Archivo diario: febrero 14, 2010

Descuaderno de viaje 2: Barriga llena, corazón contento

Muchos de mis amigos no entienden que yo extrañe el frío invernal de Nueva York.

Aunque nací y crecí en el corazón del Caribe, en realidad mi vida se define en ciudades con cuatro estaciones. Calor el año entero no es un estado que yo sepa apreciar, aunque para tanta gente constituya el paraiso terrenal. Yo prefiero el otoño y el invierno. Una brisa helada en mi cara al caminar por el Upper East Side me vigoriza mucho más que cualquier día en la playa.

Caminar. Eso lo hago mucho cuando vuelvo a Nueva York. Al final del día ya pierdo la cuenta de las decenas de decenas de cuadras andadas. Y me siento bien. Con tremendo apetito para lo que traiga la noche.

Para nuestra segunda cena en este viaje queríamos un pequeño desquite, dadas las impresiones severamente mixtas de  la noche anterior en Seasonal. Como siempre, buscábamos originalidad culinaria, pero también la satisfacción de comer bien, sustancialmente, con esa intensidad calórica que sólo vale para comidas de invierno.

Entre las recomendaciones de sitios nuevos que tenía estaba Braeburn (117 Perry St., en la esquina de Greenwich St.), un sitio de cocina “americana creativa” con énfasis en platos hogareños, además de una lista de vinos no muy extensa, pero de giro curatorial muy interesante. El decorado es cálido, más bien tirando hacia lo rusticón. El servicio es informal y amable. La atmósfera es relajada, de restaurante de barrio donde ir a comer bien una noche cualquiera.

Y por casualidad era Restaurant Week. De verdad, por casualidad. No sé cual es la suerte que tenemos Josie y yo, que sin proponérnoslo en lo absoluto, caemos en Nueva York durante este evento semestral en el que una buena cantidad de restaurantes de mucho renombre o emergentes proponen fórmulas de degustación a precio reducido. La idea es tener la experiencia sin tener que sacar una segunda hipoteca… Y en los restaurantes verdaderamente buenos funciona muy bien.

Ya, ya. Otros amigos dirán, con cierto desdén, que no se puede tener la experiencia completa de un restaurante en Restaurant Week, que las rebajas de precio conllevan necesariamente un recorte de registro interpretativo en la cocina y que eso es un truco cogebobos. Pero yo digo que donde hay una cocina competente, con integridad y los mejores ingredientes, come uno formidablemente, así que no me jodan.

El menú de tres platos por US$35 en Braeburn me atrajo inmediatamente, no por el precio, sino por contener un ingrediente en particular que no estaba en ningún plato de la carta regular y que me resulta absolutamente irresistible. Así, el plato titulado Nieman Ranch Pork Belly, Collard Greens, Butternut Squash Sauce lo decidió todo. Masas de tocino. Verdes salteados. Salsa de calabaza. Combinación ganadora. YA alguien me había dicho que debía probar el pollo frito en Braeburn, y a decir verdad olía maravilloso cuando lo trajeron a la mesa de al lado, pero hay imperativos que no desobedezco. Pork belly. Que se quite de en medio todo lo demás.Por lo de comparar, ordené la trucha “ahumada en casa” que ofrecían entre los entrantes. JOsie pidió una sopa de alubiones con confit de pato y merluza de Maine a las hierbas con col de Saboya y salsa de mostaza. Complementamos nuestros entrantes con una ensalada de remolachitas asadas, manzana, nueces especiadas y fondue de queso de cabra que nos apetecía a ambos en el menú regular.

Aunque quizás la trucha ahumada de Braeburn no era tan delicada y artísticamente presentada como la de Seasonal, estaba muy rica. Y el cerdo… Chicharrón crujiente y masitas que se te derretían en la boca. Un comjunto perfectamente orquestado de texturas, de salinidad umamiesca, buenas grasas, dulzor de la calabaza y sutil amargor de los verdes que para mí es la quinta esencia de la comfort food americana. La merluza también estaba excelente, aunque a decir verdad ocupaba otro registro experiencial muy distinto.

Nos quedamos con las ganas del pollo frito. Será para la próxima…

Si bien para la comida fuí bastante predecible, con la carta de vinos me puse aventurero. Es una carta que, para los excesivos estándares neoyorquinos, tiene relativamente buenos precios. No te soplan US$20 por copa de un vino que cuesta US$18 la botella en tienda. Y de verdad hay cosas que apetece mucho pedir. Por ejemplo, ¿cómo puede uno objetar a una lista que contiene COS “Pythos” 2006? Hubiera sido mi elección automática, pero me sentía un poquitín aventurero. Quería algo nuevo y el “Pythos” los tenía fresco en la memoria de la cata de “vinos anaranjados” en Convivio el pasado octubre.

Ordené un Maysara, Pinot Noir “Jansheed”, McMinnville AVA, Willamette Valley, Oregon 2007. Amjá, Oregon. ¿A que acojona, yo gravitando hacia pinot noir gringo?

En principio titubeé un poco. El camarero me lo vió en el rostro, al parecer. Yo le dije: “Mi preocupación es que sea un vino limpio”. El me dijo: “Bueno, sucio no está,” Le expliqué que me refería a madera nueva, tecnología esperpentificante, etc. “Ah, pues creo que ése le va a gustar”, replicó el muchacho, que exhibía una admirable barba para la edad que aparentaba.

En la semipenumbra del restaurant, Josie me leyó la contraetiqueta (ya quisiera yo que, en consideración a los semi-invidentes como este servidor, los restaurantes del mundo tuviesen un poco mejor iluminación). Algo sobre el tal Jamsheed y el anuncio de que la bodega es bio, certificada por Demeter. Comenzamos bien. En nariz es un vino vivo, de tonalidades altas, pero con notas térreas de fondo que dan sustancia. Femenino, pero de voz ronca, con una ligera carraspera. Buena intensidad frutal, con aroma muy puro de cereza negra. Las notitas volátiles que levantan el tono hacen que ciertos aspectos florales parezcan más delicados que lo que probablemente en realidad son. En boca el golpe frutal es sabroso, fresco, con notas minerales entremezclándose con un amargor que me recuerda un poquito a yogur griego, pero de buena forma. Muy buena persistencia en un posgusto cálido y sedoso, pero  con acidez vibrante y una cierta complejidad mineral. Un vinito que, si nos ponemos a analizarlo minuciosamente componente a componente, nos lo dañamos de seguro, Pero bebido alegremente, en un restaurante hogareño y acogedor como Braeburn, la suma de las partes da un todo muy atractivo.

Lo bonito de Nueva York es que por cada sitio cuyas pretenciones e ínfulas te molestan, te sale otro auténtico, al que quieres regresar una y otra vez. Creo que esto último me pasará con Braeburn.

Ya les dejo. Los momentos musicales de este blogcito mío parecen ser uno de los elementos que hacen más felices a más gente, sin importar que compartan mis opiniones o no. Por eso, otro. Una chica nigeriana que vive en Alemania y canta Neo-Soul como pocas. Nneka es de la vieja escuela de verdad, con el tipo de duende que ya aparece tan poquito…