Archivo diario: diciembre 20, 2009

Encuentros humanos…

Ocupan un lugar muy especial en mi corazón aquellos viejos contertulios de diversos foros o lectores de este blog que he llegado a conocer “en vivo”, compartiendo alguna que otra botellita y conversando frente a frente en alguna esquinita del mundo. Son los que me convencen que, lejos de inevitablemente deshumanizarnos, la internet del vino puede ser un punto de partida para preciosas amistades con seres de indudable humanidad.

Esto lo digo porque hace un tiempecito tuve en Santo Domingo de visita a una de esas personas—temerarios lectores de La otra botella que dan el paso crucial a través del espejo para adentrarse en la cambloriana realidad.

Nuestro Errepé declara exitosa su colonización de Santo Domingo...

En este caso, el amigo en cuestión no vaciló mucho en declarar que en directo soy más o menos igual a la voz de mi blog.

Que te digan eso es una gran cosa. Sobre todo si tu blog es una bitácora personal que lo único que busca es plasmar honestamente tus vivencias e ideas. No sé si es que soy como me escribo, o me escribo como soy.

La cuestión es que frente a mí en Bengodi, una trattoria donde he sido cliente habitual durante el último año y medio (cocina sorprendentemente consistente para Santo Domingo y una carta de vinos con al menos una docenita de referencias apetecibles; recientemente ha cambiado de nombre, eso sí, y no sé en lo que andan las cosas), a nuestro Errepé, el mismo con quien me había encontrado durante un viaje a Nueva York a finales de verano.

Estaba en Santo Domingo de negocios, pero había sacado una noche para dedicármela, fíjense ustedes. Yo intenté montarle un saraito responsable, pero no encontré mucha gente que se apuntara. Al final éramos solamente Cecilia Gadea—aquella sumiller argentina transplantada en Santo Domingo que conocimos en el Virtualazo—, el Erre, Josie y yo. Con demasiado vino.

A decir verdad, era la primera vez que se me ocurría llevar botellas a Bengodi. Aunque fueron muy benévolos en lo de no cobrarme descorche, yo quise ordenar algo de la carta, por lo de ser considerado. Además, me apetecía volver a probar el Cantina Terlan, Sauvignon “Quarz”, Alto Adige 2005 a un año y medio de la última botella consumida anteriormente.

Una nariz gentilmente pirazínica—o sea, que lleva sus pirazinas con muy buena educación, honestamente presentes, pero mantenidas bajo control en aras del decoro. En los márgenes se alzan notas de piña y limón. En el centro tiene una buena dosis de arena. Se comporta muy bien a lo largo de un par de horas. Muy buen cuerpo y mucho nervio en boca, con un cierto puntito picante en el posgusto.

El segundo blanco sobre la mesa fue el Palacios Remondo, “Plácet”, Rioja 2007, aportación del Erre. Un vino que desde la primera olisqueada parecía tener problemas estructurales. “Demasiado pesado para levantar el vuelo”, fue lo que apunté en la libretita negra. Globular y, al menos para mí, falto de acidez que le diese dirección. Pero quizás es cosa mía. Al final de la nota pongo que “existe en este artefacto vínico una extrañísima armonía de elementos similares, todos cantando en un mismo registro; todo bajos, o algo así…” No es lo mío este tipo de blancos. Y nunca lo será, creo poder afirmar.

Seguimos con algo que trajera Cecilia, el Terrazas de los Andes, Torrontés Reserva “Unoaked”, Salta, Argentina 2008, que trae una de esas contraetiquetas que enfatizan la altura del viñedo, sin que el contenido de la botella tenga necesariamente algún razgo que denote dicha altura. En este caso hablamos de 1,800 m., por si a alguien le picaba la curiosidad.

Simple, floral, con el justo toque de lanilool. Un torrontesito “correcto desde el punto de vista de marketing”, puse. Técnicamente tiene todas las prestaciones que esperaría en un torrontés normal, al menos según el marco referencial que poseo para esa variedad. Está el perfumito de ambientador de taxi ochentero. Y los Froot Loops. Y la golosería. Y acidez presente.

Pero resulta que me entran dudas sobre el marco referencial de marras. porque la verdad es que no creo haber probado nunca un torrontés puro y natural, sin sospecha de tecnointervención. De hecho, poniéndome a pensar, los descriptores que siempre he usado para vinos de torrontés como que son un tanto reminiscentes de artificialidad. No que esto sea suficiente para sospechar spoofulation. Pero me doy cuenta de que, aunque he probado buena cantidad de torrontés, mi experiencia con la variedad puede haberse visto coloreada sin que yo me diese cuenta.

Nebbiolo, two ways...

Las chicas optaron por pasta como plato principal. El Erre y yo, sin embargo, nos fuimos con la excelente tagliata de sirloin de Bengodi. La llegada de la carne indicó el momento para servir mi principal aportación de la noche, el Sella, Lessona DOC 2003.

Siempre he hablado muy bien de esta bodega del norte de Piemonte. Sella trabaja dos viñedos casi como monopoles, Bramaterra y Lessona [El "casi lo he agregado posteriormente, tras una corrección de El Tyrle en los comentarios abajo; tenía incorrecto el dato, pues aparentemente otros elaboradores trabajan esos viñedos; es que uno aprende algo a diario, incluso en Navidad). Cada uno de estos viñedos es su propia denominación de origen. Ya anteriormente he escrito alguito sobre ellos. En ambos se cultiva nebbiolo que da vinos que no se parecen en casi nada a sus primos del Piemonte meridional. Y de entre Bramaterra y Lessona mi favorito tiende a ser siempre el vino de Lessona.

Claro, ya se fijaron en la añada... Yo tenía ciertas reservas con respecto a servir un 2003, sabiendo que probablemente era el primer Lessona que probaran tanto Cecilia como nuestro invitado de honor. Pero aunque la fruta exhibe de plano un cierto carácter rostizado inevitable en su canicular añada, debo decir que mis temores eran infundados. Cereza y ciruela fresca con notas especiadas y mineralidad muy marcada. Lo que sorprende es la transparencia de este vino—tanto a nivel visual como de lo que revela del terruño en nariz y boca. Aunque tiene madurez, cuerpo y esa impresión inicial de fruta ligeramente asada, se expresa con una precisión que no puede menos que emocionar. Encima está delicioso de beber ahora mismo.

Creo que al Erre le gustó. Al menos eso me ha contado.

Como si nos hubiésemos leido las mentes y planeado una comparación entre norte y sur de Piemonte, Erre se había manifestado con un Giuseppe Rinaldi, Brunate "Le Coste", Barolo 2004. Cuero, anís, lavanda seca, alcanfor, ciruela roja y cereza en una nariz sumamente primaria aún. Potentemente tánico en boca y algo recortado de posgusto, pero con muy buena fruta y una deliciosa banda salina subyacente. Otro infanticidio del que somos culpables. Para volver a visitarlo en veinte años.

Se había hecho bastante tarde, entre una cosa y otra. Suele suceder, cuando se encuentran enochalados, que la charla y las copas hacen olvidar el entorno. Pero ya el restaurante se había vaciado. Nuestra mesa era la única ocupada y bordeábamos peligrosamente la medianoche. El propietario del restaurante, que también es importador de quesos, embutidos y "productos gourmet" italianos se nos unió un rato, para probar algunos de los vinos. Nos embarcamos en una discusioncilla sobre vino el terroir y su crucial improtancia para cualquier producto alimentario, sea alcachofas en conserva, queso, salami o vino. Muy para nuestra sorpresa el hombre, que es propietario de un restaurante con una de las pocas cartas de vino interesantes

El Erre, la Cecilia: Uno de los dos tiene una vena de comediante que no veas. O quizás son los dos y estamos ante un show de televisión en potencia.

en esta ciudad, manifestó que “vino es vino, te lo tomas y ya”, sugiriendo que para él hay muchas más consideraciones sobre terruño y calidad envueltas en la selección de un buen pecorino romano… Paradojas con las que me doy de vez en cuando. ¿Acaso era lo mismo para este señor el Lessona que el Brunate? ¿Y no sería mucho más efectivo en términos de costo de operación, si en verdad cree que “vino es vino”, tener solamente un blanco y un tinto de la casa y ya, en vez de un centenar de etiquetas en la lista?

Pero va y nos dijo eso de la misma manera en que muchas veces digo yo las cosas: Pa’ jodé…

La noche la acabamos probando un Palacios Remondo, “La Montesa” Reserva Selección Especial, Rioja 2005 (¿?), también traido por el Erre. Un vinote grande, cremoso, garnachesco, con notas de ciruela pasa. Masticable, con un poquito de calor y aspereza en el posgusto. Un bocado que fue la excusa perfecta para retornar a lo que quedaba en un decantador de aquel “Quarz” con que comenzáramos la noche.

Un encuentro muy simpático, muy disfrutable. Humano. Como la internet del vino.