Ya, ya. De nuevo con los titulitos sugestivos. Pero es que donde hay dos puede haber tres. Y donde hay tres puede haber tres más, y así sucesivamente. Por eso, un último título en esta onda lúdica para una entrega con notas de bebienda doméstica.
Lo de hoy va con tres italianitos adquiridos localmente en Santo Domingo. Existen aquí algunos microimportadores que traen cosillas curiosas, si bien parecen ver con cierto recelo cualquier sugerencia de que llenen sus portafolios de vinos artesanales de elaboradores pequeños, preferiblemente naturales.
Pues, los vinos no serán todo lo naturales que mi cuerpo me pide, o todo lo esotéricos que pide mi vorazmente promiscuo intelecto. Pero me he encontrado un par de cosas que se dejan beber y no son de los megaconsorcios industriales más omnipresentes de la industria vinícola.
Así, en una me topé con el Vis Amoris, Pigato “Vigneto Domé”, Imperia DOC, Riviera Ligure di Ponente 2008.
Sé que les prometí datos de interés sobre cada uno de los vinos que comentara aquí. Con Liguria y la variedad pigato eso se me ha puesto un poco cuesta arriba. Ni mis libros ni la red me son exactamente pródigos en cuanto a información. Hay alguna que otra mención de que la pigato, de origen griego, es “hermana” o “un biotipo” de la vermentino. Aparte, pues, mínimo de datos sobre la región. De vez en cuando alguien te suelta a lo que debe saber un pigato ejemplar (hierbas, flores, melocotón) y nada más.
Lo cierto es que ni en Nueva York tenía yo acceso a muchos vinos de Pigato. Pocos parecen salir de la región de origen. Este Vis Amoris es un blanquito limpio, luminoso, con notas florales y herbáceas mixtas en la nariz sobre manzana verde, melocotón blanco y una inesperada cosilla de nopalitos en conserva. Además, hay una mineralidad muy presente y fina. Y algo de sencha. En boca lo mismo, aunque el impacto lo hace parecer más simple que en la nariz. Fresco y directo. Posgusto que tira hacia el lado largo de lo breve. Una ensalada con gambas y aguacate lo agradeció mucho.
Tengo las notas de los tres vinos delante ahora mismo y advierto que algo tienen en común, aunque son de distintos colores: El trio es adriático de origen, comenzando por el pigato y siguiendo a Le Marche con el Marotti Campi, “Orgiolo”, Lacrima di Morro d’Alba Superiore DOC 2006.
Por un momento dudé sobre si la vida en Santo Domingo me ha hecho bajar demasiado mis estándares en cuanto a vino de beba frecuente se refiere. Lo digo porque de un tiempo a esta parte tolero cosas que antes hubiese rechazado inequívocamente. Este lacrima ve redundante barrica, vicio que molesta, pero no lo suficiente como para hacerme olvidar sus virtudes.
Sabroso tinto de cuerpo medio, vivaz y amigable con comida. Se mueve muy bien y te invita a beber. Si no estuviesen ahí esos tonillos vagamente incordios de chocolate y tostaditas a un lado hasta se me hubiese parecido un poco a aquel maravillosa cuvée multivarietal “Orbello” de Sella en el norte de Piamonte. Aquel fue mi “pizza wine” en casa durante buen tiempo y tengo que haber consumido un par de docenas de botellas mientras aparecía en mis tiendas neoyorquinas favoritas.
Pero concentrémonos… ¿Qué fue lo que me gustó del lacrima? Una nariz fresca, vibrante, con aromas de fresas, frambuesas y violetas. La madera, como dije, hace su necia bullita tangencial. Pero nada grave. Se puede ignorar. El aspecto de violetas es particularmente atractivo, levantando el tono de la fruta. En boca entra ligero y fresco, con la misma vivacidad frutal dejando entrever notas de canela en rama y jengibre en conserva (el que te ponen con el sushi). La madera se hace sentir un poquito en taninos un poquito secantes que afectan el posgusto. Pero con aire el vino va abriendo y abriendo y esa impresión astringente se te olvida. Una botella se va en nada si tienes a dos comensales en la mesa. Delicioso tintito.
Por cierto, una segunda botella de este Orgiolo abierta tres días en la nevera la madera parece integrarse muy bien. La fruta sigue en lo suyo, sin deterioro, y las notas especiadas armonizan mucho mejor que recién descorchada la botella.
¿Didáctico? Pues tampoco es que libros o Google den mucho sobre la pintorescamente nombrada variedad lacrima di morro. Lo de “lacrima” le viene por la fragilidad de su piel, que tiende a agrietarse dejando salir “lágrimas” de jugo que chorrean por los racimos en la vid.
El tercero de los vinos ya lo he reseñado aquí un par de veces anteriormente. El Masciarelli, Montepulciano d’Abruzzo 2006 es un tinto corpulento, madurón y sencillo que me han servido unas cuantas veces en diversos contextos en Santo Domingo. Es un vino de precio módico, considerando que en el mercado local hay muy poco potable—mucho menos interesante— que te baje de los US$15.
Lo que me hace repensarlo es que en una de las visitas a ese templo neoyorquino del vino natural, biodinámico, superauténtico y hardcore geeky que es Chambers Street Wines… ¡Allí estaba el Masciarelli!
No se equivoquen ustedes sobre la legitimidad que para mí confiere a un vino el que ocupe espacio de estantería en Chambers. Ya ven, soy influenciable—no por críticos pu(n)tones, sino por la esmerada labor curatorial de comerciantes amigos con exquisito criterio. Gente muy seria, encima.
La cuestión es que al llegar a Santo Domingo de mi último viaje a Nueva York me tentó volver a probar con calma este montepulciano de 13% de alcohol, fermentado y envejecido durante veinte meses en acero inoxidable.
Nariz limpia y franca de cereza y ciruela fresca con sobretonos de cáscara de maní, cocoa amarga y barro caliente. Carnoso en boca, uvoso y especiado. Taninos masticables y buena acidez en un posgusto satisfactorio. Un tinto corpulento que se deja beber bien. Limpio y honesto en sus intenciones, que son un buen chuletón y una mesa amistosa.
Ya ven ustedes, tres vinitos que compré en Santo Domingo y que puedo volver a comprar. Queden ustedes ahora con un videito de Grand National, una de esas bandas geniales que amenazan con pasar por la vida sin descubrirse…