Archivo diario: septiembre 21, 2009

OB200: El porqué de las cosas…

Me dijo un amigo bloguero la primera vez que anuncié la entrada #100 de La otra botella, maravillándome de lo rápido que había ocurrido desde el inicio del blog, que más increible aún era lo que tardabas en llegar a la segunda centena.

No tardas nada, básicamente. Esta es la entrega #200 de este blog bajo su propio URL y coincide—para multiplicarnos la celebración—con el primer aniversario de aquel “gemido de independencia” que me salvó de abandonar mis actividades bloguísticas.

Pero el cambio de piel vino bien y aquí estoy, aún vivo y aún entregado.

No que quiera yo estropear los ánimos, pero se me ocurre preguntarme: ¿Y por qué? ¿Qué diablos puede motivar a uno a crear contenido de la forma en que lo hago?

Porque dinero, lo que se dice dinero, esto no produce en lo absoluto. Más bien cuesta. Y escribir con sinceridad ha tendido a ganarme más enemigos que amigos en el mundo del vino y la gastronomía.

¿O sea que por qué?

ALguna vez mi buen amigo mexicano Benjamín Berjón me mandó un mensaje pidiéndome mis consejos sobre su propio blog, Gota a gota. Me hacía la pregunta que ahora repito yo: ¿Por qué? Yo le prometí que le dedicaría una entrada de La otra botella, pero fuí postergándola. Casi me olvidaba de la intención cuando, de repente, estaba en 200 y tenía un par de espinitas propias que sacarme en cuanto a mi actividad blogueril. O sea que Benjamín, amigos, aquí va…

Otro buen ciberamigo, Jose Giménez, compartió conmigo este pasado fin de semana a una entrada fenomenal de La Guarda de Navarra, que a su vez me refería a una columna en Sibaritas escrita por un antiguo amigo convertido ahora en otra cosa un tanto menos grata, Don Víctor de la Serna.  El artículo de Víctor acaba siendo—al menos por lo que indican las citas publicadas por Guarda—una diatriba contra los blogueros que le deja sonando más o menos la misma corneta que sonara hace poco Anthony Dias Blue.

Los blogueros del vino somos unos resentidos sin estándares profesionales que queremos sustituir a la “crítica profesional” de vinos, etc., etc., bla, bla, bla. Y al final el “pull quote” es: “La inmensa retahila de blogs no puede sustituir a la crítica profesional y competente como ayuda al consumidor.”

Seme antoja leer esto más como una aseveración autosugestiva de Víctor, un periodista y crítico profesional que a la vez es bodeguero. Si repetimos mucho que “no puede suceder” va y no sucede. O algo así.

Pero la realidad es que llega un momento en que me jode que me hablen del “consumidor” como si fuese una entidad ajena a mí. Yo, a fin de cuentas, soy eso en el mundo del vino: Un consumidor. No me gano la vida con el vino. El vino es para mí alimento a nivel físico, intelectual y espiritual. Tras ya más de una veintena de años entregados al consumo diario de ese alimento crucial, he aprendido alguito, aunque reconozco que me queda un universo por aprender, pues así ha sido, es y será siempre el vino como estímulo para mí: Inmenso.  Escribir sobre vino es un derecho que tengo, en la medida en que mis experiencias me gustan o me disgustan.

¿Por qué el blog?

Por compartir. Por intercambiar experiencias con mis semejantes. Por continuar aprendiendo. En este espacio ocurre la crítica del vino y su cultureta actual como ocurriría en la cocina de mi casa, o en un bar, o en un restaurante, o caminando por la calle. Quien me lee, oye mi voz y entiende mis principios, pues entre amigos no hay necesidad de ocultar nada. No me las doy de “imparcial” ni de más listo o preparado que nadie. Mi crítica es una crítica llevada al plano de la vida real, de lo necesariamente honesto por inmediato (utilicemos esta palabra en todos los sentidos posibles a partir de su raíz).

Si alguien que me lee confía en mis criterios y se guía por mis opiniones, en vez de comprarse el último número de una revista, pues, veo como eso puede joderle un poco a los “profesionales”. No es mi intención interferir con el pan de cada día de ellos, ojo. Si demuestran su valor por encima de lo que escribo yo aquí, pues santos y buenos, nada que temer.

Noten que mantengo la primera persona del singular muy en alto. Hablo a partir de mis sensaciones, emociones e ideas. Y quienes quieren cuestionarme siempre tienen acceso directo a mí, sea su posición coincidente u opuesta a la mía. Acceso inmediato la mayoría de las veces.

Se me ocurre que eso es algo cuyo valor los “pros” no acaban de comprender. Los medios tradicionales obligaban a una distancia entre el cronista o crítico y su público. En el caso del crítico lo convertían en un peculiar sujet supposé savoir con una opinión más informada, ergo más válida que la del ciudadano de a pie. Encima estaba el mito de la imparcialidad de los medios… El “consumidor” debía permanecer en la distancia, el blanco al que apuntar.

Pero las cosas han ido cambiando, las distancias y el tiempo de tránsito de la información reduciéndose. Si leo o escucho un juicio y me suscita más preguntas que certezas, necesito respuesta. Si alguien dice que algo es esto o aquello y yo no me lo trago, quiero interactuar con el que dijo. Así de simple, Así de inmediato. Entre amigos. Con las manos sobre la mesa.

Ya, ya… Ver las cosas así tiende a precluir los dioses y, sobre todo, los endiosamientos.

Cosa que no puede sentar muy bien a la tribu de “críticos profesionales” que andan por ahí, muy endiosados, pregonando su competencia, su ética, etc., que obviamente ha de ser superior a la de alguien que viene y autopublica. Pero… ¿Lo es? En realidad quien queda como más creible y fiable en este éter es quien más puede respaldar lo que dice, quien prueba su honestidad a cada paso. Si te cuestionan, contestas. Es refrescante, ¿no?

¿Se dan cuenta de por qué el blog? En gran medida es por el increible disfrute de formar parte de dinámicas sociales en un franco proceso de mutación, de evolución. No sé si esto “es el futuro”, pero como presente es una gozada.

200 entradas. Un año en este espacio. Esta semana beberé bien. Y sonaré algo de buena música festiva…