Parecía que este sábado iba a ser un día tranquilo en mi oficina, que me permitiría organizar un poco mis pensamientos y—tal vez—hacer una de esas entradas recopilatorias de un montón de notas tomadas durante más o menos dos meses de bebienda doméstica.
Este tipo de entrada requiere tiempo, ganas y ausencia de interrupciones. Normalmente, las interrupciones ocurren por mi trabajo real, que reclama mi atención. Pero hoy la cosa fue distinta. Tomando el cafelito de media mañana leí en mi iPhone la más reciente entrada de Cory Cartwright en su excelentísimo blog Saignée. Cory aborda un tortuoso tema que ya yo he tocado muchas veces aquí y sobre el cual nunca he podido llegar a una conclusión satisfactoria: Lo inadecuadas que resultan las modalidades de “nota de cata” que se han popularizado en la cultureta del vino.
Largas—y a veces bien subiditas de temperatura—han sido las discusiones sostenidas en este y otros espacios sobre este asunto: Las listillas de “descriptores” que al final no describen nada; el vacío cerebral implícito en recitar “frambuesa”, “picota”, “vainilla”, “establo” o “piedra caliza” sin añadir algo que de verdad nos transmita la vibra de un vino… El insulto añadido a la injuria cuando viene alguno y te remacha una de esas antidescripciones con una puntuación en escala de 10, 20, 100, 1000…
¿Saben qué? Mea culpa. Bueno, por todo menos eso último de los puntos. He participado activamente de esa tontería durante muchos años, a pesar de lo que me dicen mis mejores instintos. Al parecer a Cory Cartwright le ha pasado lo mismo. Su protesta de hoy sobre la ausencia de verdadera descripción útil y disfrutable en la mayoría de las notas de cata me ha recordado mi propia protesta.
He dejado un comentario en el hilo de Saignée. Digo que, si bien me molesta lo suyo el problema de las notas de cata vacías de verdadero significado más allá de los símiles frutales, florales, etc., más me molesta la noción de que algunos hagan sus vinos a imagen y semejanza de esas listas estúpidas de aromas y sabores que abundan igual en las más difundidas e influyentes publicaciones que en blogs como éste. ¿Piña, maracuyá, madreselva y vainilla ganan buenos puntos a un chardonnat? ¡Pues a “potenciar” eso a base de levaduritas laboratorísticas, enzimas, barriquitas o chips! Imagínense vino hecho a base de ingeniería inversa a partir del lenguaje… ¿Verdad que es fácil de concebir? Y cuanto más fácil de hacer.
Esta vaina, eso sí, me la he llevado un poco más lejos. La cultureta del vino, como la hemos vivido en los últimos quince o veinte años de eno-boom, ha tenido como principal objetivo simplificar el vino para hacerlo “accesible” a la mayor cantidad de consumidores posible. Se ha buscado extrapolar los vinos de sus distintas tradiciones—o de la ausencia total de tradición, en algunos casos—para presentarlo al público como bebida y símbolo de estatus fácil de interpretar por cualquiera. Hemos venido viviendo una era de Wine for Dummies—de una compeljo enoindustrial que pretende tratar al consumidor como tarado perdido y llevar el vino al correspondiente nivel.
Contra las hordas de cretinizadores del vino estamos los que lo reconocemos en el vino algo tan complejo como la historia del hombre, algo que nos conecta a la vez con culturas ancestrales y con una naturaleza infinitamente… Bueno, eso: Compleja. Elaboradores, comerciantes, comentaristas, meros consumidores… Somos, por suerte, muchos ya. Defendemos la complejidad histórica del vino de cara al impulso idiotizante.
¿Que es mucha invectiva para un sábado en la tarde? Pues algo más gordo he de decirles aún.
Aparte del tsunami de notas de cata tan ostentosas como vacías, algo que no podemos evitar por su profusión en los medios son términos como “enófilo” o frases como “amante del vino” aplicadas a individuos que participan de la dinámica reductiva, del pernicioso intento de sobresimplificación de algo tan infinita y apasionantemente complicado como es el vino. “La gente anda con prisa y pasa de ideas complicadas, hay que intentar entusiasmarla sin abrumarla con información”, me decía un “educador del vino” que conozco aquí en el Caribe no hace mucho. Es algo que mucha gente utiliza como mantra.
Analicemos algo: “Enamorarse” de algo o alguien implica reconocer virtudes especiales en ese objeto, fenómeno o persona y quedar cautivado por dichas virtudes, al punto de adjudicarles un lugar por encima de las de otras cosas o personas. El amor ocurre hacia su objeto tal como éste es. El verdadero amante del vino profesa un amor sin reservas al vino, con toda su tradición histórica y fenomenología. No intenta “simplificarlo” para ajustarlo a putativas conveniencias. No busca cambiarlo, pues lo ama precisamente por lo que es. Se adapta él ante el objeto de su amor, infinitamente interesante por infinitamente complejo.
¿Dónde deja esto a los simplificadores del vino, los que pretenden despojarlo de facetas “difíciles” hasta hacerlo—en un acto de violencia—atractivo a gente que de otra manera sería incapaz de entenderlo, mucho menos apreciarlo?
Díganme ustedes.
Les confieso que para mí todo el que pretende violentar el vino en pos de una especiosa “simplificación” cuyo único objeto es prosaico precluye la posibilidad de “amar” el vino, de ser “amante del vino”. Su relación con el vino cae, seamos francos, en lo fetichista y lo sádico.
Y todo esto a partir de lo de las notas de cata. A veces yo mismo me sorprendo…
Un antivideito para despejarnos después de esta meditación tan chamuscante. Como decía esta mañana en Facebook, el grupo que interpreta la canción me resulta más o menos como aquel interesantísimo tinto de la desaparecida bodega gallega Torroxal. Lo conocí, quedé encantado por él… ¡Y desapareció! It is no more. Lo mismo me pasó con Life Without Buildings, una bandita de Glasgow que nos dejó un álbum de estudio y se desbarató. Luego salió un disco póstumo cuyo efecto fue hacerme lamentar aún más la ausencia del grupo. He aquí, como dicen los mexicanos, otra rola chida: