Archivo diario: enero 7, 2010

Expectativas de vida

Mi comienzo de año y década ha sido lento, mórbidamente meditativo. Curiosamente, pocas ganas he tenido de sentarme a escribir nada, cargado de malaise como lo he estado.

2010. Se nos ha ido ya un 10% del siglo XXI. En cuatro meses cumplo otro taco más en mi cuarentena. Pronto habré llegado, sin darme cuenta y si es que llego, al medio siglo. Llevo 32 años luchando contra una enfermedad crónica. Uno más y será “sólo” media puñetera vida. Vuelvo a una entrega previa de este blog y me veo comparándome de nuevo a aquel tarro de yogur abandonado en la nevera mucho después de su fecha de expiración. Llevo ya casi dos años viviendo en República Dominicana y me resulta imposible acostumbrarme. Aquí crecí, pero el retorno ha sido tortuoso. No logro conformidad. No logro comodidad. No logro pertenecer.

A todas estas, pensando en lo que ha pasado ya, en lo que ha sido o no sido, en lo rápido que se va la vida, en aciertos o errores, me toca leer al vuelo en un par de sitios consideraciones sobre “longevidad”. En lo que al vino se refiere, claro…

Por ejemplo, leía a Jaime Sanz en lugardelvino.com y me maravillaba ante su capacidad de reducir a formulitas generalizadoras tan clichés como especiosas (no es culpa de Jaime esto, sencillamente acepta conceptos recibidos que son impartidos a diario en todo tipo de desinformativos  ”cursos de vino” a nivel mundial). En realidad no sé por qué me sorprende a estas alturas, pero me sorprende lo timorata que es la gente a la hora de responder a la pregunta “¿Cuánto dura un vino?” Automáticamente comienzan a lanzar estimados con fechas de expiración que parecerían decisivas y con non plus ultra, como la de aquel yogur mío. Más aún, es sumamente parca la gente en cuanto a las expectativas de vino, como si no se atreviese a especular más allá de la década. “Quince años o más” es un horizonte distante, tan distante que quién sabe si está o no está.

En cierto modo entiendo las reservas sobre adjudicar expectativas de vida amplias al vino en general. Mi respuesta a la pregunta “¿Cuánto dura un vino?” es generalmente, “pues más o menos como la gente”. Porque un día te levantas, sales a la calle y te atropella un camión. O te falla el hígado. O te da un infarto fulminante. O te montas en un avión y el pendejo atorrante a tu lado logra detonar un explosivo que lleva oculto en los calzoncillos. O sencillamente está para ti lo de morir joven, si bien tu cadáver no llegue a “bonito”. Puedes tener en cuenta la genética y mirar a tu bisabuela, la que llegó a 104 en una aldea asturiana, o a tu tío-abuelo, tan campante que iba a los 98… Puedes pensar que hay tradición y tú va y llegas. También puedes pensar que comes saludablemente, te ejercitas, no fumas, no andas haciendo tonterías… O sea que va y llegas. Pero siempre está la incertidumbre. Entre un ser vivo y un ser muerto hay casi nada.

No digamos nada de como uno va evolucionando. Si me llegan a decir hace quince años que hoy estaría como estoy, me hubiese reido para ocultar mi preocupación. Y si llegan a decirme que algunos amigos alcanzarían su sexta década como unos churumbeles, igual.

En igual medida peligroso y útil lo de intentar ver el vino de verdad como imagen y semejanza del ser humano, ¿no les parece?

Otra cosita sobre longevidad la leí en un airado diálogo generado por los comentarios de un amigo en Facebook. Hablaba sobre un priorat que probó y surgió tremenda discusión sobre lo que dura o no dura el vino, particularmente si tiene ínfulas de “gran vino”. Me hacen pensar las palabras del insigne Enópata, Juan Ferrer, que me tomo el atrevimiento de compartir aquí: “Para un priorato diez años es una edad provecta, y para los vinos procedentes de otras zonas vinícolas del mundo como Burdeos o Borgoña, a los diez años, todavía son auténticos niñatos.” Esto va de la longevidad de los vinos de zonas donde se producen grands vins–o al menos vinos de gran jeta y la conveniente conclusión es que “todo es relativo”. Como estudiante empedernido de la relatividad de las cosas, tiendo a ver “relatividad” desde distintos ángulos y acabo casi siempre por interesarme más en el aspecto relacional entre cosas. Una cosa conecta con otra, un concepto juega con otro. Sabrosa fricción.

Priorato es, indisputablemente, una zona emblemática del boom del vino de los noventas del siglo pasado y primer par de años de la recién finalizada década. Mucho productor nuevo (y advenedizo) sacando vinos supuestamente de un terroir privilegiado, con delirios de grandeza ocasionados por hipérbole mediático-puntista. Mucho productor nuevo, para hacerles el cuento corto, sacando vinos inexplicablemente carísimos de una región de inmenso potencial, pero cuya historia en cuanto a grands vins era cero.

Uno, viniendo equipado con un concepto de gran vino forjado más o menos a partir de mediados del siglo XIX, asumió que estos prioratos tan prometedores serían tan longevos como los grandes burdeos, borgoñas, ródanos, riojas, etc. Pero resulta que ni tanto. A los diez años, muchos impresionan menos de lo anticipado. De hecho, muchos andan por la vida ya bastante cadavéricos a esa edad.

Quizás eso pueda obedecer a alguna cualidad intrínseca de las variedades de uva utilizadas. O no. Yo me inclino por esto último y tiendo a atribuir esa falta de longevidad a los criterios predominantes en la cultureta puntista del vino. Para mí lo más lógico es que esos prioratos de los que hablaba Juan Ferrer no envejecen por la manera en la que están elaborados y—crucial, esto—por los hábitos inmediatistas de consumo de los clientes a quienes van orientados.

Porque démosle la cara: Como que resulta hasta un pelín cursi ya lo de hacer vino de gran guarda, que quizás no podamos bebérnoslo tú o yo en nuestras vidas, pero que dejaremos en la bodega familiar para el disfrute de nuestros hijos o nietos cuando hayamos desaparecido ya nosotros.Es una cursilería de la que participo activamente. Por ello puedo llamarla lo que es, considerando los tiempos que corren. Cuando abro una de esas botellas de vino elaborado varias generaciones antes del aquí y ahora—de vino más viejo que mi padre, mi abuelo o bisabuelo, y resulta maravillosamente vital—es como un milagrito que me deja entrever e idealizar el pasado. Y tiende a enmierdarme el presente, fíjense, pues volver a lo duro, prosaico y digital tiende a ser bastante cruel después de un buen momento de sentimentalismo ocasionado, digamos, por un emocionante Ausone del 28 o Riscal del 34…

Irónicamente, lo de los vinos de gran longevidad y consecuente guarda es un fenómeno relativamente reciente. Para que se diera fue necesaria la implementación generalizada de la botella de vidrio con tapón fijo que permitiese una entrada limitadísima de oxígeno. ¿Dónde nos pone eso en la cronología? ¿En algún momento del s. XVIII o principios del XIX? Y no digamos nada de métodos vitiviniculturales conducentes a vinos de larga guarda. Eso creo que es más reciente aún. La realidad es que, a nivel de la historia a bien largo plazo, la norma con el vino ha tendido mucho más al “aquí te veo, aquí te bebo” que a la botella polvorienta sacada de la bodega llena de telarañas. Me da un poquito de risa pensar que el inmediatismo actual, particularmente con tanto vino caro, es un retorno a la mentalidad de, digamos, el ancien régime de la Francia pre-1789.

¿Que cuánto dura un vino? Pues, creo que eso lo dicta la imaginación.

Pensamientos peregrinos para comenzar un año más. Nada de conclusiones mayores. Sólo puntos donde afincar los pies para bailar. Porque de bailar es de lo que ahora me dan ganas. Mi iTunes ha arrojado inesperadamente a The Come Ons, un tesoro de bandita proveniente de Detroit, con este temita tan pegajoso, que será mi primer videito del año: