Archivo diario: septiembre 19, 2009

$$, ó $$$, ¿pero por qué no “$”?

El ejercicio de especular en torno al “Misterio Pancho Campo” (sólo así puede llamársele, pues en realidad los datos, las aclaraciones y las defensas o acusaciones  respaldadas por evidencia inequívoca son casi nada) es divertido, hay que decirlo. También divierte lo de especular sobre el intelecto y las motivaciones de las entidades riojanas que tanta fe tienen en la primera visita oficial a España de Robert M. Parker Jr. como solución del declive de ventas de vino…

Pero soy como soy y no me satisface únicamente divertirme. Me va más el cervantino “deleitar edificando”. Si mis diversiones especulatorias llevan a lecciones utilizables con respecto a los frijoles de la vida material, pues, soy más feliz.

Y no, antes de que me protesten, lo que sigue no es non sequitur. Resulta que soy dado a ciertos ejercicios académicos que bien pudiesen ser calificados como “masocas” por quienes me leen. Por alguna razón se me metió en la mente la temática de una entrada de hace mes y pico en La otra botella, titulada “Economía doméstica”, En ella daba notas de cata y ponderaba lo que cuesta esto de ser aficionado del vino hoy día, sobre todo si uno encima es bloguero… Pues decía que se me metió en la mente el asunto y estaba yo anoche en el supermercado, buscando material para un fatoush, que era lo que me apetecía cenar.

Llena la canasta me dí a ver vinos. La selección no estaba en mucho. El mismo enotedio de siempre. Pero se me antojó, por lo de mantenerme al día, mirar los rangos más baratex de lo disponible.

En los ochentas, cuando yo me inicié en esto del vino, te comprabas vinitos muy decentes de diversos rincones del mundo por tres o cuatro dólares. Aunque mucho se ha cacareado sobre los avances viticulturales y enológicos de ese tiempo a esta parte, que supuestamente hacen de la actualidad un “gran momento para ser entusiasta del vino”, etc., yo añoro aquellos tiempos pretéritos, particularmente por lo pequeño que tenía que ser mi presupuesto para beber bien cada noche.

Ví en el anaquel del supermercado una botella cuya etiqueta desconocía: Trapiche, “Astica” Sauvignon Blanc-Semillón, Cuyo, Argentina 2008. Costaba 302.50 pesos dominicanos, el equivalente a US$8 más o menos. Ese parece ser el “fondo” en cuanto a vino aceptable aquí en Santo Domingo. Imaginé—suelo hacerlo—a una persona joven, entusiasmada por la idea de ser “enófila”, pero sin los US$20-30 que parecen ser la tarifa mandatoria para cualquier vino remotamente interesante aquí. ¿Qué le queda a esta persona para cultivar su “enofilia”?

Compré el Astica de marras, entre otras cosas porque me hacía gracia lo de “semillón” en la etiqueta. Una hispanificación diacrítica del nombre de la variedad que probablemente muchos no advirtieran. Pero a mí me daba risa. Gran semilla.

¿El vino? Pues no mucho más allá de néctar de piña Goya™ en cuanto a aroma y sabor. Perfectamente pulido, con acidez refrescante y un dejecito de azúcar residual impartiendo golosería. Técnicamente es una bebida muy bien hecha. Se supone que pulse ciertos botones básicos en el consumidor y cumple.

Pero si de esto consistiera mi dieta vínica diaria creo que me moriría del aburrimiento.

¿Que ya he dicho esto antes? Pues sí, en muchas ocasiones. Que este tipo de producto industrial ultrasaneado y sin tan siquiera la más mínima huella de carácter sea lo que el “enófilo” que no tiene la treintena dolarera para soltar cada vez que le apetece una botella la verdad que parte el alma, sobre todo si uno compara con aquel pasado. Quizás idealizo aquellos tiempos, pero por lo menos había vino que beber a precios asequibles para casi cualquiera, en vez de tanto producto de puntos y marketing orientado a bolsillos de rico.

No hay quien me diga a mí que la influencia de Parker y los demás creadores de opinióncomo él—propulsadores del reclamo mercadológico “prestigista” tan popular actualmente—no tienen culpa en cuanto a incrementar el
“valor-fetiche” de una inmensa cantidad de vinos
, al punto en que casi todo hoy por hoy en el vino es “valor-fetiche”. No hablemos de costos de producción, ni de inflación, ni de tasas de cambio: Básicamente el encarecimiento rampante del vino en los últimos quince años se lo debemos a fetichismo desenfrenado.

Y ahora los riojanos buscan la respuesta a sus problemas precisamente en el responsable de haber promovido el vino hacia la impagabilidad. ¡No joooooodaaaaaaaaaaan!

Una mejor estrategia de la industria riojana—y española en general—para capear la crisis bien podría ser concentrarse en dar al mundo vinos de verdadero carácter a precios verdaderamente asequibles. Olvidarse del fetichismo, la pijería, el lujismo y todo lo otro de terrible engendrado por estos años tontos sería lo más lógico. Revisar la estrategia comercial, bajar los precios elevando la bebibilidad…

Pero vamos, como que no lo veo tan factible, dada la actitud de la industria.

S;olo una reflexioncilla de tarde de sábado, antes de irme a comer.