Justo antes de decidirme a redactar esta entrega leí un artículo reciente en Vinogusto que recomienda La otra botella como uno de sus blogs indispensables. O algo así. Cosa que agradezco mucho. Eso sí, estaba yo disfrutando del momento cuando ví que describían mis crónicas como “larguísimas”.
Los que están al día y se leyeron la entrada anterior a ésta saben que este tema me viene jeringando un poco desde hace tiempo. Sé que a veces me dejo llevar por el gusto de escribir y termino con artículos de mil o dos mil palabras, cosa que entra en conflicto con la idea del blog.
Claro, no es que quiera convertirme en un sitio más de lecturita rápida, come y vete. Pero estoy muy consciente de querer recortar un poco, ser menos extenso, o quizás menos prolífico en el número de entregas. O las dos cosas.
La cuestión es que, entrándole a la narración de mi viaje a Nueva York hace dos semanas quiero ser, digamos, un poquito más conciso. Quizás hasta capsular. Bueno, digo “quiero” y es más bien en un ánimo de “no se sabe hasta que se prueba”. Sé lo que tengo que hacer.
Llegué con Josie a Manhattan en la tarde del 26 de enero. Lo incordios que son los vuelos de Santo Domingo a Nueva York provocó que nos hubiésemos saltado el almuerzo, o sea que el leve shopping vespertino que hicimos se vió plagado constantemente por la idea de donde cenar esa noche. “Yo con una carta de vinos interesante y una cocina generosa me conformo,” declaré yo, estableciendo mis prioridades inequívocamente.
De mis últimas dos visitas a la ciudad había sacado una resolución que consideraba inquebrantable, considerando los tiempos que corren: Cero aperitivos en restaurantes mientras sigan pretendiendo cobrarte el costo de la botella por cada copa. Como lo leen, un boicot a los ridículos programas de vino por copas de Nueva York. Definitivo. A joderle la vida a otro con esos precios.
Claro, el aperitivo había que tomarlo. Yo, práctico como siempre y pensando en la neverita que incluía nuestra habitación de hotel, decidí que en una tienda podríamos comprar una botella de algo que verdaderamente quisíeramos probar por el precio de una copa en restaurante. Y al caer el sol llegué a Crush en la 57, dispuesto a actuar.
Nada más entrar ví el vino. Era necesario que probáramos ese Marc Ollivier-Domaine de la Pépière, “Granite de Clisson”, Muscadet-de-Sèvre-et-Maine-Sur Lie 2007. Por veintidós dólares definitivamente prometía como aperitivo anticrisis para el próximo par de noches.
Conversé un rato con el personal de la tienda, buscando recomendaciones de buenos sitios nuevos para cenar. El consenso fue Seasonal, un restaurante austriaco-creativo no muy lejos de nosotros.
Pagando el vino ví, al lado de la caja, el exhibidor de Wine Spectator. Chris, el simpático muchacho que siempre me atiende en Crush pronunció la portada de la revista “la cosa más estúpida que había presenciado en mucho tiempo”. Creo que la imagen de la derecha le da la razón. Wine Spectator declara que la crisis ha creado un “mercado de compradores, al fin”. No habrá empleos ni plata, pero los precios de los vinos “premium” bajan. ¡Yupiiiiiii! Es el tipo de cinismo imbécil que a María Antonieta le costó lo que le costó cuando aquello de la Revolución Francesa.
Cómodamente en el hotel puse la botellita en una hielera y llamamos al restaurante. Cero problemas para conseguir mesa a las nueve. Y el Granite para alegrarnos un par de horas… Un vino sumamente primario, pero no por ello deja de resultar infinitamente atractivo. Marino, floral y profundamente mineral. Huele a delicia pura.
En boca es de carnes firmes, cítrico, salino y muy textural. Maravillosa mineralidad que se cuela en todas y cada una de las impresiones gustatorias del paladar, pero sin sobreimponerse. Siempre está, armonizando y aportando. Largo y brillante. Excepcional. Tras una hora abierto va compactándose. Sorprende la densidad frutal que se le siente. Bien podría ser aún mejor que aquel fabuloso 2005.
Algo he de contarles de la cena. Seasonal (158 W. 58th. St.) es un sitio chic, de decorado sereno y servicio amable y atento. La cocina es competente, pero—al menos para mí—no especialmente emocionante. Ordenamos el menú degustación de cinco platos, por lo de probar una gama representativa.
En lo que esperábamos el primer plato me dediqué a mirar la carta de vinos. Y me escandalicé. Una selección decentita de vinos austriacos, pero nada del otro mundo. Lejos de inspiradora para un wine geek con un poquitín de experiencia en vinos de Austria. Pero en realidad lo que más la alejaba de inspirar no era cuestión curatorial, sino de precios. Por ese lado la cosa era escandalosa. Estuve a punto de no pedir vino, confrontado por mark-ups de más de un 200% sobre precio de tienda. Acabé pidiendo un Brundlmayer, Riesling “Kamptaler Terrassen”, Langenlois, Kamptal 2007 sin particular entusiasmo. Un vino de treinta dólares en tienda, en Seasonal sale en setenta y ocho. Díganme ustedes… Sencillo, floral, cítrico y fresco, se dejó beber con la mayor parte de los platos. ¿Pero setenta y ocho billeteeeeeeees? Quien le puso ese precio aparentemente no se ha dado cuenta de que ese vino no tiene donde meterle esa suma. Hasta va y no tiene muchas ganas de vender vino. ¿Le habrá informado alguien que los tiempos no están como para esas pendejadas? ¿Será pariente del que ideó aquella portada del Wine Spectator?
Sobre la comida, lo dicho. Abrimos con la Lachsforelle—trucha oceánica de Tasmania, ahumada en el restaurante y servida con sepia y puré de coliflor—una porción minúscula de un plato delicado y elegante que para mí fue de lo mejor de la noche. Luego nos sirvieron unas mollejitas crujientes servidas con colecitas de Bruselas y muy sabrosas que, igual, venían en porción micro. De tercer plato, un filetito de lenguado hervido en aceite de oliva, también deliciosamente delicado, pero un poco incongruente con un acompañante de cebolla ahumada demasiado redolente a humareda. Luego vino un excelente Tafelspitz—carne mechada en consomé de rabo de buey servida con Rösti, crema de espinacas y puré de manzana. Para acompañar esta pièce de resistance el sumiller nos ofreció tinto por copas. Ya sé, dije que no iba a hacerlo, pero caí. Nos trajo el Michlits, Pinot Noir, Austria 2007, que aunque no era muy allá, iba perfectamente con el Tafelspitz, particularmente por una cierta notita férrica que hacía eco a algo similar en la espinaca. Además, quizás como obsequio para compensar por el sobreprecio de la carta de vinos, nos trajo una pruebita de un Hannes Schuster, St. Laurent, Klassisch, Austria 2007, un tinto robusto y térreo, aterciopelado y cálido. Muy interesante. Retrospectivamente, la selección de tintos austriacos de Seasonal quizás sea mucho más interesante que la de blancos. Pero los precios, los precios…
La verdad es que es más difícil de lo que yo pensaba eso de no escribir “crónicas larguísimas”. ¡Y mira que lo intenté! Pero bueno, habrá que seguir tratando. Les dejo ahora con un videito de una tonadita de Joe Strummer que siempre canto para mis adentros cuando llego a aquella ciudad que de verdad es mi hogar, Nueva York…




16 respuestas hasta el momento ↓
Felipe Méndez // Febrero 12, 2010 a 1:20 am
Manuel: el único que cuenta tus palabras es… el contador de palabras. Tus lectores no.
Joe Manekin // Febrero 12, 2010 a 1:20 am
Buen write-up, Sr. Camblor. Wine prices at restaurants in New York City are, as the kids would say nowadays, “cray-cray.” It’s like Ad-Rock once said while introducing a recipe for pesto in an issue of Grand Royal Magazine some years ago (quoting loosely from memory here): “When I cook at home it’s better than 9 out of 10 meals out. Why would I want to go out and spend all that money for food that I make better at home?” That having been said, the allure of a meal out is always strong, particularly if you budget a bit each month for meals out, and if you pick your spots carefully and they consistently deliver the goods.
Hope you’re doing well,
Joe
Manuel Camblor // Febrero 12, 2010 a 6:12 am
Felipe,
Los comentarios sobre la extensión de mis posts se han hecho demasiado frecuentes como para ignorarlos. Además, tengo el chisme ése en la pantalla del editor que me va diciendo lo que he escrito. No que me importase mucho antes, pero con tanta mención de lo largos que son los artículos, pues, uno reevalúa. Ouede muy bien ser una crítica constructiva, ¿no? Y esas hay que tomarlas en serio.
Joe,
The problem with Seasonal was that the wine list was too overpriced for what was on offer. Most of the wines I know where to find, shopwise. The extra tariff per bottle one cannot really justify on the basis of “rarity”, since there aren’t many references on the list that would make a true geek go into transports of wonder at how anyone could possibly have scored any of such and such and have it on offer, etc.
Well, then again, even if the wines were pretty hard-to-find bottlings, a 200%+ markup over retail is just not right.
I’m the first to value dining out greatly, and am no stranger to expensive restaurants, but at the same time I know I want to feel the price is right at the end of a fine meal. Also, in this economy, I seriously doubt it’s the best of strategies to inflate the wine list to such crazy levels.
I’m as well as I can be down here in a place without much by way of good wine. You?
M.
Carlos // Febrero 12, 2010 a 2:29 pm
Hola Manuel, hace mucho que no dejaba un comentario en tu blog, nunca me prodigo mucho, soy más lector.
Te dejo mis impresiones sobre ese Granite, como dices primario pero muy dsifrutable y bebible.
http://www.rocowines.net/2008/12/un-par-de-buenos-blancos.html
Saludos
Manuel Camblor // Febrero 12, 2010 a 5:15 pm
Hola Carlos, me alegra verte por acá de nuevo.
El Granite de Clisson 2005 (el que reseñas) fue el primero de Marc bajo esta etiqueta y fue toda una revelación hace como tres años. Yo lo compré en grandes cantidades, incluyendo formatos grandes, porque me parece un vino que va a evolucionar muy bien en los próximos veinte o treinta años.
Es que no todos los muscadets son vinos de inmediatez… Los de Marc Ollivier (y los de Pierre Luneau, Guy Bossard y algunos otros productores artesanales) son vinos que recompensan la guarda tremendamente. Algunos de los setentas y ochentas que he probado en el último lustro me han dejado muy contento. Vamos, y si no me crees pregúntale a Iñaki Gómez Legorburu por el “L d’Or” 89 de Luneau que le dí a probar cuando estuvo aquella vez en Nueva York. Estaba estacionado en el tiempo, fresco y como si no tuviese un par de décadas encima…
El Granite de Clisson 2007 es del mismo calibre del 2005. Me dijeron que Marc lo embotelló en formato de 3 litros. Tengo que mandar a pedir un par…
M.
Carlos // Febrero 13, 2010 a 5:48 pm
Manuel, le preguntaré a Iñaki el próximo dia 4, que me acercaré a Madrid a compartir una comida “a base de Borgoñas” con él. Fijate, Manuel, recuerdo perfectamente ese caracter salino y mineral que tú también comentas a pesar del paso del tiempo.
Tomo nota de tu sugerencia de guarda, no tenia yo tan claro que fuese vinos que evolucionaran bien con el tiempo, gracias por el comentario.
Saludos
pd: no dudes que soy vouyager de tu blog
Manuel Camblor // Febrero 13, 2010 a 6:00 pm
Pues al menos en mi experiencia los buenos muscadets envejecen muy bellamente, Carlos. Lo que pasa es que lo hacen de forma sumamente lenta.
Como vinos de guarda son el último gran chollazo en estos tiempos en los que cosas así escasean.
Dale un abrazo al Iñaki.
M.
iglegorburu // Febrero 15, 2010 a 9:56 am
¡Ya lo creo que estaba bueno aquel 89!…o incluso mejor.
Cómo pasa el tiempo…
iglegorburu // Febrero 15, 2010 a 9:58 am
Por cierto, hace unas semanas el Granite de Clisson (2004 creo que era)lo tomé con unos amigos y acompañado a base de ostras y estaba francamente rico pero luego apareció el señor Vatan y dio un paso al frente
.
Ricos vinos…
Manuel Camblor // Febrero 15, 2010 a 4:28 pm
Se va demasiado rápido. Hay que ver cuando nos vemos de nuevo, Iñaki…
M.
IGLegorburu // Febrero 16, 2010 a 4:13 am
Pues sí, muy rápido. El otro día hablábamos de esto mismo, de lo rápido que va todo, mientras bebíamos cosas de 1999. Parece que fue ayer…
Ya hablaré con tus hijos para vernos, que son los que marcan el paso
. Mi hermana aún se acuerda de aquel apartamento…
Un saludo
Manuel Camblor // Febrero 16, 2010 a 8:53 am
¿Tan chunga estaba mi residencia neoyorquina que resultó así de memorable?
Ya mujer anda hablando de Disney y yo aquï, que no veo el momento de cruzar el Atlántico…
M.
Sent from my iPhone
IGLegorburu // Febrero 16, 2010 a 10:31 am
Chunguísima…luego hubo que bajar andando porque quería ir de paseo hasta el puente de Brooklyn…yo creo que por eso se acuerda, por la caminata de después.
Bueno, di a Josie que en parís también actúan Micky Mouse y Donald
Manuel Camblor // Febrero 17, 2010 a 6:32 am
Ah, bueno, pero no se trataba de chunguez intrínseca del sitio, sino de chunguez agregada por ti con lo de la caminata posprandial.
M.
Joe Manekin // Febrero 18, 2010 a 2:57 am
Well, thanks. Actually, let me try that again. As well as I can be without drinking wine since I have swollen glands in my neck and need to blow my nose every 5 minutes. On a brighter note, I just brought some 01 Cune Imperial Rsva and 05 Contino Rsva into the shop so it’s all good.
Descuaderno de viaje 6: Altas y bajas « La otra botella // Marzo 9, 2010 a 10:54 am
[...] hablando de vino austriaco, con un mark-up modesto en comparación con la escandalosa carta de Seasonal un par de noches antes. El veltliner, delicioso y una pareja perfecta tanto para la ensalada de [...]