Archivo mensual: mayo 2010

A mis amigos cocineros dominicanos, una inspiración…

Desde hace un tiempo, cada vez que voy de camino al gimnasio veo un letrero publicitario que me hace mucha gracia. En el lugar de Santo Domingo donde se construye el Agora Mall, un gran centro comercial, han colocado vallitas a manera de anticipos de lo que viene.

La de la risa es una que pone “Aquí encontrarás gastronomía”, particularmente por las imágenes que contiene, significantes de la “gastronomía” en cuestión. Pueden ustedes ver a la derecha una foto de la pieza publicitaria en cuestión y sacar sus propias conclusiones.

La hamburguesa con papas y la pizza. Gastronomía. La risa sería meramente burlona si se tratase del error aislado de un publicista desubicado y su concepto de “gastronomía”. Pero considerando que la pizza y la hamburguesa son artículos que uno se encuentra en los menús de casi todos los restaurantes en esta ciudad caribeña en la que habito hoy por hoy, parecería que, en efecto, la idea local de “gastronomía” parte de y regresa siempre a la pizza y la hamburguesa. Incluso en los restaurantes más finicaros. Ahí la risa, pues, adquiere una neblina de tristeza.

He remitido esta entrada directamente a mis amigos que cocinan en Santo Domingo y el resto de la República Dominicana—sean chefs profesionales o cocineros amateurs—para provocarlos un poco. No quiero que se diga que soy un mero “criticón”. Lo que digo aspira a ser 100% constructivo en la medida en que despierte deseo de encontrar una ruta diferente a la pizza y la hamburguesa—una ruta hacia la madurez gastronómica y, de paso, a una dieta mucho más sana y realista.

Cuando era yo un estudiante doctoral, tenía un profesor cuyos seminarios me fascinaban. Este académico, bastante famoso en su disciplina, una vez estableció—como analogía de la diferencia entre ciertos tipos de texto—la distinción entre cookery, o cocina casera, y cuisine, o alta cocina. En la primera, los ingredientes dominaban, siendo sometidos a una preparación que los dejaba perfectamente reconocibles al llegar a la mesa como lo que era originalmente. Así, un pollo era inconfundible qua pollo, una espinaca qua espinaca, etc. La cuisine transforma los ingredientes, de manera que lo que llega a la mesa viene “vestido”, transformado, ya alejado de lo que originalmente fuera.

Claro, esta idea de cuisine se debe más a los clásicos franceses, Ejemplo: La langosta Termidor, de no servírtela en el carapacho del animal, no es especialmente distinguible a la vista como langosta. Y así.

A mi profesor, eso sí, se le pasó que lo de la irreconocibilidad de los ingredientes originales en la cuisine aplica, en nuestra cultureta pos-pos-posmoderna, a una inmensa cantidad de alimentos procesados, especialmente a los componentes de la comida chatarra americana. Digamos que esa hamburguesa jugosa de la foto de arriba dista lo suyo de cualquier res difunta. Esas papas fritas de corte impecablemente geométrico, pues, probablemente contengan mucho más que papa. Y no me pongan a hablar de la relación verdadera entre un pollo y un Chicken McNugget, que ese libro ya lo escribió (por lo menos) tres veces Michael Pollan.

Se estarán preguntando por qué estoy dando tanta vuelta para decir que debemos cuestionar mucho más lo que proponemos como “gastronomía”, lo que presentamos a nuestros clientes/comensales para que se metan en el cuerpo. Alguno me dirá que hamburguesas y pizzas es “lo que pide el mercado”. Yo digo que es hora de mostrarle más opciones a ese mercado, a ver, porque no es posible que a tanta gente como hay aquí sólo le apetezcan esos condumios “seguros”—léase infantilistas,  gringoides, altamente procesados.

Terrina de pato en Rouge Tomate

Les pongo, como ilustración de alternativa posible, unas cuantas imágenes de dos comidas recientes en Nueva York. Rouge Tomate se ha convertido en un delicioso remanso cuando Josie y yo nos vamos de tiendas en el centro de Manhattan. Ya lo he reseñado aquí antes, pero debo confesarles que desconocía las verdaderas virtudes del sitio, que se manifiestan mejor si vas allí a comer en vez de a cenar.

Trucha a la plancha sobre espinacas salteadas en Rouge Tomate

Lo digo porque la luz natural no solamente favorece el elegante diseño interior del local, sino los platillos que te sirven. Y los vinos naturales, orgánicos y biodinámicos que tienen en su excelente carta (la selección de medias botellas es impresionante, lo que contribuye mucho a la calidad de un almuerzo allí; puedes pedir vino sin

Pinchitos de sardina curada en Rouge Tomate

tener que ceñirte a copas caras o a meterte una botella entera, cosa peligrosa si andas solo). En una cocina y una idea de restauración cuyos elementos llevan su deuda con el sol tan claramente visible, no podía ser de otra manera: La experiencia convence mucho más con la luz del sol.

Escabeche de cerdo en Rouge Tomate

Otra cosa que he descubierto de Rouge Tomate es que se trata de una “cadena” con dos eslabones, porque hay otro en Bruselas. Fíjense ustedes. Será que en este mundito globalete en que vivimos todo tiene que ser así.

Mi afinidad con la filosofía de Rouge Tomate me quedó clara inmediatamente. Ponen en su web que buscan proveer “un alineamiento armónico de cocina equilibrada, bienestar y conciencia social y ambiental. Este acercamiento nutricional demuestra un genuino respeto por los ingredientes utilizados en la preparación de platos balanceados, saludables y sabrosos.”

Trabajan con ingredientes orgánicos fresquísimos, preferiblemente de producción local o, al menos, de granjas cercanas. Y los resultados, como se ve en las fotos que aquí tenemos, son muy felizmente apetitosos.

Proponer a los chefs dominicanos hacer algo en este mismo espíritu es algo que hago constantemente. Vivimos en un país bello y fértil como pocos, en el que existe la capacidad para cultivar vegetales y criar animales dignos de la mejor mesa. Y sin embargo, lo que se ve diariamente en nuestros restaurantes es mucho de lo mismo, que invariablemente tiende hacia el espíritu de la gringuería: La pizza, la hamburguesa. ¿Por qué? De verdad, coño: ¿Por qué?

A la hora de la verdad, esa esclavitud al mínimo común denominador chatarrero a lo que conduce es a alimentarnos de porquería industrial altamente procesada y no desarrollar apetitos—por no decir identidades—propias.

Algunos dirán que es que es imposible conseguir ingredientes orgánicos de verdadera calidad en nuestro país. Para que algo sirva tiene que ser importado, etc., etc. A lo que yo siempre respondo: ¿De verdad? ¡Coño! ¿Por qué? ¿Será que es el camino más fácil para los proveedores de restauración el vender preempacados y congelados de dudosa procedencia? ¿Será que es la ruta del menor esfuerzo también para los restauradores el aceptar “lo que hay” en vez de buscar algo mejor?

Todavía recuerdo la noche en que fui con mis padres a cierto bistro en Punta Cana, maravillosa zona playera cuyas áreas pesqueras son de indudable calidad. El menú del sitio proponía, como pescados, salmón y atún. Obviamente no locales. Obviamente ex-congelados. ¿Pescados dónde y cuándo? Nunca los sabremos.

¿Por qué no pescado local? Igual me ha pasado cien veces (o más, qué sé yo) con los menús en restaurantes locales que se ufanan de sus cortes de res “Angus”. Se refieran a raza de reses o a reclamo comercial sobreutilizado, nunca me quitan de la cabeza una inquietud: ¿Por qué esto y no algo local, criado en el campo, orgánico, verificable?

De los vegetales ya hablaremos algún día.

Estoy hablando de algo que es mucho más elegantemente simple, mucho menos dependiente de basura foránea y mucho más auténtico por valerse sin remordimientos de lo local. Estoy hablando de una cuisine nuestra de verdad a un nivel elemental. Ojalá esto que les he dicho les despierte la curiosidad y, con suerte, también la voluntad de exigir más a sus proveedores y a si mismos. Al menos yo, como cliente y comensal, lo agradeceré.

Por cierto, los platos de Rouge Tomate que se ven arriba fueron regados con un Sybille Kuntz, Riesling Trocken, Mosel 2008 y con un Bründlmayer, Grüner Veltliner “Langenloiser Berg Vogelsang”, Kamptal, Austria 2008 (maravilloso con el cerdo, éste), ambos en media botella. La lista que ha recopilado Pascaline Lepeltier. Ah, también, viendo la web del restaurante, aunque eso de las estrellitas Michelin no signifique mucho para mí, debo confesar que he sonreido al ver que Rouge Tomate de Nueva York se ha ganado su primera.

Un excelente sitio. Un ejemplo a seguir. A ver, amigos chefs de República Dominicana, ¿alguien se anima?

“Beber, abrir botellas y disfrutar…”

Hace unos días formulaba, en la página de La otra botella en Facebook, la siguiente pregunta:

¿Se está acabando la voluntad de controvertir en la cultureta del vino? Desde hace semanas que no veo nada que de verdad provoque. Y hasta a mí se me están quitando las ganas de fastidiar la paciencia.

La pregunta obedecía a la mención que me había hecho un amigo de que este blog “ya no lleva el mismo ritmo.” En un principio me excusé con las historias sobre demasiado trabajo, demasiada crisis existencial, demasiado esto y lo otro… Pero rápido caí en la cuenta que, a decir verdad, a esta internet del vino parecen habérsele caido los dientes. O los cojones. No sé. Pero las noticias del mundo del vino que se ventilan en los medios habituales están bastante papillosas. No hay nada particularmente irritante que motive el tipo de diatriba cambloriana que… Bueno, ya ustedes saben.

La pregunta en Facebook obtuvo una interesante respuesta de mi siempre sabio amigo Laureano Serres:

Muchos sitios donde se hacía este ‘diálogo’ [el que generaba las grandes controversias de la internet del vino, las leyendas negras y sus contraleyendas de otros colores]  están ‘quemados’, y también hay como ‘camarillas’ que siempre van a los mismos sitios… En otros casos todos nos sabemos de qué pié cojeamos.
Hace falta sangre nueva, o bares nuevos, o temas nuevos… Será que estamos un poco gelipollas todos? Por otro lado, ¿hasta dónde llega la cultura del vino? ¿Consiste solamente en ir ‘quemando’ etapas? ¿Probando vinos? ¿Hasta que se agote el tema y se acabe? ¿Para volver a empezar ‘inventando’ una región nueva?
O simplemente se trata de beber, abrir botellas y disfrutar,  de engancharse al placer de un buen vino, uno tras otro, casi con los ojos cerrados, manteniedo siempre la capacidad de sorpresa y de búsqueda, disfrutando con lo real, cuando se encuentra y con la búsqueda cuando no.

¿A que inspira un montón? Laureano, cuando se lo propone, sabe remenearle a uno la conciencia y devolver el orden a las prioridades.

Porque quizás uno, entre buscar “primicias”, “temazos”, escapismos, o simplemente camorra, puede perder un poco la perspectiva. Al comienzo y al final lo que me inspiró, inspira e inspirará es, como tan sucintamente lo puso Laureano, “beber, abrir botellas y disfrutar”. La única manera de reencontrarme con mi ritmo y mi flow, de avivar la cosa aquí para que La otra botella deje de parecerme meramente “otra cosa más que tengo encima” es precisamente ésa. Va a ser preciso dedicar una buena serie de

Bebiendo. Abriendo botellas. Disfrutando. Josie, SFJoe y Peter Liem en una de ésas...

entradas de La otra botella precisamente a eso: Momentos de abrir botellas y disfrutar bebiendo los vinos entre amigos. Esa es la fuente de mi pasión original. ¿Cuántas entradas? No sé. Media docena. Una docena. Las que haga falta.

Tomemos el caso de mi más reciente viaje a Nueva York, porque los viajes a Nueva York siempre me ponen feliz. Estaba en la ciudad para el 40 cumpleaños de mi amigo Jayson Cohen, para la gran cata primaveral del portafolio de Louis/Dressner, alguna que otra visita a mis médicos y menester de trabajo.

Los primeros en la secuencia...

Era nuestra segunda noche en la ciudad y Josie y este servidor de ustedes aparecieron en casa del gran SFJoe para algo que sencillamente no podíamos perdernos. A duo cocinaban de nuevo SFJoe y Josefa Concannon—lo que usualmente da cosas muy buenas. En este caso, el menú incluía un delicioso guacamole servido con “chips” de jícama. Además, ceviche y esas fenomenales carnitas y frijoles negros que descubrimos la primera vez que probamos la cocina de Josefa. Una cena mexicana bastante freestyle, relajada y amena, regada con buen vino.

Aparte de algunos de los sospechosos habituales, en casa de Joe estaban dos vignerons amigos, Eric Texier y Jean-Paul Brun, así como también Peter Liem, de Wine & Spirits y ChampagneGuide.net.

Recién llegados nos encontramos con copas de una versión del Cédric Bouchard, Brut Blanc de Noirs  “Inflorescence: La Parcelle”, Aube, Champagne NV que bien podrían ser el más bello ejemplo de esta champaña que me ha tocado probar. Redondo, muy cremoso y elegantísimo, con un posgusto seco, largo y delicado. El centro frutal se mueve interesantemente entre cítricos ligeros y frutas de hueso, pero con un sobretono floral que sólo se me ocurrió describir en mi libretica negra como “vaporoso”. Esto da un efecto muy bonito en una champaña estructurada y viva.

No fui yo el único interesado en la delicadeza de este ejemplar de Bouchard, pues usualmente sus champañas son bastante anchas de hombros y potentes. Peter Liem, que era la autoridad en champañas en casa de SFJoe esa noche propuso que probablemente era una cuvée con buena cantidad de vino del 2002, una añada de vinos muy elegantes en la zona donde trabaja Cédric Bouchard. No sacamos ninguna conclusión firme. Atípico. Y rico. Eso basta.

Después del Inflorescence, nuestro primer blanco quieto: El Bründlmayer, Riesling Alte Reben “Zobinger Heiligenstein”, Kamptal, Austria 1994. De nuevo, una descripción de una sola palabra (si así puede llamársele) sacada de mi libreta debe dar la sumatoria: “Va-va-voom!” Esta era la expresión que usaban los personajes masculinos de los tebeos norteamericanos que leía yo de niño cuando les pasaba una chica despampanante por delante. Una nariz alucinantemente sexy aquí, acompañada de una boca acorde. Hidrocarburos, agua de rosas, lanolina,  poderosa mineralidad y frutalidad amarilla multicapas… Un riesling de impacto y reverberaciones largas, con imponente estructura y suculencia. Largo. Delicioso.

Seguimos con el F. Cotat, “La Grande Côte”, Sancerre 1989 en mágnum. Otro vino grande, en este caso abocado tirando a semidulce y con notable peso glicérico. Floral, cremoso, con notas de chocolate blanco apareciendo y desapareciendo entre la fruta. Excelente acidez y mineralidad. Aunque no es el tipo de sancerre que me mata, indudable es que impresiona. Para no olvidar.

El Dr. K tiene una extraña manera de introducir nociones que parecen descabelladas en principio, pero que luego acaban convenciéndolo a uno. Lo ví en la cocina de SFJoe abriendo una botella y me le acerqué, a ver… Era un Château La Louvière, Blanc, Péssac-Léognan 1994. La idea en este caso era que este blanco con abundante roble sería el compañero perfecto para las carnitas de Josefa y Joe si uno las prefería con salsa picante.

Extraña propuesta, sí señor. El vino se veía de un dorado un tanto profundón para su edad y sí, era todo madera en la copa que me hizo oler el buen Dr. K. No pensé mucho. Llamaban a la mesa. Me senté, a ver lo que pasaba.

Lo del blanco de Graves y el picante tuvo que esperar un poco, pues SFJoe nos tenía en la mesa dos añadas de Montevertine, “Pergole Torte”, Toscana IGT, 1995 y 1996.

Pergole Torte 1995 en la mesa.

Este vino de 100% sangiovese surgió a finales de los setentas, simultáneamente con el inicio de la ola de los “supertoscanos” autodeclasificados a vino da tavola por sus productores, aunque tiene muy poco que ver con los Tignanellos, Ornelaias, etc. que caracterizaron a dicha ola y que han sido favoritos perennes de la seudocrítica puntisto-culturetera.

Porque el Pergole Torte es un vino de autenticidad, honestidad y pureza donde los haya. Los otros, pues, son otra cosa que envuelve flying winemakers, manipulación, maderitas de lujo y quién sabe qué.

Inmediatamente se declara la preferencia de casi todos los comensales por el 95, un vino curvilíneo, suave, deliciosamente abierto y listo para todo. Bella fruta roja y negra con aspectos térreos y florales. El 96, en cambio, es un vino más esbelto y cerrado. Firme y erguido, su única concesión al sensualismo es un deje de violetas. Taninos masticables. Largo. Muy estructurado. El final se hace sorprendentemente etéreo y perfumado para un vino así de apretado.

Lo del La Louvière… Pues, sería porque yo no añadí tanta salsa de habaneros a mis tacos de carnitas, pero como que ésta fue una de las del Dr. K que se me escapó. Mucha madera le da a este vino un feeling bourbonesco. Bonitas notas de madreselva entre las tablas. Compacto y muy joven. No está dando mucho de sí. Posgusto largo y cremoso con abundante mineralidad.

Como casi siempre ocurre en casa de SFJoe, surge un tipo de vino dulce muy específico. En esta ocasión fue el Huet, “Le Haut Lieu” Moelleux, Vouvray 1945. Es que la colección de Huet de mi amigo es una de esas maravillas del mundo que te dan ganas de seguir vivo, a ver lo próximo que se le ocurre abrir…

Este Le Haut Lieu 45 estaba impresionantemente juvenil y vibrante, con aromas y sabores de conservas de piña caseras, mirabelle, miel y un montón de especias. Precioso posgusto dulce, con un aspecto tánico (debido a la breve maceración con piel que sin duda viera este blanco). Muy, muy largo. Un vino de tensión donde los haya, porque su posgusto es francamente eléctrico.

Larga fue la sobremesa tras la cena y unos cuantos de los invitados se fueron rajando. Los que nos quedamos, pues, seguimos bebiendo, abriendo botellas y disfrutando. Yo, por mi parte, no me canso de probar cosas, aunque después del Haut Lieu todo tenía una inmensa probabilidad de ser anticlimáctico.

Probamos a continuación un Donate Camillo, Malvasia dell’Emilia (¿NV?) sumamente interesante. Entre 13 y 14% de alcohol, esto es muy natural y sidresco de nariz, con notas de cera caliente y tierra. Salino. Masticable. Muy curioso.

Los últimos en marcharnos fuimos Eric Texier, el Dr. K, Don Rice y yo. Josie se disculpó poco después del vouvray y se marchó con Josefa y el pobre Jean-Paul Brun, que se nos estaba quedando dormido en la mesa. ¡Es que la vida del vigneron pos-posmoderno se las trae! Donde antes se era un agricultor y artesano y no se salía del pueblo, ahora estos buenos hombres hacen auténticas giras mundiales de promoción, dando a conocer sus vinos a cada vez mayores audiencias de la mano de sus importadores y distribuidores, que para congregar dichas audiencias son muy diestros.

La lección de Eric...

Eric Texier, eso sí, parece infatigable. Ya entrábamos en horas de la madrugada, con una botella del Nikolaihof, Riesling  Smaragd “Steiner Hund”, Wachau, Austria 1999, nos ofreció una clase maestra sobre Jules Chauvet y las interpretaciones erróneas de sus enseñanzas por parte de muchos elaboradores de vino natural hoy día. Algo sobre gente obsesionada con la maceración carbónica. Debí tomar mejores apuntes.

El Steiner Hund estaba buenísimo. Una nariz bella de mineralidad aguda, agua de lluvia, flores blancas, anís, hierba y papaya verde. Amplio y suculento, pera a la vez firme y autoritario. Largo. Muy mineral. Un buen vino para concluir una buena noche de beber, abrir botellas y disfrutar. Y, claro está, de comer opíparamente.

Es fácil bloguear cuando la temática es así.

Mientras más aprendes, menos sabes…

A decir verdad, mi retorno a la actividad bloguera ha sido mucho menos enérgico de lo que hubiese deseado. Se interponen un montón de cosas ante mí cuando pienso en crear una nueva entrada. Y como que no me siento con el brio para quitarlas de enmedio.

Siendo principal ente creativo de una empresa que, aunque no grande, pequeña no es, mis responsabilidades son largas y anchas. Soy padre de mellizos. Tengo dizque una vida—consistente mayormente en suplir las necesidades de los demás, muchas veces desatendiendo las mías propias. Encima, la cultureta del vino últimamente sólo parece producir historias que la única reacción que me provocan es un molesto “¿Y?”

O sea que La otra botella está sufriendo lo suyo por todo eso. Las notas de cata languidecen en las libreticas negras. Las fotos se olvidan en diversos archivos de la computadora. Hordas de botellas vacías me miran en mis sueños, acusadoras. Así estamos. Ahora mismo, este pequeño confesional es una improvisación sin particular rumbo. ¿Se nota mucho? No sé como llegar a hablar de vino.

Bueno, quizás no hace falta preocuparse. A ver. Por otro lado. Hace un par de días me puse—tras no hacerlo durante meses—a mirar las estadísticas de La otra botella. Me intrigaba si seguía viniendo la gente, con lo pachucho que está el flujo de entregas. Pero sí, vienen. Y hay enlaces entrantes nuevos. Me resultó curioso que en varias apreciaciones de este blog que he leido recientemente (muy agradecido a sus autores, fueran positivas o no tanto) se resalta la calidad de los momentos musicales. O sea que en este viernes desorientado, quizás valga mejor irnos con música.

Puesto a confesar cosas, confieso una culpa que siento. A mediados de marzo de este año falleció—en las circunstancias más trágicas imaginables—Alex Chilton y yo ni me enteré. O lo leí en algún sitio y sencillamente sepulté una información que no quería recibir en un sitio recóndito. Hace unas semanas, en Nueva York, fue cuando vine a darle la cara al hecho.

Chilton inició su carrera musical como adolescente. Fue el vocalista de The Box Tops en los sesentas (tuvieron un gran éxito con “The Letter”). Luego se convirtió en una auténtica leyenda del rock alternativo como co-líder del grupo Big Star y en solitario. Un tipo pintoresco, amante de una musicalidad a veces suave y acariciante, a veces angular y áspera… Aunque Big Star fue una agrupación sumamente merecedora del estrellato y el éxito comercial, nunca lo obtuvo. Chilton y compañía fueron héroes discretos. Uno tenía que ser de disposición muy particular y buscar bien. Y cuando encontrabas a Big Star, no había vuelta atrás. Se convertían en tus ídolos.

Los integrantes de la Big Star original eran Chilton, Chris Bell, Andy Hammel y Jody Stephens. La banda se formó hacia 1970-71, en Memphis, bajo el ala de la entonces naciente Ardent Recordings. El nombre de la banda viene de un supermercado que quedaba al cruzar la calle de los estudios de Ardent. La banda grabó un álbum, el superlativo #1 Record, que pese a muchas loas de la crítica, no fue a ninguna parte. Grabaron un par de discos más (sin Chris Bell, quien dejaría el grupo tras el primer álbum, desilusionado por el fracaso comercial del mismo), pero las ventas fueron escasas. Los críticos, eso sí, loquitos por ellos. La banda que más merecía el triunfo comercial—canciones solidísimas, interpretación instrumental y vocal impecable y sumamente original, ese tonito canalla en el humor, con cuatro chicos guapetones para dar la cara—, no lo logró mientras que un montón de artistas mediocres tenían hit tras hit.

Lo normal hubiera sido que Big Star pasara rápidamente al olvido. Pero en los ochentas y primeros noventas aquellos discos que grabaron se convirtieron en objetos de culto para muchos jóvenes músicos de mentalidad abierta que luego se revelarían como luminarias del pop y el rock. Iba a tratar de conectar con el vino aquí diciendo que quizás Big Star era como aquellos vinos de López de Heredia, abandonados por tantos años para ser descubiertos por una micro-intelligentsia y luego convertirse en todo un fenómeno “alternativo”. Pero eso no sería de muy buen gusto, ¿verdad?

Siempre se me ha apretado un poquito el corazón al pensar en Big Star. De verdad que Chilton y Bell fueron autores de canciones inolvidables. De verdad que si había artistas merecedores de lo mejor, eran ellos. Y sin embargo, la vida, que es una putada, les dió lo contrario de lo que pregonaban en aquel famoso tema, uno de mis favoritos…

La primera vez que oí el nombre “Alex Chilton” yo ya era estudiante universitario. Fue en aquella gran canción de Pleased to Meet Me donde The Replacements celebraban la vida, singular carácter y milagros del cantante de Big Star. Es más, ¿por qué no hacerle una visita?

En aquella época yo era muy dado a leer (y creerme) a Sartre y Camus. Me encantaban esos antihéroes que alimentan los más pueriles sentimientos de autoimportancia, los rebeldes, los jodedores eternos que, de cara al absurdo, seguían jodiendo.

Alex Chilton.

Fue ahí que comencé a buscar todo sobre Chilton y, claro, rapidito me topé con Big Star. El resto, pues, lo llevo tatuado en las vísceras.

Resulta que estaba en Nueva York a finales de abril—ya, ya, esas entradas de blog vienen, lo prometo, lo que pasa es que no he podido pararme a descifrar y recodificar mis apuntes, ver arriba, etc.—y allá me encontré con mi amigo David Rodríguez en la megacata del portafolio de Louis/Dressner. Me traía un regalito, cuya portada ven ustedes arriba. El compacto de Set, un disco de Alex Chilton. No hablamos de la muerte de Chilton para nada. Pero fue el momento en el que, aunque no se dijera ni palabra, me enteré de que Chilton ya no está. Latencias de mi internet interior, digamos.

Alex Chilton murió de un ataque al corazón que no pudo tratarse por no tener un seguro médico ni los fondos disponibles para pagarse un hospital. Estaba en Nueva Orleans cuando cayó. Yo, que soy diabético insulinodependiente y me he visto en la situación de no poseer un seguro de hospitalización, leo y releo las descripciones de la tristísima muerte de este ídolo mío con mucho dolor. En los Estados Unidos enfermarse todavía lo convierte a uno en un ciudadano de segunda. El presidente Obama ha introducido reformas, pero no entran en vigencia hasta dentro de años. Si me da un zimbombazo en el interín, con mi último respiro estaré tarareando a Alex en “What’s Going Ahn”.

Esta semana me llegó otro regalito. Una caja con cuatro discos y un libro exquisitamente ilustrado titulada Big Star: Keep An Eye On the Sky. Las obras completas, con demos, mezclas alternativas de los no-hits del grupo y mucho más. El disco #3 es lo que escucho mientras redacto estas líneas, recordando tantas cosas y olvidando otras. “Mientras más aprendes, menos sabes” era una frase favorita de Chris Bell. A mí me hace pensar que cuando creía haber aprendido a bloguear, desaprendí, olvidé, o lo que sea que pasa.

Porque este In Memoriam a Alex Chilton me ha salido mal y tarde.

En defensa de la especialización…

La cultureta del vino está últimamente un poquito tacaña con los follones y escándalos varios. No sé, pero siempre he pensado que  tanto la indignación como la Schadenfreude, igual que el azúcar o el pan de oro, son para aplicarlas de a poquito y no así por así. O sea que ponerse a dedicar atención a casos que en realidad no la merecen no será lo que hagamos aquí. Ponerse a censurar a la Hannah Montana porque en su tiempo libre bailaba lascivamente con no sé quien, o su equivalente gastrovínico,  pues, se lo dejamos a CNN. El amarillo nunca ha estado entre mis colores favoritos.

En fin, que en los últimos meses me han llegado un par de noticias que me han dado ganas de ir a Londres.

La primera fue la de la apertura de un lugar llamado Pepito,  local de tapeo “glam” cuyo reclamo es que también es un Sherry bar (el primero de Londres). Yo estaba dando brinquitos de contentura, porque la atención en verdad la merecen los nobles vinos andaluces, hasta que me di cuenta de que para tanto no era la cosa. Los que se copean en Pepito   son apenas una docenita de jereces en total que, viendo la versión online de la carta, no me dejaron especialmente impresionado. Porque a estas alturas, en manzanilla y fino respectivamente, podríamos dar un pelín más que  La Gitana y Tío Pepe.

Pero bueno, lo que cuenta es la intención. Ya llegarán a ellos los Navazos, Valdespinos, etc. de este mundo…

La otra noticia me llegó ayer por la  mañana en el boletín diario de Decanter.com. Resulta que la trattoria londinense Franco’s ha reinventado su reclamo comercial y ahora posee “la más grande selección de rosados del Reino Unido”. O algo así. La cuestión es que, con más de medio centenar de rosados en su carta, no dudo que sea así y que supere por distancias, incluso a las más grandes listas de rosados de Europa y Estados Unidos.

¡Porque mira que era fácil quedarse con ese récord! Incluso los restaurantes que más rosados te ofrecen usualmente se quedan en dos o tres, como mucho media docena. Cincuenta y tantos es un montón, comparativamente. ¡Y con lo que a mí me gusta un buen rosado!

Más allá de la cantidad de vinos que ofrece un restaurante o el otro, lo que ambas noticias me hace celebrar es la especialización, el ubicar un renglón de producto “no tan fácil” y hacerlo tu concentración, tu especialidad. Eso vale mucho en este mundo, aunque sólo sea una línea de marketing más. Tanto Pepito como Franco’s ha optado por vinos que no gozan de la popularidad que debieran. Eso, automáticamente, da mérito en mi libro de la vida. Un dicho favorito mío es “quien mucho abarca, poco aprieta”. En la vidorra globalista de hoy, la tentación es siempre a abarcar sin apretar. Los que se atreven a encontrar un rinconcito y pellizcar son dignos de admiración.

Ahora, a ver esas ganas de ir a Londres…

Alguna vez fui un buen cocinero…

Ya saltará alguno de los “ultras” que por aquí pululan a darme el coña—er, perdón, la reprimenda rapapolvera por lo que estoy a punto de escribir. Pero bueno, ahí va…

Alguna vez fui un buen cocinero. Ya no. Y es desde que vivo en la República Dominicana, un lugar donde los ingredientes orgánicos locales  de alta calidad, esmeradamente cultivados e impecablemente frescos, parecen absolutamente imposibles. El mercado alimentario local aquí mayormente mueve excedentes de agribusiness, bloques de hielo cárnico altamente hormonado y antibiotizado, frasquitos, laticas y todo tipo de empaques de conservas dudosas o procesados industriales cuyo primer ingrediente siempre es el sirope de maíz alto en fructosa… Cuando hay vegetales que alguna vez tuvieron cierta legitimidad, están en condiciones ;amentables. Vamos, una pesadilla para un purista culinario como yo.

Y el asunto es que algo hay que comer, o sea que he tenido por obligación que relajar horriblemente mis estándares. Me avergüenzo de la mayor parte de lo que sale de mi cocina. Miro platos que me he esforzado por hacer lucir bonitos a la vista, sabiendo la deleznable materia prima de la que fueron elaborados,  y me vienen a la mente todo tipo de pensamientos de autoinmolación. Alguna vez fui un buen cocinero. Ya no. Porque sin ingredientes buenos de verdad, la cocina nunca podrá ser  honesta y transparente, ergo, nunca podrá ser buena.

Lo cómico es que seguro, ante esta protesta mía va a saltar alguno a decirme que quizás lo que debo hacer es montar  mi propia finquita y cultivar lo que necesite yo mismo. Debo, si no me conviene la oferta local de alimentos, forjar mi propio camino y convertirme en agricultor, ganadero, pescador… Bueno, los que me digan eso serán los amables. Gracias por el consejo. Los otros, los “ultras” seguro que me dicen que si no me conviene, que me largue. Gracias por la hospitalidad. Unos pocos tornarán un ojo crítico hacia los lugares donde se venden ingredientes para cocinar en Santo Domingo y quizás me darán la razón. Gracias por la solidaridad.

Pero tangencializo. Buscando el lado “positivo” de la cosa, hay un plato que preparo muy frecuentemente, pese a todo. Es una respuesta a momentos en que, viendo la mercancía de los supermercados locales, sencillamente ni quiero ni puedo obligarme a mí mismo a violar tantos principios y transarme. Este plato, aunque no se elabore con  ingredientes óptimos, es noble. Es casi imposible que te quede malo. Y, a decir verdad, pasando lista de los ingredientes, al menos un par aparece de calidad tolerable aquí.

Estoy hablando de fattoush, que es una ensalada mediterránea cuyo nombre árabe significa literalmente “pan mojao” (escribo esto tarareando “Moja el pan en la salsa y verás…” de la epónima canción de Irakere). La premisa es sencilla: Lechuga, tomate, pepino, cebolla colorada, perejil, menta y cuadros de pan pita tostado, mojado todo con un aliño a base de—en el mejor de los casos—aceite de oliva del bueno, limón, polvo de zumaque, algunas gotitas de algo picantito y sal marina. Luego vas y le añades lo que se te antoje para adornar o hacer la ensalada un poquito más contundente y llenante—a mí me gusta con garbanzos y queso feta fresco…

Ya se imaginarán. En Santo Domingo, zumaque cero. Y lo del feta, ¿para qué contarles? El que te venden es casi siempre uno industrial francés nulo de sabor y lejano de la frescura. Como dicen por ahí, you do the math. Lo del zumaque, pues, sustituyo por naranja agria. Lo del feta, pues, ajo y agua (hablando en dichos castellanos, no literalmente).

Pero lo dicho, los ingredientes de la ensaladita aparecen, incluso decentitos unas pocas veces. Y cuando vuelvo de viaje no es raro que en mi mochila traiga algo para darle gracia a esta ensalada que tanto hago. Zumaque, por ejemplo. Algún día hubiera querido ponerme a desarrollar una variante mexicanizada que le tengo al fattoush: Con jícama, chipotle, aguacate, queso fresco y, en vez de pan pita, tortillas asadas. Pero no creo que se me dé lo de una jícama dominicana, al menos no en una tienda de Santo Domingo.

En fin, que el fattoush es un plato un poquito complicado con el vino. O bueno, lo era. Entre el polvito de zumaque y el limón hay un juego de ácidos y amargores que tiende a neutralizar a muchos vinos. En los mejores casos, se puede aspirar a un maridaje “de usté y tenga” (no en el sentido de respetable, sino en la distancia de la relación de los componentes) entre vino y ensalada. O bueno, se podía. Porque hace un par de noches dí con un vinito que será el compañero cada vez que el destino y la carestía me pongan esta ensalada en mente. Otro anuncito para Terroir Santo Domingo, la firma de mi nuevo amigo César, el avezado importador de vinos de verdad del que les hablé el otro día. Quiero que el muchacho progrese y su negocio florezca. Digamos que llena un hueco muy grande que teníamos aquí hasta hace dos meses.

El Domaine Ostertag, “Les Vieilles Vignes de Sylvaner”, Alsace 2008 es interesantísimo. Muy suyo. Probablemente el mejor sylvaner alsaciano que he probado.  Madreselva, té verde, menta (un componente haciendo eco de la que lleva el fattoush) y fruta entre melón, pera y cítricos, en un vino esbelto y erguido, perfectamente seco y de filosa acidez. La mineralidad es muy bonita, aspirinesca, textural en un posgusto medio. Lo curioso es que por sí solo resulta un tanto angular y austero en un principio. Los “descriptores” de lista de supermercado que aparecen arriba me vinieron a la mente y la pluma disfrutando el vino con la ensalada.

Un pequeño triunfo en la cocina de la adversidad…

Medio freestyle me quedó la entradita, ¿no? Es que así me siento hoy. Se acerca la hora de la cena. Ya veremos con qué hay que conformarse. Mientras lo averiguo, The Detroit Cobras, que siempre caen bien:

Hacía mucho…

Hacía mucho que la salida de un disco no me tenía tan a la expectativa. Pero el martes sale High Violet, de The National, un grupo que me ha encantado desde que lo conozco. Y hacía mucho también que no dedicaba una entrada únicamente a una canción. O quizás no tanto, pero con la pausa lo parece. La cuestión es que aquí está, porque es sábado en la mañana en Santo Domingo, del nuevo, The National:

(Siempre habrá) Cositas y cosotas…

Hasta que me diese por lo de mi reciente hiato, cada viernes me esforzaba por publicar aquí un compendio de curiosidades de la cultureta actual del vino encontradas por esta internet tan pródiga en chismes, marketing fantasioso,  idioteces proclamadas como dogmas de fe, politiquería cogebobos, trapicheos, chorizadas de cuello y corbata, paquetazos, etc., etc. Unos viernes resultaban, por ley de vida, más divertidos y edificantes que otros. Yo, por mi parte, aunque esas entradas de “Cositas y cosotas” suscitaron animados y muy saludables debates, me ví buscando algo menos, que a la vez era algo más. Necesité cambiar un poco el formato, quizás abarcar menos cosas y profundizar más en el tema seleccionado. O, por lo menos, ceñir el potencial debate a un tema nada más.

O sea que ahora “Cositas y cosotas” viene new and improved, pero intentando preservar su esencia lúdico-jodedor-analítica. Un tema por viernes. Y listo. Al asunto.

El Wall Street Journal nunca se ha distinguido por la brillante sagacidad y profunda erudición de sus críticos de vinos. Nada más hay que recordar a la parejita aquella que tenían hasta hace poco… O mejor no recordarla. Total, si los cambiaron. Hace un tiempecito anunciaron que uno de los dos puestos de crítica de vinos para el periódica iría a Jay McInerney, autor de una novela brillante en los ochentas (Bright Lights, Big City) y de un montón de columnas de vino bastante tontas para la difunta revista del hogar House & Garden. Poco después, el Journal anunció una contraparte femenina para McInerney: Nada más y nada menos que Lettie Teague, autora de otra buena cantidad de columnas tontas para la revista Food & Wine. Hasta donde sé, la Sra. Teague no ha escrito ninguna novela brillante aún, o sea…

Caso es que en la última semana  del antedicho hiato bloguero que me traía me llega el debut de la Sra. Teague en el Wall Street Journal, una columna de tonito un tanto tocagónadas sobre el tema de los vinos de alto grado alcohólico. No deja la más mínima duda de que la Sra. Teague es una defensora de los mismos, y los sumilleres, tenderos y consumidores que rechazan rutinariamente vinos de 14% de alcohol por volumen o más son esnobs insufribles que ponen sus preferencias personales por encima de las oportunidades que putativamente merecen esos vinos “grandes”.

Para los sumilleres de restaurantes que pasan de vinos con más de 14% de alcohol en nombre de servir vinos “equilibrados” y “compatibles con la comida”, la Teague tiene la siguiente cápsula de sabiduría:

[Cuando los sumilleres] hablan de “equilibrio, ¿qué están diciendo en realidad?” ¿No será en verdad lenguaje codificado para excluir los vinos que no les gustan, o los estilos de vino que no se ajustan a sus gustos personales? ¿Es esto la próxima forma de esnobismo vínico, similar al movimiento anti-chardonnay? (Mi traducción)

La prosa tortuosa no es por mi traducción, que conste. Y es un extraño concepto de la labor de un sumiller el que parece poseer la Teague. Toda la vida he visto en el oficio de un sumiller de verdad—los de carrera, los chapados a la antigua, que de verdad entienden el vino y su servicio en contexto, sea este contexto histórico, sociológico, o meramente de la cena que va a ordenar la mesa 8—como una mezcla entre trabajo curatorial, didáctico y de ventas. Tal como lo haría el curador de un museo, el sumiller monta su lista de vinos como una exhibición, diseñada para dar máximo deleite y máxima información al visitante. Se encarga el curador de elegir las obras en exhibición según criterios coherentes y velar su posicionamiento para comunicar claramente el mensaje o mensajes que busca comunicar. Así mismo el sumiller. No se trata de “dar oportunidades a todo quisque”, ni de ser un empujador de lo que le dé la gana a X segmento de la industria del vino. Se trata de crear una carta de vinos coherente, consistente consigo misma y con la cocina del restaurante.

Lo que, si mi experiencia vale de algo, pone en desventaja a los megavinotes esteroidales que defiende Lettie Teague, esos que te dan “la patada extra”.

Claro, yo soy de los que aman los vinos ligeros, gráciles, enfocados, con excelente acidez y mucha frescura, los que dejan poco estrago a su paso, los que no te imposibilitan alcohólicamente después de dos copas, los que te invitan a abrir esa otra botella… Tiendo, como esos sumilleres que condena la Teague, a respetar fronteras de graduación alcohólica y a sentir seria aprehensión ante vinos que las sobrepasan. Por más que lo intento, no puedo enterarme de como es que un jumilla con 15% de alcohol trae “más sabor” que un complejísimo trousseau del Arbois con 12.5%.

Otra cita, con metacita incluida:

Descubrí que un buen número de los vinos que había disfrutado en el pasado con mis amigos, y alegremente maridado con comidas, sobrepasaban por bastante el 14% de alcohol. Tenían sabor e intensidad y eran inmensamente placenteros…. Eso es algo que los que odian el alcohol dejan fuera. El alcohol acarrea sabores. “Es como la grasa en la carne”, como me dijera una vez Aldo Sohm, director de vinos de Le Bernardin, en Nueva York (no estaba seguro de que lo dijera de forma positiva, pero decidí tomármelo así).

Para más discusión sobre el (ab)uso interpretativo de esa línea atribuida a uno de los sumilleres más respetados de Nueva York, les refiero a mi amigo el Dr. Vino, quien también trató recientemente sobre el debut de Lettie Teague en el Wall Street Journal.

Lo que nunca dejará de sorprenderme es como, en la cultureta, los debates siempre han de enmarcarse de forma tan polarista. Obviamente, la Teague se planta en una esquina como defensora de los vinos-bomba. En la otra pone a los  “esnobs” proponentes de vinos menos aparatosos y de impacto más sutil. Claro, nunca falta denostar al otro bando, designarlo como “elitista”, “antidemocrático” y tonterías así. Blanco versus negro. Amor u odio.

Yo siempre diré que puedo comprender a los que gustan de las tumbacocos, los amplificadores de guitarra que llegan al “11″ y las tetas de silicona como pelotas de playa. Recordemos lo mucho que disfruto de Sadat X y su “fucked-up factor”:

¡Ah, Lettie Teague! ¡Ah, la humanidad! Todo esto me ha puesto a pensar en el vendedor de una tienda local. Cuando le pregunté—hará como un año—por qué eran tan pocos los vinos por debajo de 14% de alcohol que ofrecía la tienda, me dijo que “es que por debajo de eso la gente no los quiere. Hay gente que solo compra de 14.5% para arriba”.

También pienso en un amigo que se refirió a un priorat con 15% de alcohol con adjetivos como “elegante”, “fresco” y “equilibrado”, aunque luego me admitió que beber eso muy frecuentemente le estaba dejando estropeadillo.

Vamos, que debe existir espacio en el mundo del vino para todo tipo de prioridades…

Las gafas color de rosa…

Perdón. ¿No les dije que volvía? Y luego resulta que no es con el brío que probablemente se esperaba.

Resulta que llevo un par de días sintiéndome como chicle pegado en pupitre, o sea, fatal. No se sabe muy bien lo que tengo, pero envuelve mucha tos, dolores por todo el cuerpo y general esmierdamiento de la disposición. Yo que normalmente soy un rayito de sol, ya se imaginarán en las que esto me deja.

Presa del antedicho esmierdamiento, me dispongo, por cumplir con lo de la vuelta, a contarles algo. Pero, francamente, no sé qué. Han caido unas cuantas botellas y han sucedido unas cuantas cosas interesantes desde la última vez en que sobre alguna bebienda croniquease yo. Tomemos, por ejemplo, la aparición en mi cotidianeidad caribeña de César Castro Pou y Terroir.

César es un joven dominicano que, tras unos años de estudios en Barcelona, retornó a su país. Durante su tiempo en Europa, nuestro amigo se contagió de la mejor posible de todas las fiebres del vino: El amor por los vinos artesanales, honestos, sin afeites ni basura marketinguera, expresivos de un terruño… Y le surgió la idea de hacerse importador de ese tipo de vinos a República Dominicana.

Por casualidad, César dió con este blog en la internet del vino y se sorprendió que su punto de origen fuese nada más y nada menos que Santo Domingo. Me contactó, entablamos una conversación sobre la quijotada que emprendía. Y ahora está aqui, echando el negocito hacia adelante. Me ofreció espacio en el furgón de su primer embarque por si algunos amiguetes españoles con almas afines a la mía querían mandarme algo de beber, oportunidad aprovechada ampliamente (luego, las historias).

De resultas que ahora tengo con quien beber y compartir penas, además de otro importador de vinos potables. Inevitable será que César y su loabilísimo apostolado/empresa aparezcan frecuentemente en estas páginas. Nuevas etapas. Nuevos personajes. Ya saben…

Hace unas semanas tuve a César y a su novia Mary Ann en casa para la “pasta night” cambloriana de los viernes. Estaban también Elizabeth Peña, de Vinalia, una revista local de vinos, y Chechu Gadea, fundadora de la Escuela de Sommeliers del Caribe, completando un elenco florido y cortés. Porque así sientan mejor pasta y vinitos.

Yo preparé un potajillo de alubias como preliminar y luego unos penne con gambas al azafrán que a lo menos que sabían era a azafrán (cosas del mercado local, que, ya se sabe, no es pródigo en ingredientes de calidad; un azafrán de quinta, vetusto, que ni color, ni aroma, ni nada…)

De beber, tuvimos una interesante secuencia. Primero, el Larmandier-Bernier, Brut Premier Cru “Terre de Vertus”, Champagne NV, que tiene que ser la champaña sin dosage más dulce de aromas que jam;as he olido. Ese dulzor frutal-repostero no le roba ni por un segundo el escenario, eso sí, a una mineralidad potentísima, blanquísima, cortante. Un vino fresco, vivaz y con mucha garra. En boca tiene gran amplitud, pero a la vez se las arregla para mantener el más preciso de los enfoques en múltiples puntos durante todo su recorrido. Delicioso.

Continuamos con un Jacquesson, Brut “Cuvée 733″, Champagne NV, que es uno de los que representa actualmente César (también ha hecho el fichaje de Larmandier-Bernier, creo, pero eso es para el futuro). Maduro, cremoso y muy mullido. Tostadito y con excelente profundidad, si bien parece un tanto difuso después de la precisión del Vertus.

Entre los amiguetes españoles que me mandaron muestras (yo prefiero llamarlas “salvavidas”) está el gran Pepe Herrero, de Viñedos de Nieva, autor de un vino que para mí es la máxima expresión de Rueda. De su envío saqué un par de botellitas, para que los presentes pudieran juzgar por sí mismos si mis opiniones…

Bueno, eso. Que comenzamos con el Viñedos de Nieva, Verdejo, Rueda 2008: Mucha guayaba en un vino ligero y fácil de beber. La acidez te agarra el paladar medio y, aunque no es muy largo, el final es limpio, con una mineralidad presente que me recuerda un poco a polvo de concreto.

Seguimos con la versión más reciente de mi rueda favorito desde que lo conozco, el Blanco Nieva, Verdejo “Pie Franco”, Rueda 2008. Esta botella, hay que decirlo, estaba mucho más austera que otras probadas antes y después de esta cena. No que tuviese ningún defecto. Sólo nos salió un poco encorsetadita y angular, demostrando—por si hiciera falta—que cada botella es su propio mundo. Manzana verde, limón, guayaba y fina mineralidad, apretado todo implacablemente y con acidez que te despierta el cuerpo entero.

Elizabeth nos había traido una sorpresita. Siguiendo una recomendación mía cuando nos acabábamos de conocer, se trajo de un viaje a Nueva York una botella del Blanco Nieva, Verdejo “Pie Franco”, Rueda 2007, o sea que verticalita habíamos. Lástima que la botella posiblemente vió algún momento de calor en su vida que no le sentó nada bien, pues estaba pachuchona, aunque bebible. Aroma de bizcocho volteado de piña. Un medio un tanto flojo y con elementos de caramelo. Final difuso. No la creo representativa, la verdad.

Para acompañar mi no particularmente agraciado plato principal, se me ocurrió sacar algo que yo mismo me había traido en una de esas necesarísimas escapadas a mi antigua casa. De Crush en Nueva York vino conmigo un A.J.Adam, Riesling Trocken “Dhron Hafberg”, Mosel 2008.

Creo haber manifestado en este espacio alguna vez mis desavenencias con los superrieslings secos que está de moda hacer en Alemania últimamente. Recapitulando: En la mayoría de los casos, la corpulencia y la potencia alcohólica roban delicadeza y enfoque a los vinos, anulando casi completamente el encanto de la riesling para mí.

Pero no es así en el caso de éste de Adam. Jovencísimo, compacto e indiscutiblemente potente, pero se mueve con elegancia. Cítricos limpios coquetean con dejes tropicales mientras una monumental mineralidad mantiene el orden y el decoro en el baile. Esa mineralidad contribuye a que su posgusto se sienta particularmente firme, recto y seco—cosa rara en un riesling con 12% de alcohol.

Concluimos la noche con otro de los de César. Y sí, sólo bebimos blancos. Sospecho que semejante situación hubiera creado gran consternación en la mayoría de los tintófilos dominicanos, que no nos creerían serios y cuestionarían de qué vamos… Pero no hizo falta tinto alguno. El final de la noche fue el Marcel Deiss, Riesling “Engelgarten”, Alsace Premier Cru 2005.

Ultimamente, Marcel Deiss me ha dado un par de sustos con sus cuvées que enfatizan más el viñedo que la separación varietal tipa de Alsacia y con un cierto dulzor en los vinos que me parece un tanto Zindhumbrechtiano… Opulentamente frutal y semidulce, con acentos de galletitas de jengibre, flores blancas y piel de naranja. En el largo y suculento posgusto, una mineralidad particularmente masticable que me hace pensar en gravas. Pero no conozco el viñedo. No sé. Especulo…

Estuvimos hasta tarde conversando sobre nuevas perspectivas para el vino en este país en el que elegimos venir a vivir. El trabajo de César y su Terroir será duro y largo. Pero al menos yo soy uno que lo cree muy necesario. El tipo de sensibilidad que ha traido a este medio, hasta ahora dominado por culturetismo, esnobismo y enobigbusiness, bien podría provocar una revolución y transformar la moda en amor por el vino de verdad. Ya veremos. Por lo pronto, aún me quedan aquellas gafas color de rosa que compré de crío.

¿Se nota demasiado que he escrito esta entrada bajo la influencia de una batería improbablemente grande de antivirales, antihistamínicos, antidesplómicos y veinte cosas más de no nombrar? Porque es la única manera de tenerse erecto, como estoy de cuerpo. Antes de irme, quería dejarles otro videito. Ya lo colgué hace unos días en Facebookm pero me parece que vale la pena repetir, sobre todo por ese mensaje de la canción, que aplica igual al rocanrol que al vino. ¿Y soy yo el único al que estos chicos suizos le recuerdan a Felt?

Todos vuelven

Hace poco más de un mes me declaré en hiato de La otra botella. Ya que he tenido un tiempecito para reflexionar, no hay razón para negarlo: Estaba bastante aburrido del blog. Incluso llegué a pensar que había dado todo lo que iba a dar, que lo único que quedaba era reciclar las mismas discusiones de siempre hasta que se hartara el último de los habitués de este espacio, o sea yo, y apagara las luces. Si añadimos a esto el hecho de que mis responsabilidades en el trabajo (el de verdad, que paga los vicios; esto de bloguero nunca me ha dado ni sospecho que me dará ni un vil centavo) crecieron exponencialmente a principios de año, el panorama del Camblor bloguero resultaba más bien de un gris sucio, nada cómodo de ver e imposible de definir.

Uno pasa por fases en estos hiatos. Es de esperarse un poquito de mono al principio. Casi te arrepientes de haberlo dejado un rato y retomas con excusas. Luego comienzas a sentirte cómodo sin la actividad, Te preguntas si en verdad necesitas volver a realizarla alguna vez. Luego decides que no. Y más tarde que sí. Si tienes todo un puñetero corpus de textos y gente que extraña eso que hacías… Luego te entra ansiedad sobre encontrar una onda nueva que justifique a tu media docena de lectores la pausa que tuviste que hacer. Vamos, que va y el “tú mismo” que encontraste en el hiato no es tan diferente de lo que siempre has sido y, al final, queda que lo que hiciste fue holgazanear un rato. Luego se te ocurren veinte tonterías radicales para “refrescar” el blog y las vas descartando, no vaya a ser que enajenes a la antedicha media docena de buena gente. Los movimientos epistémicos que se te han antojado en cuanto al lenguaje del vino han sido más movimientos de vientre que sacudidas sísmicas (perdonen ustedes esta analogía tan inapropiada en estos tiempos de reggaetón tectónico para nuestro planeta, pero así me salió). El resultado fue lo que fue. Y encima siguen sucediendo cositas y cosotas en la cultureta del vino que te hubiese gustado comentar. Me han hecho protopropuestas y propuestas dudosas que igual merecen entraditas de mil palabras (todavía no puedo creerme que la D.O. Ribera del Duero en verdad pueda querer algo conmigo). Pero estabas en hiato y… Hay que joderse.

En resumidas cuentas, que concluyendo el hiato vengo a ser más o menos el mismo tipo entre romántico y sarcástico, el jodedor altruista, el pendejo astuto, el iconoclasta con altarcito santero en el boudoir, el antagonista amigable, el payaso insertado en el medio de una ópera con música de Wagner y libreto de Camus;  el pirómano subacuático… Y aquí estoy de nuevo.

He recopilado bastante material en el último mes y tanto. Pongo esta pieza clásica de Peter Gabriel porque la he tarareado mucho en estas semanas. “Today I don’t need a replacement;/I’ll show you what the smile on my face meant:/My heart going boom-boom-boom!”. Preciosa letra, cantada sobre ritmo de 7/4, que créanme, es bien jodido de seguir consistentemente. Ha significado mucho para mí. No sé, quizás sea una sumatoria del modo en que quisiera poder escribir sobre el vino y su cultura.

Por lo pronto, la próxima semana retomo. Salió la estúpida lista de los puntos Miller y se hablan cosas sobre una “revaloración” de los reservas y grandes reservas riojanos tradicionales, particularmente porque, según Jay Miller: “Si yo fuera un joven entusiasta, con recursos limitados, pondría mi dinero en ese segmento”. Vamos, que dizque hay chollazos. Eso mismo pensé yo el otro día en una tienda neoyorquina donde pedían US$300 por una botella de Tondonia Gran Reserva del 70, un vino que alguna vez comprase yo por una décima parte de dicho monto. Dada esta “revalorización” de ciertos estilos, debe haber alguna mantequería o colmado de esquina en algún lugar afilándose los dientes, porque en poco tiempo, siendo las cosas como son, esas botellas quedadas de Imperial, Bosconia, etc. van a valer una pasta en el mercado especulador. ¿Qué importa si llevan veinte años al lado de una ventana a temperatura de infierno y glaciación, según? Luego están los de la Decanter diciendo memeces sobre una “reconciliación” entre el “gusto americano” y el “gusto europeo”, sugerida por otra lista de puntuaciones publicada bajo la rúbrica de Robert Parker, la de los tan mediatizados burdeos 2009. ¿Cómo seguir en mi silencio, ante cosas así?

Pero me adelanto. Hoy es el Día Internacional del Trabajo. Voy a descansar un poquito más. Nos vemos en la semana.