Ya les había contado que, por cura casualidad, Josie y yo llegamos a Nueva York en esta última vuelta cuando comenzaba la edición invernal de la New York Restaurant Week. Para este evento, muchísimos restaurantes neoyorquinos a todos los niveles de precio y de todas las especialidades imaginables ofrecen menús de degustación a precios reducidos. Dicen los puristas que eso es un cogebobos y que no hay manera alguna de hacerse una idea de la cocina de un gran restaurante con un menú de Restaurant Week. Digo yo que se dejen de idioteces, que es una manera de hacerle un “upgrade” a cualquier almuerzo o cena sin gastarte una billetiza. Y si el restaurante es bueno de verdad, pues la calidad no va a verse reducida meramente por los precios de descuento.
A continuación, algunas impresiones breves de lo que nos dió, no nos dió o nos quitó esta Restaurant Week…
Pampano (209 East 49th. Street): Es sabio no subestimar la magnitud o desatender la urgencia de los antojos de comida mexicana que le entran a mi señora esposa. Parecería inevitable que cada vez que caemos en Manhattan tengamos que ir a algún sitio en busca de carnitas, mole, o lo que sea. La verdad es que a mí tampoco me está mal el asunto: La oferta “mexicanoide” en Santo Domingo es de un mediocre que no veas.
Habíamos pasado unas cuantas veces frente a este “mexicano moderno” que está a poco más de una cuadra de nuestro habitual hotel, y decidimos aprovechar el menucito degustación que tenían para el almuerzo. Pampano es un sitio chic, luminoso, con servicio esmerado. La cocina en evidencia para Restaurant Week estaba muy buena y daba ganas de volver.

Chile relleno de mariscos en Pampano.
Impecable guacamole para el preprandio. La sopa de frijoles negros la pedí—a decir verdad—para ver si se comparaba con la mía, que cuentan las malas lenguas que es c-o-j-o-n-u-d-a. En Pampano la hacen en plan veloutée, o sea, licuada y colada, con tropezones de aguacate y plátano maduro (anotada; es una idea a incorporar como variante a mis habituales adornos de crême fraîche al cilantro, cebolla y pimientos picados). Muy sabrosa y reconfortante en una tarde fría y además educativa, les digo… Pero aún mejor estaba el chile relleno de mariscos. Un plato sencillo donde los haya, pero muy bien ejecutado y con buena profundidad aromática. Cosas que le dan ideas a uno. Quizás pueda hacer algo similar asando ajíes cubanela de esos que se dan tanto en República Dominicana.
Todo esto lo mojamos con Tecate…
Anthos (36 West 52nd. Street): Gran desencanto en este “griego creativo” que hace un par de años me dejara con muy buena impresión. En aquel entonces tenía una muy interesante carta de vinos, cocina competente y servicio muy cuidado. En esta ocasión me falló en los tres aspectos. El menú degustación que nos sirvieron me pareció, para decirlo delicadamente, mucho menos que inspirado. El servicio, un desastre. Tuvimos que servirnos nuestro propio vino, cosa que hubiera sido perfectamente aceptable en una taberna griega en Queens, pero no en un sitio de este calibre. El camarero aparecía únicamente para traernos el siguiente plato. Y luego, pues a otra cosa. Claro, hay que aclarar que parecía ser uno de solamente dos sirviendo a un salón grande. Pero no que el salón estuviese particularmente lleno. De hecho, estaba tirando a vacío. O sea que perdonar, lo que se dice perdonar, no hay como.

Lo mejorcito de la abismal cena en Anthos fueron estos gnocchi en salsa de azafrán, pero ni de lejitos fueron suficiente para compensar por todos los otros problemas.
Aquella carta de vinos donde antes te encontrabas igual un Tondonia Blanco Reserva que un buen Assyrtiko de Santorini para amenizar tu comida ahora se veía más bien pelada. ¿Serían ideas mías o las referencias eran menos y mucho más del montón?
Acabé pidiendo consejo sobre los dos vinos de xynomavro que tenían. Especifiqué al personaje que vino a tomarnos la orden del vino mi alergia a los mamarrachos modernotes hiperenrroblados y puntistas. Le dije que prefería graduación alcohólica recatada y sensibilidad tradicionalista en el tinto que me recomendara.
“¡Este le encantará!”, dijo señalando el Thymiopoulos, “Uranus” Xynomavro, Trilofos Mathena 2007. Yo acepté. Lo trajo a la mesa, abrió la botella. Olí la copa. No olía a demasiado. Pero no parecía estar de ningún modo estropeado. Asentí. El individuo desapareció. Me concentré en la copita de assyrtiko que tenía para los crudi del principio. Decentito. Pero sólo eso.
No fue sino un rato después que volví al tinto y me enteré de que el camarero vínico me había puesto algo diametralmente opuesto a lo que quería. Madera nueva a raudales arruinando un vinito ahí más o menos. Podía ser un pinot noir californiano esperpentificado. Y un mínimo de 14% de alcohol no se lo quitaba ni el Dios ése que dicen. Estuve buen rato tratando de ubicar al tipo de los vinos en el salón, pero nada. Josie, que es bastante estoica, me dijo que nada, ajo y agua y ojalá el potingue no fuese caro.
Perdonen ustedes que no dedique un rato a los platos que me sirvieron. Pero la cocina fue tan penosamente olvidable y pasé tanto rato pendiente a los camareros ausentes que se me olvidó tomar apuntes. Si me dan libertad de especular, me inclinaría a pensar que Anthos no es un sitio en salud. ¿Cuánto más puede un sitio durar de esta forma?
No dejé propina. Poco me faltó para garabatear una obscenidad en lugar de mi firma en el voucher de la tarjeta de crédito. Al llegar al vestuario casi tuvimos que entrar a por nuestros abrigos, pues la chica encargada nada de aparecer. Al final, uno de los elusivos camareros se personó y nos devolvió los abrigos.

La espectacular vista desde nuestra mesa en Asiate.
Asiate (Mandarin Oriental Hotel, 80 Columbus Circle): Tres cosas impulsaron nuestro almuerzo en este local tan chic del Time Warner Center. La primera y más fundamental: Que Josie quería ir. La segunda: La fenomenal vista de Central Park desde las alturas de un rascacielos de por sí vale de sobra la tarifa de admisión y se presta para un rato de lo más romántico. Tercero: Estoy en el proceso de diseñar la cava de vinos de mi nuevo apartamento en Santo Domingo y la famosa bodega-exhibidor de vinos de Asiate podía inspirarme en cuanto a opciones. Porque no solamente tiene que ser funcional, sino quedarme muy bonito mi almacenaje de vinos en la nueva chez Camblor. Ah, bueno, cuarto: Comida y vino, que en cuanto a fusión asiana, Asiate tiene una merecida reputación.
Otro de esos sitios bellos, serenamente hipermodernos, que tanto me gustan. El decorado es discreto, en tonos neutros, pero se siente una cierta opulencia implícita, incluso en la mirada de la chica que te recibe y conduce a tu mesa o el tono del camarero que te trae la carta y la lista de vinos. El menú-degustación para Restaurant Week era de unos treinta y cuatro dólares. Un chollazo, considerando lo rico que estuvo todo, desde la ensalada de hongos silvestres y el bacalao negro al miso (un plato que describí en mis notas como “sutilmente envolvente”) hasta los sorbetes de postre. De la extensa y muy variada lista de vinos pedí un Hirtzberger,

Cogiendo ideas para mi bodeguita casera, que tiene que quedar bonita.
Grüner Veltliner Federspiel “Rotes Tor”, Spitz, Wachau, Austria 2007 que aparecía, hablando de vino austriaco, con un mark-up modesto en comparación con la escandalosa carta de Seasonal un par de noches antes. El veltliner, delicioso y una pareja perfecta tanto para la ensalada de hongos como para las umamieces miso-marinas del bacalao. Nariz de cítricos, pimienta blanca y piedra triturada. Ligero y grácil en boca, entra claro y definido y luego comienza a difuminarse en los bordes, lo que no es un negativo, sino una indicación de eterealidad que complementa muy bien la ligereza de los platos. Delicioso amargor al final, con una notita que me recuerda la papaya verde. De todo lo que pude elegir en esa carta, creo que este Rotes Tor fue espléndidamente acertado.
I Trulli (122 East 27th Street): Una de esas noches me dieron ganas de italo-neoyorquino tradicional, sin frufrú ni pendejadas, y sugerí irnos a este restaurante, que es uno de los de siempre. La carta de vinos tiene selecciones interesantes y siempre hay una buena sugerencia por parte del sumiller sobre algún productor que no conozco. Además, en el pasado la cocina había sido bien sólida y el ambiente muy casual.
Les diré que en esta experiencia nuestra de Restaurant Week, I Trulli, por cierto, fue el único restaurante que estaba completamente lleno cuando llegamos y el único en que tuvimos que esperar un poco por nuestra mesa. Cosa rara, pero en todos los demás fue tremendamente fácil conseguir reservación y al llegar a los sitios había mucha mesa vacía. En I Trulli no. ¿Será que la crisis se saltó a unos y a otros no? ¿Por qué? I Trulli no será especialmente caro en el gran esquema manhattaniano de las cosas, pero dista infinitamente de ser “económico”. Algo tendrá…
Aunque, a decir verdad, no creo que sea la cocina, al menos como la ponía en evidencia lo que estaban presentando para Restaurant Week.
Más bien aburrido y olvidable el menú. Pasta con pistachio y hierbas que ni fu ni fa. Un estofado de conejo que, si bien no estaba nada mal, tampoco era cosa de tirar cohetes.
Lo más interesante de la noche fue la experiencia vínica. Un joven se nos acercó, nuevo sumiller del restaurante (eché en falta al anterior, que me había recomendado buenas cosas en anteriores visitas). Yo estaba muy interesado en la presentación de la carta, con perfiles de elaboradores particulares que daban contexto a vinos que el restaurante quizás quería impulsar. Comencé a hacer preguntas, con la intención de dejarme recomendar. El muchacho se veía serio y nos estaba dedicando buen tiempo, lo que es siempre una grata señal para mí. Le expliqué mis fobias y requerimientos.
Me ofreció dos vinos toscanos.

Leone Sangiovese Toscano 2001 en I Trulli
Toscana es una de esas regiones donde hay tanta esperpentificación y enopretenciosidad que a veces a uno se le olvida que quedan algunos elaboradores honestos haciendo vino de verdad y no todo es trajeados haciéndole la pelota a Jim Suckling . De uno de los dos vinos quedaba una sola botella y el sumiller parecía particularmente entusiasta en cuanto a los aspectos “tradicionales” de su elaboración. Buen vendedor, porque decidí que era mejor no quedarme sin probar el Leone, Sangiovese Toscano 2001, no fuese yo luego a lamentar una oportunidad perdida.
Al abrir la botella hubo un momento de trepidación. ¿Estaba corchado el vino? Había suficiente peste mustia como para sugerir problemas. Pero el muchacho me dijo: “Todas han sido así. Se les pasa. Enseguida traigo un decantador y ya verá. Y si no le convence, sin problema ninguno le ponemos otra cosa.” Que es como se hace… Después de un rato los olores a mocato desaparecieron y nos vimos ante un tintazo potente, rústico, cárnico y muy tánico, con una dosis respetable de volatilidad. Sin embargo, tenía su encanto. Había una cierta gracia en su gestuario y una profundidad en su expresión que me llamó la atención. Después de desvanecerse aquellas notas mohosas surgen otras de alcanfor, yodo y lilas. Compacto. Masticable. El posgusto es largo, dulcemente especiado. Un vino demasiado joven aún. Necesita unos cuantos años más para encontrar el equilibrio entre su rusticidad y sus aspectos más amables.
Altas y bajas, sí señor. Así estuvieron las comidas de esta visita a mi verdadera casa.
Por si no se han dado cuenta, estoy un poco inconstante en esto de bloguear. Es que la vida, el trabajo, los proyectos personales y veinte mil chorradas se interponen. Aunque material no me falta, el tiempo es escaso para sentarme a escribir. Es muy frustrante. Quería que lo supieran, no fuesen a pensar que es otra cosa lo que está afectando mi habitual ritmo. La vida, que es como es.
Necesito vacaciones. De nuevo. Un temita con solera, para mostrar el color de mi alma en esta mañana de martes…