El cliché es que “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. Yo voy un poco más lejos: A veces uno no se entera de lo perdido hasta encontrarlo de nuevo.
Tomemos el caso del almacén climatizado en Manhattan donde guardamos algunos amigos y yo nuestros vinos. En muchas ocasiones coincidíamos algunos allí y, dada la generosa política del local al respecto y la disponibilidad de buenas copas, abríamos algo. Muchas fueron las buenas tardes de sábado en las que, con la excusa de “ir a llevar esto” u “organizar esta otra repisa en la jaula para que quepan más cajas”, acabamos consumiendo vinos maravillosos.
Así me pasó ese sábado por la tarde. El verdadero Jay Miller dijo que iba a estar en el almacén, si alguien quería pasar, etc. Y yo tenía que ir a buscar algunos artículos de mi haber para traérmelos a Santo Domingo.
Llegué y estaban allí Jay junto a Jeff Grossman. Ya tenían algunas botellas descorchadas sobre la mesa a la entrada del local. Enseguida tenía yo copa en mano y estaba probando el firmísimo pero delicioso Clos du Tue-Bœuf, “La Guérrerie”, Touraine 2007: Fresas polvorientas con un cortante golpe cítrico-mineral. Especiado. Muy puro, ligero y eléctricamente tenso.
La atracción principal, eso sí, era otra. Jay me mostró un cartoncito que, me dijo, vino atado al cuello de otra de las botellas. Esto fue lo que pude leer en él:
El vino era el Sonoma Vineyards, Cabernet Sauvignon “Alexander Crown Estate”, Sonoma County 1974 y estaba delicioso. De color granate de buena profundidad y brillo, con borde levemente atejado-coralino, la nariz era pura California de antes. Frambuesa negra y cereza fresca con un ligero deje asado, tierra recién removida, especias asiáticas y menta desecada. Lo mismo en boca, con los sabores perfectamente delineados. Aterciopelado, con el justo aspecto goloso y un sutil airecillo de caramelo oxidativo. Muy largo, con su poquito de taninos de grano medio al final. No niega su edad, pero no por ello deja de sentirse fresco y vital.
La curiosidad mayor, eso sí, no era probar este vino a esta edad y encontrarlo tan erguido y sabroso. No, lo cómico era la leyendita—que traviesamente nos imaginábamos semiapologética—por el “elevado contenido alcohólico de 13.7%”. Piensen ustedes en ello: En 1974, el momento en que se hacían los vinos que ganaron aquel especioso torneo vínico que montara Stephen Spurrier en París en el 76, este grado de alcohol era alto como para tener que comentarlo entre los puntos salientes del vino. ¿Qué pensaría el redactor de esas líneas de lo que constituye un “elevado contenido alcohólico” ahora, cuando ese 13.7% parece modesto?
Aquellso vinos del “Juicio de París” eran otra cosa. California era otra cosa. El vino era otra cosa. Y este cabernet de Sonoma del 74 puedo asegurarles que está hoy por hoy mucho más vivo que el 99% de los vinos que han salido de la misma zona en tiempos recientes.
Da que pensar, se los aseguro.
Jay, cuyo amor por la California de antes, sagacidad como comprador en subasta y generosidad me han llevado a disfrutar de un buen número de botellas californianas extraordinarias en la década que llevo conociéndole, me puso delante algo más reciente a continuación: El Robert Mondavi, Cabernet Sauvignon “Reserve”, Napa Valley 1991. Este es un vino que he probado en una gran cantidad ocasiones y del que poseo yo mismo algunas botellas—pero a saber donde andan metidas después de la cantidad de veces que he movilizado mi colección. Un comentario—medio en serio, medio en broma—que repito frecuentemente es que esos “Reserve” de antes de Mondavi hacen fácil convertirse en campeón del juego de adivinar el vino a ciegas, de lo tremendamente distintivos que son. Esa nariz fuertemente mentolada, de tabaco, café, ciruela negra y tierra tiene, más allá de componentes individuales, una cohesión que es únicamente suya. En boca la fruta es ciruela fresca con notas de zarzamora, dulce y muy pulida de textura, pero con real profundidad. Largo, especiado y mentolado en el posgusto, con excleente estructura en evidencia para evolucionar magníficamente durante muchos años más. Pero está riquísimo ahora.
Yo, que no quería quedarme sin ofrecer nada, me fuí a mi casillero a echar mano de lo primero californiano y prometedor que apareciese. Encontré en una de las cajas de “últimas botellas” una del Qupé, Syrah “Bien Nacido Vineyard”, Santa María Valley 1996 y no lo pensé dos veces, esperando que fuese algo interesante, si bien ni remotamente a la altura de los nobles cabernets que acababa de probar. Es lo que pasa cuando uno improvisa…
Se me peló el billete, como dicen aquí en Santo Domingo. Frambuesa negra más bien fofa cargando con aceitunas verdes y beicon, que a su vez carga con una tina de jalea de menta—todo de forma bastante torpe, que te pone ansioso pensando en que los elementos pueden desplomarse en cualquier momento. En boca es todo superficie, sin estructura ni profundidad. Un golpe de fruta dulce y cremosa y listo. A su favor diré que tiene 13.8% de alcohol y que es claramente discernible como syrah, cosa que no podría decir del vino fabricado actualmente bajo la misma marca y designación.
A las siete nos cerraron el almacén. Yo agarré apresuradamente lo que debía llevarme a mi regreso a Santo Domingo y lamenté no poder continuar a cenar con Jay y Jeff. Pero Josie me esperaba en el hotel para irnos a cenar. Teníamos reservaciones.
La California de hoy tiende a producirme repelús. Seguro, gente buena hace aún vinos magníficos allí y yo tengo la inmensa suerte de poder probarlos de vez en cuando. Pero son los menos. Cada vez que me topo con algo regio de los sesentas, setentas u ochentas y pienso en lo que prometían esos vinos en su juventud, y como generaciones subsecuentes han echado al diablo esa promesa, me duele algo muy adentro.