Desde hace un año y medio vivo en la República Dominicana. Vine aquí, como saben quienes me conocen un poquito, desde Nueva York. Nueva York: Epicentro del consumo vínico, donde hay absolutamente de todo, por más “esotérico” que sea, y absolutamente todo encuentra demanda. Yo crecí en Santo Domingo. Aquí viví entre los 7 y los 18 años, cuando me marché a estudiar en Estados Unidos. En el tiempo transcurrido entre aquella partida al extranjero y ahora se ha desarrollado lo que cariñosamente llamo mi “enomanización”. Una inmensa parte de mi educación, pragmática y sentimental, la compusieron la gastronomía y el vino. Casi un cuarto de siglo se ha ido volando y yo he visto muchas cosas, a nivel personal y a nivel de los diversos mundos que me apasionan, particularmente el del vino.
No ha sido fácil la adaptación a Santo Domingo. Digamos que vine “dañado” por la hiperdisponibilidad en Manhattan de todo lo que se me antojase. Aquí he tenido que “relajar” un poco mis estándares en cuanto a vino: He bebido cosas que hace dos años ni remotamente hubiese considerado tocar, he revisado mi presupuesto, he aprendido a encontrar algún placer aún cuando tengo objeciones éticas y estéticas a algo–quizás placer dentro de las mismas objeciones… No estoy seguro de que esto me haya hecho una mejor persona. De hecho, quizás me esté perjudicando, minando poquito a poco mis facultades críticas y haciéndome olvidar lo que antes tenía claro.
Disculpen ustedes. Que me pongo un tanto sentimental. Un tanto deprimente. Y otro incomprensible.
La cuestión es que no ha sido fácil. Pero creo que contemplar el presente y el futuro d la cultureta actual del vino y, más importante, de la verdadera cultura del vino, desde este microcosmos caribeño me ha ver ángulos que antes hubiesen pasado desapercibidos en esto del vino. No deja de sorprenderme que en este país en que ahora habito haya la cantidad de vinos que hay. Si bien la mayoría proviene de un relativo puñado de entidades corporativas grandes (ojo, no me tomen lo de “entidades corporativas grandes” literlamente, hablo lo mismo de Concha y Toro o Kendall-Jackson que de una semimaginaria “Ribera del Duero, Inc” p “Albariñokaslimón International Corporation”). Que hasta aquí se haya extendido la cultureta, o sea, la moda global del vino es testimonio del poder de la cosa. Arqueo la ceja derecha cada vez que veo como reclamo comercial de algún “nuevo” producto vínico argentino los puntos de Robert Parker, el Wine Spectator o el Wine Enthusiast, ese esperanto espeluznante de la cultureta. Y sin embargo también me digo a mí mismo burlonamente: “¡Hay que joderse!”
Claro, estos enoproductos corporativos siguen siéndome tan repelentes como lo han sido siempre. La vasta mayoría tiene muy poco que ver con lo que verdaderamente disfruto en un vino: Elaboración natural, compatibilidad con una buena comida, honestidad y transparencia a su terruño, capacidad de ser refrescantes y de invitarlo a uno al próximo trago, capacidad de estimular mi intelecto más allá del más simple agrado o el más directo asco… Pero la presencia de estos facsímiles de vino aquí me hace pensar en otras posibilidades. E incluso en otras realidades.
He tenido la suerte de encontrarme un par de mportadores pequeñitos en Santo Domingo que tienen portafolios en los que aparece alguna que otra semblanza de vino de verdad. Intentando apoyarlos, les compro frecuentemente y los recomiendo a amigos y conocidos. Invariablemente, paladares acostumbrados a chilenitos químicos y riberones tabloneros tienen una revelación ante algún lagrein del Südtirol o un barberita piemontés que, sin ser tan-tan, sin embargo provocan a beber de una forma para muchos aquí otrora desconocida.
Lo que me lleva a una pregunta crucial para el futuro del vino, ya que tanto hablamos de eso últimamente: ¿Será que la expansión global del vino sólo puede ser lograda eficientemente en los mentecatificantes términos de la cultureta, o existirá una manera de expandir el alcance global del vino de verdad?
Estoy consciente de que es antitético a la naturaleza del vino artesanal el querer que exista a escala suficiente para cubrir el mundo entero. Una de las peores patologías de la cultureta actual del vino es que promueve un deseo en el entusiasta de “haberlo probado todo”, un imposible a nivel mundial aún con el vino de mayor producción. Anda por ahí el comentario mordaz de que en Las Vegas cada año se consume más Château Pétrus del 82 que lo que jamás fuese producido de esa añada en esa dirección. Extrapolen ustedes a su gusto.
Se habla mucho de “conquistar mercados” (adjuntar gentilicio que más les guste) y del “consumidor” en el abstracto, pensando en números mucho más que en individuos o grupos de individuos consumiendo vino, creando fidelidad al vino. Se habla de “conquistar” mercados y se apela a consignas del tipo “la unión hace la fuerza”, aunque dicha unión luego se compruebe que no es en el interés de quien en un principio se creía. Y tenemos lo que tenemos. Les ruego la paciencia para tirarnos un videoclip (disculpen, queridos amigos, que no pueda insertarlo, pero Vimeo no es tan generoso como YouTube para esos menesteres, así que hay que ir al sitio) muy ilustrativo de ciertas patologías de la cultureta actual del vino. Es un video que propone “soluciones” especiosas, basadas en un modelo bastante paternalista-proxenetista de las cosas, a decir verdad. Y ya sabemos como acaban las pobres putas que no traen al chulo el billete esperado… Pero quizás me queda un poco exagerada esa imagen. Lo dejo a juicio de ustedes.
No que en ese video sea todo desperdicio. Muy bien está lo de hacer un esfuerzo comunitario para sacar a flote una comarca, una denominación, un país productor, incluso. Pero ya es hora de comenzar a darse cuenta de que ciertos modelos están un poquito gastados. “Consolidad marcas” en el portafolio de un megaimportador sólo rinde beneficios para el pequeño elaborador de vino hasta un punto. Y el sacrificio en cuanto a las idiosincrasias de la tierra y el elaborador mismo pueden ser grandes. Muy grandes. “Acuérdate del alma dijo el gordo vendedor de carne”, iba una canción del gran Sabina. Eso.
La internet del vino ha tenido un efecto muy salutario en la medida en que ha abierto la posibilidad de disentir de los gurús, los hacedores de gusto, los marketeros y tantos otros entes prepotentes y deprimentes de la cultureta. Cada día surgen blogs como setas después de un incendio. Se hacen contactos entre individuos que discuten sobre aquello de que supuestamente no se discutía, sus gustos, que establecen micromercados a los que elaboradores, importadores y otros comerciantes del vino pueden y deben apelar, sin tanto mediador, sin tanto filtro, sin tanta dictadura.Cada quien ha de evaluar, siendo profunda e implacablemente realista, lo que le conviene.
A propósito de nada y todo, un par de notas de un vinito sabroso que compré y bebí aquí en Santo Domingo recientemente. Uno de esos importadores pequeños de los que les hablaba más arriba trae cositas interesantes (si bien no de productores tan artesanales como quisiera yo, en la muchos casos). Lo que le compro queda testimoniado por la cantidad de etiquetas italianas que aparecen retratadas en estas páginas. Vinos de diversos puntos de Italia se han vuelto la opción para aquellos en este pequeño mercado participante en la dinámica global que necesitamos salirnos un poco del mismismo riberesco-napachilenista.
Es casi cómico: Aquí decir “vino español”, por ejemplo, es decir una tremenda cantidad de vinos perfectamente intercambiables, comprados “en paquete” a megabodegas multirregionales. O a bodegas que aspirarían a serlo y siguen el modelo “trajeado” del “wine business”. Hay sus honrosas excepciones, pero no muchas. Si uno busca algo de originalidad y autenticidad, hay que inclinarse a italianos. Irónico, ¿no? Antigua colonia española, donde el castellano tiene ventaja implícita por herencia y por pura conveniencia. Y sin embargo…
En fin, que una botellita del Nino Negri, Rosso di Valtellina DOC 2007 me pareció un soplo de aire fresco. Color fresa-granate transparente, brillante. Aromas de hojas secas, azúcar prieta, fresa, cereza y ciruela frescas y humo. Limpio, sencillo y alegre, con muy buena persistencia en un posgusto de acidez viva que me recuerda a naranja rubí. La cuvée es de nebbiolo, prugnola, rossola y pignola, envejecida en inox y en roble de formato grande. Un tintito de buen precio, ideal para una tarde tropical desenfadada con amigos. No es para tirar cohetes ni tampoco algo que pondría yo como ejemplo irrefutable de mis ideales vínicos, pero en realidad no es que la cosa aquí esté para ponerse demasiado exigentes en cuanto a motivos de alegría. Uno al que recurriré de nuevo en el futuro, conociéndome.
¿Tengo que decirles que esto es una metalección en los orígenes de la demanda?
He intentado hacer hoy una de esas entradas nutritivas. Me voy a Nueva York mañana temprano y lo único que publicaré en los próximos seis o siete días será esto y la encuesta de la semana mañana. Les dejo hoy con música. Una de The Faint, cuyo título, con suerte, será lo que los libros de historia dirán sobre nosotros…