada)

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