Algunas crónicas de veladas con amigos enómanos bien podrían limitarse a las fotos, dejando enteramente redundantes mis textos. Esta bien podría ser una de ésas. O no.
Cuando SFJoe te invita a su casa, si tiens claras tus prioridades lo prudente cancelar lo que tuvieras en agenda y comparecer. Siempre le esperan a uno vinos extraordinarios para acompañar la espectacular cocina de mi amigo, uno de los cocineros no profesionales a los que más admiro.
Pero esta vez la invitación era a probar la cocina de una chef invitada. Joe no cede su cocina a todo el mundo, o sea que algo tremendo tendría que ser. Y resultó que Josefa Concannon, aparte de crear sublimes platillos, es una persona encantadora—de las que te vivifican doblemente, a base de arte culinario y personalidad. Después del jueves más deliciosamente largo de mi vida enochalada, el viernes venía con mucho, mucho de generoso.
Todo fue perfecto, desde los impecables crudités con limón y sal, las salsas y unas carnitas históricas y unos frijoles inolvidables (descubrí la hoja de aguacate como ingrediente para frijoles negros; en mi receta cubana de siempre he usado laurel, pero ha llegado la hora de experimentar, hibridizar, mexicanizar…) Ah, bueno, y no diré nada del chicharrón. Nunca experimenté tanto placer jugando con mi colesterol.
Las imágenes cuentan la historia mejor que nada. A ellas nos remitiré. Y al final les cuento de los vinos, que fueron muchos y fascinantes.

Josefa hace magia con carne de cerdo mientras Josie y Catherine Roussel observan.

El Bâtard-Montrachet 1992 de Pernot.

Cerdo hecho felicidad. Carnitas.

Josie explica los secretos del éxito de la relación en pareja a la latina mientras João Roseira escucha, absorto.

Vino, mucho vino...

Brad Kane y yo tenemos nuestras diferencias sobre el uso que debe hacerse de la charcuteria.

Pero el Dr. K tiene maneras de conciliar hasta los más divergentes puntos de vista y al final todos felices.

Y más vino...

El primer vino que pruebo de la tierra de mi abuelo, Asturias. Y uno que me hizo cambiar radicalmente de idea sobre Ramos Pinto.

Según progresa la velada, a la cámara se le van olvidando sus puntos de enfoque automático y nada más piensa en vino, olvidándose de inmovilizar a Joe y João. ¿O se estarían desenfocando ellos solitos?
Y ahora, mis apuntes peregrinos sobre los vinos que cayeron…
André-Pierre Brégeon, “Gorgeois”, Muscadet-de-Sèvre-et-Maine Sur Lie 2000: Enloquecedora mineralidad. Te pone a dar vueltas mentales buscando asociaciones para la cantidad de tonalidades minerales que presenta y eso es lo que me cautiva de plano. Entre las notas marinas se cuela algo más oscuro, no sé… Un muscadet compacto, firme, tenso, con buena fruta y excelente estructura.
Quinta do Feital, “Auratus” Alvarinho-Trajadura, Vinho Regional do Minho 2008: Este lo traje yo. Hay que beber lo más posible de Dorado, ahora que—según cuentan por ahí—los problemas con la justicia de Dorado père podrían poner en peligro el futuro de la bodega (que regentea Marcial Dorado, Hijo). Hubiese preferido el alvarinho “insignia” de la casa, pero hubo que apañarse con lo que apareció esa tarde en Crush. Un Auratus jugoso y afrutado, pero con un espinazo mineral-acídico de cuidado. Fresco y limpio, con un posgusto muy textural.
Eminence Road Farm Winery, Chardonnay, Finger Lakes, New York 2008: Un vino elaborado por un querido amigo que un buen día decidió dejar Manhattan y marcharse al campo… Aroma dulce de piña, tomatillo (no era la influencia de la maravillosa salsa verde de Josefa, lo juro), manzana y madreselva. Lo mismo en la boca. Limpio y fresco, con un ligero deje sidresco en el paladar medio. Posgusto larguito, especiado. El Mâconnais en los Finger Lakes, cortesía de Andrew Scott.
M. Barthod, Chambolle-Musigny 1990: Una interrupción tinta en la secuencia de blancos. Suele ocurrir… El aroma parece ,ás de barolo viejo que de Chambolle. De hecho, ya puestos, parece más de barolo viejo estropeado que nada. Caldo de carne y un amasijo de extrañezas térreo-salinas, sin nada en particular que lo saque del hoyo. Este es un vino de Domaine Barthod hecho por el padre de Ghislaine antes de que ésta asumiera el mando en los noventas.
Lauer, Rieslint Untersteinhersch “Ig 312″, Saar 2008: Otra contribuci´øn mía. Es que no he probado suficientes alemanes del 2008 aún… Ancho de hombros y muy primario, pero sugiere tremenda complejidad. Suculento, con albaricoque adornado por notas de fresa, toronja, mandarina y maíz asado (¿serían las tortillas calentitas influyendo sobre mi percepción?). Cítricos profundos en boca, con sustancial mineralidad. Firme de carnes y fenomenalmente largo, con mucho nervio y agarre.
Paul Pernot, Bâtard-Montrachet Grand Cru 1992: Color dorado intenso en el decantador. Nariz compacta, cremosa, especiada y mineral. Elegante, pero huele a apretado. Flan, azahar, cera, anís y conserva de melocotón de la buena, cardamomo, salvia y varias capas cítricas. Todo está ahí en un vinazo sorprendentemente primario, que apenas comienza a desperezarse para abrirse.
Radikon, “Oslavje”, Venezia0Giulia 2003: Hará ya más de año y medio asistí a una de esas divinas catas del portafolio de Louis/Dressner. Fue en un restaurante del bajo Manhattan donde después cenamos con los vignerons. Recuerdo que éste fue uno de los vinos que se quedó conmigo. Salí al otro día a hacerme con varias botellas. No lo había vuelto a probar desde entonces, me parece. Turbio y anaranjado como para hacer salir corriendo a los tecnologistas del “vino sin fallas”, pero para mí una maravilla. Volatilidad, pera, litchi, flores, cera, salinidad y miel. Ola dulce en la boca, seguida por taninos de grano fino. Cálido, amable y muy bonito a su manera.
Dona María, Vinho Regional Alentejano 2004: Uno de dos tintos secos portugueses que nos trajera para probar el genial João Roseira, de Quinta do Infantado. Este es un vino de sol, agradable por su rusticidad musculosa y barbuda, que la lleva rebién. Cuero y romero con una sutil nota fecal, fresa y ciruela fresca. Alguito distante de comino y piedra caliente. Entra sedoso en boca, con muy buena presencia de fruta roja pura, acentuada por hierbas secas y elementos térreos. Mantiene una admirable ligereza todo el camino, lo que lo deja a uno en choc cuando ve que la etiqueta pone “14.5% alcohol por volumen”. Uno de esos excepcionales vinos que se cargan mis prejuicios sobre la imposibilidad de llevar mucho alcohol con gracia.
Ramos Pinto, “Adriano”, Douro 2005: Mea culpa. Soy un prejuiciado terrible. Tenía a Ramos Pinto injustamente marginalizada como casa de oportos por culpa de cierto afiche de principios del siglo veinte muy difundido por el mundo entero. No es la estética del afiche lo que motiva ese prejuicio mío, sino que el jodido poster invariablemente aparece en toda venduta de horteraditas para adornar el hogar del “entusiasta del vino”. Ya saben, es el de la parejita vestida de gala, chocando copitas. Pues fíjense ustedes que sencillamente por ese afiche y un par de botellitas cuestionables de oporto LBV abiertas en Puerto Rico hace una pila de años tenía yo relegada al ghetto a esa respetable casa, cuyas prácticas viticulturales y enológicas, según las explicara João, serían de mi más absoluto agrado. Este Adriano es un tintito ligero, sencillo y limpio. Ciruela fresca, tierra y humo. Fresco y de mediana persistencia, con acidez refrescante.
Prager, Riesling Smaragd, Weissenkirchen Steinriegl, Wachau 1989: Ya ven, en cuanto a colores ya la cosa iba tendiendo a la anarquía cuando apareció esto. Bella nariz de polen, pino, talco, cítricos, ginseng y piedras. En boca un toronjazo penetrante que deja reverberaciones florales y minerales por todos lados. Muy largo. Muy delicioso.
Monasterio de Corias, Tinto Joven Selección “Seis Octavos”, Vino de la Tierra de Cangas 2008: Esto es mencía y albarín negro (la contraetiqueta pone que es “mencía, verdejo negro y carresquén, un error que nos ha corregido Juan Redondo, de la bodega) y asturiano como mi abuelo. Además, es un recordatorio tremendo de lo mucho que extraño a Nueva York, ciudad donde si lo quieres, lo encuentras… Aparentemente el importador de este vino es José Pastor, a quien acababa de conocer la tarde anterior y cuyo acercamiento a la selección de elaboradores que representar he celebrado en este espacio. Interesante aroma, no por las notas de base, que son de fresa, cereza y arándano, sino por los matices que emergen con el escrutinio. La fruta tiene por un lado una dulce jugosidad veraniega de sandía, por otro una nota salina que me recuerda ostras, además de un je ne sais quoi de lluvia y campo mojado que luego pasa a hacerse sotobosque. Bueno, y su toquecito de establo que seguramente lo convertirá en motivo de gran curiosidad para mi amigo Patricio Tapia (que no se diga que dejo de tener en mente tus idiosincrasias, compañero). Sabroso y fresco tinto que, aparte de todo lo que me deja pensando sobre el dudoso juicio que exhibí abandonando esta prodigiosa ciudad, me reconfirma que si uno quiere encontrar cosas interesantes a nivel de vino español hay que mirar hacia el Atlántico.
Robert & Bernard Plageoles, “Le Duras”, Gaillac 2006: Alguien me describió alguna vez a Robert Plageoles como el equivalente en la zona sudoccidental francesa de Gaillac de ciertas hermanas amigas mías del riojano Barrio de la Estación cuyos vinos son estrellas de cine. Se le atribuye una cita que tiendo yo a repetir mucho por ahí: “¿La oxidación es un defecto? Pues la estupidez también”. Sus esfuerzos por preservar la tradición vitivinicultural de su histórica zona son legendarios y siempre me ha dado tremenda curiosidad el personaje. Quizás algún día pueda conocerle. Pero bueno, este vino… Es monovarietal de duras, una de las uvas tintas autóctonas de Gaillac y está francamente interesantísimo. En la nariz un aspecto herbáceo flora etéreo sobre fruta negra densa y viva. Notas balsámicas. Las hierbas repentinamente se transforman en lavanda. Cuero. Polvo. Un tinto recio, erguido y muy suyo, con tonos salinos y amargos decididamente “para adultos”. Musculoso y largo, con fuerte agarre.
Kalin Cellars, Sémillon, Livermore Valley, California 1997: No es ningún secreto que muchos de mis amigos, ahora eurocentristas donde los haya en cuanto a sus compras de vino, en algún momento adquirían significativas cantidades de vino californiano. Es más, les diré sin que me quede nada por dentro que yo mismo compraba y guardaba montones de vinos de esa región. Eso acabó más o menos hacia 1996-1999. Es en algún punto de ese trienio cuando ocurrió el paso al lado oscuro de la mayoría de California. Y cuando yo perdí el interés. He de mirar atrás de vez en cuando y recordar lo que California fue antes del tiempo de los putones vínicos descerebradamente puntistas. Había mucho de precioso. Tomemos, por ejemplo, este s’emillon de Kalin. Huele a panal de abejas, casquitos de guayaba, piel de pera, jalea de naranja, heno y humo. Un sémillon bien estructurado, con profundidad y frescura a partes iguales. Largo y vivaz. Muy buen vino para los quesos al final de una cena memorable.
Diré que en mi libreta hay alguna apreciación de vino cuyo nombre no anoté, descuidado o idiota que a veces soy. Tan animada era la conversación (incluyendo un interludio sumamente risqué en que mi mujer reveló sus “secretos latinos” para el éxito en la relación de pareja… Claro, si Josie quiere escribir una disertación sobre ese tema, lamentaré tener que indicarle que se haga su propio blog, que esto, al fin y al cabo, es un espacio familiar) que eso ese olvido puede hasta ser perdonable. A ver, los que estaban atentos, ¿qué vinos me faltaron?



