Archivo diario: diciembre 8, 2009

Libros. Zafacones. Ustedes saben de que va…

Perdonen, amigos, que he tenido el blog medio abandonado unos días. Es que el ajetreo  prenavideño—en sus simultáneas vertientes familiar y comercial—y los preparativos para la fenomenal gala en calzoncillos  de los Premios El Botellazo™ se lo están chupando todo. Y encima está lo de la página en  Facebook, que, gracias a ustedes, crece con vigor. Les digo, donde antes parecía sobrarme tiempo, ahora estoy…

Pero nada. La vida es así. Y uno se adapta o muere.

Iba a hablarles de un fenómeno que se me ha revelado de repente como de lo más despreciable de la cultureta actual del vino. Miren que hay cosas despreciables en esa trapichera movida de la enomoda… Pero en mi Top 5 de lo más necio tiene que estar la “novela de vino”, esa manifestación de la más insufrible babosería seudoliteraria intentando capitalizar con la mentecatez de la cultureta.

Creía yo que había leido lo peor de ese género con La bodega, ese nadir de la imbecilidad pastoral de Noah Gordon. Pero no. Tenía que venir esa máquina bazofiera que es Peter Mayle a incursionar en el thriller detectivesco con vino como tema central. Sí, señoras y señores, se podía bajar más allá del abismo bucólico-culebronil de Noah Gordon. No sé por qué me sorprende que fuese Peter Mayle quien lo hiciera.

El libro me vino regalado. Se llama The Vintage Caper (Alfred Knopf, Nueva York, 2009) y cuando muera probablemente lo recuerde como una de las peores historias de misterio que he leido en mi vida. Del ángulo del vino, pues, imagínenselo.

La forzadilla trama va de Danny Roth, abogado hollywoodense e insufrible hortera. Roth se ha hecho una bodega que es un tremendo status symbol y logra que el Los Angeles Times haga un artículo sobre su colección de vinos, que incluye una buena cantidad de trofeos bordeleses. Al poco tiempo de salir el artículo, la catástrofe…

No, no eran todos esos burdeos botellas falsificadas y el libro no incluye mención alguna de Hardy Rodenstock. Al hombre le roban los burdeos de su bodega mientras vacacionaba en invierno.

Roth intenta cobrar el seguro que tenía para el vino. La aseguradora inicia una investigación antes de pagar los milloncitos reclamados. La ajustadora entra rápidamente en desesperación con la actitud del asegurado, que quiere reposición y la quiere ya. La policía no ayuda. La ajustadora llama a un curioso personaje, un ex-chorizo de lujo convertido en detective que, aparte de ser ex-enamorado suyo, es también “experto en vino”.

Este insoportable personaje, Sam Levitt, inicia una improbable pesquisa sobre el crimen de la bodega del abogado hortera. Peter Mayle explica el trasfondo del “detective” y uno ahí, repitiendo “anjá”. Cuando llegamos al apartado sobre la educación vínica de Sam Levitt, casi que esperamos que nos diga que se hizo “experto” en uno de los cursos de Pancho Campo. No, pero se me va el hilo…

Que es un cliché atrás de otro, adornados todos abundantemente  con absurdos e insultos a la inteligencia del lector. El “detective” se las arregla para que la aseguradora lo mande a Burdeos a investigar sobre los vinos robados visitando cada uno de los châteaux bordeleses que los produjeron. Le asignan una ayudante local en Bordeaux que—claro—tiene que ser una treintona guapísima y en trámites de divorcio. Excusa para pusilánime tensión sexual. Más clichés.

Acaban, por alguna circunstancia con una peste a deus ex machina que no veas, en Marsella, tras la pista de un megamillonario que pudiera estar detrás del robo de los burdeos de Danny Roth.

Al final, tras demasiados interludios rapsódicos en torno a clichés gastronómicos (sin decir nada de momentos del más mamarrachesco sentimentalismo francofílico), el megamillonario resulta estar detrás del infinitamente improbable robo de aquellos burdeos en Los Angeles, un final completamente ilógico que, en la mejor tradición de la detectivesca con adornitos de alguna especialidad a lo Dan Brown, pese a dicha falta de lógica se ve venir a leguas.

Acaba el libro y te quedas diciendo al aire: “¡No puedo creer que de verdad terminó así”. Inmediatamente buscas la papelera de reciclaje más cercana, pero recuerdas que en República Dominicana, por desgracia, no se recicla nada. Entonces escondes el libraco, no vaya alguien a verlo en tu casa y malpensar…

Ya, ya, seguro piensan ustedes que estoy siendo muy duro con Peter Mayle sólo por ser un pésimo novelista. Pero no. Es que le echa sal a la herida utilizando el vino de la forma tan ridícula en que lo hace. Se burla de las pretensiones del nuevo rico abogado Hollywoodense y contrapone a su “detective experto en vinos”, que no hace más que soltar sandeces de la cultureta. En un momento está cenando Sam Levitt con su ayudante bordelesa—quien, obviamente, es un modelo de bon chic, bon genre y, a la vez, una chauvinista perdida que no puede menos que soltar un par de clichés antiamericanos cada vez que habla, parce que les français sont comme ça—y le dice  “Si usted cree que los americanos son estúpidos en cuanto a vinos, tengo dos palabras que decirle: Robert Parker.” Bueno, o palabras a tal efecto, que traduzco de la memoria.

Por si tales estupideces, dichas por personajes completamente planos, fuesen poco, también están los “momentos didácticos” en plan guía turística. El Levitt es un hombre de mundo que se siente muy a gusto en París. Como en su casa. Claro, por ello tiene que dedicar un día de su estadía a hacer turismo y explicarnos boberías sobre tal o cual lugar obvio.

Y uno buscando paciencia… La cultureta de la enobasura no podía menos que darnos una “literatura” acorde. Esta novelita de Peter Mayle es, francamente, de lo peorcito de élla.