La otra botella

Pequeña odisea puertorriqueña (y 2)

Septiembre 9, 2009 · Dejar un comentario

Nueve del nueve del dos mil nueve. Bonita fecha para una entrada de blog, ¿no?

Sigo contándoles: El día clave de nuestra estadía en Puerto Rico era el sábado, o sea, el cumpleaños de mi mujer. Lo de traernos a los niños para que pasaran un rato con sus bisabuelos maternos era casi una obsesión para ella, Al punto que rechazó otras cosillas más frívolas y me estableció que el sacrificio de mi parte en este viaje era todo lo que quería como regalo este año.

Casi nada.

Llegamos ayer en la tarde y he tenido dos noches para descansar y reponerme, sin embargo debo confesarles que sigo molido. Como si me hubieran “dao hasta con el cubo del agua”, vamos. La intensidad de mis mellizos de dos años y medio es algo que uno nunca debe subestimar. Los Zipi y Zape se les quedan cortos en ocurrencias.

Pero tales son las cosas que uno hace por amor.

La cuestión es que el sábado en la tarde había reunión familiar en casa de los abuelos de Josie. Había yo sido advertido de que el grueso de la tropa es más bien cervecero en sus preferencias de lubricación gaznatal, pero que si yo quería traer algunos vinitos…

Y definitivamente iba a hacerme falta algo de beber. Por lo que se hizo obligatoria una parada en La Boutique du Vin, una tienda de vinos en Hato Rey que frecuentara yo cuando vivía en Puerto Rico. Es que, aunque mayormente dedicada a la spoofulation califoricaustraloduerista, la Boutique también tenía alguna que otra cosita más aceptable a mis estándares: Borgoñas de Drouhin, barolos de Marcarini, Borgogno y Ceretto, el alvarinho superior de Dorado, zinfandeles de Ridge e incluso, en algún momento, hasta Château Musar. Entre frustrantes docenas de vinos altamente procesados y puntistas, ese puñado de referencias y la ocasional sorpresilla nueva hacían interesantes mis visitas a la tienda.

Pues eh de decirles que la Boutique du Vin no ha cambiado en nada. La selección de vinos permanece más o menos constante, el personal es el mismo y el local está como si no hubiese pasado un día desde 1995. Salí de allí con un par de vinos de Drouhin, un Dorado y tres botellitas más dizque “pa’ probar”. Esas últimas tres eran de blancos diversos para vertir ante el menú del sábado en la tarde, que llevaba pavo asado, congrí y mofongo de yuca.

Fue una tarde de alegría melancólica. Los viejitos, compartiendo con los niñitos, el fin de la vida encontrándose con el principio. Enternecedor. Vamos, que no es mi tipo de cosa, pero hasta yo estaba un poco emocionado.

De los vinos les diré poco. El primero que abrí fue un Susana Balbo, Torrontés “Críos”, Cafayate, Argentina 2008. Mi relación con este torrontés “básico” de Balbo, que parece tener el don de la semiubicuidad en mercados internacionales, ha sido muy accidentada desde que lo conocí por vez primera hace como cinco añadas. Las primeras dos añadas que probé me resultaron horriblemente planas y glicéricas. Pero en el 2006 y 2007 el vino pareció dar un giro a mejor, aligerándose y definiendo mejor sus aromas y sabores. Este 2008, en términos de ese aligeramiento, ya bordea la zona de peligro, pues de medio me parece un poquito difuso. Pero es floral, agradable y definitivamente muy torrontés, con buena acidez y un toque goloso en su fruta. Gustó entre la concurrencia anunciada como “cervecera”, porque la botella voló rápido.

Número dos y número tres sobre el mostrador...

Número dos y número tres sobre el mostrador...

Luego abrí algo que compré porque no lo conocía de nada y me intrigaba, un Martín Cendoya, Malvasía “Fermentado en Barrica”, Rioja 2006. Completamente seco y cremoso, pero francamente de un aburrido imperdonable. Su haber frutal podría bien ser de cualquier cosa disfrazada con madera. Sonso. Corto. Ni fu ni fa.

Tercero de la tarde fue un antiguo favorito mío. Ya, acabo de decir “favorito”, lo que probablemente acojone a alguno cuando añada que es australiano. El Pike’s, Riesling, Clare Valley, Australia 2007. Se ha vuelto ya un cliché que Australia es tierra de megatntazos impotablemente puntistas, dulzones y alcohólicos y chardonnays fofos que… Bueno, digamos que difícil encontrar algo de lo que gustar en ese campo.  Pero de Clare Valley, misterio de misterios, salen rieslings secos frescos e intrigantes. Así este de Pike’s. Por casualidad llevo conociéndolo ya diez añadas, pues la primera que probé fue 1997. Aniversarios inesperados. Este 2007 es de cuerpo ligero -medio, con aromas de pino, perifollo seco, flores blancas y toronja. Buen frescor y agarre acídico, con sutil mineralidad de grano fino en el fondo. Bastante persistente. Uno que bebería de nuevo sin problemas.

Tras este momentito de buen humor y alegría familiar con vinos paso a narrarles una de restaurantes con coeficiente de satisfacción menor que cero.

Wilo Benet era para mí, al menos hasta el pasado domingo por la noche, una de las luminarias de la cocina latina de fusión. En Pikayo, su restaurante insignia, Benet hizo gran fama y—lo más importante—gran deleite para muchos.

El sábado, conversando con mi cuñado, me enteré de que Benet tenía un restaurante cuyo concepto me pareció interesante: Una reinvención de la lechonera puertorriqueña típica. El sitio, me dijo, se llama Varita Woodburning Rotisserie y está en el Hotel Condado Plaza.

El potencial de la idea es obvio, al menos para mí. El típico lechón asado, algo que tienen en común todas las islas del Caribe hispano, es una bomba de sabor. Esa bomba puede, me parecería, hacerse de precisión, llevarse a otro nivel. No sé, se me ocurren montones de posibilidades fusionistas, o meramente de reinterpretación técnica en base a la vara de asar de siempre.

Fuí a Varita, este restaurante de Wilo Benet, esperando quedar tan impresionado como he quedado en Pikayo. No porque se me anunciara que Varita es un sitio de carácter más informal iba yo—y disculpe el juego de palabras al que no puedo resistirme—a bajar la vara de mis expectativas.

Pero cortemos a un poquitín más de antecedentes. Había estado intercambiando mensajitos a través de Facebook con David J. Rodríguez, personaje de quien los habitués de este espacio reconocerán el nombre. Era mi última noche en San Juan y teníamos que quedar para conocernos “en vivo” de una buena vez. Es que me gusta encontrarme con la gente, hablarle cara a cara, verles reirse o fruncir el ceño en desaprobación ante lo que dice el Camblor de carne y hueso, que es la esencia de lo que escribe el tipejo que aquí leen ustedes.

Mirando hacia afuera desde nuestra mesa en Varita, el logo al revés en el vidrio se me antojó un tanto irónico...

Mirando hacia afuera desde nuestra mesa en Varita, el logo al revés en el vidrio se me antojó un tanto irónico...

En fin, que estuvimos debatiendo si encontrarnos en el italiano de la esquina de su casa (me dijo que tenía competente comida y una lista de vinos “interesante”) o, si nos íbamos en plan “de lujo”, en otro restaurante del que había leido, La Perla, en el Hotel La Concha. Al final el concepto de la lechonera reinventada nos sedujo a Josie y a mí y eso fue lo que le propusimos a David, quien aceptó sin dudar.

Craso error.

Entrando en Varita comenzaron para mí las impresiones negativas. El decorado es plano,  la iluminación amarillenta. Pantallas de televisión sintonizadas a algún juego de béisbol en la pared de fondo, atrás de una larga barra—nada más antitético del disfrute de una buena mesa para mí, pero el modelo del “sports bar” gringo parece ser el que lamentablemente eligen cada día más restauradores. A mí se me pareció alarmantemente a un obsceno cruce entre un Ponderosa, un Chili’s y a;gún restaurante de carretera inmemorable. Lo que definitivamente no es bueno. Es más, si se fijan ustedes en las fotos profesionales de Varita que aparecen en la web oficial de Wilo Benet, creo que entenderánmis objeciones, pues comunican bastante claramente lo que intento explicar.

A pesar de las heridas a mis sensibilidades estéticas, entramos Josie y yo y nos sentamos. El restaurante, dicho sea de paso, estaba casi completamente vacío. Pero bueno, era domingo a las nueve de la noche… David llegó poco después. Yo había estado mirando la carta de vinos ya y propuse inmediatamente que preguntáramos al camarero por un riesling austriaco descrito en la carta meramente como “Terrassen, Riesling, Austria” (las referencias en la lista vienen sin añada). Fue el muchacho a traernos la botella para que la viéramos, pero volvió con las manos vacías.

“Perdón, caballero, pero ése ya no lo tenemos”. Frase familiarísima. ¿Qué le íbamos a hacer. Ordenamos una botella del albariño de la casa, aparentemente embotellado bajo sello del propio Wilo Benet por una bodega de cuyo nombre ahora mismo no me acuerdo. Ya intervendrá David y, si recuerda, nos dirá lo que era.

Un albariño inofensivo, tropicalón y pulido, con buena acidez. Medium-spoofed. Se dejaba beber, pero vamos, que hubiera preferido echarme otra cosa al cuerpo.

Los entrantes que ordenamos fueron frituritas de carrucho (lo que en Santo Domingo llamamos lambí, el animal que vive en las caracolas), morcilla y ceviche de camarones. Primera gastrosorpresa negativa: La presentación no era nada más allá de lo que haría un restaurantillo puertorriqueño, cubano o dominicano del montón. El platito con cuatro trozos de morcilla encima y un pozuelillo de salsa para mojarlas, el platito con el ceviche, el plato con las frituras, otro con unos tostones… ¿Dónde se había quedado la creatividad?

El sitio, aparte de neustra mesa, estaba completamente vacío. Más o menos a mitad de la comida comenzó el personal a poner sillas patas arriba. Ya me dirán ustedes...

El sitio, aparte de neustra mesa, estaba completamente vacío. Más o menos a mitad de la comida comenzó el personal a poner sillas patas arriba. Ya me dirán ustedes...

En cuanto a aroma y sabor tampoco nos alejábamos del montón. Podía pensar en por lo menos cincuenta sitios donde comer mejores frituras, morcilla, ceviche…

Para acompañar los platos principales decidimos pedir un tinto. La carta no daba mucho de sí. Todo más o menos industrial, tecnológico, aburridísimo. Al final, ante un montón de no-posibilidades, opté por un Benton Lane, Pinot Noir, Willamette Valley, Oregon 2006. Este sí lo recuerdo porque esta bodega era una vieja favorita de mis años doctorales, cuando había poco presupuesto. El vino está un poquito más regordete, redondón y alcohólico que lo que recuerdo de principios de los noventas… Pero bueno, ¿qué no lo está hoy día? Ah, ahora viene bajo tapón de rosca, otra diferencia crucial. Un pinot noir americano correcto, con lo justo de mermeladesco y tostadón.

En fin, otro que se dejaba beber, aunque hubiese preferido echarme  otra cosa. Such is life.

No voy a hablar de los platos que pidieron David y Josie. Creo que la foto que ven de lo que me trajeron a mí, el plato insignia de la casa, lo dice todo: Lechón asado “a la Varita” con arróz con gandules y platanitos sancochados.

Lechón asado A la Varita: Preciosa presentación, ¿eh?

Lechón asado "A la Varita": Preciosa presentación, ¿eh?

De nuevo, una presentación para nada original—de hecho, si consideramos lo mucho que se me parece al mismo plato puesto en una fonda cualquiera, podríamso llamarla mediocre. Incluso, la iluminación de Varita hacía que todo en el plato pareciese de un gris carcelario nada apetitoso. Les remito de nuevo a la foto…  ¿Y de aroma y sabor? Pues, ahí más o menos… Podría uno encontrar mejor lechón asado en cincuenta garitos lechoneros de Guavate, Villa Mella o Hialeah. No me estaban enseñando absolutamente nada. Si la mano de un chef famoso había intervenido en esto, no se notaba en lo más mínimo.

David, en plena narración, amarilleado por las luces.

David, en plena narración.

¿Esto es un restaurante de Wilo Benet? Perdonen ustedes si emito una trompetilla virtual… Como reinvención de comida típica puertorriqueña, nada. De hecho, como comida típica tout court, nada tampoco. Faltaba un montón de duende para hacer de esto algo remotamente convincente. De hecho, faltaba un montón de valor añadido para hacer de Varita algo que remotamente mereciese salir de casa.  “Cogebobos” y “trampa de turistas” fueron expresiones que se oyeron en nuestra mesa repetidamente.

Pero aún en medio de este fiasco estético y gastronómico nos divertimos. David Rodríguez es un singularísimo personaje que nos contó sobre su vida y milagros, sus ideas y planes. Ha hecho vino, quiere incursionar en chocolate orgánico y en un ambicioso proyecto de cafés de internet y bohemia. Vamos, que todo depende del destino y las ganas que le meta al asunto, porque todo suena muy bien.

Encuentros otrabotellísticos del tercer tipo...

Encuentros otrabotellísticos del tercer tipo...

Pero de verdad-verdad debimos irnos a La Perla. O al italianito del barrio de David. O, si de verdad era esencial el cerdo a la vara, a un sitio auténtico en el que la comida hubiese sido mucho mejor y no nos hubiésemos sentido tan fenomenalmente desencantados como en Varita.

Pero bueno, a éste de Wilo Benet debut y despedida.

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