Archivo diario: febrero 12, 2010

Cositas y cosotas: 12.02.2010

Toda la angloenoblogosfera anda muy feliz con un ensayo de Cory Cartwright en su magnífico blog, Saignée sobre la diversidad en el mundo del vino y lo tremendamente fácil que es cargársela. Me uno a los que celebran esta genuinamente excelente meditación de Cory e invito a los angloleyentes entre ustedes a leerla con atención, si no lo han hecho ya. Para los que no le pegan al inglés, traduciré un párrafo que encapsula el mensaje primario del artículo:

Mientras ponderaba esta entrada, pensé en el gran E.O. Wilson y su The Diversity of Life. Este libro es uno que puedo razonablemente decir, junto con algunos otros, que cambió mi vida para mejor. En el libro, el doctor Wilson, que es un profesor especialista en mirmecología, o sea, en el estudio de las hormigas (“mirmecología” es una palabra que cmparte la raíz de esa palabra favorita mía, “mirmidón”), presenta un elegante argumento a favor de la protección de la biodiversidad en nuestro planeta de cara a la creciente modernización. Se trata de una obra apasionada y elocuente que se balancea perfectamente entre la ciencia y la literatura. El argumento de Wilson, replanteado a mi nada wilsonesco modo, es que la belleza y salud de nuestro mundo dependen de la continuada diversidad de la vida y que las cosas comenzarán a desmoronarse mientras más piezas vayamos eliminando.

Hay que ver que se deja leer este Cory, ¿no?

Echo esto en el caldo por una conversación que tuve con un nuevo amigo aquí en Santo Domingo la semana pasada. Le explicaba que el reduccionismo de eso que yo llamo la cultureta actual del vino (que no es ni cultura, ni va de vino) llevaba a una mentecatización (gracias siempre a Joan Gómez Pallarès por este palabro tan gustoso) del interesado por el vino y un implícito “tranque mental” por el cual no se puede atacar al putativo consumidor de vino con mucho más de un par de conceptejos familiares. O sea: #1 “Esto es vino”; #2 “Es blanco”; #3 (Que ya es temerario, ante la asumida estrechez cerebral del destinatario) “Es de X variedad de uva que te es familiar”; después de lo cual no se puede el empujavinos arriesgar mucho y quizás sólo zumba un “Ganó 92 puntos” que amarre la cosa con airecito de legitimidad. La diversidad es enemiga de la cultureta actual del vino, hipersimplificante e idiotizante como es esta última. Háblale de diversidad verdadera (no de “diversidad” de SKUs)  a un trajeado empujavinos corporativo de esos que tanto abundan y saca la pistola. O sale corriendo.

El artículo en Saignée hace mención de un caso que ha estado en boca de todo el mundo recientemente: El timo masivo al gigante vínico E. & J. Gallo por parte de un número de avispados cosecheros, bodegueros y negociantes en Languedoc que vendieron como “pinot noir” a Gallo—para su marca Red Bicyclette—3.57 millones de galones de vino de uvas—por así decirlo—mucho menos nobles. La historia ha sido ampliamente cubierta. Si no la han visto, pueden hacerlo aquí.

Este tremendo fraude me hace volver a lo que les decía hace un minuto. Lo del consumidor mentecatizado y la industria que aspira a perpetuar su mentecatez manteniendo la experiencia del vino limitada a bien poco. La localización del deseo en un atributo o seña específico, en vez de en la totalidad de lo deseado, tiene un nombrecillo académico que me gusta recordar de vez en cuando: Fetichismo. Este caso del “pinot noir” fraudulento vendido a E. & J. Gallo—la cantidad de vino llenaría unos 460 buques tanque petroleros, para que se hagan una idea; a ese nivel la cosa es definitivamente juego de mayores—tiene su origen en una visión fetichista del vino. Piénsenlo. Ya verán que tengo razón.

Pero claro, hay otras historias en la cultureta del vino que te dejan rascándote la cabeza por la forma en que rizan el rizo. Leo esta mañana que se ha descubierto la presencia en el mercado chino  de unas 400,000 botellas de vino etiquetado como “Fitou” de la cooperativa de Mont Tauch en Languedoc. Aparentemente lo que hay dentro de esas botellas fraudulentas es “vino” chino de dudosa virtud. Los de Mont Tauch están indignadísimos. Y yo aquí preguntándome: ¿Por qué diablos va a ocurrírsele a alguien falsificar un tinto baratito del Languedoc? Probablemente las botellas, etiquetas y otra parafernalia para la falsificación salió más cara que ir y comprar un Fitou granelero en bodega.

¿No les parece un tanto perverso? Pongo los dos casos, que coincidencialmente tienen que ver con el Languedoc, para yuxtaponerlos y analizarlos como representativos de la cultureta reduccionisto-fetichista del vino. Commentez et discutez.

Por otro lado, ya que al final la responsabilidad de tanta porquería va a ser de los trajeados empujavinos corporativos, les dejo con unas interesantísimas declaraciones del icónico bodeguero australiano Brian Croser a Decanter. Trajeados que no tienen ni puta idea… Es que parece el nacimiento de un movimiento punitivo, la verdad.

Alguna vez, un gran poeta nos dijo que “la revolución no será televisada”. 460 tanqueros de vino falso y un litro de ironía para ustedes, amigos y amigas, junto a este fenomenal video del último trabajo de Gil Scott-Heron…