Los visitantes 6: Una vida de últimas noches

Al final, nos lo terminamos...

Lo bueno de nuestro hotel en este último viaje a Nueva York es que teníamos, aparte del minibar, una neverita en la habitación. Eso me facilitó poder disfrutar de una botella de R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Reserva, Rioja 1990 dosificada en aperitivos a lo largo de cuatro noches. Podía haberme traido esa botella a Santo Domingo también, pero en realidad me urgía probarla en Nueva York para saber cuanto del vino mandar a comprar y guardar en las semanas siguientes.

Decisiones estratégicas para el bienestar futuro, digo yo.

Este Tondonia blanco, ojo, no es cualquier Tondonia blanco. Es el Tondonia blanco que este año apareciera como #90 en el listado de los Top 100 del Wine Spectator. Si uno es de los que cree que esta gente verdaderamente tiene hordas de mentecatos que compran vino solamente por los puntos y los rankinfs, pues, esto es importante. Yo prefiero, tal como creo que hasta un reloj dañado da la hora correcta dos veces al día, prefiero imaginar que los prescriptores del Wine Spectator son capaces, cada X tiempo, de tener un lapsus hacia el buen gusto.

Claro, jodería bastante si crean un “furor del Tondonia” y los precios se disparan aún más de lo que lo han hecho en los últimos años. Yo que el Reserva del 85 lo compraba tan alegremente por menos de US$15 tiemblo pensando en lo que haría a mi presupuesto que estos blancos favoritos míos de siempre se me encaramaban en US$50 ó 60…

En fin, que éste se trae una nariz típica de Tondonia blanco “joven” (o sea, en sus primeros cinco lustros de vida): Coco tostado, crema, cera, especias, nuez de pacana tostada, tomillo y barro cocido—ya, ya, que sólo se perciben tres o cuatro aromas a la vez; pero recuerden que yo fuí probando esto a lo largo de varias noches, acumulando descriptores: La nariz comenzó tímida, aunque obviamente compleja en la primera copa, pero ya al tercer retorno lo mostraba todo sin titubeos.

En boca es carnoso, especiado y bastante accesible ahora mismo. Cremoso, con uan onda de naranja amarguita y gravilla tomando posesión del paladar. Largo y ancho, con un posgusto notablemente limpio y vibrante.

La última noche en Nueva York… Es un pensamiento que siempre me llena de tristeza, pero a la vez también de una voracidad para el disfrute. Salgo a la calle con ganas de impregnarme bien, para tener qué recordar al regreso a Santo Domingo, para tener algo a lo que asirme hasta el próximo regreso a mi verdadera patria, que definitivamente es Manhattan.

Josie y yo habíamos luchado por mantenernos fieles a nuestra idea de probar “cosas nuevas”. Para la última noche dejamos a Aldea (31 W. 17th. St.), un “nuevo portugués” recientemente abierto que nos venía bastante bien recomendado. Y es que la idea de “nuevo portugués” como que da curiosidad, ¿no?

La vista hacia el comedor de abajo y la cocina abierta, desde nuestra mesa en Aldea.

En fin, que Aldea es un local particularmente antialdeano. Decorado en un plan chic minimalista y lleno de gente pulidita y a la moda, “rusticidad” es lo último que te pasa por la mente. Nos sentaron en el mézzanine de arriba, con vista al comedor principal y a la cocina, que es abierta para que se vea el buen hacer—muy nouveau, sí señor.

El menú enfatiza ingredientes de temporada, todos de primerísima calidad y de granjas locales. Las presentaciones son lo que uno espera de todo nouveauista que se precie. Hay las influencias molecularistas, las espumitas y otros toques de frufrú técnico que ya son cliché, las presentaciones miroescas en el plato… Yo ordené, para comenzar, unos calamaritos bebé en su tinta con litchi y mentaiko. La combinación de los ingredientes asiáticos con una preparación sencilla para los calamares es sorprendentemente exitosísima, deliciosa.

Calamaritos en su tinta con litchi en Aldea.

Como plato principal pedí el cordero con pera y apio, también excelente. Tonto que soy, no tomé nota de lo que pidió mi esposa, pero quedó sumamente satisfecha también. Ya intervendrá ella misma y nos lo recordará.

Algo he de decir de la carta de vinos de Aldea. Alguna reseña de revista la recomendaba como muy interesante, pero fue el único desencanto que me llevé en el restaurante. Esperaba que, siendo un “nuevo portugués”, la selección de vinos portugueses fuese mucho más extensa y, sobre todo, muchísimo más provocadora a nivel curatorial. Pero entre blancos y tintos portugueses, pues, apenas una veintena de referencias no particularmente interesantes. Cosas obvias de productores grandes, más bien. Y el vinho verde que pedimos por copa para comenzar era francamente pusilánime. Mejores hubiese podido recomendar yo por lo menos media docena al sumiller, si se hubiese molestado en visitarnos. Pero parece que no estaba. Por lo demás, la carta es muy internacionalista. Toda una ONU del vino moderno. Y está organizada a lo Wine for Dummies, con las variedades de uva por delante para clientes que probablemente las llaman “los varietales”.

Quinta dos Carvalhais Touriga Nacional 2000

Al final ordené un Sogrape, Touriga Nacional “Quinta dos Carvalhais”, Dão 2000, un tinto de cuerpo medio, térreo y masculino, con sutiles notas de cuero. arbusto y especias sobre fruta cálida. Buen paso de boca, con bonita acidez y salinidad.  En buen momento de consumo y  satisfactorio con el cordero, aunque nada para tirar cohetes.

Pese a lo que les cuento sobre la carta de vinos, salimos satisfechos de Aldea. Eso de los vinos se resuelve poniéndole un poquito más de ánimo a los portugueses, que necesitan mejor exposición en Nueva York  y en un restaurante así podrían lograrla muy felizmente. A veces, como dice el dicho, “el que mucho abarca, poco aprieta”. Si uno quiere vino francés, español, argentino, chileno o italiano tiene montones de lugares donde encontrar interesantes selecciones en Manhattan. Pero en tema de vinos portugueses, pues, la cosa es distinta. Al responsable del programa de vinos de Aldea, ojo a la pelota, por favor, que esta buena experiencia gastronómica podría ser aún mejor.

Al otro día nos regresábamos al trajín cotidiano en Santo Domingo. De verdad que no nos hacía ilusión. Pero la vida es lo que es. Uno tiene obligaciones.

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2 Respuestas a Los visitantes 6: Una vida de últimas noches

  1. De lo que veo en la carta de portugueses, lo más interesante me parecía el Poema (¿lo has probado?), aunque es un vino que, como los Dorados de Marcial, agradece tiempo en botella. Ahora está bueno el 05…

  2. El “Poema” no eataba xuando fuimos. La carta ha cambiado un poco. Pero creo que aún da razón a mi crítica.

    M.

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