Yo mismo me sorprendí. Estaba conversando con un conocido aquí en Santo Domingo sobre lo que constituye para mí un “vino de verdad” y mi discurso dió un inesperado giro. Al principio me costó un poco hallar las anclas del epistema, pero lo logré. Y sonreí irónicamente para mis adentros. Estaba dando una explicación de mi estética del vino muy firmemente parada sobre los hombros de Tomás de Aquino. Hay que joderse con los curas. Y con aquel breve momento de mis estudios doctorales en el que coqueteé con una medievalista. El intertexto de cada uno de nosotros es una cosa muy seria. Y, en buen celtibérico, también sumamente cachonda cuando le da la gana.
Buscando en mis archivos mentales encuentro la cita:
Para la belleza se requieren tres cosas. En primer lugar, ciertamente la integridad o perfección; en efecto, las cosas que están disminuidas son, por ello mismo, torpes. También la debida proporción o consonancia. Y además, la claridad; de donde las cosas que tienen un color nítido se dice que son bellas.
Antes de que nadie venga a enlazar con lo de que “las penas se curan con sueño, un baño y un vaso de vino”, les diré que nos concentremos, que va y estamos ante algo importante después de todo… No soy de divinidades, o sea que tampoco soy de santos. Tampoco—como bien entenderán los que me leen desde hace tiempo—creo en la “objetividad”. O sea que adopto a Tomás de Aquino muy a mi aire.
Tres parámetros para determinar la belleza de algo. De un vino. Integridad, proporción y claridad. Es el tipo de economía que, para abusar un poquito de la idea, considero intrínsecamente bella.
La conversación sobre el “vino de verdad” surgió por mis comentarios sobre un Jermann, Sauvignon, Venezia-Giulia 2008—un vino que, adheriéndome a los tres parámetros aquineanos, se queda corto de la belleza. Huele y sabe a coctel de frutas de lata vertido sobre avena y sazonado con perifollo seco. Aunque es suculentón y fácil de beber, exhibe un conspicuo hueco donde debiera haber estructura. No lleva, por ende, muy atractivamente sus carnes. El posgusto, si es que así puede llamarse, es difuso, levemente oleaginoso de textura.
No es un vino en absoluto desagradable, considerando el extraño paradigma operativo de “sauvignon blanc” por el que se rige la industria global moderna del vino. Pero lo que entiendo como sus carencias me hacen cuestionar su integridad. Y “difuso”, aunque se trate de un posgusto y no de un elemento visual, es irreconciliable con “claridad”.
Este blanco, que bebí en Santo Domingo recientemente, tiene muy poco que ver con lo que bebí en una cena en Trestle on Tenth, en Nueva York, hace unas semanas.
Josie y yo nos habíamos quedado un poco molestos con el chasco que fuera Seasonal y decidimos ir a ese viejo favorito en Décima Avenida, que tantas buenas comidas y buenas botellas nos ha dado a lo largo de los años. La comida es austriaca, pero de onda mucho más casera, sin frou frou ni muchas pretenciones, en porciones de las de ir con hambre. En la carta de vinos hay muy poco de aburrido y todo está a excelentes precios, considerando el mercado.
Esa noche en Trestle ordené una botella del Domaine Guillot-Broux, Mâcon-Cruzille 2008 por treinta y tantos dólares, para acompañar un impresionante asado de cerdo.
Un tinto borgoñón de gamay producto de agricultura orgánica, de una bodega familiar. De capa brillantemente transparente, que ya más que claridad presenta luminosidad cuando se le ve desde ciertos ángulos. Aroma muy mineral (“mineralidad blanca” es como la describo en mi libreta, lo que indica que intuyo suelos calcáreos), con oleadas de rosas, fresas silvestres y humo. Lo mismo en boca, con una banda de acidez toronjesca dando alas al conjunto y haciéndolo sumamente refrescante y vital. La gracilidad de su vuelo denota perfecta proporción de componentes, perfecto equilibrio. La persistencia de los aromas y sabores y el deseo de pedirte otra botella que te deja hablan para mí de un deleite estético íntegro en un
vino íntegramente hecho, de cuya entidad no hay sospechas.
Este Mâcon tinto acompañó, como ya les dije, un apoteósico festín porcino. Un masivo cacho de lomo, tierno, jugoso y con mucha profundidad de sabor. Creo que es mejor dejar que una imagen valga más que mil palabras, como dicen que vale. Me hubiese gustado, en una extraña fantasía maquinadeltiempística, tener a Don Tomás delante y convidarlo a tan divinamente hoonesto, medievalmente encantador plato de cerdo. Ahí sí se hubiese puesto interesante el tema de la belleza.
Extraña idea, la belleza. Mutable. Mutante. Bella. Se me antoja una canción…