Pensándolo bien, sí que necesito un descanso. De la maldita cultureta del vino. Del blog. De todo. Desde un tiempo a esta parte me siento cansado, aburrido, con esa ligera náusea que produce después de un rato el hacer las cosas simplemente por hacerlas.
Me vengo preguntando yo el nivel de utilidad que pueda tener, escribiendo desde donde escribo, para quienes aman el vino de verdad en el mundo exterior. Por un severo error de cálculo del que sólo yo soy culpable he venido a parar a una distopía hecha realidad, al triunfo de la trivialización mercenaria del “vino” y la “gastronomía”. Vivo en República Dominicana y me está siendo muy difícil encontrar vino de verdad que beber, comida de verdad que disfrutar y amigos de verdad con los que compartir ambas entre conversación inteligente y alguna que otra risa.
Evalúo mi existencia actual a cada instante y, misteriosamente, acabo iracundo contra este blog. De verdad que me he perdido a mí mismo. Escribo y me leo separado, fragmentado, sin vitalidad.
Tengo que cambiar eso. Tengo que encontrar un ritmo nuevo. Tengo que reinventar mi voz.
Les parecerá idiota o patética esta revelación, pero tenía que hacerla. Dejo de lado este espacio por un tiempo. Quizás sean días, quizás semanas o meses. No sé. Pero si no lo pongo en perspectiva y reubico el placer que de él he de derivar, mal lo veo. No solamente se tratan estos escritos de dar caña a la patológica cultureta mundial del enoproducto. Esto tiene que dar más. Y darme más.
A la puta cultureta que nos ha malversado la idea de “vino”, pues, que le dure el tinte. No tendrá que aguantar ni preguntas indiscretas ni diatribas de mi parte. Al menos hasta que vuelva.
Amigos, gracias por dedicarme su atención todo este tiempo. Comprendan. Lo que voy a hacer ahora es muy necesario.
Sólo quería decirles que si me sienten un poco ausente últimamente es porque lo estoy. Bloguear no me está sabiendo a nada y, a decir verdad, lo que estoy bebiendo y comiendo en Santo Domingo en estos días no vale la pena mencionarlo. Hasta he jugado con la idea de cerrar el chiringuito.
Deja ver si encuentro algo que sí valga la pena decir—algo que me saque de este estado y me devuelva las ganas. Entre tanto, un grupito que recién acaba de caer fortuitamente en mi vida. Difícil de creer, peron nunca había escuchado antes a Botanica. Hasta ayer, que así, de la nada, me salieron entre las sugerencias de eMusic. Y así…
He tenido unas semanitas intensas últimamente. Quizás se ha notado un poco por la repentina semisequía de entradas nuevas en La otra botella. O por lo que me tardo en responder a algunos comentarios.
Estoy sumemente atareado en otras cosas, la verdad. Nunca pensé que nada podría usurpar la porción de tiempo y ganas que tenía para este blog, pero está ocurriendo. Las responsabilidades que me reclaman parecen crecer a diario y yo sigo siendo uno solo. Además, me veo poseido por una fuerte desilusión en cuanto al vino, esa puñetera malaise que me hace verlo todo del gris sucio de los trajes baratos de los trajeados vendevinos a los que tanto… Bueno, nada, eso. Que está un poco cuesta arriba lo de ser bloguero ahora mismo. Pero lo seguiré intentando.
Entre las más interesantes cositas de la semana estuvo esta entrada en el blog de Tom Maresca sobre una semana catando barberas en Piemonte con un grupo de periodistas y blogueros del vino. Aparentemente, un contingente norteamericano de blogueros protestó ante los barberas internacionalistas y superenrroblados que les ponían enfrente, prefiriendo por distancias vinos más “básicos” (léase puros, sin o con poco roble evidente, jugosos, directos y honestos). Ante las negativas opiniones sobre sus vinos “top”, más de un elaborador se crispó y declaró que eso es “lo que pide el mercado”.
¿No te jode?
¡Porque mira que venir a cantar esa canción es más o menos como pedirse la “Macarena” en el karaoke!
Pero la cuestión es que muchos en la industria aún parecen quererla cantar. Maresca habla de la clara desconexión entre ese tipo de rebuz—er, perdón, ese tipo de pronunciamiento y la realidad, particularmente cuando se pronuncia la frase delante de blogueros que son, a la vez, consumidores, ergo, parte de algún segmento de mercado al que el pronunciante debiese estar prestando un poco más de atención.
Pero bueno, hablando de realidades alternativas en las que “el mercado” pide cada vaina que no veas, simultáneamente cuatro amigos me hicieron llegar este enlace anoche. Aparentemente, el Dr. Jay Miller ahora catará una buena tajada de los vinos españoles que reseña para el Wine Advocate de Robert Parker in situ en las regiones de origen. Dos viajes al año. La idea, según el comunicado al que lleva el enlace en cuestión, cuajó en… ¡WineFuture Rioja 09! Y aparentemente Jay contará con un conocido cicerone… Pero no les digo más nada. Lo dejo todo al análisis de ustedesm como he hecho siempre.
Pasando a otra cosa, que es igual que volver a lo mismo, resulta difícil de creer el tiempo que llevo ya haciendo este blog y que hace un par de años tenía una pinta completamente distinta. De hecho, busco una de mis entradas viejas porque algo me la recordó esta semana y me sorprendo por lo torpe de aquel formato que tenía La otra botella antes y lo nítida que se ve ahora.
En la que Camblor intenta respirar a través de una copa de las de "cristal respirable", sin mucho éxito...
La entrada vieja de la que les hablo era una sobre la cristalería y las mil maneras que tenemos de hacer el primo los enochalados en cuanto a élla se refiere. Pues resulta que esta semana el gigante cristalero austriaco Riedel ganó una demanda que había interpuesto contra la firma alemana Eisch Glaskultur, mercadeadora de aquellas copas de “cristal respirable” de las que les hablaba en el 2007. Aparentemente, Riedel demandó para que se retiraran alegados reclamos especiosos sobre las copas de “cristal respirable” y sus efectos mejorantes sobre el vino. Y la corte adjudicó a favor del demandante. Eisch ahora tendrá que vender sus copas bajo otra premisa. Del artículo de Decanter.comsobre el fallo de la corte alemana, una cita muy interesante del portavoz de Eisch, que traduzco para beneficio de los no angloleyentes:
Para retirar esta molestia de nuestro camino en el negocio, hemos acordado cambiar la terminología que utilizamos para describir los beneficios que proveen miestras copas, cuyo nombre hemos cambiado a “Sensis-plus”. En el ambiente técnico y legal de las cortes de ley alemanas no podemos demostrar como un hecho técnicamente confirmado que estas copas, en efecto, respiran.”
¿Soy yo solo, o esta última sentencia suena como una retorcidamente irónica apropiación de ciertas célebres palabras de Galileo? Nada más faltaría que, tras susurrar “Y sin embargo, respiran”, este portavoz dijera: “Además, es lo que pide el mercado, coño…” Luego, en cue la canción tema de Aquí no hay quien viva y nos vamos a una pausa comercial. Pensé en escribir alguito sobre monos babuinos y crítica de vinos a continuación, pero no, que después dicen que soy demasiado cruel.
Por cierto, aquello que contaba de que iba a ir a la tienda donde compré la copa de Eisch no resultó. Se me perdió el recibo y al final la copa se vino conmigo a Santo Domingo, donde aún no ha mejorado la primera porción de vino, jugo de frutas o agua mineral… La foto que aparece arriba es de hoy mismo.
Les dejo ahora con el más nuevo video de Babybird, Ex-Maniac, un álbum potentísimo, dramático, pero a la vez repleto de humor del tonito de negro que a mí más me gusta. El clip es de “Unloveable” y lo dirigió nada más y nada menos que Johnny Depp. Y, ya que hemos estado hablando de desasociaciones entre la realidad y la ilusión, entre lo que se piensa o dice y luego lo que pasa, me parece muy, pero que muy requetemuy à propos.
Esta entrada va dedicada a mi apreciadísimo Juan Carlos Somalo, que la inspiró con uno de esos cuestionamientos lacerantemente mordaces que a ratos le salen. Preguntaba el ganador del Botellazo™ al “Blog del Año” in Spanish lo siguiente:
¿Quedará alguien que no venda vino?
Eso me ha dejado pensando todo el día. Porque mira que hay gente vendiendo vino hoy día. De hecho, no sería tan molesta la cosa si cada uno de los vendevinos se limitara a vender un solo vino. Pero no. Quien más y quien menos ostenta un portafolio multimarcas con una docena—mínimo—de SKUs. Y claro, la justificación es que “el mercado pide”.
La cosa es que yo nunca he oido a ese mercado tan pedigüeño. Pero si ellos lo dicen…
Parecerá non sequitur, pero no he estado bebiendo particularmente bien últimamente. Quizás por eso—y por una cantidad desmoderada del trabajo que paga los vicios—que estiré como lo hice las crónicas del último viaje a Nueva York.
No por falta de variedad, al menos en términos de marcas, eso de “no he estado bebiendo particularmente bien”. Se sorprenderían los primermundistas que me leen, pero en esta capital caribeña en la que vivo yo hoy por hoy hay una cantidad de arcas de vino disponible que resulta acojonante.
Particularmente por la cantidad de ellas que parecen pertenecer a los portafolios de megabodegas chilenas, españolas, etc. Digo yo que cuando te puedes llenar un par de cajas de enoproducto con etiquetas diferentes que todas son fabricadas por la misma compañía, eso merece cierto análisis.
¿Cómo hemos llegado al punto de esta marketorrea? Porque no puede llamársele de otra manera. Cuando un mismo conglomerado bodeguero produce ocho sauvignons blancs no especialmente distinguibles el uno del otro como no sea por la etiqueta, algo no tiene mucho sentido. Aunque la plata al final vaya al mismo sitio, ¿funciona lo de crear tantas marcas que compitan una con la otra?
De verdad, que alguien me lo explique. Yo he presenciado una auténtica estampida de nuevos bodegueros, vendevinos, buscones del vino, putones verbeneros del vino y otras criaturas que conforman la cultureta de la que tanto les hablo—muchísimos de ellos con los antedichos portafolios plurietiqueteros-nadavalentes.
Y de verdad parece que, como sugieriese Somalo, Raymundoytóelmundo aspira a vender vino hoy por hoy. No consta que en realidad venda, pero al menos aspira.
¿Qué extraña fantasía habrá concebido que existe tanto espacio en el mercado para tan desmadrada oferta? ¿De verdad necesitamos los consumidores tantas marcas—que no es lo mismo ni se escribe igual que “tantos vinos”?
Una buena para comentar y discutir, ¿no? Les dejo un videito con una canción muy bonita de Citizen Cope. Un titulito un tanto irónico aquí, considerando que estamos hablando de marketing del vino…
No que tenga muchas cositas que contarles, realmente. O ganas de ponerme a inventar ficciones. Anoche no pegué ojo, pendiente de mi hijo, que estaba malito. Ya esta mejor. Pero ahora yo estoy hecho mierda.
Esta mañana me leí en el iPhone una noticia que me hizo sonreir: Aparentemente un ícono setentero vuelve buscando retomar la prominencia perdida. Con una línea “premium” de vinos se relanza… ¡Black Tower!
¿Cómo olvidar una de las tres libaciones predilectas de las viejas en las partidas de canasta que zumbaba mi abuela cada tarde? Más que motivarme a mi usual mordacidad con respecto a dudosas iniciativas marketingueras, la reinvención del vinito alemán aquel de la botella negra=nevada con sus líneas firmemente rectas me ha traido recuerdos de infancia.
Digo yo que nunca es tarde si la dicha es buena. Ahora sólo tenemos que esperar el lanzamiento de la gama “premium” de Mateus y habremos llegado. Les dejo ahora con un videito muy à propos, que está como para descorcharse uno de esos nuevos Black Tower (bueno, ahí la pregunta de si vienen con corcho…) Los Fun Lovin’ Criminals, mientras me marcho a casa y luego, quizás, a la playa a no asolearme, que me arrugo.
Tal parecería que hay temas destinados a volver, volver, vooooolveeeeeer en la cultureta del vino. Esta mañana me llegó el habitual e-mail con los resúmenes “noticiosos” de Decanter.com y me estuve riendo un poquito con cierto peculiar intento de reanimar el debate sobre el grado alcohólico del vino.
¿Es posible hacer un vino fino por encima de 14% de alcohol por volumen? Esa es la pregunta de Decanter.com. Mi respuesta deben bien saberla los que me conocen un poquito. Para los que no me conocen, recapitularé: No.
No quiere decir esto que descarte yo la inmensa cantidad de vinos mediterráneos, por ejemplo (o californiano) de determinadas variedades de uva. Sencillamente los reconozco como iteraciones de un paradigma que para mí no se corresponde con “vino fino”, o “vino elegante”. Lo digo porque, aunque puedo reconocer la nobleza específica de algo masivo y aparatoso, pero que cumple cabalmente con una función, esa nobleza requiere un ajuste de ética y estética para mí. En otras palabras, no se me ocurriría pensar en un vinazo que sobrepase por mucho los 14 grados como “elegante” de la misma forma en que es elegante, digamos, un riesling alemán de 8% o un rioja clásico de 12. Que mole es otra cosa. Que esté sabroso también. Pero mis estándares son mis estándares y me gusta diferenciar qué es que.
Allá los demás con los de ellos. Por ejemplo, tenemos esa extraña cita de David Schildknecht en la que declara que “Elegir 14% de alcohol como un límite significa cuestionar una quinta parte del vino elaborado por los más renombrados productores de Burdeos y Borgoña y el 90% de lo que sale de productores de élite en el sur de Francia, España, California o Australia. “
A lo que yo digo: Anjá, ¿y?
Que el límite que imponemos—basado en nuestros propios prejuicios estéticos y tolerancias fisiológicas—sea subjetivo y arbitrario no invalida, en la ausencia de un estándar “objetivo” de juicio estético-fisiológico, nuestros cuestionamientos.
No saber diferenciar antes de juzgar puede ser perjudicial para la salud mental, digo. No es lo mismo “vino grande” que “gran vino”.
Y es que todo esto me hace pensar en un episodio hace un par de semanas. Nos fuimos Josie y yo con nuestros nuevos amigos César Castro y su novia Mary Ann a una cata-cena con vinos de un importador local. Para mayores señas, lo que probamos fue un trebbiano di lugana, un rosso di montalcino, un brunello y un dulce de trebbiano di lugana. Antes de ir al restaurante, nos tomamos un aperitivito en casa: Una copita de alvarinho 2007 de Marcial Dorado.
El trebbiano di lugana seco andaría por 13 y pico porciento. El rosso di montalcino y el brunello definitivamente sobrepasaban los 14, quizás por bastante—aunque en realidad es difícil determinarlo con exactitud, pues el vino nos lo sirvieron a temperatura de ambiente dominicano, que no es nada amigable a los tintos grandes.
Ninguno de nosotros se terminó las porciones de vino que nos sirvieron en la cena. Eran vinos modernos que quizás lograban un cierto equilibrio y—al menos los tintos—quizás también se hubieran beneficiado de una temperatura de servicio más amigable a ellos. No creo que llegásemos, con todo y todo, a consumir más del equivalente de dos copas en esa cena. Con la del alvarinho de Dorado hacían tres. Como mucho.
Y, sin embargo, a la mañana siguiente Josie y yo amanecimos con un amago de resaca bastante convincente.
¿Que a qué viene todo esto? Pues a que dicho amago de resaca afecta el juicio estético sobre los vinos pasaditos de alcohol que nos sirvieron. Al alvarinho de Dorado no se me ocurriría culparlo, pues me he tomado en algunas ocasiones una botella yo solito sin mayores repercusiones físicas. Los sospechosos, lamentablemente, son los subiditos de alcohol. Y la sospecha mancha.
Fin de perorata de hoy. Lo que sí, ahora no puedo sacarme de la mente aquel himno/anuncio de servicio público de The Dead Kennedys. Les dejo con una interpretación maravillosa de esa canción, a cargo de la siempre genial Camille (dos videos de ella ya han aparecido en este espacio, o sea que debe gustarme bastante lo que hace la chica):
Como ya les contara hace unas semanas, he adoptado una nueva práctica que es en parte protesta contra los abusivos precios del vino por copas en Nueva York, parte protesta contra la mediocre selección de vino por copas en tantos restaurantes neoyorquinos. Ahora compro botellas en tienda y las copitas preprandiales se beben feliz—y mucho más económicamente en el hotel. Lo que sobra de la botella se recorcha y se guarda en la neverita para la noche siguiente.
Bueno, el título de esta entrada es un poco engañoso, porque a mis años ya no es “cualquier cuarto de hotel” lo que me va cuando viajo. Y lo de la neverita, pues, hay que buscarlo. Yo lo he encontrado y así, cuando voy a Manhattan estoy muy a gustito.
He aquí las notas tomadas acerca de las botellas abiertas en mi habitación durante aquella última estadía neoyorquina…
Peter Lauer, “Senior” Ayler-Kupp Riesling FAJ36, Saar 2008: Varios amigos me habían recomendado no perderme este magnífico riesling semiseco de Lauer. La etiqueta es un pelín difícil de interpretar, pero poco importa. Abres la botella, te sirves una copa y te encuentras con un vaporoso manto de luz y tensión. Agua de lluvia, toronja, marcada mineralidad y poderosa acidez en un perfil más bien tirando a tendre en términos de dulzor. Un vino de esos que te despierta y te pone en atención, a la vez etéreo y enérgico. Me encanta. El posgusto torna ligeramente talcoso y te suelta interesantes acentos entre hierbas y flores secas. Bonito. Me alegra la vida. Decido inmediatamente llevarme una botella en mi equipaje al retornar a Santo Domingo, para que me sirva de antidepresivo si entro en una de mis crisis.
Jacques Puffeney, Trousseau “Cuvée Les Berangères”, Arbois 2007: Este lo compré para agasajar a Josie, recordando lo mucho que le había encantado una botella del 2006 consumida en Trestle on Tenth durante una visita anterior a Nueva York. Increible floralidad en un tinto ligero y muy lineal. Ceniza, fresas e incienso. Fresco y deliciosamente mineral. Tánico, primario y largo. Hubiese sido un mejor vino para beber con la comida que bebido antes, viendo CNN en el hotel. Pero bueno, no me quejaré, porque como quiera estaba precioso.
Fritz Haag, Riesling Trocken “Brauneberg Juffe”, Mosel 2008: Muy cítrico de entrada—toronja, limón dulce, piña verde—y con una nota carnosa de melocotón blanco. Seco y compacto en boca, fresco y primario. Sutilmente especiado, con mineralidad muy “crunchy“. Un vino firme, que pese a su impacto frutal inicial resulta un tanto reticente de posgusto y que obviamente necesita tiempo para soltarse y dar lo que tiene.
Alguna otra cosa habré yo abierto en aquella habitación, mientras mi mujer me enseñaba lo que había encontrado en las tiendas durante el día, o mientras me burlaba de algo en el telediario, o tramaba alguna travesura nocturna. Pero de esa otra botella se me olvidó tomar notas. Puede que me haya olvidado de que ya mi hogar no está en Manhattan y que en Santo Domingo es casi imposible toparse con vinos así para ocasiones especiales, mucho menos para consumo casual, así sin pensarlo mucho. Debí tomar un apunte. Era otro riesling, lo sé. O quizás un vouvray. ¿Pero cuál? A estas alturas, dejar pasar la oportunidad de plasmar otra nota que me consuele cuando me veo en Santo Domingo, ante un panorama vínico de escasas bondades, resulta imperdonable.
Hablando de cosas tristes, acabo de enterarme de la muerte—aparentemente por una sobredosis de drogas—del actor norteamericano Corey Haim. Corey fue siempre una figura divertida para mí, allá en los ochentas. Lo recuerdo en aquella inolvidable The Lost Boys con el otro Corey, el pesado, el Feldman, y me enternezco un poco. Era otra época de mi vida, cuando era quizás un poco menos amargado y sarcástico. Cuando me reía con cualquier cosa. Corey Haim tenía 38 años. En memoria suya, una buena de The Thrills:
Ya les había contado que, por cura casualidad, Josie y yo llegamos a Nueva York en esta última vuelta cuando comenzaba la edición invernal de la New York Restaurant Week. Para este evento, muchísimos restaurantes neoyorquinos a todos los niveles de precio y de todas las especialidades imaginables ofrecen menús de degustación a precios reducidos. Dicen los puristas que eso es un cogebobos y que no hay manera alguna de hacerse una idea de la cocina de un gran restaurante con un menú de Restaurant Week. Digo yo que se dejen de idioteces, que es una manera de hacerle un “upgrade” a cualquier almuerzo o cena sin gastarte una billetiza. Y si el restaurante es bueno de verdad, pues la calidad no va a verse reducida meramente por los precios de descuento.
A continuación, algunas impresiones breves de lo que nos dió, no nos dió o nos quitó esta Restaurant Week…
Pampano (209 East 49th. Street): Es sabio no subestimar la magnitud o desatender la urgencia de los antojos de comida mexicana que le entran a mi señora esposa. Parecería inevitable que cada vez que caemos en Manhattan tengamos que ir a algún sitio en busca de carnitas, mole, o lo que sea. La verdad es que a mí tampoco me está mal el asunto: La oferta “mexicanoide” en Santo Domingo es de un mediocre que no veas.
Habíamos pasado unas cuantas veces frente a este “mexicano moderno” que está a poco más de una cuadra de nuestro habitual hotel, y decidimos aprovechar el menucito degustación que tenían para el almuerzo. Pampano es un sitio chic, luminoso, con servicio esmerado. La cocina en evidencia para Restaurant Week estaba muy buena y daba ganas de volver.
Chile relleno de mariscos en Pampano.
Impecable guacamole para el preprandio. La sopa de frijoles negros la pedí—a decir verdad—para ver si se comparaba con la mía, que cuentan las malas lenguas que es c-o-j-o-n-u-d-a. En Pampano la hacen en plan veloutée, o sea, licuada y colada, con tropezones de aguacate y plátano maduro (anotada; es una idea a incorporar como variante a mis habituales adornos de crême fraîche al cilantro, cebolla y pimientos picados). Muy sabrosa y reconfortante en una tarde fría y además educativa, les digo… Pero aún mejor estaba el chile relleno de mariscos. Un plato sencillo donde los haya, pero muy bien ejecutado y con buena profundidad aromática. Cosas que le dan ideas a uno. Quizás pueda hacer algo similar asando ajíes cubanela de esos que se dan tanto en República Dominicana.
Todo esto lo mojamos con Tecate…
Anthos (36 West 52nd. Street): Gran desencanto en este “griego creativo” que hace un par de años me dejara con muy buena impresión. En aquel entonces tenía una muy interesante carta de vinos, cocina competente y servicio muy cuidado. En esta ocasión me falló en los tres aspectos. El menú degustación que nos sirvieron me pareció, para decirlo delicadamente, mucho menos que inspirado. El servicio, un desastre. Tuvimos que servirnos nuestro propio vino, cosa que hubiera sido perfectamente aceptable en una taberna griega en Queens, pero no en un sitio de este calibre. El camarero aparecía únicamente para traernos el siguiente plato. Y luego, pues a otra cosa. Claro, hay que aclarar que parecía ser uno de solamente dos sirviendo a un salón grande. Pero no que el salón estuviese particularmente lleno. De hecho, estaba tirando a vacío. O sea que perdonar, lo que se dice perdonar, no hay como.
Lo mejorcito de la abismal cena en Anthos fueron estos gnocchi en salsa de azafrán, pero ni de lejitos fueron suficiente para compensar por todos los otros problemas.
Aquella carta de vinos donde antes te encontrabas igual un Tondonia Blanco Reserva que un buen Assyrtiko de Santorini para amenizar tu comida ahora se veía más bien pelada. ¿Serían ideas mías o las referencias eran menos y mucho más del montón?
Acabé pidiendo consejo sobre los dos vinos de xynomavro que tenían. Especifiqué al personaje que vino a tomarnos la orden del vino mi alergia a los mamarrachos modernotes hiperenrroblados y puntistas. Le dije que prefería graduación alcohólica recatada y sensibilidad tradicionalista en el tinto que me recomendara.
“¡Este le encantará!”, dijo señalando el Thymiopoulos, “Uranus” Xynomavro, Trilofos Mathena 2007. Yo acepté. Lo trajo a la mesa, abrió la botella. Olí la copa. No olía a demasiado. Pero no parecía estar de ningún modo estropeado. Asentí. El individuo desapareció. Me concentré en la copita de assyrtiko que tenía para los crudi del principio. Decentito. Pero sólo eso.
No fue sino un rato después que volví al tinto y me enteré de que el camarero vínico me había puesto algo diametralmente opuesto a lo que quería. Madera nueva a raudales arruinando un vinito ahí más o menos. Podía ser un pinot noir californiano esperpentificado. Y un mínimo de 14% de alcohol no se lo quitaba ni el Dios ése que dicen. Estuve buen rato tratando de ubicar al tipo de los vinos en el salón, pero nada. Josie, que es bastante estoica, me dijo que nada, ajo y agua y ojalá el potingue no fuese caro.
Perdonen ustedes que no dedique un rato a los platos que me sirvieron. Pero la cocina fue tan penosamente olvidable y pasé tanto rato pendiente a los camareros ausentes que se me olvidó tomar apuntes. Si me dan libertad de especular, me inclinaría a pensar que Anthos no es un sitio en salud. ¿Cuánto más puede un sitio durar de esta forma?
No dejé propina. Poco me faltó para garabatear una obscenidad en lugar de mi firma en el voucher de la tarjeta de crédito. Al llegar al vestuario casi tuvimos que entrar a por nuestros abrigos, pues la chica encargada nada de aparecer. Al final, uno de los elusivos camareros se personó y nos devolvió los abrigos.
La espectacular vista desde nuestra mesa en Asiate.
Asiate (Mandarin Oriental Hotel, 80 Columbus Circle): Tres cosas impulsaron nuestro almuerzo en este local tan chic del Time Warner Center. La primera y más fundamental: Que Josie quería ir. La segunda: La fenomenal vista de Central Park desde las alturas de un rascacielos de por sí vale de sobra la tarifa de admisión y se presta para un rato de lo más romántico. Tercero: Estoy en el proceso de diseñar la cava de vinos de mi nuevo apartamento en Santo Domingo y la famosa bodega-exhibidor de vinos de Asiate podía inspirarme en cuanto a opciones. Porque no solamente tiene que ser funcional, sino quedarme muy bonito mi almacenaje de vinos en la nueva chez Camblor. Ah, bueno, cuarto: Comida y vino, que en cuanto a fusión asiana, Asiate tiene una merecida reputación.
Otro de esos sitios bellos, serenamente hipermodernos, que tanto me gustan. El decorado es discreto, en tonos neutros, pero se siente una cierta opulencia implícita, incluso en la mirada de la chica que te recibe y conduce a tu mesa o el tono del camarero que te trae la carta y la lista de vinos. El menú-degustación para Restaurant Week era de unos treinta y cuatro dólares. Un chollazo, considerando lo rico que estuvo todo, desde la ensalada de hongos silvestres y el bacalao negro al miso (un plato que describí en mis notas como “sutilmente envolvente”) hasta los sorbetes de postre. De la extensa y muy variada lista de vinos pedí un Hirtzberger,
Cogiendo ideas para mi bodeguita casera, que tiene que quedar bonita.
Grüner Veltliner Federspiel “Rotes Tor”, Spitz, Wachau, Austria 2007 que aparecía, hablando de vino austriaco, con un mark-up modesto en comparación con la escandalosa carta de Seasonal un par de noches antes. El veltliner, delicioso y una pareja perfecta tanto para la ensalada de hongos como para las umamieces miso-marinas del bacalao. Nariz de cítricos, pimienta blanca y piedra triturada. Ligero y grácil en boca, entra claro y definido y luego comienza a difuminarse en los bordes, lo que no es un negativo, sino una indicación de eterealidad que complementa muy bien la ligereza de los platos. Delicioso amargor al final, con una notita que me recuerda la papaya verde. De todo lo que pude elegir en esa carta, creo que este Rotes Tor fue espléndidamente acertado.
I Trulli (122 East 27th Street): Una de esas noches me dieron ganas de italo-neoyorquino tradicional, sin frufrú ni pendejadas, y sugerí irnos a este restaurante, que es uno de los de siempre. La carta de vinos tiene selecciones interesantes y siempre hay una buena sugerencia por parte del sumiller sobre algún productor que no conozco. Además, en el pasado la cocina había sido bien sólida y el ambiente muy casual.
Les diré que en esta experiencia nuestra de Restaurant Week, I Trulli, por cierto, fue el único restaurante que estaba completamente lleno cuando llegamos y el único en que tuvimos que esperar un poco por nuestra mesa. Cosa rara, pero en todos los demás fue tremendamente fácil conseguir reservación y al llegar a los sitios había mucha mesa vacía. En I Trulli no. ¿Será que la crisis se saltó a unos y a otros no? ¿Por qué? I Trulli no será especialmente caro en el gran esquema manhattaniano de las cosas, pero dista infinitamente de ser “económico”. Algo tendrá…
Aunque, a decir verdad, no creo que sea la cocina, al menos como la ponía en evidencia lo que estaban presentando para Restaurant Week.
Más bien aburrido y olvidable el menú. Pasta con pistachio y hierbas que ni fu ni fa. Un estofado de conejo que, si bien no estaba nada mal, tampoco era cosa de tirar cohetes.
Lo más interesante de la noche fue la experiencia vínica. Un joven se nos acercó, nuevo sumiller del restaurante (eché en falta al anterior, que me había recomendado buenas cosas en anteriores visitas). Yo estaba muy interesado en la presentación de la carta, con perfiles de elaboradores particulares que daban contexto a vinos que el restaurante quizás quería impulsar. Comencé a hacer preguntas, con la intención de dejarme recomendar. El muchacho se veía serio y nos estaba dedicando buen tiempo, lo que es siempre una grata señal para mí. Le expliqué mis fobias y requerimientos.
Me ofreció dos vinos toscanos.
Leone Sangiovese Toscano 2001 en I Trulli
Toscana es una de esas regiones donde hay tanta esperpentificación y enopretenciosidad que a veces a uno se le olvida que quedan algunos elaboradores honestos haciendo vino de verdad y no todo es trajeados haciéndole la pelota a Jim Suckling . De uno de los dos vinos quedaba una sola botella y el sumiller parecía particularmente entusiasta en cuanto a los aspectos “tradicionales” de su elaboración. Buen vendedor, porque decidí que era mejor no quedarme sin probar el Leone, Sangiovese Toscano 2001, no fuese yo luego a lamentar una oportunidad perdida.
Al abrir la botella hubo un momento de trepidación. ¿Estaba corchado el vino? Había suficiente peste mustia como para sugerir problemas. Pero el muchacho me dijo: “Todas han sido así. Se les pasa. Enseguida traigo un decantador y ya verá. Y si no le convence, sin problema ninguno le ponemos otra cosa.” Que es como se hace… Después de un rato los olores a mocato desaparecieron y nos vimos ante un tintazo potente, rústico, cárnico y muy tánico, con una dosis respetable de volatilidad. Sin embargo, tenía su encanto. Había una cierta gracia en su gestuario y una profundidad en su expresión que me llamó la atención. Después de desvanecerse aquellas notas mohosas surgen otras de alcanfor, yodo y lilas. Compacto. Masticable. El posgusto es largo, dulcemente especiado. Un vino demasiado joven aún. Necesita unos cuantos años más para encontrar el equilibrio entre su rusticidad y sus aspectos más amables.
Altas y bajas, sí señor. Así estuvieron las comidas de esta visita a mi verdadera casa.
Por si no se han dado cuenta, estoy un poco inconstante en esto de bloguear. Es que la vida, el trabajo, los proyectos personales y veinte mil chorradas se interponen. Aunque material no me falta, el tiempo es escaso para sentarme a escribir. Es muy frustrante. Quería que lo supieran, no fuesen a pensar que es otra cosa lo que está afectando mi habitual ritmo. La vida, que es como es.
Necesito vacaciones. De nuevo. Un temita con solera, para mostrar el color de mi alma en esta mañana de martes…
Estaba yo de lo más quitado de bulla el otro día, a eso de las cinco de la mañana, cuando ví el e-mail con el enlace a un sitio que de otro modo no hubiese visitado nunca.
Si hay un episodio del que no hace falta resumen didáctico, es aquel Pancho Campo MW, el mandato de arresto de Interpol. Dubai, el WineFuture, etc. Mucha cobertura tuvo y muchas preguntas suscitó aquí.
Una pregunta en particular enuncié una y otra vez: ¿Dónde estudió medicina Pancho Campo? “Soy médico”, declaró inequívocamente a Levante-EMV.com en una entrevista de junio del año pasado. En alguna otra historia salía que cursó estudios en República Dominicana. Y como ahora yo vivo en ese país del Caribe, pues, me provocaba curiosidad. Quería saber los pormenores del doctorado en medicina que anunciaba este personaje tan misterioso y controversial.
Ahora, gracias a Hosteleo.com, un preocupante poco de claridad:
“Una aclaración, aunque estudié toda la carrera de medicina, no soy médico ya que no me licencié.”
Si no hubiese salido como cita textual en aquel artículo de Levante-EMV.com lo de “Soy médico”, quizás hubiese juzgado la atribución de un título de doctor en medicina a Pancho Campo en montones de artículos de prensa como una mala interpretación por parte de X número de periodistas que le llamasen “médico” anteriormente. Pero…
Siento que es mi deber considerar todas las posibilidades. No que me queden muchas ganas, porque esta contradicción sí que parece difícil.
Hacerse pasar por médico es, en algunos paises, delito penal. Claro, tiene el farsante que intentar ejercer la medicina, que no es el caso del Sr. Campo hasta donde sé. Lo que no quita que uno vea mal esa declaración a boca de jarro al entrevistador hace menos de un año: “Soy médico”.
Y resulta que ahora no.
Cual se acostumbra exclamar en el patio de este galáctico cole que es la interné del vino: ¡No joooooooodaaaaaaaaaaas!
Mi intención aquí es someter a la consideración de ustedes estas cositas y cosotas que me encuentro en mi diario discurrir por el mundo del vino. Que cada quien saque sus propias conclusiones…
Luego hablamos de las amenazas que anda haciendo el Sr. Campo en el resto de esa nueva entrevista (no digamos nada de los vituperios contra los periodistas que se han atrevido a investigarle incisivamente), que también son la monda… Pero mientras tanto, otro tema: Del departamento del cinismo más absoluto surge este rayito de sol en Decanter.com.
Anjá. Dijeron eso.
Para los que no leen inglés, mi traducción:
Tras una junta de directores hoy en Vinos de Chile/Wines of Chile, las operaciones domésticas e internacionales que representan al 95% de la industria [chilena del vino], el veredicto es que un 12.5% de las existencias de vino en bodegas chilenas se ha perdido…. Eso es más o menos US$250,000,000 en vino—una cifra que en realidad no representará una pérdida, pues el vino estaba asegurado y además, las bodegas del país tenían exceso de inventario, dijo René Merino, presidente de Wines of Chile.
La semana pasada estábamos todos aterrados, abrumados y sumamente preocupados ante la magnitud del terremoto que sacudiera a Chile. La sección de comentarios de mi entrada del 27 de febrero es un repositorio de testimonios verdaderamente conmovedores y de manifestaciones de solidaridad. Andaba yo pensando en trabajadores agrícolas que se quedaron sin nada, en viticultores y bodegueros pequeños. Y ahora viene René Merino con una canción muy familiar, vieja favorita de estas páginas:
Recordando que mi amigo el Errepé—en la noche en que nos vimos “en vivo” por vez primera—me regaló una camiseta verde precisamente con el eslogan “Älways look on the bright side of life“, camiseta que le encanta a mi hijo Julián, les diré que esta semana cumplieron tres añitos los mellizos Camblor y celebramos la ocasión muy felizmente.
También celebré, en nuestra página de Facebook, el sexagésimo octavo cumpleaños de Lou Reed. ¿Cómo iba yo a saber que es tan viejo el gran Lou? Y, sin embargo, es como si discurriera fuera del tiempo…
Yo mismo me sorprendí. Estaba conversando con un conocido aquí en Santo Domingo sobre lo que constituye para mí un “vino de verdad” y mi discurso dió un inesperado giro. Al principio me costó un poco hallar las anclas del epistema, pero lo logré. Y sonreí irónicamente para mis adentros. Estaba dando una explicación de mi estética del vino muy firmemente parada sobre los hombros de Tomás de Aquino. Hay que joderse con los curas. Y con aquel breve momento de mis estudios doctorales en el que coqueteé con una medievalista. El intertexto de cada uno de nosotros es una cosa muy seria. Y, en buen celtibérico, también sumamente cachonda cuando le da la gana.
Buscando en mis archivos mentales encuentro la cita:
Para la belleza se requieren tres cosas. En primer lugar, ciertamente la integridad o perfección; en efecto, las cosas que están disminuidas son, por ello mismo, torpes. También la debida proporción o consonancia. Y además, la claridad; de donde las cosas que tienen un color nítido se dice que son bellas.
Antes de que nadie venga a enlazar con lo de que “las penas se curan con sueño, un baño y un vaso de vino”, les diré que nos concentremos, que va y estamos ante algo importante después de todo… No soy de divinidades, o sea que tampoco soy de santos. Tampoco—como bien entenderán los que me leen desde hace tiempo—creo en la “objetividad”. O sea que adopto a Tomás de Aquino muy a mi aire.
Tres parámetros para determinar la belleza de algo. De un vino. Integridad, proporción y claridad. Es el tipo de economía que, para abusar un poquito de la idea, considero intrínsecamente bella.
La conversación sobre el “vino de verdad” surgió por mis comentarios sobre un Jermann, Sauvignon, Venezia-Giulia 2008—un vino que, adheriéndome a los tres parámetros aquineanos, se queda corto de la belleza. Huele y sabe a coctel de frutas de lata vertido sobre avena y sazonado con perifollo seco. Aunque es suculentón y fácil de beber, exhibe un conspicuo hueco donde debiera haber estructura. No lleva, por ende, muy atractivamente sus carnes. El posgusto, si es que así puede llamarse, es difuso, levemente oleaginoso de textura.
No es un vino en absoluto desagradable, considerando el extraño paradigma operativo de “sauvignon blanc” por el que se rige la industria global moderna del vino. Pero lo que entiendo como sus carencias me hacen cuestionar su integridad. Y “difuso”, aunque se trate de un posgusto y no de un elemento visual, es irreconciliable con “claridad”.
Este blanco, que bebí en Santo Domingo recientemente, tiene muy poco que ver con lo que bebí en una cena en Trestle on Tenth, en Nueva York, hace unas semanas.
Josie y yo nos habíamos quedado un poco molestos con el chasco que fuera Seasonal y decidimos ir a ese viejo favorito en Décima Avenida, que tantas buenas comidas y buenas botellas nos ha dado a lo largo de los años. La comida es austriaca, pero de onda mucho más casera, sin frou frou ni muchas pretenciones, en porciones de las de ir con hambre. En la carta de vinos hay muy poco de aburrido y todo está a excelentes precios, considerando el mercado.
Esa noche en Trestle ordené una botella del Domaine Guillot-Broux, Mâcon-Cruzille 2008 por treinta y tantos dólares, para acompañar un impresionante asado de cerdo.
Un tinto borgoñón de gamay producto de agricultura orgánica, de una bodega familiar. De capa brillantemente transparente, que ya más que claridad presenta luminosidad cuando se le ve desde ciertos ángulos. Aroma muy mineral (“mineralidad blanca” es como la describo en mi libreta, lo que indica que intuyo suelos calcáreos), con oleadas de rosas, fresas silvestres y humo. Lo mismo en boca, con una banda de acidez toronjesca dando alas al conjunto y haciéndolo sumamente refrescante y vital. La gracilidad de su vuelo denota perfecta proporción de componentes, perfecto equilibrio. La persistencia de los aromas y sabores y el deseo de pedirte otra botella que te deja hablan para mí de un deleite estético íntegro en un vino íntegramente hecho, de cuya entidad no hay sospechas.
Este Mâcon tinto acompañó, como ya les dije, un apoteósico festín porcino. Un masivo cacho de lomo, tierno, jugoso y con mucha profundidad de sabor. Creo que es mejor dejar que una imagen valga más que mil palabras, como dicen que vale. Me hubiese gustado, en una extraña fantasía maquinadeltiempística, tener a Don Tomás delante y convidarlo a tan divinamente hoonesto, medievalmente encantador plato de cerdo. Ahí sí se hubiese puesto interesante el tema de la belleza.
Extraña idea, la belleza. Mutable. Mutante. Bella. Se me antoja una canción…