Archivo diario: febrero 11, 2010

Descuaderno de viaje 1: Una copa menos, una botella más…

Justo antes de decidirme a redactar esta entrega leí un artículo reciente en Vinogusto que recomienda La otra botella como uno de sus blogs indispensables. O algo así. Cosa que agradezco mucho. Eso sí, estaba yo disfrutando del momento cuando ví que describían mis crónicas como “larguísimas”.

Los que están al día y se leyeron la entrada anterior a ésta saben que este tema me viene jeringando un poco desde hace tiempo. Sé que a veces me dejo llevar por el gusto de escribir y termino con artículos de mil o dos mil palabras, cosa que entra en conflicto con la idea del blog.

Claro, no es que quiera convertirme en un sitio más de lecturita rápida, come y vete. Pero estoy muy consciente de querer recortar un poco, ser menos extenso, o quizás menos prolífico en el número de entregas. O las dos cosas.

La cuestión es que, entrándole a la narración de mi viaje a Nueva York hace dos semanas quiero ser, digamos, un poquito más conciso. Quizás hasta capsular. Bueno, digo “quiero” y es más bien en un ánimo de “no se sabe hasta que se prueba”. Sé lo que tengo que hacer.

Llegué con Josie a Manhattan en la tarde del 26 de enero. Lo incordios que son los vuelos de Santo Domingo a Nueva York provocó que nos hubiésemos saltado el almuerzo, o sea que el leve shopping vespertino que hicimos se vió plagado constantemente por la idea de donde cenar esa noche. “Yo con una carta de vinos interesante y una cocina generosa me conformo,” declaré yo, estableciendo mis prioridades inequívocamente.

De mis últimas dos visitas a la ciudad había sacado una resolución que consideraba inquebrantable, considerando los tiempos que corren: Cero aperitivos en restaurantes  mientras sigan pretendiendo cobrarte el costo de la botella por cada copa. Como lo leen, un boicot a los ridículos programas de vino por copas de Nueva York. Definitivo. A joderle la vida a otro con esos precios.

Claro, el aperitivo había que tomarlo. Yo, práctico como siempre y pensando en la neverita que incluía nuestra habitación de hotel, decidí que en una tienda podríamos comprar una botella de algo que verdaderamente quisíeramos probar por el precio de una copa en restaurante. Y al caer el sol llegué a Crush en la 57, dispuesto a actuar.

Nada más entrar ví el vino. Era necesario que probáramos ese Marc Ollivier-Domaine de la Pépière, “Granite de Clisson”, Muscadet-de-Sèvre-et-Maine-Sur Lie 2007. Por veintidós dólares definitivamente prometía como aperitivo  anticrisis para el próximo par de noches.

Conversé un rato con el personal de la tienda, buscando recomendaciones de buenos sitios nuevos para cenar. El consenso fue Seasonal, un restaurante austriaco-creativo no muy lejos de nosotros.

Pagando el vino ví, al lado de la caja, el exhibidor de Wine Spectator. Chris, el simpático muchacho que siempre me atiende en Crush pronunció la portada de la revista “la cosa más estúpida que había presenciado en mucho tiempo”. Creo que la imagen de la derecha le da la razón. Wine Spectator declara que la crisis ha creado un “mercado de compradores, al fin”. No habrá empleos ni plata, pero los precios de los vinos “premium” bajan. ¡Yupiiiiiii! Es el tipo de cinismo imbécil que a María Antonieta le costó lo que le costó cuando aquello de la Revolución Francesa.

Cómodamente en el hotel puse la botellita en una hielera y llamamos al restaurante. Cero problemas para conseguir mesa a las nueve. Y el Granite para alegrarnos un par de horas… Un vino sumamente primario, pero no por ello deja de resultar infinitamente atractivo. Marino, floral y profundamente mineral. Huele a delicia pura.

En boca es de carnes firmes, cítrico, salino y muy textural. Maravillosa mineralidad que se cuela en todas y cada una de las impresiones gustatorias del paladar, pero sin sobreimponerse. Siempre está, armonizando y aportando. Largo y brillante. Excepcional. Tras una hora abierto va compactándose. Sorprende la densidad frutal que se le siente. Bien podría ser aún mejor que aquel fabuloso 2005.

Algo he de contarles de la cena. Seasonal (158 W. 58th. St.) es un sitio chic, de decorado sereno y servicio amable y atento. La cocina es competente, pero—al menos para mí—no especialmente emocionante. Ordenamos el menú degustación de cinco platos, por lo de probar una gama representativa.

En lo que esperábamos el primer plato me dediqué a mirar la carta de vinos. Y me escandalicé. Una selección decentita de vinos austriacos, pero nada del otro mundo. Lejos de inspiradora para un wine geek con un poquitín de experiencia en vinos de Austria. Pero en realidad lo que más la alejaba de inspirar no era cuestión curatorial, sino de precios. Por ese lado la cosa era escandalosa. Estuve a punto de no pedir vino, confrontado por mark-ups de más de un 200% sobre precio de tienda. Acabé pidiendo un Brundlmayer, Riesling “Kamptaler Terrassen”, Langenlois, Kamptal 2007 sin particular entusiasmo. Un vino de treinta dólares en tienda, en Seasonal sale en setenta y ocho. Díganme ustedes… Sencillo, floral, cítrico y fresco, se dejó beber con la mayor parte de los platos. ¿Pero setenta y ocho billeteeeeeeees? Quien le puso ese precio aparentemente no se ha dado cuenta de que ese vino no tiene donde meterle esa suma. Hasta va y no tiene muchas ganas de vender vino. ¿Le habrá informado alguien que los tiempos no están como para esas pendejadas? ¿Será pariente del que ideó aquella portada del Wine Spectator?

Sobre la comida, lo dicho. Abrimos con la Lachsforelle—trucha oceánica de Tasmania, ahumada en el restaurante y servida con sepia y puré de coliflor—una porción minúscula de un plato delicado y elegante que para mí fue de lo mejor de la noche. Luego nos sirvieron unas mollejitas crujientes servidas con colecitas de Bruselas y muy sabrosas que, igual, venían en porción micro. De tercer plato, un filetito de lenguado hervido en aceite de oliva, también deliciosamente delicado, pero un poco incongruente con un acompañante de cebolla ahumada demasiado redolente a humareda. Luego vino un excelente Tafelspitz—carne mechada en consomé de rabo de buey servida con Rösti, crema de espinacas y puré de manzana. Para acompañar esta pièce de resistance el sumiller nos ofreció tinto por copas. Ya sé, dije que no iba a hacerlo, pero caí. Nos trajo el Michlits, Pinot Noir, Austria 2007, que aunque no era muy allá, iba perfectamente con el Tafelspitz, particularmente por una cierta notita férrica que hacía eco a algo similar en la espinaca. Además, quizás como obsequio para compensar por el sobreprecio de la carta de vinos, nos trajo una pruebita de un Hannes Schuster, St. Laurent, Klassisch, Austria 2007, un tinto robusto y térreo, aterciopelado y cálido. Muy interesante. Retrospectivamente, la selección de tintos austriacos de Seasonal quizás sea mucho más interesante que la de blancos. Pero los precios, los precios…

La verdad es que es más difícil de lo que yo pensaba eso de no escribir “crónicas larguísimas”. ¡Y mira que lo intenté! Pero bueno, habrá que seguir tratando. Les dejo ahora con un videito de una tonadita de Joe Strummer que siempre canto para mis adentros cuando llego a aquella ciudad que de verdad es mi hogar, Nueva York…