La otra botella

Dos, en casa…

Septiembre 12, 2009 · 5 comentarios

Hace unos días me planteaba un conocido que este blog necesitaba un “archivo de fichas de cata”. Yo en realidad no entendía que existiera tal necesidad. Muchas son las páginas que existen por ahí enteramente dedicadas a fichas de cata y no me veo sumando La otra botella a sus números. En parte esto es porque me gusta contar sobre los vinos que pruebo y consumo como cuento sobre mi vida, de forma fluida, conmigo como protagonista en el mismo medio de la narración. Y en parte es porque me encuentro que lo de las fichas de cata es lo más aburrido del mundo.

Ya, ya… Los adeptos a esas cosas que no se lo tomen a feo. Probablemente a mí me fascinan cosas que para ellos serían sumamente aburridas. Sencillamente, lo de las fichas no es lo mío.

Ahora bien, entra la propuesta hecha por ese conocido a moverme engranajes en el coco. También alguno me ha pedido que mis reportes de bebienda sean un poco más didácticos—vamos, que contengan un poquito más de información sobre los vinos, su procedencia y proceso.

Yo que creía que con dar mis impresiones bastaba… Si escribía algo positivo, quizás podía despertar curiosidad y para el resto, pues, los Google y Wikipedia que la internet nos dió.

Pero se me antoja que, en adelante y en cuanto a mi bebienda doméstica se refiere, voy a documentar más. Por lo menos en la medida en que aparezca información fiable o el marketing aplicado permita exégesis.

EN este plan me acerco a un par de notas de tiempos recientes. Ya ustedes me dirán si les parece bien mi cambio actitudinario.

Creo haberles contado en repetidas ocasiones que la oferta de rosados secos aceptables—no digamos nada de superlativos—en República Dominicana es nula. El par de vinos que aparecen es industrial y carente de duende. Nada atractivo para mí. El resto de la oferta se compone de bonboncitos en plan White Zinfandel que mejor ni pensar… Si quiero algún rosado para el eterno verano dominicano más me vale importarlo a mano yo mismo.

Fue lo que hice con el Domaine du Bagnol, Rosé, Cassis 2008, más reciente añada de un viejo favorito mío.

Cassis es un pueblecito en la Côte d’Azur, entre Marsella y Bandol. Su economía se centra mayormente en el turismo. A un ladito tiene una docena de elaboradores de vino trabajando como 180 hectáreas detrás del pueblo, plantadas sobre riscos de caliza. La producción es mayormente de vino blanco. Poquito más de un 25% del vino es rosado o tinto de cepas de grenache, mourvèdre y cinsault. La altura y los suelos de los mejores viñedos contribuyen a que los mejores vinos posean una frescura y una estructura admirables.

Les anticipo que la idea de rosados mediterráneos densos, sobrefrutales y de acidez justita no aplica aquí en lo absoluto. El color de este Bagnol es un salmón claro con destellos cobrizos. Los aromas son de ciruela blanca, sandía, fresa y frambuesa frescas, con fina mineralidad debajo. En boca entra jugoso, de cuerpo medio y con acidez brillante. Adquiere carnosidad y suelta notitas ahumadas y especiadas en el paladar medio. Muy bonito. Largo posgusto con abundante mineralidad. De verdad que no recuerdo cuántas añadas de este rosado de Domaine du Bagnol he probado, pero mi impresión de su excelencia se mantiene constante.

Un vino delicioso para beber en el Caribe que, sin embargo, creo que aquí pocos aceptarían. Such is life.

Ah, una curiosidad zolaesca sobre Cassis, cortesía de algún buenazo Wikipedista: En el pasado, los viticultores de Cassis, como el área estaba escasa de población, contrataban a prostitutas marsellesas para ayudar con la vendimia.

Las posibilidades narrativas se sugieren solitas.

Otro abierto en casa recientemente fue el Ceretto, “Bernardina”, Nebbiolo d’Alba 2005 y poco faltó para que en la página que le dediqué en mi libreta pusiera únicamente: “¿Quién me manda?” Es que está demasiado joven aún como para dar verdadero placer.

Pero antes de la nota de cata, el rollete pedagógico. Según Sheldon Wasserman en ese maravilloso viejo tomo de referencia que es Italy’s Noble Red Wines, los hermanos Ceretto, Bruno y Marcello, fueron pioneros de la vinificación moderna de nebbiolo allá a principios de los setentas. Los principales avances que incorporaron fueron el recorte de los tiempos de maceración y la fermentación en inox, todo en busca de una estructura tánica más gentil para sus barolos y barbarescos.

En ese mismo espíritu, se oponían a la crianza en barricas bordelesas de roble nuevo por los taninos secantes que impartían a los vinos. ¿Estarían en la cosa, o qué?

A lo largo de las últimas tres décadas la firma de Ceretto ha ido creciendo y haciéndose con parcelas de viñedo. Un viñedo de replantación bastante reciente (1999-2000) es el cru Bernardina de donde proviene este nebbiolo d’Alba. El suelo es de arcilla limosa y arena. La fermentación del vino es en inox con un año en madera de edad y dimensiones no especificadas. Esperemos que a la siguiente generación de Cerettos no les haya dado por las barriquitas. Por lo menos si tomamos este vino como evidencia, parecería que no…

Nariz agradable de rosas desecadas, mentol, cuero, barro caliente, ciruela fresca y cereza negra, con un deje de volatilidad pegamentesca levantando el tono sin molestar. Alguna notita distante de lavanda también. En boca es corpulento, especiado y muy tánico. Un nebbiolo jovencísimo, primario y muy fornido. Te agarra con una mano callosa que aprieta sin piedad y no suelta. Lo probé cuatro veces, en cuatro noches consecutivas, y se fue suavizando poquito a poco, aunque eso es relativo, pues siempre estuvo muy firme. Curiosamente, el plato con que mejor maridó fue una ensalada de alubiones, puerro ancho, remolacha asada y nueces. Quizás los taninos de las nueces ayudaban a cancelar un poco los del vino.

¿Evaluación final? Que esto hay que dejarlo descansar y evolucionar. Por el momento vale si lo que busca uno es anestesiarse los dientes, como cualquier tintazo tánico consumido prematuramente. Eso sí, la pregunta del millón: ¿Envejecerá tan bien este nebbiolo como Jarvis Cocker y este clásico de Pulp?

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