Pensándolo bien, sí que necesito un descanso. De la maldita cultureta del vino. Del blog. De todo. Desde un tiempo a esta parte me siento cansado, aburrido, con esa ligera náusea que produce después de un rato el hacer las cosas simplemente por hacerlas.
Me vengo preguntando yo el nivel de utilidad que pueda tener, escribiendo desde donde escribo, para quienes aman el vino de verdad en el mundo exterior. Por un severo error de cálculo del que sólo yo soy culpable he venido a parar a una distopía hecha realidad, al triunfo de la trivialización mercenaria del “vino” y la “gastronomía”. Vivo en República Dominicana y me está siendo muy difícil encontrar vino de verdad que beber, comida de verdad que disfrutar y amigos de verdad con los que compartir ambas entre conversación inteligente y alguna que otra risa.
Evalúo mi existencia actual a cada instante y, misteriosamente, acabo iracundo contra este blog. De verdad que me he perdido a mí mismo. Escribo y me leo separado, fragmentado, sin vitalidad.
Tengo que cambiar eso. Tengo que encontrar un ritmo nuevo. Tengo que reinventar mi voz.
Les parecerá idiota o patética esta revelación, pero tenía que hacerla. Dejo de lado este espacio por un tiempo. Quizás sean días, quizás semanas o meses. No sé. Pero si no lo pongo en perspectiva y reubico el placer que de él he de derivar, mal lo veo. No solamente se tratan estos escritos de dar caña a la patológica cultureta mundial del enoproducto. Esto tiene que dar más. Y darme más.
A la puta cultureta que nos ha malversado la idea de “vino”, pues, que le dure el tinte. No tendrá que aguantar ni preguntas indiscretas ni diatribas de mi parte. Al menos hasta que vuelva.
Amigos, gracias por dedicarme su atención todo este tiempo. Comprendan. Lo que voy a hacer ahora es muy necesario.