No sé por que será, pero los mejores importadores norteamericanos de vino—los que se dedican al vino de verdad, natural y de producción artesanal—son en su mayoría excelentes escritores. Está el caso clásico de Kermit Lynch. Y ese confeso “escritor frustrado” convertido en gran bloguero que es mi amigo Joe Dressner. Hasta Neal Rosenthal tiene un libro que, aunque fallido, se deja leer. Y claro, está Terry Theise, cuyo catálogo anual de vinos alemanes, austriacos y champañas es edificante delicia de tantos de nosotros.¿Habrá una conexión entre la imaginación del escritor y la del buen seleccionador de vinos? ¿Será que el vino de verdad, al tener siempre una importante historia que contar, despierta por contagio el talento literario de estos hombres?
Recientemente, Theise publicó un interesante artículo en The World of Fine Wine donde predicaba la necesidad de un “código de valores” a la hora de apreciar el vino. Enumeraba unas cuantas cualidades cruciales en el vino, de entre las cuales se me quedaron las siguientes líneas zumbando en la cabeza:
La distintividad confiere validez. David Schildknecht ha escrito: “Los vinos con distinción son vinos de distintividad”. La razón por la cual algunos permanecemos fríos a la escuela de hacer vino en plan “consultor internacional” es que sentimos que los vinos que produce, pese a su origen, pese a su origen, son estampados con una cierta receta, sin importar los ingredientes en las diversas alacenas, de manera que nos encontramos vinos grandes, de fruta muy madura y envejecidos en roble de tal uva aquí y cual región allá—muy mucho de una muchedad. Míralo así: Tú o yo podríamos desear parecernos a Jake Gylenhaal, ¿pero desearíamos que todos los hombres se parecieran a Jake Gylenhaal? ¿Cómo los diferenciaríamos? Ni siquiera creo que sea posible considerar la cuestión de la “grandeza” en el vino hasta que se establece lo que un vino tiene de único. No es suficiente que el vino tenga pasaporte, debe tener certificado de nacimiento. Prefiero beber algo que sepa a algo y no a todo. Cualquier cosa puede saber a todo—y frecuentemente así es, y me resulta un coñazo.
-Terry Theise, “Values In Wine” en The World of Fine Wine No. 23, p. 112 (Mi traducción)
He estado oyendo mucho en estos últimos días las frases “educadores del vino” y “educar al consumidor”. Paradójicamente, esas frases tienden a venir de gente que aboga por un estilo de vino evaluable numéricamente, hecho por receta, todo igual. La labor del “educador del vino”, cuando la materia que enseña se reduce al absurdo es… ¿Qué?
Hace muchos años, cuando a mí comenzaron a explicarme el vino, todo era distintividad, diferencias que identificaban a individuos, identidad, diversidad. Hoy día parecería que los poderes del mundo del vino van a lograr eliminar eso. Lo que importará, si triunfan, es el fetiche adherido a potingues idénticos con branding artificioso.
Pero quedan vinos de distintividad. Quedan vinos que te hacen vibrar por lo que son en sí y no lo que pretenderían ser.
Así, por ejemplo, un tintito digno de celebración, el Stéphane Tissot, Trousseau “Singulier”, Arbois 2006. “Digno de celebración”, digo, por ser una de esas botellitas que me traigo yo en el equipaje cada vez que vuelvo a este país donde ahora vivo. Las guardo para cuando quiero sentirme extra-bien y recordar que el mundo puede aún dar cosas bellas.
La trousseau es autóctona de esa región de maravillas vínicas que es el Jura. Por alguno de esos misterios de la naturaleza, también se da en Portugal, donde vive bajo el peculiar nombre de bastardo. Es una uva que me ha fascinado desde la primera vez que la probé (era un trousseau de Domaine Ganeval, recuerdo) y de la cual no me canso de probar ejemplares, todos expresivos y deliciosos. A Stéphane Tissot le conocía más bien por los vinos blancos—particularmente un divino chardonnay sumamente elegante y mineral—que hace en la bodega de su familia. No había probado tintos. Hasta ahora.
Inicialmente, la nariz de este “Singulier” es tímida. Toma como una hora y media de aire para comenzar a desplegar sus bondades, pero la espera vale la pena. Aromas muy vivos y puros de fresa y arándano frescos, heno, jazmín, humo y pimienta blanca, con una poderosa onda mineral detrás que por momentos me sugiere tonos entre talco y tierra.
Huele rico. Huele a que quiere que lo bebas.
Ligero y firme al paladar, replicandon los aromas con impresiones frutales, especiadas y minerales muy precisas. Largo, etéreo, con notas de té verde y piel de ciruela. Un vino con muchísimo nervio que a la vez acaricia delicadamente. Mi descripción no puede hacerle justicia, pero la huella que me deja en la memoria es lo que es, singular, distintiva. Lo que importa no son los aromas y sabores análogos a algo, sino las relaciones entre una cosa y otra, entre elementos de superficie y estructura, de lo que provoca a los sentidos y lo que provoca al intelecto. Alguna vez, educar sobre vino era darle a uno las herramientas para negociar lo inefable.