Al que tenga ojos…

Un tema perennemente contencioso en casi todos los círculos enómanos que conozco es el de la cata “a ciegas”. Yo dejo clara mi posición a la primera declarando: “¡No me joooooooooooooooodaaaaaaaaas, por favor!”

Puede ser porque allá por el 2000-2001 me pasé unos meses completamente ciego a causa de un par de desprendimientos inoportunos de retina (una experiencia nada agradable ni productiva, lo juro), pero la idea de hacer lo que sea “a ciegas” me repugna. Encima, nunca he quedado convencido de que catar “a ciegas” sea tan justo y benévolo como me lo pintan los defensores de la práctica.

Por si acaso no se han dado cuenta aún, esto vuelve rapidito hacia el artículo de Dr. Vino sobre la reciente cata “a ciegas” de burdeos del 2005 en la que el gran gurú norteamericano del vino y catador “a ciegas” de legendaria destreza (además de ser la estrella indisputable y fervientemente anhelada del Wine Future Rioja 09), Robert M. Parker, Jr., no puso una…

Dr. Vino, que es un hombre muy astuto y a cada rato dice cosas sapientísimas, me ha brindado el mejor argumento anti cata “a ciegas” que he visto en buen tiempo. Así, inocentemente, lo puso sobre la mesa de manera que uno no  tiene más remedio que darle la cara.

Pero a ese argumento llegamos en un momentico. Antes, algunas consideraciones.

La cata “a ciegas”, según alegan sus defensores,  “elimina los prejuicios del catador” y facilita una valoración más “objetiva” del vino. Eso es algo que no puedo tragarme. Los seres humanos tenemos la desdicha—o dicha, según se vea—de no poder desligarnos de nuestra personalidad, o sea, de nuestra entidad como sujetos. Intentar “neutralizar” nuestras proclividades personales y nuestros gustos es un ejercicio en la más abyecta futilidad. Usualmente considero lo más prudente desconfiar de aquellos que se autoproclaman “imparciales” u “objetivos”. Como alguna vez dijo Oscar Wilde, sólo se puede ser verdaderamente imparcial sobre algo que a uno no le importa en absoluto. Y el hecho de sentarse a catar de por sí ya indica que el vino importa, ¿no?

Vamos un poquito más lejos y nos imaginamos la cata “a ciegas”. ¿Será un catador, por menos que sepa sobre la identidad de un vino, capaz de dejar atrás la preferencia natural que siente hacia—o, igual, la repulsión natural que le causan—vinos de color profunfo, con mucho cuerpo, baja acidez, toneladas de madera, etc.? ¿Podrá dejar de favorecer o repudiar un tipo de vino en específico que en la vida real le causaría deleite o asco?

Al menos para mí es imposible visualizarlo.

Luego está lo de catar “a ciegas” por lo de no impresionarse con el pedigrí de un vino y así sobrevalorarlo. Digo yo que aquellos valoradores de vinos que de verdad se dejan influenciar por tales cosas carecen de la disciplina suficiente como para hacer sus juicios verdaderamente valiosos. Ojo, no es que aquí venga un traspiés mío que retroceda hacia cualquier pendejada sobre “objetividad”, no señor. La plabara que acabo de utilizar, muy a sabiendas, es “disciplina”, O sea, disciplina aplicada a conocer los propios prejuicios y cualquier tendencia personal para poder incorporarlas de forma intelectualmente honesta a la valoración que se da de tal o cual vino.

O, puesto más concisamente: Puedo saber que este vino es Château Lafite y no dejarme cegar por el prestigio. Es más, mi experiencia con esa bodega y mis conocimientos sobre las circunstancias de la añada a evaluar podrán informar mi juicio, dando contexto y profundidad a mis impresiones de cata. Porque una fila de “descriptores” de flores, frutas, especias y cualquier otra tontería evocadora, seguida de un numerito sirven de muy poco. No dan nada más allá de la impresión más banal sobre un momento en la vida o muerte de un líquido anónimo.

¿Será tan incomprensible que no me trague que eso sirve para algo? A fin de cuentas, lo que estoy “evaluando” al catar es el nivel de satisfacción que me da el vino a mí en un momento específico. Nada más. Porque va y alguno quiere hacerte creer que es otra cosa…

Los principales defensores de la cata “a ciegas” en tiempos recientes son los prescriptores y creadores de opinión a quienes responsabilizo yo por haber convertido la cultura del vino en una cultureta sin alma, centrada en puro fetichismo y fomentadora de la mentecatez absoluta por parte de un “consumidor” patéticamente borreguil y desinformado. Ya saben, “instituciones” como los Robert Parkers y los Wine Spectator de este mundo.  A la labor de esos proponentes de la ceguera debemos la banalización decontextualización y banalización del vino.

Parecerá un salto imaginativo el conectar todo esto, pero me parece que mucho tiene que ver esta con juzgar anónimos con la destrucción del contexto y la identidad del vino.

Y así, a lo que iba… Lo que dijo Dr. Vino que me hizo sonreir y ponerme a pensar:

Claramente, hay algunos enólogos que han impulsado un estilo de hacer vino que da vinos potentes y extraidos, amplificados con roble nuevo y los consiguientes taninos de madera. A veces esa forma de hacer vino puede ocultar la variedad de uva y el lugar de origen a tal punto que uno puede confundir un cabernet con un merlot, un Médoc con un Pomerol. Y en una cata a ciegas, un vino delicado y/o cerrado como el Haut Brion puede pasarlo muy mal si le toca turno entre dos vinos opulentos como el Pavie y el Pape-Clément.

El estilo de vino que logra las grandes notas en las catas “a ciegas”, añade Dr. Vino, irónicamente dificulta muchísimo la fase “identificatoria” de la cata. Elementos formulaicos (hipermadurez, extracción, madera) que “ganan puntos” desplazan el carácter y la originalidad del vino a la hora de catar y… Bueno, y nos quedamos con lo que nos quedamos: Uno montón de vinos idénticos, indistinguibles unos de otros al punto que el gurú supercatador confunde el antedicho Médoc con un Pomerol.

Mucho  dárselas de hacer las cosas “a ciegas” puede tener el nefasto efecto de hacer que deje de importar el espectro  entre la luz y la oscuridad.

Esta pueden anotarla como una nota al calce de Las 12 cosas que más joden a Camblor de la cultureta actual del vino. A mí, menos ceguera y más honestidad intelectual, por favor.

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12 Respuestas a “Al que tenga ojos…

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  3. Yo no creo en las catas a ciegas para valorar un vino, porque los auténticos suelen despuntar por algo y al final ganan las producciones masivas que sacan vinos más integraditos y planos.

    Si me olvido de los “sobres”, a veces es la única explicación que encuentro para que determinados productos tipo coca-cola ganen tantos concursos. En fin…

    Pero sí creo en la cata a ciegas para jugar entre amigos, para desmontar mitos o para bajarle los humos a algún que otro gurú.

    Saludos,

    Mariano

  4. Pedro Barrio

    He sido durante mucho tiempo un ferviente defensor de la cata ciega pero, aunque me sigue pareciendo un ejercicio divertido entre amigos, hace años que pienso que es una cata desorientada y frecuentemente injusta; el conocimiento de la historia y circunstancias de la botella, el vino y su productor deben aportar el contrapunto necesario para una valoración adecuada. Por supuesto, debe darse otro elemento: la preparación, honestidad y disciplina del catador.
    Recuerdos desde La Rioja.
    Pedro Barrio.

  5. Pues yo si estoy a favor de las catas a ciegas en la valoración de los vinos. Aunque claro está, los vinos integrados han de estar servidos en el punto óptimo de apertura, temperatura y ordenados de forma coherente.
    Esto no significa que este en contra de las catas abiertas, todo depende del momento y el porqué…

  6. Manuel Camblor

    HOla Pedro, bienvenido.

    La cata “a ciegas” como juego entre amigos puede ser sumamente divertida. Incluso puede ser sumamente educativa a la hora de afilarle a uno los poderes de observación y deducción. Pero másallá de ahí atribuirle el estatus de “la única manera honesta de evaluar un vino en un grupo de semejantes” (que es lo que hacen gente como Parker, los del Spec, etc.) me parece altamente especioso.

    Jorge,

    Dado que la mayor parte de las veces podemos contar con que esos “vinos integrados” no van a ser servidos “en el punto óptimo de apertura, temperatura y ordenados de forma coherente” (mira lo que le pasó a Parker con el Haut-Brion puesto entre el Pape-Clément y el Pavie; ojo, que en otra época poner Pape-Clément y Haut-Brion juntos, como vinos de Graves, no hubiese sido ilógico, pero bajo Bernard Magrez y Michel Rolland hemos visto la horterobodrificación pomerolística del Pape-Clément al punto en que ahora es irreconocible tanto como Graves como como Pape-Clément.

    Insisto en que lo del valor de la cata “a ciegas” es otra que nos han vendío los vivales de la cultureta…

    M.

  7. Gabriel Haro

    Bueno a mi me gusta beber y disfrutar de un vino. Tampoco me ha gustado los enfrentamientro entre vinos, lo veo poco etico. ¿Cuando compramos algo nunca lo hacemos a ciegas, y aqui entran nuestros posibles perjuicios’ no compramos cun coche a ciegas, como tampoco compramos ningun bien de consumo de esta manera. Porque tenemos que valorar otra cosa.

    Nosotros pondriamos un vino en una carta de un restaurante completamente a ciegas, el que mas nos ha gustado a ciegas, y este resulta que es de una macrobodega.

    Salud.

  8. Manuel Camblor

    Gabriel,

    No creo que el problema de la cata “a ciegas” sea de orden ético, sino más bien lógico. Esto lo digo en particular por todos los que se caen de nalgas defendiendo la cata “a ciegas” como único formato justo de evaluación de vinos. Una cata “a ciegas” quizás funcionaría en una línea de control de calidad de un producto que aspira a perfecta consistencia y homogeneidad, para determinar que se cumplen los parámetros (y esto no científicamente, sino de forma enteramente subjetiva) organolépticos en cada muestra.

    Pero de ahí a que pueda uno determinar que vinos que esencialmente son distintos por ser de terruños y bodegas distintas puedan ser superiores o inferiores a otros como que no da el impulso para el salto.

    M.

  9. Hola Manuel,

    Casi siempre me parece bien lógico todo lo que escribes pero en este caso no estoy muy de acuerdo. Suena un poco como decir que dado que no se pueden evitar al cien por ciento los accidentes de tránsito, dejémosnos de intentar y no usemos ni cinturón ni airbag ni ninguna de estas cosas ni tampoco sigamos las reglas del tránsito.

    Yo en todo caso tengo super claro que la etiqueta tiene una influencia en mi experiencia de degustación. Cuando sé que se trata de un Cabernet Sauvignon del Maipo, tengo más probabilidad de encontrar una nota mentolada porque sé que por tipicidad de terroir podría estar allí entonces “chequeo” si es así. Claro, no me impide de constatar que muchos Cabernet Sauvignon del Maipo modernos no tienen esa nota porque siento solo madera, pero la referencia es una expectativa previa. Igual con el Lafite que mencionas: puede que con la etiqueta abierta no cumpla con mis expectativas pero igual la etiqueta es una referencia previa a la degustación propiamente tal. Otro ejemplo: hace poco tuvimos en nuestro grupito una cata de chilenos más o menos antiguos (años 80/90) con Burdeos de clase media de la misma época. Creo que la evaluación de las virtudes y defectos de estos vinos ganó mucho al no saber cual era cual.

    Enfin, no es necesario creerse el cuento de la objetividad absoluta en la evaluación de los vinos para encontrarle ventajas a las degustaciones a ciegas en muchos casos.

    Saludos, Gerhard

  10. Manuel Camblor

    Gerhard,

    Gracias por el intento de reducirme al absurdo, pero no gracias… :-)

    Establezco mis razones para no creer en la cata “a ciegas” como “mejor modo de evaluar el vino”, pero no descarto su potencial como juego entre amigos, como divertido truco para fiestas en las que sorprendes a las chicas identificando vinos como si fueras todo un Sherlock, etc. Cada cosa tiene su uso.

    Me parece que un acercamiento mucho más intelectualmente honesto a catar es asumir los preconceptos, las preferencias y todo el saber adquirido a través de la experiencia por el catador. Eso no se puede dejar fuera. No se enciende y apaga con un interruptor. Aún sin la etiqueta vista, miras la capa opaca de un vino negruzco y puedes asumir muchas cosas. Hueles el pestazo a madera nueva y asumes otras. Etc., etc., todo basado en un conocimiento y en unas ideas que, al fin y al cabo, te definen como catador. Aceptar eso y saber trabajar con y en torno a ello es, me parece, mucho más productivo. Si el Lafite no concuerda con mis expectativas, tengo el contexto comparativo y saco conclusiones informadas y potencialmente mucho más útiles que si el vino me es artificialmente “desconocido”.

    M.

  11. Manuel, está bien, estoy de acuerdo con “asumir los preconceptos” (y creo que nunca he dicho lo contrario) pero creo que hay una diferencia entre los preconceptos que vuelven a surgir desde la copa a los que lo hacen desde la etiqueta. Saludos, Gerhard

  12. Manuel Camblor

    Gerhard,

    En el peor y el mejor de los casos, la etiqueta es un marcador de “valor fetiche” (me disculpo de antemano por traer de nuevo a colación los conceptos básicos de economía marxiana, pero es necesario). Puede ejercer más o menos influencia sobre quien se ve ante la botella, pero es el deber del catador serio moderar su propia impresionabilidad y utilizar solamente la información pertinente a posibles características inherentes y otras condicionales en el vino.

    Digamos que un catador que se deja impresionar por una etiqueta de, digamos, Screaming Eagle, no es particularmente de fiar en cuanto a la evaluación que dará. Lo comparo con un “periodista” que se dejara impresionar por un título nobiliario o por el estrellato de una figura a la hora de entrevistarla. Si se olvida de su responsabilidad y deja de hacer las preguntas importantes, aunque creen tensión con su entrevistado/a, no sirve. El buen sacador y evaluador de información es capaz siempre de sobreponerse a una etiqueta, sea cual sea el poder sugestivo de ésta. Es capaz de evaluar valor fetiche y valor de uso sopesando los puntos en que ambos se intersectan.

    Creo que da para comentarios mucho más confiables al final, la verdad. Pero eso soy yo, que soy raro… :-)

    M.

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