Archivo diario: marzo 10, 2010

Descuaderno de viaje 7: Cualquier cuarto de hotel, mi hogar…

Como ya les contara hace unas semanas, he adoptado una nueva práctica que es en parte protesta contra los abusivos precios del vino por copas en Nueva York, parte protesta contra la mediocre selección de vino por copas en tantos restaurantes neoyorquinos. Ahora compro botellas en tienda y las copitas preprandiales se beben feliz—y mucho más económicamente en el hotel. Lo que sobra de la botella se recorcha y se guarda en la neverita para la noche siguiente.

Bueno, el título de esta entrada es un poco engañoso, porque a mis años ya no es “cualquier cuarto de hotel” lo que me va cuando viajo. Y lo de la neverita, pues, hay que buscarlo. Yo lo he encontrado y así, cuando voy a Manhattan estoy muy a gustito.

He aquí las notas tomadas acerca de las botellas abiertas en mi habitación durante aquella última estadía neoyorquina…

Peter Lauer, “Senior” Ayler-Kupp Riesling FAJ36, Saar 2008: Varios amigos me habían recomendado no perderme este magnífico riesling semiseco de Lauer. La etiqueta es un pelín difícil de interpretar, pero poco importa. Abres la botella, te sirves una copa y te encuentras con un vaporoso manto de luz y tensión. Agua de lluvia, toronja, marcada mineralidad y poderosa acidez en un perfil más bien tirando a tendre en términos de dulzor. Un vino de esos que te despierta y te pone en atención, a la vez etéreo y enérgico. Me encanta. El posgusto torna ligeramente talcoso y te suelta interesantes acentos entre hierbas y flores secas. Bonito. Me alegra la vida. Decido inmediatamente llevarme una botella en mi equipaje al retornar a Santo Domingo, para que me sirva de antidepresivo si entro en una de mis crisis.

Jacques Puffeney, Trousseau “Cuvée Les Berangères”, Arbois 2007: Este lo compré para agasajar a Josie, recordando lo mucho que le había encantado una botella del 2006 consumida en Trestle on Tenth durante una visita anterior a Nueva York. Increible floralidad en un tinto ligero y muy lineal. Ceniza, fresas e incienso. Fresco y deliciosamente mineral. Tánico, primario y largo.  Hubiese sido un mejor vino para beber con la comida que bebido antes, viendo CNN en el hotel. Pero bueno, no me quejaré, porque como quiera estaba precioso.

Fritz Haag, Riesling Trocken “Brauneberg Juffe”, Mosel 2008: Muy cítrico de entrada—toronja, limón dulce, piña verde—y con una nota carnosa de melocotón blanco. Seco y compacto en boca, fresco y primario. Sutilmente especiado, con mineralidad muy “crunchy“. Un vino firme, que pese a su impacto frutal inicial resulta un tanto reticente de posgusto y que obviamente  necesita tiempo para soltarse y dar lo que tiene.

Alguna otra cosa habré yo abierto en aquella habitación, mientras mi mujer me enseñaba lo que había encontrado en las tiendas durante el día, o mientras me burlaba de algo en el telediario, o tramaba alguna travesura nocturna. Pero de esa otra botella se me olvidó tomar notas. Puede que me haya olvidado de que ya mi hogar no está en Manhattan y que en Santo Domingo es casi imposible toparse con vinos así para ocasiones especiales, mucho menos para consumo casual, así sin pensarlo mucho. Debí tomar un apunte. Era otro riesling, lo sé. O quizás un vouvray. ¿Pero cuál? A estas alturas, dejar pasar la oportunidad de plasmar otra nota que me consuele cuando me veo en Santo Domingo,  ante un panorama vínico de escasas bondades, resulta imperdonable.

Hablando de cosas tristes, acabo de enterarme de la muerte—aparentemente por una sobredosis de drogas—del actor norteamericano Corey Haim. Corey fue siempre una figura divertida para mí, allá en los ochentas. Lo recuerdo en aquella inolvidable The Lost Boys con el otro Corey, el pesado, el Feldman, y me enternezco un poco. Era otra época de mi vida, cuando era quizás un poco menos amargado y sarcástico. Cuando me reía con cualquier cosa. Corey Haim tenía 38 años. En memoria suya, una buena de The Thrills: