No pude resistir, ya que alguien se encontró el título de mi entrega anterior alusivo a demasiadeces informativas sobre intimidad de pareja… Pero bueno, que voy con más notas de bebienda doméstica, porque me doy cuenta de que, entre crónicas de noches con mucho vino importante, se van reuniendo demasiados apuntes del diario beber. Esos también son importantes. Hay que saber valorar las botellitas que nos amenizan la cotidianeidad dentro del gran esquema de las cosas.
A ver… Tres botellas compradas localmente en Santo Domingo. Tres vinos de lugares muy distantes el uno del otro y de aquí. Primero el Trimbach, Riesling, Alsace 2007. Viejo amigo, este riesling “basico” (ellos le llaman a esta gama “Classic”) de Trimbach, llevo bebiéndolo añada tras añada desde mediados de los ochentas.
Proviene de viñedos alrededor de Ribeauvillé y generalmente se porta muy bien con comida, siendo un riesling muy puro, perfectamente seco y enfocado. Muchas veces he dicho que las bodegas grandes que se las arreglan para producir grandes vinos (Trimbach nos da el Cuvée Frédéric Emile y el excelso Clos Ste. Hune, así como también el encantador Gewurztraminer Cuvée des Seigneurs de Ribeaupierre) tienen la obligación de probar su excelencia no solamente en esos vinos célebres, sino en la gama completa.
Así se ha probado para mí Trimbach desde que la conozco.
Claro, dicho esto hay que puntualizar. A veces la consistencia perfecta que uno espera no aparece. Como en el caso de esta botella de este riesling 2007. Pino y piedras, limón y algo sutil de piel de manzana. Es un vino esbelto, angular y severo. Su posgusto, al menos en este momento, puede resultar a algunos un tanto estridente en cuanto a acidez y mineralidad. Y para que diga yo esto la cosa tiene que ser significativa… Pero no condeno. Está recién llegado y un cruce oceánico puede tener un efecto muy negativo en cualquier vino. Además, con comida se aplaca mucho. Excelente con una ensalada de garbanzos, tomate y gambas.
Ahora, para variar, un tinto. Chileno, encima. Perdonen ustedes, pero muchas veces cuando ando de compras sucumbo al morbo y me traigo a casa algo en lo que no tengo particular fe. Es a ver si me da un susto y sale bueno, vamos… Eso fue exactamente lo que hice con el Errázuriz, Pinot Noir “Wild Ferment”, Valle de Casablanca, Chile 2006.
La pregunta clave aquí era: “¿Qué probabilidades tiene esto de gustarme?” Yo, aventurero, decidí no hacerme con información más allá de la que ponía en la etiqueta (ni siquera quise mirar la contraetiqueta). “Wild ferment” es algo altamente positivo a mi ver. Claro, habría que ver, porque también anunciaba 14.5% de alcohol.
Un vino denso. La nariz comienza con una pestecilla de hojarasca humedecida con tinte de pelo. Luego mermelada de fresa y cereza sobre caramelo envainillado. En boca más o menos lo mismo, pero con la nada bienvenida adición de un amargor campariesco llevado al extremo. ¿Es posible empalagarse con amargo? Aquí, pues, más o menos. Sencillo. Podría hablarles de “buena persistencia” si el posgusto no se viera estropeado por calor alcohólico y elementos de madera que no vienen al caso. O sea que nos quedamos con “persistencia”, punto. Y eso es al principio. Con aire, por alguna misteriosa razón, el posgusto se le recorta. Donde antes había el eco de esa fruta mermeladesca lo único que queda es quemón alcohólico y tablonazo.
O sea que nada de positivo, aunque la experiencia fue decididamente mejor que con aquel horripilante pinot noir de Casillero del Diablo.
Viendo la ficha informativa sobre este vino en la web de Errázuriz, varias son las preguntas que se me suscitan sobre lo que puede haberles poseido a plantar pinot noir en ese viñedo (entiendo que la plantación es de 1996). La explicación—sobre todo si es creativa y no del ideario estándar—podría ser interesante.
Otro vino que, según tengo entendido, es de fermentación natural, es el Fillaboa, Albariño “Selección Finca Monte Alto”, Rías Baixas 2007. Han visto aquí en los últimos meses notas de varias añadas de esto y es porque (a) el importador parece tener excedentes de inventario de por lo menos un par cada vez que me aparezco en su tienda, y (b) el vinito no ha estado nada mal, incluso en el 2003, lo que es bastante decir.
De este 2007 les digo que tiene aromas de polen,arena de playa, limón y manzana dorada. Carnoso, pero ligero de movimiento en boca, con un buen perfil cítrico y salino. El problema con este vino, aunque posee acidez y mineralidad decentes, es que le falta nervio y, sobre todo, tensión. Digamos que aunque resulta inmediatamente agradable, su estructura y sus dinámicas (en el sentido de sonido, aplicado sinestéticamente al gusto) no me convencen. Es un problema de muchos de los mejores albariños en el 2007, al menos para mí. Largo, con la salinidad pasándose a un tonito de caldo de pollo y té blanco al final. En este caso, es cosa de la añada mi inconformidad. Pero, en la ausencia de mis favoritos de siempre, éste sigue siendo el mejor de los albariños que se venden en Santo Domingo.
Como acabo de hablarles parentéticamente de sonido, vale decir que hoy me he leido una de las más profundas y deliciosas discusiones sobre la comparación entre la música y el vino manipulados de la actualidad. No podía ser en otro lugar que Wine Disorder. A los angloleyentes, particularmente si se animaron con el The Daily Adventures of Mixerman que les recomendé el otro día y consideran válido el paralelo entre las industrias de la música y del vino hoy, esto es lectura necesaria.
En lo de bandas que valen la pena, esta mañana mi querido amigo Camilo me envió un e-mail preguntándome si sabía de The Tragically Hip. Y sí, se. Estos veteranos son uno de los auténticos tesoros nacionales de Canada. Tienen un disco nuevo que merece un rato del tiempo de todos nosotros. Este videito me gusta, particularmente por esa cita de Nabokov al principio…
¡Clásico!