Seré siempre el primero en admitirles que soy demasiado fácil de convencer. Los amigos me proponen algo y, aunque ese algo vaya en contra de mi mejor y más sensato juicio, si me insisten un poquito voy y me apunto a la movida. Eso nos ha dado episodios como, por ejemplo, éste. Bueno, y para los efectos, también el que me dispongo ahora a narrarles.
Resulta que al final del cassoulet en La Sirène, Brad Kane y Josh Raynolds me vendieron la idea de asistir a una cata masiva de vinos de Châteauneuf-du-Pape en la que estaría más de un vigneron de la zona presente.
Anjá. Así mismo. Châteauneuf.
Todo el que me conoce un poco sabe que no he sido muy pródigo en caricias verbales para el sur del Ródano, al menos en los últimos diez años. Alguna vez—allá a finales de los ochentas y como hasta 1997—sentía un cierto afecto por los vinos de Château Fortia, Vieux Donjon, Vieux Télégraphe y algún otro. Incluso hasta compraba los vinos de vez en cuando. Pero no eran, digamos, lo primero que me venía a la mente cuando me apetecía algo del Ródano.
Luego vino Robert Parker y pasó lo que pasó. De repente lo que pasaba por Châteauneuf no te bajaba de 15% de alcohol, comenzaba a aparecer todo tipo de esperpentificación y se generalizaba la “potencia”, la pesadez, la falta de textura, garra y carácter y todo aquello que para mí hace un vino imbebible. Probar una buena cantidad de monstruos parkerizados de Châteauneuf me llevó a generalizar sobre la región y a abandonarla completamente.
Pagaron los proverbiales justos por pecadores. Intento sentirme mal, retrospectivamente. Aún no lo logro del todo. En una región que a cada minuto parecía más dominada por esperpentistas y sus esperpentos, puntistas y putones, buscar lo bueno de verdad se me hacía demasiado difícil. No es la única región con la que me ha pasado esto. Si no que le pregunten a Napa, o a Mendoza, o a la Toscana, o al Priorat…
En fin, que accedí a lo de la cata del portafolio del Ródano meridional del importador Alain Junguenet en Le Dû’s Wines, la tienda que ha puesto el afamado sumiller Jean-Luc Le Dû (ex-director de vinos de Daniel, el restaurante insignia de Daniel Boulud) en el Village. Una de las más pintorescas razones que di a la administración de mi cerebro para aceptar esta (superficialmente muy poco atractiva protesta) fue todo lo que se comentó sobre Châteauneuf en aquella famosa cata de garnachas de WineFuture Rioja 09, un evento que parecería ya olvidado, pero que a mí aún me da muchas risitas picaronas. Quizás probar unos cuantos Châteauneufs daría buen blog.

Un transeunte en el East Village ilustra las propiedades del tradicioal sombrerete cómico para los días neoyorquinos de mucho frío.
Vale aclarar que hacía un frío puñetero en Manhattan ese viernes al mediodía. Tiempo de parkas, lanas pesadas y sombreretes cómicos de los de taparte las orejas.
Antes de Le Dû’s había quedado con Kane en encontrarnos para un almuerzo de ramen, que es lo que apetece en ese clima. Tras intentar infructuosamente colarnos en un par de atiborrados sitios “in” del Village, fuimos a parar a una joyita en el East Village al parecer poco conocida: Rai Rai Ken (214 Hrand St.) Típico bar de sopas japonés. Estrecho. Rústico. Hipereficiente. Con casi toda la cocina a la vista. Se nos unió, para añadir gracia a la cosa, el inimitable Carlos Hübner-Arteta, quien también se dispararía lo de los Châteauneufs.

Rica sopa en Rai Rai Ken
Menciono el almuerzo por lo bien que cayó y porque, en un apuro, este Rai Rai Ken es un sitio muy satisfactorio. Excelentes dumplings de cerdo fritos y la sopa de fideos en un caldo aromático y sabroso, adornada con tiernas masitas de cerdo asado.
Un buen plato de ramen es de las cosas que te calientan cuerpo y espíritu y te quitan el hambre lo justo, dejándote ligereza y hasta espacio estomacal por si se antoja algo más.
Seguimos hacia Le Dû’s. Llegando a la tienda vimos la figura de Josh Raynolds que caminaba apresuradamente delante de nuestro taxi. Saltamos del vehículo y nos unimos a nuestro amigo en el frío, para caminar la cuadrita que quedaba antes de llegar a la tienda.
No me habían dicho que se trataba el evento de una de esas cata multitudinarias a las que está invitado todo quisque. Siendo Brad y Carlos miembros de la industria y Josh un prominente crítico de vinos, me hice la idea de que se trataba de uno de esos eventos cerrados, sólo para los in-the-business. Pero no. Aquí venía hasta el gato, como se hizo aparente muy rápidamente. Por suerte llegamos lo suficientemente temprano como para probar unas cuantas cosas sin tener que batirnos contra la multitud.
Mesa por mesa, mi recorrido incluyó…
Domaine Lafond “Roc Epine”, Blanc, Lirac 2008: Viognier melocotonesco, goloso y glicérico, con agradables dejes florales. Usualmente los problemas con este tipo de vinos no vienen por la aromática, sino por el peso y el alcohol. Pero éste mantiene todo bajo relativo control y resulta agradable.
Domaine Lafond “Roc Epine”, Tavel 2009: Nunca he sido capaz de entender el atractivo de los “rosados” de Tavel para tanta gente. Oscuros y masacotescamente densos, tienden a tener para mí todo el encanto de beber vaselina saporizada con mermelada de cereza y texturizada con arena fina. Este no es excepción.
Domaine Lafond “Roc Épine”, Rouge, Côtes du Rhône 2008: Un tinto de cuerpo medio, carnosamente garnachesco y zalamero. Fresco, jugoso y muy bebible. Mi favorito de los vinos que probé de esta bodega, por distancias.
Domaine Lafond “Roc Épine”, “La Ferme Romaine” Rouge, Lirac 2007: La crianza de esto, según mi telegráfica nota, es mitad inox, mitad madera. Denso, cerrado, opaco y tánico. Buena estructura, aunque la madera interrumpe un poco el discurrir del pensamiento hacia ideas positivas.
No sé por qué, pero me salté el reso de la mesa que ocupaban Lafond y Domaine Boisson. Sería que me atraía más la idea de la siguiente mesa, donde dos chicas jóvenes servían y explicaban vinos de familia y tradición. Por lo menos así los anunciaba el utilísimo panfletito que te daban a la entrada.
Le Vieux Donjon, Blanc, Châteauneuf-du-Pape 2008: Esta cuvée de rousanne y clairette, de producción limitadísima, me cautivó desde el primer momento. Si todo lo que sale de Chiateauneuf fuese de este nivel de ligereza, delicadeza, elegancia y precisión, en mí tendría la región un defensor incondicional. Floralidad etérea, paso de boca limpio y delicioso que te agarra de repente y comienza a presentarte detalles muy claramente subrayados con brillantes líneas de mineralidad. Posgusto largo, firme y complejo. Delicioso vino.
Le Vieux Donjon, Rouge, Châteauneuf-du-Pape 2008: Aquí estamos firmemente anclados en el estilo tradicional de Châteauneuf, que te demuestra que venir de una región cálida no tiene necesariamente que hacer del vino un bodrio alcohólico con más similaridad a jugo de ciruelas pasas que a nada reconocible como vino. Este Donjon es todo fruta vibrante y polvo blanco, con dejes de tomillo, o lavanda, o alguna otra flor o hierba que me elude, además de un toque peculiar de lanilool que bien podría ser una ilusión olfativa provocada por la sutil volatilidad. Huele voluptuoso. No es un vino pequeño, pero dista mucho de la hipertrofia parkeriana. Se mueve con elegante seguridad en boca y su garra tánica=acídica final invita a seguir bebiendo, de preferencia con una buena carne a la brasa de acompañante. De dos Donjon, me quedo con los dos. Es excelente porder volver a ver como pueden ser las cosas.
Seguí al próximo elaborador:
Domaine de la Charbonnière, Blanc, Châteauneuf-du-Pape 2009: De perfil mucho más afrutado, carnoso, moderno y menos delicado que el Vieux Donjon (figúrense ustedes el sentido de esa fila de adjetivos). Atractivo, pero me gustó mucho menos. Elementos de jabón de olor.
Domaine de la Charbonnière, Vacqueyras 2008: Oscuro, rústico y un tanto aparatoso. Un vino recio que en realidad no logra darme nada que me invite a quedarme con él más de un minutito.
Domaine de la Charbonnière, Châteauneuf-du-Pape 2008: Buena fruta, con aspectos especiados y térreos interesantes, pero ahora mismo en boca está un tanto duro y granuloso de taninos.
Domaine de la Charbonnière, “Mourre des Perdrix”, Châteauneuf-du-Pape 2008: Llámenme loco, pero una de las cosas que me hacen confiar en un productor—al menos en regiones en las que no haya distinciones cualitativas entre viñedos del orden premier cru, grand cru, etc.—es cuando no se pone a hacer cuvées prestige. Quizás por eso me gusta tanto Vieux Donjon y muestro cierta resistencia cuando me encuentro algo que huele a premium. Es que usualmente esas cuvées “top” son puntistas, las sobredecoradas, las que vienen con queso. El caso es que ésta de la Charbonnière no me desagradó, si bien protesto en mi brevísimo apunte de libreta sobre un cierto aspecto táctil de cera que distrae de la verdadera acción. Primario. Fruta roja y negra densa. Posgusto medio con notas ahumadas.

Le Dû's se llenó de gente a una velocidad impresionante...
Repentinamente, Le Dû’s se había atiborrado de público. Me dí cuenta que iba a ser difícil cubrir mucho terreno en esta cata. Pregunté a mis amigos, que entienden un poco mis prejuicios personales, lo que debía probar si quería continuar la impresión positiva que me habían dejado los vinos de Vieux Donjon. Josh Raynolds me llevó a una mesa que no tenía una masa humana delante, sino un señor con cara de simpático detrás. Un vigneron con una vertical comprensiva de todas las añadas de su joven bodega en Cahors. Anjá: Malbec. Seguro que algún argentino me coge hoy mala voluntad, pero en las notas que siguen hay una importante lección.
Clos de Gamot, “Cuvée Clos St. Jean”, Cahors 1998: El primer vino de la vertical. El amable bodeguero declara que en realidad no es su favorito y que lleva madera nueva. “Estábamos comenzando, o sea que las barricas eran nuevas en aquel entonces, pero fue la última vez…” O palabras a tal efecto fueron lo que dijo. Interesante vino con elementos cárnicos sobre cereza y mora vitales y expresivas. Térreo, con ciertos dejes florales. Lástima que una corriente vainillosa viene a distraer en la nariz y los taninos de madera se suman a la astringencia final de un vino que de por sí es muy tánico. Pero no está mal el conjunto.

Josh Raynolds nos explica algo importante a Carlos y a mí. Foto: Brad Kane
Clos de Gamot, “Cuvée Clos St. Jean”, Cahors 1999: Lo más curioso del cual era su olor a arreglos florales funerarios. Una floralidad blanca, dulce, de corona para difunto. Aparte de eso, aromas de cuero sobre fruta negra aún poco evolucionada. Taninos de grano fino en un posgusto largo. Un vino singular, con muy buena estructura.
Clos de Gamot, “Cuvée Clos St. Jean”, Cahors 2000: Un tanto consommésco, estofadillo. Fruta negra dulce, con cierta profundidad. Posgusto largo, aunque un poco falto de frescura.
Clos de Gamot, “Cuvée Clos St. Jean”, Cahors 2001: De nuevo aquellas flores luctuosas—ojo, no vayan a pensarse que esto es un descriptor negativo, que por algo la gente manda esos arreglos—con un marcado aspecto de caballo sudado sobre fruta amplia y carne curada. Interesante vino, despierto y firme, con taninos poderosos. Posgusto largo y masticable, con una cierta complejidad.
Clos de Gamot, “Cuvée Clos St. Jean”, Cahors 2002: Huele a carne asada. Cerezas negras frescas y floralidad que da un giro inesperado hacia violetas. Muy firme y tánico, como todos sus hermanos en esta secuencia, pero podría entrarle con un buen bife. Muy especiado en el posgusto.
Clos de Gamot, “Cuvée Clos St. Jean”, Cahors 2005: No pude oir la explicación sobre lo que pasó con el 2003 y el 2004. La tienda comenzaba a hacérseme opresiva de tanta gente. No iba a aguantar mucho más. Este joven 2005 es amplísimo de espaldas y bastante abrasivo de taninos. Como quería ponerme yo en ese preciso momento, para abrirme paso entre la frenética turba de público catante (¿catista? ¿cateto?) y o seguir probando vinos, o largarme.
Malbec con estructura, que se iba haciendo más interesante mientras más lejos quedaban las barricas nuevas en la vertical. Da que pensar… Quizás tanto que se me olvidó tomar notas de los demás vinos que probé, en las mesas de Château Fortia y Château Moulin-Tacussel, ambos domaines que me dieron gratas sorpresas con vinos no solamente bebibles, sino interesantes y repetibles. Sé que preferí el “básico” Château Fortia, “Cuvée Tradition”, Châteauneuf-du-Pape 2008 a la más lujosa “Cuvée du Baron” de la misma añada en esa casa. Más claramente elocuente el primero, más opulentamente adornado y manerístico el segundo. Escuché con curiosidad que el Domaine Moulin-Tacussel. Blanc, Châteauneuf-du-Pape 2009 lleva bastante garnacha blanca, con rousanne, clairette, picpoul y bourboulenc—pero el vino no me dijo tanto como el delicioso blanco de Vieux Donjon. En cuanto a los tintos, el Domaine Moulin-Tacussel, “Tradition Rouge”, Châteauneuf-du-Pape 2008 también me impresionó más que el más caro “Hommage à Henri Tacussel”. Más puro y auténtico el “Tradition”. Pero tristemente no tomé ni siquiera mínimas notas. Sólo puse un “√” al lado del que me parecía más atractivo.
Analizando el panfleto que te entregaban a la entrada de la tienda con el listado de elaboradores presentes y precios, veo que en realidad no probé casi nada. Ahora que lo pienso, dejé de tomar notas porque me molestaba la cantidad de individuos que chocaban contra mis codos, produciendo todo tipo de ilegibilidades en mi libreta. No les digo nada de lo jodido que era alcanzar una escupidera, particularmente porque siempre había uno que se parqueaba directamente delante de ella, bloqueando el acceso, y se embarcaba en una entrevista extensa con el vigneron de turno.
La verdad es que esas catas multitudinarias se vuelven un crical muy fácilmente. Pocas veces te encuentras una en la que impera la consideración, la disciplina y la eficiencia.
Pero quizás eso sea mucho pedir.
Salimos de Le Dû’s Kane, Carlos y yo a caminar por el Village, comentando sobre el gentío en la cata y lo equivocado o no que había estado yo rehuyéndole a Châteauneuf en la última década. Definitivamente hay vinos valiosos aún en esa zona, a pesar de la influencia parkeriana y las enohorteradas que provoca. Eso sí, los vinos ahora son mucho más caros

Carlos Hübner-Arteta y un servidor ilustramos la moraleja de esta historia en la estación de Subway de West 4th. Foto: Brad Kane
que cuando dejé de comprarlos hacia 1996. En la actual coyuntura económica mundial, hay que pensarse dos veces las tarifas de acceso que te zumban algunos por sus vinos.
Yo me había resistido a lo de Le Dû’s. Quizás la resistencia había sido pura necedad, estupidez. O quizás, aceptando riesgo, yo me había dado licencia para cometer posibles estupideces en una tarde de Châteauneuf. Depende de como se vea. Ibamos caminando alegremente a por café los tres amigos. Parecíamos las chicas de Sex and the City en versión masculina avejentada y más bien feucha (por no decir sobrepesista en un par de casos, al menos). chachareando por la calle y chismeando sobre vino y gente.