Archivo mensual: febrero 2010

Noticias de Chile. Amigos, díganme que están bien…

En el día y poco transcurrido desde que publiqué esta entrada, apenas un título sin cuerpo redactado a toda velocidad en mi iPhone, he podido confirmar que todos los amigos chilenos de La otra botella están sanos y salvos, lo que me alegra infinitamente. Debo decir que sus descripciones del sismo me han dejado asustado y conmovido al mismo tiempo. Esta vez me callo yo y les invito a leer los comentarios. Somos pequeños y frágiles. La naturaleza es inmensa y poderosa. Nunca debemos olvidarlo.

Cositas y cosotas: 26.02.2010

Se nos acaba ya febrero y la verdad es que ha sido un mes muy parco en cuanto a noticias, por no decir nada de chismes jugosos de la cultureta del vino.

Bueno, hasta ahora…

A finales de la semana pasada comencé a leer y oir cositas sobre un posible nuevo affaire riojano de esos que pueden dar mucho de que hablar. Resulta que un prominente importador alemán de vinos españoles declara haber retirado de su portafolio  los vinos de Finca Allende. Un breve hilo en Elmundovino abre las cosas a discusión. Yo, por mi parte, recapitulo: Hace unos días apareció en la web de Silkes Weinkeller una notificación un poco alarmante que declaraba la eliminación de los vinos de Finca Allende y Miguel Angel de Gregorio del programa de ventas del comerciante alemán. Se alegaba que habían sido descubiertos en vinos elaborados por Finca Allende niveles del compuesto 3-MFD, un subproducto de la fabricación de glicerol industrial, que sobrepasaban lo permitido por la ley europea, que prohibe la adición de glicerol industrial (un “texturizante”) durante el proceso de vinificación.

Como habrán notado si siguieron el enlace a la página alemana, no se encuentran ya las explicaciones y alegatos sobre lo ocurrido. Solamente se notifica al visitante del retiro de los vinos.

Cosa rara, poner algo así a circular por el éter y que luego desaparezca el texto con los detalles.

Por mi parte, soy uno a quien le cuesta racionalizar una adición de glicerol industrial a los vinos de Finca Allende, de los que admito no ser particular “fan”. Estilísticamente me parecerían de suficiente corpulencia y grado alcohólico como para no tener que necesitar la ayuda de glicerol agregado, particularmente en el caso de las añadas de alta madurez (2004 y 2005) que dieron motivo a los alegatos en un principio. Decir que está rarísimo esto es quedarse muy corto.

Se está convirtiendo en un hábito de la cultureta: Mucha intriga que parecería cosquillear los márgenes de lo plausible, muchas preguntas. Y no sabemos claramente a quien hacérselas.

Como se suele decir por los pasillos de esta divina internet: WTF?

[Una nota añadida posteriormente: Tras la publicación de este "Cositas y cosotas" Miguel Angel de Gregorio ha intervenido en el foro de Elmundovino para dar una explicación de este extraño asunto. Surgen ahora alegatos de extorsión y se habla de prácticas de negocios "poco ortodoxas" de parte de los alemanes del lío.]

Yo no "Jerónimo". ¡Yo Gran Jefe Toro Sentado, rediós!

También del departamento de lo peculiar bordeando en lo siniestro, la noticia en Decanter.com de que, tras el tan anunciado hiato de dos años, El Bulli se convertirá en una entidad sin fines de lucro en pro de “la creatividad gastronómica”. O una vaina así. La esultante fundación será un think tank dedicado a la experimentación y la expansión del saber culinario/restaurantil.

Como también se suele decir por los pasillos de este plantel: ¡Jod! Errr…

También de Decanter.com, una historia de ésas que te hinchan varias partes del cuerpo al mismo tiempo. Dice la revista que “Por primera vez, los británicos están consumiendo más vino sudafricano que francés, según los más recientes sondeos”.

Como también es costumbre escuchar en las zonas del patio de esta respetable institución: ¡Ñóooo!

O como diría mi padre: “Mientras no les coja con tirar piedras…”

Bueno, ahora les dejo, que el trabajo de verdad irrumpe y reclama. Un videito rico de—increible parece—hace un par de años, cuando llegaron a mi realidad Army Navy:


Descuaderno de viaje 4: Be Stupid

Seré siempre el primero en admitirles que soy demasiado fácil de convencer. Los amigos me proponen algo y, aunque ese algo vaya en contra de mi mejor y más sensato juicio, si me insisten un poquito voy y me apunto a la movida. Eso nos ha dado episodios como, por ejemplo, éste. Bueno, y para los efectos, también el que me dispongo ahora a narrarles.

Resulta que al final del cassoulet en La Sirène, Brad Kane y Josh Raynolds me vendieron la idea de asistir a una cata masiva de vinos de Châteauneuf-du-Pape en la que estaría más de un vigneron de la zona presente.

Anjá. Así mismo. Châteauneuf.

Todo el que me conoce un poco sabe que no he sido muy pródigo en caricias verbales para el sur del Ródano, al menos en los últimos diez años. Alguna vez—allá a finales de los ochentas y como hasta 1997—sentía un cierto afecto por los vinos de Château Fortia, Vieux Donjon, Vieux Télégraphe y algún otro. Incluso hasta compraba los vinos de vez en cuando. Pero no eran, digamos, lo primero que me venía a la mente cuando me apetecía algo del Ródano.

Luego vino Robert Parker y pasó lo que pasó. De repente lo que pasaba por Châteauneuf no te bajaba de 15% de alcohol, comenzaba a aparecer todo tipo de esperpentificación y se generalizaba la “potencia”, la pesadez, la falta de textura, garra y carácter y todo aquello que para mí hace un vino imbebible. Probar una buena cantidad de monstruos parkerizados de Châteauneuf me llevó a generalizar sobre la región y a abandonarla completamente.

Pagaron los proverbiales justos por pecadores. Intento sentirme mal, retrospectivamente. Aún no lo logro del todo. En una región que a cada minuto parecía más dominada por esperpentistas y sus esperpentos, puntistas y putones, buscar lo bueno de verdad se me hacía demasiado difícil. No es la única región con la que me ha pasado esto. Si no que le pregunten a Napa, o a Mendoza, o a la Toscana, o al Priorat…

En fin, que accedí a lo de la cata del portafolio del Ródano meridional del importador Alain Junguenet en Le Dû’s Wines, la tienda que ha puesto el afamado sumiller Jean-Luc Le Dû (ex-director de vinos de Daniel, el restaurante insignia de Daniel Boulud) en el Village. Una de las más pintorescas razones que di a la administración de mi cerebro para aceptar esta (superficialmente muy poco atractiva protesta) fue todo lo que se comentó sobre Châteauneuf en aquella famosa cata de garnachas de WineFuture Rioja 09, un evento que parecería ya olvidado, pero que a mí aún me da muchas risitas picaronas. Quizás probar unos cuantos Châteauneufs daría buen blog.

Un transeunte en el East Village ilustra las propiedades del tradicioal sombrerete cómico para los días neoyorquinos de mucho frío.

Vale aclarar que hacía un frío puñetero en Manhattan ese viernes al mediodía. Tiempo de parkas, lanas pesadas y sombreretes cómicos de los de taparte las orejas.

Antes de Le Dû’s había quedado con Kane en encontrarnos para un almuerzo de ramen, que es lo que apetece en ese clima. Tras intentar infructuosamente colarnos en un par de atiborrados sitios “in” del Village, fuimos a parar a una joyita en el East Village al parecer poco conocida: Rai Rai Ken (214 Hrand St.) Típico  bar de sopas japonés. Estrecho. Rústico. Hipereficiente. Con casi toda la cocina a la vista. Se nos unió, para añadir gracia a la cosa, el inimitable Carlos Hübner-Arteta, quien también se dispararía lo de los Châteauneufs.

Rica sopa en Rai Rai Ken

Menciono el almuerzo por lo bien que cayó y porque, en un apuro, este Rai Rai Ken es un sitio muy satisfactorio. Excelentes dumplings de cerdo fritos y la sopa de fideos en un caldo aromático y sabroso, adornada con tiernas masitas de cerdo asado.

Un buen plato de ramen es de las cosas que te calientan cuerpo y espíritu y te quitan el hambre lo justo, dejándote ligereza y hasta espacio estomacal por si se antoja algo más.

Seguimos hacia Le Dû’s. Llegando a la tienda vimos la figura de Josh Raynolds que caminaba apresuradamente delante de nuestro taxi. Saltamos del vehículo y nos unimos a nuestro amigo en el frío, para caminar la cuadrita que quedaba antes de llegar a la tienda.

No me habían dicho que se trataba el evento de una de esas cata multitudinarias a las que está invitado todo quisque. Siendo Brad y Carlos miembros de la industria y Josh un prominente crítico de vinos, me hice la idea de que se trataba de uno de esos eventos cerrados, sólo para los in-the-business. Pero no. Aquí venía hasta el gato, como se hizo aparente muy rápidamente. Por suerte llegamos lo suficientemente temprano como para probar unas cuantas cosas sin tener que batirnos contra la multitud.

Mesa por mesa, mi recorrido incluyó…

Domaine Lafond “Roc Epine”, Blanc, Lirac 2008: Viognier melocotonesco, goloso y glicérico, con agradables dejes florales. Usualmente los problemas con este tipo de vinos no vienen por la aromática, sino por el peso y el alcohol. Pero éste mantiene todo bajo relativo control y resulta agradable.

Domaine Lafond “Roc Epine”, Tavel 2009: Nunca he sido capaz de entender el atractivo de los “rosados” de Tavel para tanta gente. Oscuros y masacotescamente densos, tienden a tener para mí todo el encanto de beber vaselina saporizada con mermelada de cereza y texturizada con arena fina. Este no es excepción.

Domaine Lafond “Roc Épine”, Rouge, Côtes du Rhône 2008: Un tinto de cuerpo medio, carnosamente garnachesco y zalamero. Fresco, jugoso y muy bebible. Mi favorito de los vinos que probé de esta bodega, por distancias.

Domaine Lafond “Roc Épine”, “La Ferme Romaine” Rouge, Lirac 2007: La crianza de esto, según mi telegráfica nota, es mitad inox, mitad madera. Denso, cerrado, opaco y tánico. Buena estructura, aunque la madera interrumpe un poco el discurrir del pensamiento hacia ideas positivas.

No sé por qué, pero me salté el reso de la mesa que ocupaban Lafond y Domaine Boisson. Sería que me atraía más la idea de la siguiente mesa, donde dos chicas jóvenes servían y explicaban vinos de familia y tradición. Por lo menos así los anunciaba el utilísimo panfletito que te daban a la entrada.

Le Vieux Donjon, Blanc, Châteauneuf-du-Pape 2008: Esta cuvée de rousanne y clairette, de producción limitadísima, me cautivó desde el primer momento. Si todo lo que sale de Chiateauneuf fuese de este nivel de ligereza, delicadeza, elegancia y precisión, en mí tendría la región un defensor incondicional. Floralidad etérea, paso de boca limpio y delicioso que te agarra de repente y comienza a presentarte detalles muy claramente subrayados con brillantes líneas de mineralidad. Posgusto largo, firme y complejo. Delicioso vino.

Le Vieux Donjon, Rouge, Châteauneuf-du-Pape 2008: Aquí estamos firmemente anclados en el estilo tradicional de Châteauneuf, que te demuestra que venir de una región cálida no tiene necesariamente que hacer del vino un bodrio alcohólico con más similaridad a jugo de ciruelas pasas que a nada reconocible como vino. Este Donjon es todo fruta vibrante y polvo blanco, con dejes de tomillo, o lavanda, o alguna otra flor o hierba que me elude, además de un toque peculiar de lanilool que bien podría ser una ilusión olfativa provocada por la sutil volatilidad. Huele voluptuoso. No es un vino pequeño, pero dista mucho de la hipertrofia parkeriana. Se mueve con elegante seguridad en boca y su garra tánica=acídica final invita a seguir bebiendo, de preferencia con una buena carne a la brasa de acompañante. De dos Donjon, me quedo con los dos. Es excelente porder volver a ver como pueden ser las cosas.

Seguí al próximo elaborador:

Domaine de la Charbonnière, Blanc, Châteauneuf-du-Pape 2009: De perfil mucho más afrutado, carnoso, moderno y menos delicado que el Vieux Donjon (figúrense ustedes el sentido de esa fila de adjetivos). Atractivo, pero me gustó mucho menos. Elementos de jabón de olor.

Domaine de la Charbonnière, Vacqueyras 2008: Oscuro, rústico y un tanto aparatoso. Un vino recio que en realidad no logra darme nada que me invite a quedarme con él más de un minutito.

Domaine de la Charbonnière, Châteauneuf-du-Pape 2008: Buena fruta, con aspectos especiados y térreos interesantes, pero ahora mismo en boca está un tanto duro y granuloso de taninos.

Domaine de la Charbonnière, “Mourre des Perdrix”, Châteauneuf-du-Pape 2008: Llámenme loco, pero una de las cosas que me hacen confiar en un productor—al menos en regiones en las que no haya distinciones cualitativas entre viñedos del orden premier cru, grand cru, etc.—es cuando no se pone a hacer cuvées prestige. Quizás por eso me gusta tanto Vieux Donjon y muestro cierta resistencia cuando me encuentro algo que huele a premium. Es que usualmente esas cuvées “top” son puntistas, las sobredecoradas, las que vienen con queso. El caso es que ésta de la Charbonnière no me desagradó, si bien protesto en mi brevísimo apunte de libreta sobre un cierto aspecto táctil de cera que distrae de la verdadera acción. Primario. Fruta roja y negra densa. Posgusto medio con notas ahumadas.

Le Dû's se llenó de gente a una velocidad impresionante...

Repentinamente, Le Dû’s se había atiborrado de público. Me dí cuenta que iba a ser difícil cubrir mucho terreno en esta cata. Pregunté a mis amigos, que entienden un poco mis prejuicios personales, lo que debía probar si quería continuar la impresión positiva que me habían dejado los vinos de Vieux Donjon. Josh Raynolds me llevó a una mesa que no tenía una masa humana delante, sino un señor con cara de simpático detrás. Un vigneron con una vertical comprensiva de todas las añadas de su joven bodega en Cahors. Anjá: Malbec. Seguro que algún argentino me coge hoy mala voluntad, pero en las notas que siguen hay una importante lección.

Clos de Gamot, “Cuvée Clos St. Jean”, Cahors 1998: El primer vino de la vertical. El amable bodeguero declara que en realidad no es su favorito y que lleva madera nueva. “Estábamos comenzando, o sea que las barricas eran nuevas en aquel entonces, pero fue la última vez…” O palabras a tal efecto fueron lo que dijo. Interesante vino con elementos cárnicos sobre cereza y mora vitales y expresivas. Térreo, con ciertos dejes florales. Lástima que una corriente vainillosa viene a distraer en la nariz y los taninos de madera se suman a la astringencia final de un vino que de por sí es muy tánico. Pero no está mal el conjunto.

Josh Raynolds nos explica algo importante a Carlos y a mí. Foto: Brad Kane

Clos de Gamot, “Cuvée Clos St. Jean”, Cahors 1999: Lo más curioso del cual era su olor a arreglos florales funerarios. Una floralidad blanca, dulce, de corona para difunto. Aparte de eso, aromas de cuero sobre fruta  negra aún poco evolucionada. Taninos de grano fino en un posgusto largo. Un vino singular, con muy buena estructura.

Clos de Gamot, “Cuvée Clos St. Jean”, Cahors 2000: Un tanto consommésco, estofadillo. Fruta negra dulce, con cierta profundidad. Posgusto largo, aunque un poco falto de frescura.

Clos de Gamot, “Cuvée Clos St. Jean”, Cahors 2001: De nuevo aquellas flores luctuosas—ojo, no vayan a pensarse que esto es un descriptor negativo, que por algo la gente manda esos arreglos—con un marcado aspecto de caballo sudado sobre fruta amplia y carne curada. Interesante vino, despierto y firme, con taninos poderosos. Posgusto largo y masticable,  con una cierta complejidad.

Clos de Gamot, “Cuvée Clos St. Jean”, Cahors 2002: Huele a carne asada. Cerezas negras frescas y floralidad que da un giro inesperado hacia violetas. Muy firme y tánico, como todos sus hermanos en esta secuencia, pero podría entrarle con un buen bife. Muy especiado en el posgusto.

Clos de Gamot, “Cuvée Clos St. Jean”, Cahors 2005: No pude oir la explicación sobre lo que pasó con el 2003 y el 2004. La tienda comenzaba a hacérseme opresiva de tanta gente. No iba a aguantar mucho más. Este joven 2005 es amplísimo de espaldas y bastante abrasivo de taninos. Como quería ponerme yo en ese preciso momento, para abrirme paso entre la frenética turba de público catante (¿catista? ¿cateto?) y o seguir probando vinos, o largarme.

Malbec con estructura, que se iba haciendo más interesante mientras más lejos quedaban las barricas nuevas en la vertical. Da que pensar… Quizás tanto que se me olvidó tomar notas de los demás vinos que probé, en las mesas de Château Fortia y Château Moulin-Tacussel, ambos domaines que me dieron gratas sorpresas con vinos no solamente bebibles, sino interesantes y repetibles. Sé que preferí el “básico” Château Fortia, “Cuvée Tradition”, Châteauneuf-du-Pape 2008 a la más lujosa “Cuvée du Baronde la misma añada en esa casa. Más claramente elocuente el primero, más  opulentamente adornado y manerístico el segundo. Escuché con curiosidad que el Domaine Moulin-Tacussel. Blanc, Châteauneuf-du-Pape 2009 lleva bastante garnacha blanca, con rousanne, clairette, picpoul y bourboulenc—pero el vino no me dijo tanto como el delicioso blanco de Vieux Donjon. En cuanto a los tintos, el Domaine Moulin-Tacussel, “Tradition Rouge”, Châteauneuf-du-Pape 2008 también me impresionó más que el más caro “Hommage à Henri Tacussel”. Más puro y auténtico el “Tradition”. Pero tristemente no tomé ni siquiera mínimas notas. Sólo puse un “√” al lado del que me parecía más atractivo.

Analizando el panfleto que te entregaban a la entrada de la tienda con el listado de elaboradores presentes y precios, veo que en realidad no probé casi nada. Ahora que lo pienso, dejé de tomar notas porque me molestaba la cantidad de individuos que chocaban contra mis codos, produciendo todo tipo de ilegibilidades en mi libreta. No les digo nada de lo jodido que era alcanzar una escupidera, particularmente porque siempre había uno que se parqueaba directamente delante de ella, bloqueando el acceso, y se embarcaba en una entrevista extensa con el vigneron de turno.

La verdad es que esas catas multitudinarias se vuelven un crical muy fácilmente. Pocas veces te encuentras una en la que impera la consideración, la disciplina y la eficiencia.

Pero quizás eso sea mucho pedir.

Salimos de Le Dû’s Kane, Carlos y yo a caminar por el Village, comentando sobre el gentío en la cata y lo equivocado o no que había estado yo rehuyéndole a Châteauneuf en la última década. Definitivamente hay vinos valiosos aún en esa zona, a pesar de la influencia parkeriana y las enohorteradas que provoca. Eso sí, los vinos ahora son mucho más caros

Carlos Hübner-Arteta y un servidor ilustramos la moraleja de esta historia en la estación de Subway de West 4th. Foto: Brad Kane

que cuando dejé de comprarlos hacia 1996. En la actual coyuntura económica mundial, hay que pensarse dos veces las tarifas de acceso que te zumban algunos por sus vinos.

Yo me había resistido a lo de Le Dû’s. Quizás la resistencia había sido pura necedad, estupidez. O quizás, aceptando riesgo, yo me había dado licencia para cometer posibles estupideces en una tarde de Châteauneuf. Depende de como se vea. Ibamos caminando alegremente a por café los tres amigos. Parecíamos las chicas de Sex and the City en versión masculina avejentada y más bien feucha (por no decir sobrepesista en un par de casos, al menos). chachareando por la calle y chismeando sobre vino y gente.

Cositas y cosotas: 19.02.2010

Esta semana ha sido lenta en cuanto a noticias de la cultureta.

Bueno, lenta y errática. Los palitos que han caido no han sido más que chismecitos “light”, especulaciones y/o momentos de  idiotez total de la industria del vino y su aparato desinformativo (algo bastante típico) y alguito más. Bueno, y también algo inesperado y agradable que me cayó a mí desde Sudamérica.

Leí que ya se había dictado sentencia contra los culpables en el caso “Bicicleta Falsa”. Los bodegueros y negociantes franceses acusados de fraude contra la megaenocorporación norteamericana E & J Gallo por la venta sistemática del equivalente de entre 1 y 460 tamqueros petroleros (me aconsejaron que dejase la cifra actual de tanqueros abierta pendiente de las diversas estimaciones matemáticas que están surgiendo desde hace unos días en estas páginas; la cuestión es que es un montón de producto)  de vino adulterado designado falsamente como “pinot noir” para utilizar bajo la popular marca “Red Bicyclette”, de Gallo.

Las sentencias, dictadas contra una docena de figuras de la industria del vino en Languedoc, incluyen pena de cárcel suspendida de seis meses y multas de hasta 180.000€. Vamos, más o menos “light” la cosa, considerando. Nadie se ha hecho el seppoku hasta ahora. Va y hasta un día alguien hace una peli con Matt Damon. Comedia, seguro.

En otro orden de ideas, el Dr. Steve Charters, Profesor de Champaña en la Universidad de Reims (ya sabía yo que eso de “Literatura” era una pérdida de tiempo durante mis años de académico, carajo…) declaró a Decanter que considera “peligrosa” la reducción de precios en los vinos de la región, ya que bajar los precios podría causar una “pérdida de prestigio” a la champaña en el mundo.

¡No, si es que tiene todo el sentido del mundo, hombre! ¡No reajusten precios en una economía recesionaria, que perdemos el donaire! ¡Además, ya que las diversas burbujas de las últimas dos décadas nos han “autorizado” para ir del caro al carísimo al totalmente ridículo, ¿por qué echar para atrás?

Al profesor Charters y a quienes en la industria champañera sigan sus dictámenes les dedico un videoclip muy mono de los ochentas…

Denme un segundo, que voy a ponerme gomina. Ah, verdad, no tengo pelo…

Bueno, a otra cosa. Gilbert Pagua me envió ayer a través de Facebook un enlace. Era a una entrevista con el crítico enogastronómico venezolano Vladimir Viloria, quien parece ser todo un personaje al que un día de estos debo conocer, pues compartimos bastantes ideas. Tenemos algún amiguete en común de apellido Tapia, o sea que ahí está una vía. En fin, que dice Vladimir lo siguiente:

De los blogs que veo de vez en cuando recomiendo Dr. Vino, elmundovino.elmundo.es, Vinorama, que escribe mi amigo Patricio Tapia últimamente, uno de un tipo que sabe mucho de vino italiano, Tom Hyland, se llama Learn Italian Wine. Hay un divertido personaje que se llama Manuel Camblor, español y que vive hoy en día en República Dominicana, que escribe desde el tono del consumidor, muy sabroso, cercano a la crónica periodístico/literaria, su blog se llama La otra botella, y es de lo mejor que se escribe por ahí.

Es que me ruborizo… Agradecidísimo por las palabras. Eso sí, tengo que dar una aclaración, que de paso ha de servir para que dejen de mandarme e-mails pidiéndome que escriba “dando la perspectiva de un riojano habitando en República Dominicana” y cosas así. Aunque España late fuerte en mí y poseo un apellido asturiano (Camblor) y otro catalán (Pujol), no digamos nada de por lo menos un abuelo nacido en la tierruca, en realidad no soy español. Nací, de padres cubanos y por un extraño accidente del exilio, en San Juan, Puerto Rico. Crecí en Santo Domingo, República Dominicana. Y, sin embargo, por otro extraño accidente del antedicho exilio (que le contagia sentimentalismos de los padres al hijo que menos le corresponderían), lo que más me siento es cubano. Claro, eso junto con un montón de otras cosas. Y además, dadas las capacidades desasociativas y reasociativas de esta vida cada vez más virtual que uno lleva hoy por hoy, va y hasta lo que soy es posnacional.

Pero nada, sólo una notita aclaratoria. De nuevo gracias a Vladimir Viloria  allá en Venezuela por leerme y apreciarme como soy. También gracias a Milsabores.net por publicar esa entrevista tan interesante (y ya no lo digo porque me mencione, ¿eh?)  y a Gilberto por mandarme el link.

¿Videín? Prueba de lo mucho que se divierten los chicos hoy día, y hablando de bicicletas, aquí tienen a Bombay Bicycle Club, un grupo que descubrí recientemente por pura casualidad y que me tiene enganchado. Sus integrantes parecen haber dejado atrás la adolescencia hace muy poco. Chicos precoces con un sonido muy maduro…

Descuaderno de viaje 3: Reencuentro, con cassoulet

El magnífico cassoulet de La Sirène un jueves por la noche.

Una más para la (aparentemente infinita) lista de cosas que extraño de mi vida en Manhattan, ahora que vivo en donde vivo, que no es allí: Como algunos restaurantes se hacen famosos por un plato, que solamente sirven un día a la semana, convirtiendo ir a comer eso en específico en un delicioso ritual. Ese jueves, en que comenzaba a bajar seriamente la temperatura sobre Nueva York, era noche de cassoulet en La Sirène.

Ah, otra cosa que extraño desmoderadamente de Nueva York: Esos restauranticos diminutos que surgen, con media docena de mesas y cocina excepcional, joyas que hay que hurgar para descubrir. Cuando llegas, te encuentras que es “cash only” y quien te atiende es el dueño, o la mujer del dueño, o algún otro familiar. Hay magia en lo micro, en lo íntimo. De anhelar esa magia están hechas muchas de mis ilusiones en la vida.

La Sirène (558 1/2 Broome St. casi en la esquina de Varick, una dirección muy Being John Malkovich…) cumple en ambos de los antedichos respectos. Encima, me encontraría allí con buenos amigos. Sujetos cuyos nombres adornan estas páginas frecuentemente: Kane, Miller, Grossman, Raynolds. Pero también algunos que no había visto en buen tiempo, como mi querido Marty Lebwohl y el famoso dj y autor de un libro de referencia imprescindible sobre The Clash,  Tony Fletcher. O sea, ¿cómo diablos hubiese podido no hacerme ilusión esa cena?

El ánimo era adecuadamente celebratorio. Un lugar calentito al que entras de una noche fría. Comida casera. Tu gente. Deliciosa cocina invernal. De orden que hubiese bastante champaña para propulsar la festividad. Comenzamos con un Cédric Bouchard, Brut Blanc de Blancs-Roses de Jeanne, “Le Haut-Lemblée” Brut Blanc de Blancs, Champagne 2005. Según cuenta la elegante web de esta nueva casa de champaña dedicada a la producción de tres vinos altamente expresivos de sus terruños. Quiero dejar claro que la investigación googlista posbebiendal me fue casi tan satisfactoria como el vino mismo. Esa página de Roses de Jeanne en verdad está bonita, con excepcional fotografía y, sobre todo, una refrescante economía lingüística que prescinde de cursilerías marketingueras. Te informa y te da ganas de encontrar los vinos, cosa que es una misión en sí, pues algunos, como el Blanc de Blancs que nos ocupaba en La Sirène, son de extrema microproducción (“entre 500 y 800 botella”, dice la página). Esta botella se la debimos al buenazo de Marty, que siempre aparece con cosas muy especiales.

El vino es purísimo, con aromas de limón, almendra fresca, papel y una nota de melocotón que reverbera suavemente en la superficie sin meterse en la estructura profunda. Igualmente, otra nota que me recuerda a gardenias anda vibrando ahí. Pero es muy, muy sutil. Joven y primario, ahora mismo está dando sólo una fracción infinitesimal de lo que estoy seguro dará con el tiempo. Cremoso en boca, con excelente concentración frutal en un vino que se mueve con ligereza y gracia. Centro crujientemente mineral. Una champaña elegante, pero con tremenda garra cítrico-mineral. El posgusto es largo, revelando capa tras capa de cosas buenas.

Jay había traido, aparentemente por error, pues pensó haber agarrado otra cosa en la bodega, un Pierre Peters, Brut Blanc de Blancs Grand Cru, Cumières-sur-Oger, Champagne 2003, que sorprendió por lo seco y austero, a pesar de su añada. Un vino firme, seriote, cuya nariz daba poquísimo de sí. Sólo fruta de hueso y limón al lado de croissant aux amandes, pero, insisto, con cualquier traza de redondez o dulzor bien oculta. Hay también algo inesperado de sudor en el fondo aromático. Compacto y reticenteen boca, ligeramente salino.  Se mueve bien, pero no es un vino de especial placer en estos momentos.

Siempre que a Brad Kane lo sientan al lado de una chica guapa, hay que fotografiarlo.

Seguimos con mi primera aportación de la noche, un Cédric Bouchard, Brut Blanc de Noirs “Inflorescence”, Val Vilaine, Champagne 2007. En la medida en que pude yo ver en la semipenumbra del restaurante, no llevaba lo de “Roses de Jeanne” en la etiqueta, no sé por qué. Quizás alguno de los más eruditos especialistas en champaña que por aquí pasan pueda aclararme las ideas sobre diferencias de “marca” si es que las hay… Comparado con el Blanc de Blancs inmediatamente me hace darme cuenta de que no me vuelve loco la directez y la voluptuosidad de muchos Blancs de Noirs. Prefiero vinos más ligeros, precisos en sus detalles y eléctricos de nervio. “Achocolatado” lo llama Marty y lleva mucha razón. Fruta dulce y un aroma de flan dominan la nariz, pero se siente profundidad y resonancia. No se trata meramente de un vino goloso y facilón. Aquí hay sustancia para rato. En boca está sabrosón y primario, con dulzor acerezado y un interesante acento de talco. Carnoso. Voluminoso. Persistente en su voluptuosidad. Esto llena la boca. No sé, como pronuncié en la mesa: “It’s a bit much, isn’t it?

Entre champaña y champaña habían llegado unos excelentes escargots. Como en uno de esos bistros en cualquier callejuela parisina. Ricos. Y con buen pan casero para rebañar sin pena. Abrí mi segunda aportación. Confieso que a veces eso de llegar con tres, cuatro o media docena de botellas a una velada de éstas es menos cosa de largesse por mi parte que ganas de satisfacer curiosidades en el poco tiempo que tengo en Nueva York. Si por casualidad la pego y me salen vinos extraordinarios, la felicidad de poder compartir la experiencia aumenta.

Uno de los buenos lo fue el Gorrondona, Tinto, Bizkaiko Txakolina 2008. Es mi cuarta añada del  Gorrondona y es probablemente la más inmediatamente encantadora de todas. Los chicos no dejan de sorprenderse ante e doble golpe: Existe un chacolí tinto, sí señor; y es así de bueno… La primera impresión aromática es de anís, salvia y polvo. Segundos después estos primeros aromas comienzan a permearse de una irresistible marinidad. Luego vienen fresas y frambuesas purísimas, maduritas, frescas. Y más tarde un deje como de pimiento del piquillo, seguido por agua de violetas. Un tinto siempre original, siempre interesante, este Gorrondona. Ligero y vivaracho en boca. Fruta muy limpia con abundante mineralidad salina. Sabroso y refrescante donde los haya. Uno del que repetiré cada vez que pueda.

En primer plano, Jeff Grossman con letrerito. Al fondo, Josh Raynolds muy apasionado por algo.

Otra botella especial, producción limitadísima, etc. El Marcel Lapierre, “MMVII”, Morgon 2007. Esta es la cuvée tardive de Lapierre, con un poquito más de cuerpo, un poquito más de alcohol y todas esas cosas que en un productor menos genial me harían alzar la nariz. Pero en este caso estamos hablando de un vino precioso. Aunque anda por 14% de alcohol, no se le siente nada. De hecho, es todo frescura y tensión, con la bella armonía de la gamay y el granito plenamente manifestada todo el tiempo. A Josie le encanta y me pregunta si tengo guardado. “De éste definitivamente no, pero del regular sí tengo. Montones”.

Hablemos un poco del cassoulet en La Sirène. Te lo sirven directito de la candela, en una cacerola de barro muy bien curada. Una porción jumbo de alubias, salchichas, tocino y confit de pato  (lo que te indica que éste es tradicional cassoulet de Castelnaudary). ¡Bendita dosis de colesterol con pronóstico de tórridos meteorismos!

La siguiente botella resultó especial también. Ojo, que hablo literalmente. Algunas botellas, de ésas superpesadas cuyo fondo presenta una depresión particularmente pronunciada, son motivo de gran hilaridad entre nuestro grupo. Digamos que esas botellas de deep punt se prestan a un tipo de relajo muy específico. En algunas, el hoyo en cuestión puede llegar a albergar todos los dedos de la mano, o hasta un puño de alguien con manos pequeñas. Ya podrán imaginarse el resto. Básteme con referirles a la lúdico-alarmante imagen que ven a su derecha.

La botella en cuestión era del Domaine Leroy, Bourgogne Rouge 2004. Circuló durante un rato cierta historia de que todas las uvas tintas del domaine, incluyendo las provenientes de los premiers y grands crus que trabajan, habían ido a parar a este vino por una razón u otra. Sé que se dio la explicación, pero

En que Camblor explora la vitrosexualidad...

francamente se me borró del disco duro en tránsito, así que, como se dice en Santo Domingo, telavoadebé. Un vino oscuro, denso, rústico y medicinal al que me costó mucho trabajo encontrarle algún encanto. Paladar tánico y amargo, pesado. Otro que no me impresiona (ya van siendo muchos) de chez Mme. Leroy. Quizás el tiempo ayude en algo a este vino tan inatractivo ahora, pero de no tenerlo algún amigo que eventualmente desee compartirlo, no me enteraré. Ah, pero esa botella…

En el espíritu de seguir con pinot noir insatisfactorio, a continuación me pasaron un Thomas, Pinot Noir, Willamette Valley, Oregon 2002. Mermelada de canela en la que alguien virtió excesivas cantidades de canela y clavo dulce en polvo, además de un buen chorro de vodka no particularmente buena. Posgusto francamente vulgar.

Con las últimas cucharadas del cassoulet me probé el Château Montus, Madiran 1989. Lo justo para este plato tan sureño. HUele a carne y aceitunas. Un tintón musculoso, de voz ronca y pelo en pecho. Aún muy tánico, aunque esto casi ni se nota entre el oleaje lípido del cassoulet.

Por poco se me olvida, pero por suerte se me cayó el tenedor y dió contra la botella del Forjas del Salnès, “Goliardo” Loureiro, Rías Baixas 2007 que había traido y puesto debajo de la mesa a esperar su turno. Recordándola, la subí y serví inmediatamente.

Recordaba este vino muy positivamente de aquella cata masiva de Peñín con los “Nuevos Valores de España” en Nueva York, hace más o menos un par de años.  Aunque me pareció una barbaridad que me cobraran más de US$50 por la botella en Crush, los pagué. Un día es un día y el consenso entre unos cuantos amigos entendedores del arte del buen tinto gallego consideran este Goliardo entre lo mejorcito.

Pero esta botella no resultó tan estelar como esperaba. Una nariz opaca, inexpresiva, con notas de tinta china y salinidad acentuando  fruta negra un tanto monótona. En boca está un poco más presente que en nariz, aunque se le siente simple y recortado. Puedo haberlo pillado en un mal momento. Al menos eso espero. Aquí la tarifa dolió.

Hay que sacar un momento para mencionar el Joseph Drouhin, Clos de la Roche Grand Cru 1993 que llevaba rato parado en la mesa frente a Jay. Pregunté lo que le pasaba al vino y me dijo: “Horriblemente tánico y cerrado, estoy esperándolo, a ver…”

Como suele suceder en estas festividades, el restaurante se había ido vaciando alrededor nuestro. Era casi hora de marcharse y me decidí a probar el Clos de la Roche, porque para luego era tarde.

Jugarretas de la luz al final de la noche...

En efecto, tánico de gónadas.  Tremenda, diabólicamente tánico. Se comenzaban a dejar entrever tonos florales, dulzor frutal y especias cuando lo probé. Un vino de cuerpo medio, todo músculo y nervio tenso ahora mismo. Un bailarín de ballet ejercitándose, pero lejos de tener ganas de ser visto por el público.

Había sido una cena larga y deliciosa. Altas y bajas en los vinos, pero no en los amigos. Fletcher tiene un nuevo libro sobre la música callejera en Nueva York. Msrty y su esposa se han mudado de apartamento. Quedé con él para comer un rico brunch el domingo por la mañana. Con Kane y Raynolds quedé para algo más raro, quizás hasta un poco siniestro, conociendo como soy. Pero eso queda para la historia del día siguiente, un viernes que, según pronóstico, sería helado.

Por cierto, Brad Kane comprtió un álbum de fotos de esta velada en La Sirène en la página de La otra botella en Facebook. Si no se han hecho fans aún, háganse. Y vayan a divertirse un poco…

Descuaderno de viaje 2: Barriga llena, corazón contento

Muchos de mis amigos no entienden que yo extrañe el frío invernal de Nueva York.

Aunque nací y crecí en el corazón del Caribe, en realidad mi vida se define en ciudades con cuatro estaciones. Calor el año entero no es un estado que yo sepa apreciar, aunque para tanta gente constituya el paraiso terrenal. Yo prefiero el otoño y el invierno. Una brisa helada en mi cara al caminar por el Upper East Side me vigoriza mucho más que cualquier día en la playa.

Caminar. Eso lo hago mucho cuando vuelvo a Nueva York. Al final del día ya pierdo la cuenta de las decenas de decenas de cuadras andadas. Y me siento bien. Con tremendo apetito para lo que traiga la noche.

Para nuestra segunda cena en este viaje queríamos un pequeño desquite, dadas las impresiones severamente mixtas de  la noche anterior en Seasonal. Como siempre, buscábamos originalidad culinaria, pero también la satisfacción de comer bien, sustancialmente, con esa intensidad calórica que sólo vale para comidas de invierno.

Entre las recomendaciones de sitios nuevos que tenía estaba Braeburn (117 Perry St., en la esquina de Greenwich St.), un sitio de cocina “americana creativa” con énfasis en platos hogareños, además de una lista de vinos no muy extensa, pero de giro curatorial muy interesante. El decorado es cálido, más bien tirando hacia lo rusticón. El servicio es informal y amable. La atmósfera es relajada, de restaurante de barrio donde ir a comer bien una noche cualquiera.

Y por casualidad era Restaurant Week. De verdad, por casualidad. No sé cual es la suerte que tenemos Josie y yo, que sin proponérnoslo en lo absoluto, caemos en Nueva York durante este evento semestral en el que una buena cantidad de restaurantes de mucho renombre o emergentes proponen fórmulas de degustación a precio reducido. La idea es tener la experiencia sin tener que sacar una segunda hipoteca… Y en los restaurantes verdaderamente buenos funciona muy bien.

Ya, ya. Otros amigos dirán, con cierto desdén, que no se puede tener la experiencia completa de un restaurante en Restaurant Week, que las rebajas de precio conllevan necesariamente un recorte de registro interpretativo en la cocina y que eso es un truco cogebobos. Pero yo digo que donde hay una cocina competente, con integridad y los mejores ingredientes, come uno formidablemente, así que no me jodan.

El menú de tres platos por US$35 en Braeburn me atrajo inmediatamente, no por el precio, sino por contener un ingrediente en particular que no estaba en ningún plato de la carta regular y que me resulta absolutamente irresistible. Así, el plato titulado Nieman Ranch Pork Belly, Collard Greens, Butternut Squash Sauce lo decidió todo. Masas de tocino. Verdes salteados. Salsa de calabaza. Combinación ganadora. YA alguien me había dicho que debía probar el pollo frito en Braeburn, y a decir verdad olía maravilloso cuando lo trajeron a la mesa de al lado, pero hay imperativos que no desobedezco. Pork belly. Que se quite de en medio todo lo demás.Por lo de comparar, ordené la trucha “ahumada en casa” que ofrecían entre los entrantes. JOsie pidió una sopa de alubiones con confit de pato y merluza de Maine a las hierbas con col de Saboya y salsa de mostaza. Complementamos nuestros entrantes con una ensalada de remolachitas asadas, manzana, nueces especiadas y fondue de queso de cabra que nos apetecía a ambos en el menú regular.

Aunque quizás la trucha ahumada de Braeburn no era tan delicada y artísticamente presentada como la de Seasonal, estaba muy rica. Y el cerdo… Chicharrón crujiente y masitas que se te derretían en la boca. Un comjunto perfectamente orquestado de texturas, de salinidad umamiesca, buenas grasas, dulzor de la calabaza y sutil amargor de los verdes que para mí es la quinta esencia de la comfort food americana. La merluza también estaba excelente, aunque a decir verdad ocupaba otro registro experiencial muy distinto.

Nos quedamos con las ganas del pollo frito. Será para la próxima…

Si bien para la comida fuí bastante predecible, con la carta de vinos me puse aventurero. Es una carta que, para los excesivos estándares neoyorquinos, tiene relativamente buenos precios. No te soplan US$20 por copa de un vino que cuesta US$18 la botella en tienda. Y de verdad hay cosas que apetece mucho pedir. Por ejemplo, ¿cómo puede uno objetar a una lista que contiene COS “Pythos” 2006? Hubiera sido mi elección automática, pero me sentía un poquitín aventurero. Quería algo nuevo y el “Pythos” los tenía fresco en la memoria de la cata de “vinos anaranjados” en Convivio el pasado octubre.

Ordené un Maysara, Pinot Noir “Jansheed”, McMinnville AVA, Willamette Valley, Oregon 2007. Amjá, Oregon. ¿A que acojona, yo gravitando hacia pinot noir gringo?

En principio titubeé un poco. El camarero me lo vió en el rostro, al parecer. Yo le dije: “Mi preocupación es que sea un vino limpio”. El me dijo: “Bueno, sucio no está,” Le expliqué que me refería a madera nueva, tecnología esperpentificante, etc. “Ah, pues creo que ése le va a gustar”, replicó el muchacho, que exhibía una admirable barba para la edad que aparentaba.

En la semipenumbra del restaurant, Josie me leyó la contraetiqueta (ya quisiera yo que, en consideración a los semi-invidentes como este servidor, los restaurantes del mundo tuviesen un poco mejor iluminación). Algo sobre el tal Jamsheed y el anuncio de que la bodega es bio, certificada por Demeter. Comenzamos bien. En nariz es un vino vivo, de tonalidades altas, pero con notas térreas de fondo que dan sustancia. Femenino, pero de voz ronca, con una ligera carraspera. Buena intensidad frutal, con aroma muy puro de cereza negra. Las notitas volátiles que levantan el tono hacen que ciertos aspectos florales parezcan más delicados que lo que probablemente en realidad son. En boca el golpe frutal es sabroso, fresco, con notas minerales entremezclándose con un amargor que me recuerda un poquito a yogur griego, pero de buena forma. Muy buena persistencia en un posgusto cálido y sedoso, pero  con acidez vibrante y una cierta complejidad mineral. Un vinito que, si nos ponemos a analizarlo minuciosamente componente a componente, nos lo dañamos de seguro, Pero bebido alegremente, en un restaurante hogareño y acogedor como Braeburn, la suma de las partes da un todo muy atractivo.

Lo bonito de Nueva York es que por cada sitio cuyas pretenciones e ínfulas te molestan, te sale otro auténtico, al que quieres regresar una y otra vez. Creo que esto último me pasará con Braeburn.

Ya les dejo. Los momentos musicales de este blogcito mío parecen ser uno de los elementos que hacen más felices a más gente, sin importar que compartan mis opiniones o no. Por eso, otro. Una chica nigeriana que vive en Alemania y canta Neo-Soul como pocas. Nneka es de la vieja escuela de verdad, con el tipo de duende que ya aparece tan poquito…

Cositas y cosotas: 12.02.2010

Toda la angloenoblogosfera anda muy feliz con un ensayo de Cory Cartwright en su magnífico blog, Saignée sobre la diversidad en el mundo del vino y lo tremendamente fácil que es cargársela. Me uno a los que celebran esta genuinamente excelente meditación de Cory e invito a los angloleyentes entre ustedes a leerla con atención, si no lo han hecho ya. Para los que no le pegan al inglés, traduciré un párrafo que encapsula el mensaje primario del artículo:

Mientras ponderaba esta entrada, pensé en el gran E.O. Wilson y su The Diversity of Life. Este libro es uno que puedo razonablemente decir, junto con algunos otros, que cambió mi vida para mejor. En el libro, el doctor Wilson, que es un profesor especialista en mirmecología, o sea, en el estudio de las hormigas (“mirmecología” es una palabra que cmparte la raíz de esa palabra favorita mía, “mirmidón”), presenta un elegante argumento a favor de la protección de la biodiversidad en nuestro planeta de cara a la creciente modernización. Se trata de una obra apasionada y elocuente que se balancea perfectamente entre la ciencia y la literatura. El argumento de Wilson, replanteado a mi nada wilsonesco modo, es que la belleza y salud de nuestro mundo dependen de la continuada diversidad de la vida y que las cosas comenzarán a desmoronarse mientras más piezas vayamos eliminando.

Hay que ver que se deja leer este Cory, ¿no?

Echo esto en el caldo por una conversación que tuve con un nuevo amigo aquí en Santo Domingo la semana pasada. Le explicaba que el reduccionismo de eso que yo llamo la cultureta actual del vino (que no es ni cultura, ni va de vino) llevaba a una mentecatización (gracias siempre a Joan Gómez Pallarès por este palabro tan gustoso) del interesado por el vino y un implícito “tranque mental” por el cual no se puede atacar al putativo consumidor de vino con mucho más de un par de conceptejos familiares. O sea: #1 “Esto es vino”; #2 “Es blanco”; #3 (Que ya es temerario, ante la asumida estrechez cerebral del destinatario) “Es de X variedad de uva que te es familiar”; después de lo cual no se puede el empujavinos arriesgar mucho y quizás sólo zumba un “Ganó 92 puntos” que amarre la cosa con airecito de legitimidad. La diversidad es enemiga de la cultureta actual del vino, hipersimplificante e idiotizante como es esta última. Háblale de diversidad verdadera (no de “diversidad” de SKUs)  a un trajeado empujavinos corporativo de esos que tanto abundan y saca la pistola. O sale corriendo.

El artículo en Saignée hace mención de un caso que ha estado en boca de todo el mundo recientemente: El timo masivo al gigante vínico E. & J. Gallo por parte de un número de avispados cosecheros, bodegueros y negociantes en Languedoc que vendieron como “pinot noir” a Gallo—para su marca Red Bicyclette—3.57 millones de galones de vino de uvas—por así decirlo—mucho menos nobles. La historia ha sido ampliamente cubierta. Si no la han visto, pueden hacerlo aquí.

Este tremendo fraude me hace volver a lo que les decía hace un minuto. Lo del consumidor mentecatizado y la industria que aspira a perpetuar su mentecatez manteniendo la experiencia del vino limitada a bien poco. La localización del deseo en un atributo o seña específico, en vez de en la totalidad de lo deseado, tiene un nombrecillo académico que me gusta recordar de vez en cuando: Fetichismo. Este caso del “pinot noir” fraudulento vendido a E. & J. Gallo—la cantidad de vino llenaría unos 460 buques tanque petroleros, para que se hagan una idea; a ese nivel la cosa es definitivamente juego de mayores—tiene su origen en una visión fetichista del vino. Piénsenlo. Ya verán que tengo razón.

Pero claro, hay otras historias en la cultureta del vino que te dejan rascándote la cabeza por la forma en que rizan el rizo. Leo esta mañana que se ha descubierto la presencia en el mercado chino  de unas 400,000 botellas de vino etiquetado como “Fitou” de la cooperativa de Mont Tauch en Languedoc. Aparentemente lo que hay dentro de esas botellas fraudulentas es “vino” chino de dudosa virtud. Los de Mont Tauch están indignadísimos. Y yo aquí preguntándome: ¿Por qué diablos va a ocurrírsele a alguien falsificar un tinto baratito del Languedoc? Probablemente las botellas, etiquetas y otra parafernalia para la falsificación salió más cara que ir y comprar un Fitou granelero en bodega.

¿No les parece un tanto perverso? Pongo los dos casos, que coincidencialmente tienen que ver con el Languedoc, para yuxtaponerlos y analizarlos como representativos de la cultureta reduccionisto-fetichista del vino. Commentez et discutez.

Por otro lado, ya que al final la responsabilidad de tanta porquería va a ser de los trajeados empujavinos corporativos, les dejo con unas interesantísimas declaraciones del icónico bodeguero australiano Brian Croser a Decanter. Trajeados que no tienen ni puta idea… Es que parece el nacimiento de un movimiento punitivo, la verdad.

Alguna vez, un gran poeta nos dijo que “la revolución no será televisada”. 460 tanqueros de vino falso y un litro de ironía para ustedes, amigos y amigas, junto a este fenomenal video del último trabajo de Gil Scott-Heron…

Descuaderno de viaje 1: Una copa menos, una botella más…

Justo antes de decidirme a redactar esta entrega leí un artículo reciente en Vinogusto que recomienda La otra botella como uno de sus blogs indispensables. O algo así. Cosa que agradezco mucho. Eso sí, estaba yo disfrutando del momento cuando ví que describían mis crónicas como “larguísimas”.

Los que están al día y se leyeron la entrada anterior a ésta saben que este tema me viene jeringando un poco desde hace tiempo. Sé que a veces me dejo llevar por el gusto de escribir y termino con artículos de mil o dos mil palabras, cosa que entra en conflicto con la idea del blog.

Claro, no es que quiera convertirme en un sitio más de lecturita rápida, come y vete. Pero estoy muy consciente de querer recortar un poco, ser menos extenso, o quizás menos prolífico en el número de entregas. O las dos cosas.

La cuestión es que, entrándole a la narración de mi viaje a Nueva York hace dos semanas quiero ser, digamos, un poquito más conciso. Quizás hasta capsular. Bueno, digo “quiero” y es más bien en un ánimo de “no se sabe hasta que se prueba”. Sé lo que tengo que hacer.

Llegué con Josie a Manhattan en la tarde del 26 de enero. Lo incordios que son los vuelos de Santo Domingo a Nueva York provocó que nos hubiésemos saltado el almuerzo, o sea que el leve shopping vespertino que hicimos se vió plagado constantemente por la idea de donde cenar esa noche. “Yo con una carta de vinos interesante y una cocina generosa me conformo,” declaré yo, estableciendo mis prioridades inequívocamente.

De mis últimas dos visitas a la ciudad había sacado una resolución que consideraba inquebrantable, considerando los tiempos que corren: Cero aperitivos en restaurantes  mientras sigan pretendiendo cobrarte el costo de la botella por cada copa. Como lo leen, un boicot a los ridículos programas de vino por copas de Nueva York. Definitivo. A joderle la vida a otro con esos precios.

Claro, el aperitivo había que tomarlo. Yo, práctico como siempre y pensando en la neverita que incluía nuestra habitación de hotel, decidí que en una tienda podríamos comprar una botella de algo que verdaderamente quisíeramos probar por el precio de una copa en restaurante. Y al caer el sol llegué a Crush en la 57, dispuesto a actuar.

Nada más entrar ví el vino. Era necesario que probáramos ese Marc Ollivier-Domaine de la Pépière, “Granite de Clisson”, Muscadet-de-Sèvre-et-Maine-Sur Lie 2007. Por veintidós dólares definitivamente prometía como aperitivo  anticrisis para el próximo par de noches.

Conversé un rato con el personal de la tienda, buscando recomendaciones de buenos sitios nuevos para cenar. El consenso fue Seasonal, un restaurante austriaco-creativo no muy lejos de nosotros.

Pagando el vino ví, al lado de la caja, el exhibidor de Wine Spectator. Chris, el simpático muchacho que siempre me atiende en Crush pronunció la portada de la revista “la cosa más estúpida que había presenciado en mucho tiempo”. Creo que la imagen de la derecha le da la razón. Wine Spectator declara que la crisis ha creado un “mercado de compradores, al fin”. No habrá empleos ni plata, pero los precios de los vinos “premium” bajan. ¡Yupiiiiiii! Es el tipo de cinismo imbécil que a María Antonieta le costó lo que le costó cuando aquello de la Revolución Francesa.

Cómodamente en el hotel puse la botellita en una hielera y llamamos al restaurante. Cero problemas para conseguir mesa a las nueve. Y el Granite para alegrarnos un par de horas… Un vino sumamente primario, pero no por ello deja de resultar infinitamente atractivo. Marino, floral y profundamente mineral. Huele a delicia pura.

En boca es de carnes firmes, cítrico, salino y muy textural. Maravillosa mineralidad que se cuela en todas y cada una de las impresiones gustatorias del paladar, pero sin sobreimponerse. Siempre está, armonizando y aportando. Largo y brillante. Excepcional. Tras una hora abierto va compactándose. Sorprende la densidad frutal que se le siente. Bien podría ser aún mejor que aquel fabuloso 2005.

Algo he de contarles de la cena. Seasonal (158 W. 58th. St.) es un sitio chic, de decorado sereno y servicio amable y atento. La cocina es competente, pero—al menos para mí—no especialmente emocionante. Ordenamos el menú degustación de cinco platos, por lo de probar una gama representativa.

En lo que esperábamos el primer plato me dediqué a mirar la carta de vinos. Y me escandalicé. Una selección decentita de vinos austriacos, pero nada del otro mundo. Lejos de inspiradora para un wine geek con un poquitín de experiencia en vinos de Austria. Pero en realidad lo que más la alejaba de inspirar no era cuestión curatorial, sino de precios. Por ese lado la cosa era escandalosa. Estuve a punto de no pedir vino, confrontado por mark-ups de más de un 200% sobre precio de tienda. Acabé pidiendo un Brundlmayer, Riesling “Kamptaler Terrassen”, Langenlois, Kamptal 2007 sin particular entusiasmo. Un vino de treinta dólares en tienda, en Seasonal sale en setenta y ocho. Díganme ustedes… Sencillo, floral, cítrico y fresco, se dejó beber con la mayor parte de los platos. ¿Pero setenta y ocho billeteeeeeeees? Quien le puso ese precio aparentemente no se ha dado cuenta de que ese vino no tiene donde meterle esa suma. Hasta va y no tiene muchas ganas de vender vino. ¿Le habrá informado alguien que los tiempos no están como para esas pendejadas? ¿Será pariente del que ideó aquella portada del Wine Spectator?

Sobre la comida, lo dicho. Abrimos con la Lachsforelle—trucha oceánica de Tasmania, ahumada en el restaurante y servida con sepia y puré de coliflor—una porción minúscula de un plato delicado y elegante que para mí fue de lo mejor de la noche. Luego nos sirvieron unas mollejitas crujientes servidas con colecitas de Bruselas y muy sabrosas que, igual, venían en porción micro. De tercer plato, un filetito de lenguado hervido en aceite de oliva, también deliciosamente delicado, pero un poco incongruente con un acompañante de cebolla ahumada demasiado redolente a humareda. Luego vino un excelente Tafelspitz—carne mechada en consomé de rabo de buey servida con Rösti, crema de espinacas y puré de manzana. Para acompañar esta pièce de resistance el sumiller nos ofreció tinto por copas. Ya sé, dije que no iba a hacerlo, pero caí. Nos trajo el Michlits, Pinot Noir, Austria 2007, que aunque no era muy allá, iba perfectamente con el Tafelspitz, particularmente por una cierta notita férrica que hacía eco a algo similar en la espinaca. Además, quizás como obsequio para compensar por el sobreprecio de la carta de vinos, nos trajo una pruebita de un Hannes Schuster, St. Laurent, Klassisch, Austria 2007, un tinto robusto y térreo, aterciopelado y cálido. Muy interesante. Retrospectivamente, la selección de tintos austriacos de Seasonal quizás sea mucho más interesante que la de blancos. Pero los precios, los precios…

La verdad es que es más difícil de lo que yo pensaba eso de no escribir “crónicas larguísimas”. ¡Y mira que lo intenté! Pero bueno, habrá que seguir tratando. Les dejo ahora con un videito de una tonadita de Joe Strummer que siempre canto para mis adentros cuando llego a aquella ciudad que de verdad es mi hogar, Nueva York…

De lo que hablamos cuando blogueamos de vino

Hace solamente un par de semanas que hice mi anuncio de hiato y debo confesarles que me han parecido a la vez demasiado y muy poco tiempo.

Tenía un cierto mono de bloguero, pero a la vez sentía ansiedad en cuanto a retornar a la actividad sin haber organizado mis pensamientos y—más importante aún—sin sentirme todo lo fresco y vitalizado que quería estar.

Llega la segunda semana de febrero y, eso sí, como soy hombre de mi palabra, aquí estoy,  atormentado por severas dudas sobre si continuar un régimen como el que me caracterizara hasta el otro día. Quizás he sido demasiado prolífico, lo que puede ser un coñazo. Considerando que según un estudio reciente, 1.1 de cada 10 adultos mayores de 30 años con conexión a la internet mantiene un blog, ¿quién diablos tiene tiempo para leer tanto material, particularmente si uno que otro bloguero se monta posts interdiarios de mil y pico de palabras y con montones de enlaces a lectura secundaria?

Es que soy un tipo muy considerado, les digo…

Junto con mis tantísimas ruminaciones en cuanto al tema de la cantidad de entradas que produzco, está lo de la calidad. Yo me autojuzgo constantemente, pensándome como un internauta cualquiera, que llego a leerme así, de la nada… ¿De qué voy?

No es casualidad que brutalizara yo el título de un cuento de Raymond Carver, “What We Talk About When We Talk About Love”. Podemos sustituir la ginebra que propulsa la conversación de los cuatro protagonistas del relato por vino y más o menos… Bueno, utilicen la imaginación.

La otra botella es, en principio, un blog sobre la cultura del vino. Es también, inevitablemente, un blog sobre el consumo de vino (mucho vino, dicho sea de paso). Es también un blog sobre las circunstancias en que sucede dicho consumo—físicas, emocionales, sociales, históricas, políticas, económicas… A cada rato se oye un poco de música que acompañe el meditar. O les llamo a ser solidarios con una causa noble (Haití es el más reciente ejemplo). O me encuentro con algún libro, fotografía, cuadro, amigo (la gente tiene una habilidad increible para convertirse en obra de arte a mis ojos) y… Ocurre lo que ocurre. Ya saben. Como suelo decir, todo conecta. Y este blog acaba siendo, al final, sobre el vivir y el beber de este hombre calvo, regordete, altamente sarcástico,  bastante preocupado y deprimido ante el mundo que lo rodea (lo admito para que nadie especule) y rápidamente envejeciente. En torno a botellas de vino ocurren mis momentos de mayor lucidez, honestidad y goce intelectual (aquella jouissance mental de la que hablaba Roland Barthes, apoyado en Lacan). A ellos hago honor aquí. De ellos hablo cuando blogueo de vino.

Y a veces tengo amplio motivo para creer en las inmensas recompensas de este blog mío, más allá del desahogo (o narcisismo, según se vea) de escribir. La principal de estas recompensas es como me une a gente. Ya la página de La otra botella en Facebook va por más de 250 fans, muchos de los cuales no conozco en lo absoluto. Sin embargo, ver sus avatares en el recuadro allí, o en las páginas de comentarios de este blog, me hace pensar en ellos como amigos reales—los que he tenido el placer de encontrarme en vivo—y potenciales—los que aún no—de mi persona, ya que parecen serlo de mis textos. A los que dicen que estar tan “internetizado” es un aislante y un asesino del contacto humano les propongo que, al contrario, si uno tiene suerte, es tremendo potenciador de afinidades electivas, que son la verdadera base del afecto.

Tomemos, por ejemplo, la joven pareja dominicana con quien salimos a cenar Josie y yo el jueves pasado. César Castro-Pou y su novia Mary Ann acaban de regresar a su país después de unos añitos estudiando en Barcelona. César me abordó por primera vez al enterarse de que este bloguero enómano perdido vive y bebe en su ciudad natal, mire usté… Me preguntó por un mensajito de Facebook como me hacía para sobrevivir vínicamente. Yo le conté. Me escribió desde Barcelona sobre su retorno y Mary Ann y César hacen su debut en La Otra Botellasu decisión de dedicarse a importar vino de verdad a este país. Yo le ofrecí todo mi apoyo. Mensajes fueron, mensajes vinieron. Y hace unos días pudimos reunirnos a verificar que no solamente eramos seres reales, sino que encima hasta somos buena gente. Todo gracias a un blog de entre millones que hay hechos por treintones, cuarentones, cincuentones y otros dizque adultos pobladores de la red.

¿Qué les cuento? Pues que nos reunimos en esa trattoria a la que siempre voy, donde de vez en cuando me permiten llevar alguna botelluca y, además, tienen una lista de vinos decente. Para comenzar nos pedimos un Foradori “Myrto” 2006, blanco ganador de un Botellazo™ al “Vino Que Más Ha Hecho Por la Salud Mental de Camblor”, y nos salió no rana, sino ranísima. Horrible peste sulfúrica que no hubo aireación que le quitara. Y estuvimos esperando su disipación durante casi tres horas… Para compensar por este fiasquillo, ordené de la carta un Abbazia de Novacella, Kerner, Alto Adige 2007, viejo amigo que no defraudó. Perfumado y casi graso en boca, pero con vibrante acidez y mineralidad. Además, para agasajar a estos nuevos amigos, yo había llevado un Pierre Damoy, Chambertin Grand Cru 2000—botella importada a mano por Josie en algún momento, adquirida por recomendación del personal de alguna tienda manhattaniana.

Demasiada madera encima, pobrecito. No que no hubiese un buen vino debajo, con bastante concentración y bonitos elementos florales, frutales y térreos. Pero la carga tablonal viajaba separada del todo, molestando con un vainillazo trivializante. Pena. Quizás integre algún día, pero como era la única botella que tenía de él y asumí que los 2000 son para beber antes mejor que después, quizás ya no me entere.

¿Que por qué saco a trapo esto? Pues vinos insatisfactorios, y sin embargo, satisfactorios al propiciar un buen encuentro de enómanos hardcore en un lugar donde, a decir verdad, no parece abundar esa especie. La vida a veces se porta bien. De eso hablo yo cuando blogueo de vino. Antes de ponerme a contarles sobre todo lo que hice en mi más reciente visita a Nueva York (habrá revelaciones explosivas), una cancioncita de The Rosebuds que viene mucho al caso…