Libros. Zafacones. Ustedes saben de que va…

Perdonen, amigos, que he tenido el blog medio abandonado unos días. Es que el ajetreo  prenavideño—en sus simultáneas vertientes familiar y comercial—y los preparativos para la fenomenal gala en calzoncillos  de los Premios El Botellazo™ se lo están chupando todo. Y encima está lo de la página en  Facebook, que, gracias a ustedes, crece con vigor. Les digo, donde antes parecía sobrarme tiempo, ahora estoy…

Pero nada. La vida es así. Y uno se adapta o muere.

Iba a hablarles de un fenómeno que se me ha revelado de repente como de lo más despreciable de la cultureta actual del vino. Miren que hay cosas despreciables en esa trapichera movida de la enomoda… Pero en mi Top 5 de lo más necio tiene que estar la “novela de vino”, esa manifestación de la más insufrible babosería seudoliteraria intentando capitalizar con la mentecatez de la cultureta.

Creía yo que había leido lo peor de ese género con La bodega, ese nadir de la imbecilidad pastoral de Noah Gordon. Pero no. Tenía que venir esa máquina bazofiera que es Peter Mayle a incursionar en el thriller detectivesco con vino como tema central. Sí, señoras y señores, se podía bajar más allá del abismo bucólico-culebronil de Noah Gordon. No sé por qué me sorprende que fuese Peter Mayle quien lo hiciera.

El libro me vino regalado. Se llama The Vintage Caper (Alfred Knopf, Nueva York, 2009) y cuando muera probablemente lo recuerde como una de las peores historias de misterio que he leido en mi vida. Del ángulo del vino, pues, imagínenselo.

La forzadilla trama va de Danny Roth, abogado hollywoodense e insufrible hortera. Roth se ha hecho una bodega que es un tremendo status symbol y logra que el Los Angeles Times haga un artículo sobre su colección de vinos, que incluye una buena cantidad de trofeos bordeleses. Al poco tiempo de salir el artículo, la catástrofe…

No, no eran todos esos burdeos botellas falsificadas y el libro no incluye mención alguna de Hardy Rodenstock. Al hombre le roban los burdeos de su bodega mientras vacacionaba en invierno.

Roth intenta cobrar el seguro que tenía para el vino. La aseguradora inicia una investigación antes de pagar los milloncitos reclamados. La ajustadora entra rápidamente en desesperación con la actitud del asegurado, que quiere reposición y la quiere ya. La policía no ayuda. La ajustadora llama a un curioso personaje, un ex-chorizo de lujo convertido en detective que, aparte de ser ex-enamorado suyo, es también “experto en vino”.

Este insoportable personaje, Sam Levitt, inicia una improbable pesquisa sobre el crimen de la bodega del abogado hortera. Peter Mayle explica el trasfondo del “detective” y uno ahí, repitiendo “anjá”. Cuando llegamos al apartado sobre la educación vínica de Sam Levitt, casi que esperamos que nos diga que se hizo “experto” en uno de los cursos de Pancho Campo. No, pero se me va el hilo…

Que es un cliché atrás de otro, adornados todos abundantemente  con absurdos e insultos a la inteligencia del lector. El “detective” se las arregla para que la aseguradora lo mande a Burdeos a investigar sobre los vinos robados visitando cada uno de los châteaux bordeleses que los produjeron. Le asignan una ayudante local en Bordeaux que—claro—tiene que ser una treintona guapísima y en trámites de divorcio. Excusa para pusilánime tensión sexual. Más clichés.

Acaban, por alguna circunstancia con una peste a deus ex machina que no veas, en Marsella, tras la pista de un megamillonario que pudiera estar detrás del robo de los burdeos de Danny Roth.

Al final, tras demasiados interludios rapsódicos en torno a clichés gastronómicos (sin decir nada de momentos del más mamarrachesco sentimentalismo francofílico), el megamillonario resulta estar detrás del infinitamente improbable robo de aquellos burdeos en Los Angeles, un final completamente ilógico que, en la mejor tradición de la detectivesca con adornitos de alguna especialidad a lo Dan Brown, pese a dicha falta de lógica se ve venir a leguas.

Acaba el libro y te quedas diciendo al aire: “¡No puedo creer que de verdad terminó así”. Inmediatamente buscas la papelera de reciclaje más cercana, pero recuerdas que en República Dominicana, por desgracia, no se recicla nada. Entonces escondes el libraco, no vaya alguien a verlo en tu casa y malpensar…

Ya, ya, seguro piensan ustedes que estoy siendo muy duro con Peter Mayle sólo por ser un pésimo novelista. Pero no. Es que le echa sal a la herida utilizando el vino de la forma tan ridícula en que lo hace. Se burla de las pretensiones del nuevo rico abogado Hollywoodense y contrapone a su “detective experto en vinos”, que no hace más que soltar sandeces de la cultureta. En un momento está cenando Sam Levitt con su ayudante bordelesa—quien, obviamente, es un modelo de bon chic, bon genre y, a la vez, una chauvinista perdida que no puede menos que soltar un par de clichés antiamericanos cada vez que habla, parce que les français sont comme ça—y le dice  “Si usted cree que los americanos son estúpidos en cuanto a vinos, tengo dos palabras que decirle: Robert Parker.” Bueno, o palabras a tal efecto, que traduzco de la memoria.

Por si tales estupideces, dichas por personajes completamente planos, fuesen poco, también están los “momentos didácticos” en plan guía turística. El Levitt es un hombre de mundo que se siente muy a gusto en París. Como en su casa. Claro, por ello tiene que dedicar un día de su estadía a hacer turismo y explicarnos boberías sobre tal o cual lugar obvio.

Y uno buscando paciencia… La cultureta de la enobasura no podía menos que darnos una “literatura” acorde. Esta novelita de Peter Mayle es, francamente, de lo peorcito de élla.

9 Respuestas a Libros. Zafacones. Ustedes saben de que va…

  1. José Luis Louzán

    Pues que quieres que te diga… llámame palurdo, inocente o aborregado pero a mi “la Bodega” me entretuvo (que era de lo que se trataba) y de Peter Mayle me ley el de “Un año en la Provenza” y también pase el rato… así que…

    Si es una lástima que no exista una literatura del vino o con el vino como base solida y fundamentada (de ficción digo) realmente solvente, didáctica y divertida. Al menos en castellano… y que yo la conozca claro, que eso también sería importante…

  2. Sería bueno escuchar recomendaciones de buena literatura que tenga al vino como eje. Yo no conozco a muchos escritores que traten el vino con cierta dignidad cotidiana. Hemingway es el caso más conocido… “Aquella noche, todos habían salido del comedor, excepto el picador de cara de gavilán que bebía demasiado, el subastador de relojes en las exposiciones regionales y fiestas de España, que también era muy aficionado a empinar el codo, y dos sa­cerdotes gallegos que estaban sentados en un rincón y bebían, si no demasiado, por lo menos bastante. En aquella época, el vino estaba incluido en el precio del alojamiento y la pensión, y los mozos acababan de traer frescas botellas de Valdepeñas a las mesas del subastador de rostro estigmatizado, luego a la del picador y, finalmente, a la de los dos curas. ” De La Capital del Mundo.

  3. José Luis,

    Sospecho que mi problema con “La bodega” es más con el propio Noah Gordon que con el libro en sí. Es uno de los autores favoritos de mi madre y el tipo de Bildungsroman que gusta producir, con sus infinitas improbabilidades y sus personajes sacrificados para luego obtener una gloria que ni ellos mismos se creerían, todo con una espeluznante peste a moralina de catecismo, me resulta insoportable. Lo dije alguna vez de “El último judío” y del del bodeguerito catalán, pues…

    Es que en el discurrir de ese personaje uno esperaba que de repente apareciese un chatarrero con una máquina de osmosis inversa baratita… Después de todo, “descubre” un montón de cosas que en la Cataluña rural del s. XIX como que no hubiesen sido muy posibles. Y yo soy muy estricto en cuanto a la suspensión de la incredulidad. Vamos, que si me van a endilgar un paquete, tiene que ser con una narrativa tan superlativa que ni me lo sienta. Y Noah Gordon, lamentablemente, dista mucho de ser un gran novelista.

    Peter Mayle, por otra parte, parece aquí haber escrito una noveleja oportunista. Nada más. Me leí “A Year in Provence” hace demasiados años. Ya ni lo recuerdo. Pero este “The Vintage Caper” no es lo mismo ni se escribe igual.

    M.

  4. Patricio,

    Es una complicada misión la que me propones. Una antología de la literatura del vino, aunque se concentre únicamente en ficción, sería fenomenalmente grande.

    Pienso que el grave problema de la literatura de la cultureta actual del vino es que tiende a forzar el ángulo del vino, a abusar del tema como artificio narrativo de un modo que no se da en los grandes libros, donde el vino “ocurre” como en la vida real. Sostengo que es por algo que mi antología favorita de literatura sobre vino, “The Fireside Book of Wine”, que editara Alexis Bespaloff en los setentas tempranos, se sbtitula “An Anthology for Wine Drinkers”. O sea, un libro para bebedores cuya pasión es tan envolvente que no son capaces de fetichizar. El vino es parte del texto y, a la vez, es el texto.

    ¿A que no recuerdas qué vino puso Julio Verne a beber a los tripulantes de aquella nave que iba de la Tierra a la luna? Porque hasta ahí había vino…

    M.

  5. Había escuchado de esa antología. A ver si la encuentro en Strand. Y ni idea qué bebieron. Burdeos o Borgoña?

  6. José Luis Louzán

    Ni que decir tiene pero…¿esa antología, existe en Castellano?…

  7. “a leguas”. Qué tipo viejo. Más viejo que Matusalén.

  8. Muy buen post!! Enhorabuena por el blog. Nosotros vamos a sacar ahora una aplicación gratuita que permitirá realizar las rutas por bodegas, todo mediante el portal iSIRTE- Sistema inteligente para el calculo de rutas para el turismo enologico, raliza tus visitas a bodegas. Lo podreis encontrar en http://www.enosites.com. Será capaz de calcular las bodegas optimas para cada usuario siempre y cuando sean de la rioja alavesa.

  9. Patricio,

    Los astronautas de Julio Verne mojan su almuerzo con Chambertin 1863.

    José Luis,

    Creo que ya no aparece muy fácilmente ni en el inglés original. Y no me la imagino traducida.

    Javier,

    Era la idea…

    M.

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