Cuando llegué a aquella importante universidad en el noreste de los Estados Unidos para iniciar mis estudios doctorales en literatura comparada, me encontré con algo muy raro. Aunque la inmensa mayoría de mi experiencia universitaria anterior había sido en literatura inglesa, norteamericana y francesa, los poderes del departamento al que ingresaba estaban empecinados en hacer de mi su latinoamericanista. Nada me disponía particularmente a ello. Aunque tenía sólidos conocimientos sobre muchos importantes libros en lengua española, distaba mucho de poder llamarme especialista. ¡Pero soy cubano, qué carajos! Eso les bastaba a mis profesores-en-jefe.
Una sobredeterminación-a-partir-del-exterior muy similar me ocurrió en el tema del vino cuando me iniciaba en aquellos primeros foros de debate de mediados-finales de los noventas. Entraba un tipo con nombre latino y automáticamente a preguntarle de vino español o chileno (los vinos argentinos, uruguayos, etc. aún no se llevaban mucho en aquel entonces).
Ahí mi suerte fue que de verdad tenía experiencia. Cuando comencé a apasionarme intensa y profundamente por el vino era un estudiante universitario, con todas las trabas presupuestarias que ello implica.Corría 1986-1987, No había mucho money. Aunque de vez en cuando ahorraba mi platica y me daba el lujo de un gran burdeos (en aquellos tiempos comprabas un buen cru de Pauillac o Margaux por veinte dólares) , por fuerza mi consumo diario–y, consecuentemente mi educación–se vió orientado a vinos de Rioja y otras zonas españolas que en aquel momento comenzaban a darse a conocer. España me daba muchos vinos de verdadero placer a precios excepcionales. Yo exploraba y exploraba, descubriendo maravillas que no tenían nada que envidiar a vinos franceses del doble o el triple del precio. Aunque la imitación bodeguera ocurría y había gente intentando hacer reservas riojanos en, digamos, Extremadura, te ibas de una región a otra en España y los vinos tenían identidad, tenían duende propio. En mi esfera juvenil de hedonismo realista ajustado a la verdad de un presupuesto de chico de diecinueve, España era una maravilla.
Le damos a fast-forward y aparecemos veintipocos años después, en el clima actual. Hay una inmensa, devastadora crisis económica global. El vino español que tan interesante y atractivo era, por su carácter, su diversidad y su buen precio, ya no lo es. Lo que antes creí conocer, ya me resulta completamente ajeno. Ahora vivimos en la era de los puntos, de la ostentación bodeguera, de marcas “ultrapremium” basadas más en morro puro que en calidad intrínseca del vino, de blanquitos que son poco más que Kas Limón con alcohol y tintazos fofos, hiperalcohólicos y enmaderados que pesan más y cautivan menos que una losa funeraria. Miras en las listas de precios de una gran tienda de vinos en Nueva York, Miami, Houston, Chicago, Los Angeles o San Francisco y te das cuenta de que los precios de los diversos vinos españoles ahora andan promediando en la treintena dolarina. Y eso jode. Encima, jode más que hay tanto vino idéntico. Y que te encuentras las mismas marcas grandes donde quiera, o sea que del igualismo no te saca ni ese “Dios” que dicen. ¿Tu guía para negociar tanto vino caro con tan poca diferencia? Los cartelitos con los puntos, porque esa es la estrategia genial de marketing que hay. 99 puntos es diferente a 97. Y claro, 95…
Pero otra cosa que no nos la quita nadie, al menos por el momento, es la crisis. El tema, señoras y señores, está mal. Todos los días leemos más reportes sobre bajas en el consumo, en las exportaciones, etc. Los viticultores y bodegueros de muchas zonas del mundo—no sólo España—se las ven feas. Porque no debe hacer mucha gracia vivir bajo el peso de paletas y paletas de un ribera que sacaste al mercado a 70 dólares la botella y que sencillamente se rehusa a moverse, a pesar de sus noventa y tantos en el Wine Advocate.
Me consta que España tiene mucho de muy excitante que dar en términos de vino. Me he emocionado ante varios tintos, blancos y rosados artesanales gallegos o vascos que he probado en los últimos años, cuyos precios no andan tan mal. Vinos distintivos, con terroir. Igualmente, alguna que otra bodeguita en Rioja ha tomado conciencia de qué es que y de repente vuelve a respetar más su terruño que lo que dice el “crítico” prescriptor de turno. En Cataluña igual. Y no digamos nada del Sur. Creo que donde único puede uno tener revelaciones transcendentes a precios modestos en el mundo actual del vino es entre generosos andaluces. Prefiero pensar eso de “generoso”, en el caso de esos vinos, igualmente como sustantivo identificativo y como adjetivo designador de una feliz disposición de carácter.
Como bien hemos dicho muchos aquí en los últimos meses, la única manera sana de plantearse el futuro es con conciencia del pasado. En algún momento de los noventas a alguien le pareció que todo lo de los puntos, el vino hecho a la medida y a precios cada vez más escandalosos era una estrategia de mercado viable, que en el extranjero hay billete y siempre comprarán. Pero las cosas son como son y ahora vemos lo que vemos. La “idea genial” de 1999 se ve, de repente, en 2009, como una evidente gilipollez. Puede que venga alguno con el pueril sonsonete de que lo que digo me hace un reaccionario con nostalgia de un pasado perdido, pero no. Más bien me gustaría verme como un realista que reconoce que en algún momento de la ruta, algún golpe de timón puso al vino en la dirección equivocada, pero hay aún oportunidad de rectificar el curso.
Todo trance en este mundo tiene salida. La idea de la pregunta de hoy es que nos planteemos qué diablos ha pasado, clara y lúcidamente, para luego plantearnos lo que, como consumidores habituales de vino que somos (señores mercadólogos, aquí tienen un buen focus group donde los haya), necesitamos ver. La “industria grande”, ésa de los megagrupos bodegueros, los superstands en Vinexpo y los ejecutivos trajeados que no han puesto sus lustrosos zapaticos de Ferragamo en un viñedo jamás probablemente pase olímpicamente de lo que aquí se ventile. Pero eso no quita que se ventile…