Archivo mensual: junio 2010

32 días de vino natural, día 11: Nisswa, Minnesota…

Lo siguiente es el texto que he contribuido a la excitante iniciativa cobloguera “32 Days of Natural Wine” con motivo del segundo aniversario de Saignée, el genial blog de Cory Cartwright. Pueden seguir la saga de las jornadas de vino natural y leer esta entrada también en Saignée. Disfruten…

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Pensándolo bien, no recuerdo muchos momentos en la historia de mi enochaladura en el que me haya ido la ortodoxia.

No que lo mío haya sido sólo para contrariar. Nací con una tendencia muy marcada hacia el roscaizquierdismo que no he podido zafarme, pese a la poderosa influencia de mi educación clásica. Me he hecho viejo deseando sólo lo que comunica conmigo de forma natural.

Ah, sí. Dije “natural”. Ahí está la palabrita. No contando la mención en el título prestado que aparece más arriba, llegó pronto.

Les contaba sobre como funciona mi sistema de afinidades. Hay cosas con las que conecto, así porque sí. Y hay cosas que no me entran ni por casualidad. Y aquellas cosas con las que conecto tienden, la mayoría de las veces, a estar en los márgenes cuando conecto con ellas. En vino, particularmente… Porque es difícil no recordar aquellos tiempos en que era yo una voz casi solitaria en la enointernet hispana defendiendo las virtudes de los vinos de López de Heredia, esos otrora tan denostados por aquellos que vestían calzones de “alta expresión” por fuera del pantalón. Esos mismos vinos que ahora están muy de moda y se venden carísimos. Igual es difícil no recordar mis cruzadas por el vino “sin maquillaje”, sin las tecnoveleidades puntilleras que tan de moda se pusieron en los noventas. Y bueno, sobre lo de los gurús y los puntos no digamos nada.

Un montón de años me he pasado deseando tantas cosas, para venir a darme cuenta no hace mucho que lo que estaba deseando era sólo una: Vino natural. Buscaba vino auténtico, expresivo de su terruño, sin aditivos “mejorantes”, sin marketing trajeado de Hugo Boss detrás, ni complejos esquemas corporativos, ni ansias sociales, ni humo, ni espejos. Un estribillo muy repetido últimamente en este espacio ha sido “Beber, abrir botellas y disfrutar”. Pues eso es lo que siempre he buscado yo. Vino consumido con naturalidad, en camaradería, con goce, cuya bondad principal es como aquel viejo anuncio de ron dominicano: “Lo suave que pasa y lo contento que se pone uno”. Natural.

Ahora resulta que hay hasta un Movimiento del vino natural y que algunos conocidos y amigos míos son parte de él. Se declara a Nueva York (junto con París, San Francisco y un par de metrópolis más) como una de las “capitales del vino natural”. El vino natural se ha puesto de moda entre diversas intelligentsias. Cory Cartwright me invita a formar parte de esta brillante iniciativa multiblogueril con 32 días de vino natural. Yo acepto. Lo del roscaizquierdismo no precluye que de vez en cuando me entusiasme por alguna aglomeración ideológica.

La cosa es que desde hace dos años y dos meses resido en Santo Domingo, República Dominicana, en una orilla a distancia medio-lejana del mercado global de las enobebidas.

Aquí le mencionas a alguien que prefieres el vino natural y los ojos se le ponen de glazeado doble. “Pero yo pensaba que todo el vino es natural”, te dicen con toda honestidad. Se han venido creyendo todo el canon pastoral supermercadístico leido en contraetiquetas de vino industrial. Porque ya se sabe, aún la más tecnológicamente puntera y corporativamente necia de los megacomplejos bodegueros multinacionales apela al mito del “producto de la tierra y el esmero artesanal”.

Eso, que vivo en un lugar donde el vino natural es impensable para la mayoría de los consumidores, que no pueden concebir que la mitología según una etiqueta de Concha y Toro corresponda a algo que alguien pueda considerar “no natural”. Se consume lo que resulta familiar, por la marca y no por el contenido. La diferencia es irrelevante.

Les mentiría si les digo que he aprendido a aceptar semejante status quo. Los gustos del prójimo (no entraré en si ven CSI o no, ya que mi propia esposa parecería ser fan de David Caruso) no me molestaría si no fuesen tan hegemónicos.  Soy lo que soy y mis gustos se hicieron como y donde se hicieron. O sea que vivir aquí, habiendo dejado atrás una amplia oferta de vino del que me gusta, del que considero real y verdaderamente meritorio, el que tiende a emocionarme y a motivarme camaradería, es vivir con un eterno mono de cojones. Bien podría estar en Nisswa, Minnesota, ese lugar que decía Thor Iversson hace un par de días. A veces, ante la apabullante presencia de enoproducto industrial en el mercado de Santo Domingo, y, sobre todo, de la aceptación de esto por parte del público local como “la única posibilidad”,  me vienen a la mente todo tipo de figuras literarias. Me siento como uno de los personajes oprimidos en alguna de las novelas más simpáticas de Orwell. O no sé, como un envejeciente anarquista oculto en el ático de una casa en tiempos de Franco, viviendo del recuerdo, o sea, con una sed terrible. Cuando aparece algún importador cuya sensibilidad lo provoca a traer a Dominicana un par de vinos de verdad, pues, lo apoyo y recibo esos vinos de vida como algún joven poeta en la Checoslovaquia de antes se devoraba un panfletillo recibido por samisdat.

Disculpen si me he extendido demasiado con mi triste historia. ¿He logrado que sientan un poco de pena? Porque miren que la privación de vino natural por tiempo extendido puede ser una terrible tortura de las que aplastan el alma. De verdad, perdón si me he vuelto un coñazo en mi queja. Pero aquí viene lo de la camaradería. Notando el descontento manifestado en La otra botella con respecto a mis circunstancias actuales, un buen amigo español que elabora vino natural me cogió pena y me mandó un par de cajas de cosillas selectas—suyas y de otros productores de similar mentalidad. He ido abriendo y saboreando botella a botella, poquito a poco, cada vez que me siento deprimido. Resultan muy salutarias.

El amigo elaborador natural del que les hablo no es otro que Laureano Serres. Por casualidad, es también el autor de eso de “Beber, abrir botellas y disfrutar”, que se ha convertido en mi consigna política favorita. A Laureano lo conocí “en vivo” por vez primera hace seis años. En aquellos tiempos no era el naturalero hardcore que es ahora, sino meramente un tipo honesto tratando de hacer el mejor vino que podía. Llegaba yo a Madrid y él se trasladó desde Cataluña únicamente para cenar conmigo. Fue una noche inolvidable en la que dos nuevos amigos dieron cuenta de algún Cornas de Clape, un “Les Poyeux” de Clos Rougeard y quién sabe qué más, ante la mirada atónita de una joven y guapetona sommelier madrileña. Laureano me había traido varios de sus vinos de aquel entonces, para probar.

Una de estas copas fotografiadas en el 2004 contenía el increible rancio 1975 elaborado por el padre de Laureano Serres.

Confieso no recordar particularmente un blanco y un tinto que me presentó. Pero culminamos aquella cena con un rancio dulce de 1975, elaborado por su padre, que fue toda una revelación para mí. Laureano—si no me traiciona la memoria—me habló de como ése era un estilo de vinos otrora típico de su región, pero ahora perdido. Yo, atónito ante un vino maravilloso, auténtico, profundo, genuinamente conmovedor, le dije que ni por nada dejara perderse semejante tesoro.

Saltamos media docena de años y estoy en Santo Domingo, delante de una de mis neveritas de vino, viendo que beber con una ensalada de frijoles negros, maíz,  gambas y salmón ahumado en vinagreta al cilantro, comino y naranja agria. Encuentro algo que parecería blanco y cuya etiqueta, en una de esas neciamente vericuéticas e ilegibles tipografías que parecen encantar a los amigos hacedores de vino natural, lo identifica como “Virante”, o algo así. Ante semejante nombre, pues, no sé que pensar. Lo abro. Lo sirvo. Es algo turbio, aunque su color anaranjado mantiene una interesante luminosidad. Un vino que en Santo Domingo sería condenado como “estropeado” y echado sin más por algún fregadero. Menos en mi casa.

Huele a gloria. Instantáneamente me recuerda a aquel “Eléctrico 1922″ de Toro Albalá, uno de mis montillas favoritos de todos los tiempos. Fresas, almendras, alcanfor, trementina, piedras, aceite de pino, fresitas silvestres y una profundidad cítrica de proporciones galácticas. Da ganas de escribir una de esas notas de cata con “descriptores” de lista de compra, ¡porque mira que suelta aromas distintos!

Lo que más paralizado me deja es que en la boca es casi completamente seco. Salino. Sustancialmente tánico. Larguísimo. Mucho, mucho, muuuuucho más vino de lo que esperaba encontrarme.

Inmediatamente, utilizando esa herramienta tan natural que son los mensajitos de Facebook, interpelé al Laure para que me contara qué diablos era esto.

Juraba no haberme mandado nada llamado “Viranti”. Ni producirlo. No entendía, pero se alegraba de que me hubiera gustado, si en verdad formaba parte de aquel “care package” que me mandó.

Tomó un par de días que me llegara otro mensaje. Decía Laureano que se trataba de un “Vi Ranci”, o sea, un vino rancio. No el de su padre que habíamos probado en aquel primer encuentro. Uno hecho por él en producción micro—del que, tristemente, no le quedaban más botellas, pues las había mandado todas aparte de la mía a un bar en Banyuls. O algo así.

Le declaré que ese rancio abre una interesantísima avenida para su proyecto de vinos naturales. Su carácter es único e indiscutible y hay que joderse con lo bueno que está. Le pedí que me lo explicase un poco, para beneficio de los que leyeran esta entrega y anduvieran con curiosidad enológica. Me informó que…

Este vino lo embotellé en el 2006 de una barrica que saqué de una bodega de la comarca que había cerrado. El poco vino que quedaba lo dejé allí y lo refresqué con vino mío de garnacha y macabeo. En dos años, la barrica rellenada había bajado bastante, incluso tenía una pequeña fuga que acabó tapándose con hongos. Llené unas cien botellas, contra viento y marea, porque nadie parecía creer en esto. Pero yo tengo ganas de recuperar— aunque sólo sea un .0001 porciento—parte de este patrimonio. Si alguien me da una barrica vieja, y se puede, la cojo y meto vino… No se pierde todo. Pos eso es lo que t’as bebío: Un vino rancio, de los miles que había antes. Algo que la “madre” le ha dado el sabor, una desviación de la enología…

Bonita historia, ¿verdad? El vino es lo que dice su nombre. Y es delicioso. Su historia es el tipo que ningún departamento corporativo

Una de cien, en Santo Domingo, junio 2010.

de marketing pondría en una contraetiqueta—probablemente tendrían severas dudas sobre usar la palabra “rancio” delante, vamos… A la generosidad natural de este buen amigo, que hoy por hoy es la punta de lanza del movimiento del vino natural en España, recibí una botella de cien. Aquí en un lugar donde semejante vino posiblemente nunca sea comprendido, mucho menos disfrutado. Me complace poder llamar al vino por su nombre: Celler Laureano Serres Montagut, “Vi Ranci”, Vi de Taula NV. A menos que vaya a Banyuls antes de que a los del bar se les agote, probablemente no lo vuelva a probar.

Pero llegó a mi. Y eso es de agradecer. Sin saber lo que bebíamos, Josie y yo nos bajamos la botella casi completa de este magnífico rancio seco y al otro día no había ni rastro de dolor de cabeza. Eso también es de agradecer.

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When I think it over, I can’t recall many moments in my history as a wine geek when my thing has been orthodoxy.

Not that this has been purely for the sake of contrarianism. I was born with a marked tendency to be contrarian, and have had little luck in breaking from that tendency, in spite of the powerful influence of my classical education. I’ve grown older desiring only that which communicates with me in a natural way.

Oh, yeah, right. I said “natural”. There’s that little word. Not counting the mention of it in the title, it came quickly.

I was telling you about the workings of my peculiar system of affinities. There are things with which I connect, just because. And there are things that I can’t swallow—not even by accident. Those things with which I do connect tend, most of the time, to be in the margins when I happen to connect with them. In the world of wine, this has been particularly so… It’s hard to forget those days when I was the lonely voice on the Spanish side of the wine internet defending the virtues of the wines of López de Heredia, those so vilified by people wearing “alta expresión” underpants outside their trousers. The same wines that are now ultrahip and sell for handsome sums. Also hard to forget my crusades for wine “minus titjobs and makeup”, without the point-seeking technowhatevers that became quite the rage in the Nineties. And about the gurus and the damn points, the less said, the better.

I’ve spent a bunch of years talking about the way I wanted things to be, only to realize that what I desired could be summed up in one simple phrase: Natural wine. I sought wine that was authentic, that expressed its terroir, without additives or trafficking to “improve” it, without marketing guys in Hugo Boss suits behind it, or complex corporate schemes, or social aspirations, or smoke, or mirrors. A refrain often repeated on La otra botella lately sums my attitude best: “To drink, to open bottles and enjoy”. Simple as that. It’s all I want. Wine consumed naturally, in camaraderie, with joy; wine of which the main virtue is sort of like those old commercials for Dominican rum: “How smoothly it goes down, how happy one gets”. Naturally.

I now find out there’s  a Natural Wine Movement and a number of my acquaintances and friends are part of it. New York is declared (along with Paris and San Francisco)one of its strongholds. Natural wine is now the “it” thing among any number of intelligentsias and hipster nucleii. Cory Cartwright invites me to be part of this brilliant initiative, where 32 bloggers spend 32 days going on about natural wine and I accept. My contrarian streak is not so strong as to preclude me from occasional adhesion to one ideological community of another.

Thing is that for the past couple of years and change I’ve resided in Santo Domingo, Dominican Republic, on a medium-distant shore of the global enobeverage marketplace. I left behind a good life in Manhattan, friends and all the wonderful wine I could ever want to move to… Well, never mind.

Here you mention to somebody your preference of natural wine and their eyes become double-glazed. “But I thought all wine is natural”, they say in all earnestness. They believe the full canon of supermarket pastoral prose as printed on the back labels of most industrial wine these days. Because, of course, no matter how techy and obnoxiously corporate the global megawinery complexes grow, there’s still the appeal to the myth of wine as a “product of the earth and of artisanal care”.

So there. I live in a place where natural wine—as opposed to industrial crap—is inconceivable to the majority of consumers, who cannot conceive of the pap printed on a Concha y Toro back label as something someone else can associate with the “not natural”. A bottle of wine is opened and consumed here because of the familiarity of its brand, rather than the contents of the bottle. The difference between the two seems irrelevant to most.

I’d be lying if I told you I’ve learned to accept this status quo. The aesthetic proclivities of my neighbor (I will not discuss whether s/he watches CSI Miami or not, as my very own wife seems to be a fan of David Caruso; go figure…) wouldn’t bother me at all if they weren’t quite as hegemonic as they are. I am what I am and my tastes were formed where they were formed, so living here, having left behind what I did, is living in the throes of the nastiest never-ending set of withdrawal symptoms. I could very well be in that  Nisswa, Minnesota place that Thor Iversson wrote about a couple of days ago. Sometimes, facing the dismal selection of industrial enoproducts on offer here in Santo Domingo (and the complete acceptance by the public of said industrial enoproducts as “the only possibility”), my mind calls  up all sorts of literary figures. Maybe the oppressed subversives in a couple of Orwell’s funnier books. Or I don’t know, the aging anarchist hidden away in an attic in Franco’s Spain. Or the young poet in Communist wherever, devouring over and over the same samisdat pamphlet.

Sorry. I realize I’ve gone on a bit in this self-pity jag. Really, sorry. But an unappeased  jones for natural wine can be a truly awful, soul-crushing torture. Anyway, here’s where camaraderie comes in. Taking note of the immense discontent I’ve been feeling with regard to my current circumstances, as abundantly voiced on my blog, a good friend in Spain who happens to make natural wine took pity on me and sent me a couple of cases of selected bottles—made by him and by other like-minded producers. I’ve gone through the cases bottle by bottle, slowly, savoring each one when I feel depressed. Most salutary, this.

The natural-winemaker buddy I’m talking about is none other than Laureano Serres. Perchance, he’s also the author of that “To drink, to open bottles and enjoy” slogan I’ve been using so much lately. I met Laureano in the flesh for the first time about six years ago. Back then he wasn’t the hardcore naturalero he is now. Just a guy trying to make the best wine he could. I’d just flown into Madrid and he’d driven from Catalunya just to meet me and have dinner with me. It was an unforgettable evening: Two new friends getting royally smashed at a posh restaurant where they polished off bottles of Clape Cornas and Clos Rougeard “Les Poyeux”, as well as who knows what else, all under the incredulous gaze of an attractive young lady sommelier. Laureano had brought down some of his wines for me to taste.

This picture was taken in 2004. In one of those glasses is the 1975 rancio made by Laureano Serres' father.

I confess I recall very little about a white and a red he served first. But the culmination of the dinner was a 1975 sweet rancio made by Laureano’s father. To me, a revelation. If my memory doesn’t betray me, Laureano mentioned that this had once been a typical style of wine in his area, but is now almost extinct. I, gobsmacked before a wonderful, authentic, profound, genuinely stirring wine, managed to tell him that under no condition should he let such a treasure be lost.

We skip hald a dozen years forward and I’m in Santo Domingo, in front of one of the little wine fridges in my apartment, looking for something to drink with a salad of black beans, sweetcorn, prawns and smoked salmon, cilantro-cumin-bitter orange vinaigrette. I find something that appears to be white. The label, in one of those annoyingly curlicued typefaces favored by so many natural winemakers, identifies the wine as “Virante”, or something like that. I don’t know what to think about that name. I open the bottle. I pour the wine. It’s cloudy, though its orange orange color emits a compelling luminosity. A wine that here in Santo Domingo would be condemned as “spoiled” and unceremoniously poured down a kitchen sink without so much as a sniff. But not chez Camblor.

This smells just glorious. Instantly, it reminds me of Toro Albalá’s “Eléctrico 1922″, one of my favorite wines ever from Montilla. Tiny wild strawberries, almonds, camphor, turpentine, stones, pine oil, more tiny wild strawberries and a citric depth of galactic proportinos. It makes one feel like writing one of those shopping-lists of “descriptors”, with so many aromas coming up from the glass.

What stops me cold is the fact that on the palate it’s almost completely dry. This is very new and doesn’t quite jive with my old idea of a rancio, which tended to include sweetness. Saline, substantially tannic and very long. Definitely waaaaaaay more wine than I expected.

I immediately used that most natural of tools, a Facebook message, to get Laureano to explain to me what the hell is up with this unbelievable wine.

He swore he hadn’t shipped me anything called “Virante” or “Viranti”. Or, for that matter, made any such thing. He didn’t understand, but was happy I liked it, if indeed it had been part of the care package he’d sent

It took another couple of days for me to receive a new message. Laureano said he’d finally figured out it was a “Vi Ranci”, a rancio wine. Not the one made by his father, but something made in the tiniest amount by him–of which, regrettably, he had no more bottles to send me, since he had sold his remaining stock to a wine bar in Banyuls. Or something like that. Apparently, the wine bar in question specializes in just that sort of wine. The world I don’t live in seems to be a wonderful place.

I declared this rancio as the opening of a fascinating new avenue in Laureano’s natural wine adventures. Its character is unique and undisputable and goddam the stuff is good! I told him to explain it to me, for the sake of the readers of this entry who may harbor some sort of enological curiosity as to the wine’s “where” and “how”. And Laureano said:

I bottled this wine in 2006 from a barrel I got out of a bodega in my area which had closed up. What little wine there was I left in the barrel and refreshed it with some of my own wine from garnacha and macabeo.  Two years later, the topped-up barrel had lost a lot of wine; it even had a little leak that ended up being plugged by fungi. I filled about one hundred bottles. against all odds, because no one seems to believe in this sort of thing. But I feel like recovering this patrimony—even if it’s only .ooo1% of it. If someone gives me an old barrel, and it’s doable, I’ll take it and put in some wine. You don’t lose everything. That’s what you drank: A rancid wine, one like the thousands there were before, Something the “mother” gave its flavor, an enological deviation…

A pretty story, right? The wine is what its name says. And it’s delicious. The

One of one hundred, in Santo Domingo, June 2010.

story is the kind no corporate marketing department would ever dare put on a back label—they’d probably have severe doubts about using anything remotely resembling the word “rancid” in the front, too.. To the natural generosity of this good friend—today the spearhead of the Natural Wine Movement in Spain—I got one bottle out of a hundred. Here, in a place where such a wine probably would never be understood, much less enjoyed. I’m happy, now, to call it by its name:  Celler Laureano Serres Montagut, “Vi Ranci”, Vi de Taula NV. Unless I make it to Banyuls before the guys at that bar run out of it, I may never get to drink it again.

But it reached me, which is something to be very thankful for. Without really knowing what we were drinking, Josie and I drank up almost the entire bottle of this magnificent dry rancio and the next day we didn’t have even the slightest trace of a headache. That’s also something to be thankful for.

Tú y yo y la burguesía…

Alguno ya se picó por mi post de ayer. Como—claro está—”no entiendo” los recovecos del mercado de exportación-importación, ni las interminables viscisitudes de hacer, mover y vender vino en el s. XXI, como “no sé” lo que hay que fajarse para promover una bodega hoy día (vamos, puedo imaginarme a tantos individuos en pijama o camisón, dale que te pego en el Feisbú o tuiteando como almas que lleva el diablo; y luego están los que comisionan documentales, o se pasan la vida “en gira mundial…”), pues esta protesta mía sobre lo que cuesta ser enochalado—o simplemente consumidor regular de vino decente—es enteramente infundada. Debo dejarme de jodiendas con mis reacciones emocionales a pasar de un rango de precio a otro.

Y quizás es cierto. Uno es un profesional, con un empleo y unas posibilidades (cuya escala varía caprichosamente según varían las economías del mundo). Uno incurre en un gasto para satisfacer una afición enteramente suntuaria. Y uno se pasa la vida anhelando, por no decir proclamando, la “democratización” de dicha afición, cuando en realidad la afición de marras se hace cada día más inasequible al común del demos. Porque hay que joderse, el lujo, por más que queramos, no es para todo el mundazo.

Uno, démosle la cara, es un burguesito y nada más. Este “vino” que nuestra chaladura insiste en declarar “artículo de primera necesidad”, en el mercado actual se ha convertido en un gusto caro y nosotros, en la medida en que aspiramos a continuar dándonoslo, pues, somos lo que somos.

Me viene a la mente una cancioncita de The Submarines. Es, en su superficie, un manifiesto anticonsumista. Y, sin embargo, fue utilizada como jingle en los anuncios de la tele para el iPhone 3G de hace dos años o tres. Es pegajosísima, la muy… Démosle una escuchadita:

A todas éstas, esta mañana, cortesía del gran Strappo Hughes en su blog Muddy Boots, surge una entrada que parece querer dialogar con la mía de ayer y ésta de hoy, que ya revisten caracteres de miniserie.

Me parece muy incisivo, a la vez que excelentemente expuesto, el análisis de Strappo. Recuerdo una época, cuando estaba yo en mis primeras etapas formativas en cuanto a vino, en que la idea de beber bien sin adquirir segunda hipoteca no resultaba descabellada. Hoy día surgen cada vez más insólitas explicaciones de por qué los vinos salen a los precios que salen.

Y uno aquí, con la billetera abierta (por no decir otra cosa), inocente…

Un juego para millonarios…

Esta mini-reflexión les viene cortesía de un comentario al vuelo que realizara mi mujer el sábado pasado, mientras bebíamos una botella de riesling alsaciano de copete medio-alto. Nos gustaba. Yo lo había llevado a nuestra casa de playa para celebrar el final de un ciclo de antibióticos intravenosos que me tenía ya muy jodido. Una bronquitis tirando a pulmonía, si necesitan saber. Ya estoy mucho mejor… El caso es que la botella caía bajo la categoría de “celebratoria” por haberme costado más de US$40, habiendo sido para mí el marcador sicológico de entrada a dicha categoría los US$30. Vamos, una botella de más de eso ha sido siempre un lujito.

¿Lo que comentó Josie? Pues dijo así, no más, antes de emitir juicio estético:  “¿Cuánto cuesta?”

Le dije.

“Ah, no, pues entonces no. Me hubiera parecido excelente por US$20 ó 25.”

Tajante. Real. El precio del vino, al final, importa. It’s the economy, stupid, etc.

O quizás no es solamente la economía actual, sino un cierto principio moral que entra en operación.

Me explico: De un tiempo a esta parte, parecería que el mínimo a pagar en las tiendas de mi lado del Atlántico por una botella de vino interesante (bueno, a veces ni eso) es de unos US$12. Esas son las botellitas “de batalla”, bebibles, simpáticas, para la faena diaria.

Las que, cuando yo comencé en esto del vino, pagaba a US$4. Las que hace quince años pagaba a US$7 o algo así.

Si uno quiere entrar en vinos un poquito más sustanciales para el diario beber, más intelectual y sensualmente estimulantes, de producción menos masiva, la tarifa de admisión no parecería bajar de los US$20-25 en la mayoría de los casos (las excepciones son nobles y las hacen casi todas Marc Ollivier, Jean-Paul Brun y Clos Roche Blanche…)

Meterse en los US$30, 40, 50 y hasta 60 se hace extremadamente fácil. Horriblemente fácil.

Se ha puesto caro esto del vino. Al punto de que no puedo imaginarme educarse en el vino como lo hice yo, bebiendo grandes riojas, burdeos, napas, borgoñas, etc., por una fracción mínima de lo que pagaría ese muchacho que yo fui si le entrara a las versiones actuales de los mismos vinos.

Porque aprender de vino se ha convertido en un juego para millonarios.

Bueno, “aprender” es relativo, porque si la gente aprende de verdad, el chanchullo de cobrarle US$30 por cualquier tontería se pone viejo muy, muy rápido.

Y por lo que me cuentan algunos amigos, no es cosa de que yo viva en un mercado de exportación. Que a los españoles y los franceses y los alemanes y los belgas y los ingleses se los clavan igual.

De verdad, que a mi no me va mal económicamente en esta vida. Pero cuando considero, por ejemplo, que me han anunciado que el precio de lanzamiento en Londres de una caja de La Mission-Haut Brion 2009 es de £6,200. Y así, como si nada, Decanter.com anunciaba hoy que el precio ex-cellar del Château Lafite 2009 es de £450…  ¡La botella! ¡Sin pasar aún por la recua de intermediarios/especuladores por la que tiene que pasar antes de llegar a su putativo consumidor!

¡Ñó!

No sé como voy a explicarles a mis hijos, cuando me toque educarlos de vino, por qué no les compré Lafite. Si es que yo no tengo el estómago para entrarle a una quinta parte de ese precio…

Claro, habrá que decirles también que papá dejó de comprar burdeos más o menos con la campaña en primeur de 1998, después de la cual todo se volvió aceleradamente ridículo.

Y habrá que contarles como la mayor parte de los vinos de los que papá escribía en aquello que llamaba “mi blog” comenzaron a pellizcarle demasiado la billetera. Que para beberse un vino cuya calidad andaba en el rango emocional de los US$20 había que pagar en el 2010 US$45 y eso ya jodía demasiado.

“Un juego para millonarios. En tiempos de vacas flacas. En eso se convirtió el vino”, dirá papá a sus vástagos.

Y ellos le responderán: “Papá, ¿qué es eso de US$ que tanto mencionas?”


“Beber, abrir botellas y disfrutar” 4: Dices que es tu cumpleaños…

Iba a publicar esta entrada anteayer, pero el día se me complicó y no lo hice. Un giro irónico, considerando que ayer en la tarde me llegó este aplastante artículo de Mike Steinberger en Slate, que la velada de la cual iba a contarles incluía bastante vino añejo y que, fíjense ustedes, más de uno entre los que esa noche bebíamos, abríamos botellas y disfrutábamos en Apiary hemos sido clientes de la Royal Wine Company en Nueva York. Ninguno, eso sí, es fan de Robert M. Parker, Jr.

¿Ya se leyeron el articulazo de Steinberger? Pues podemos comenzar, entonces.

Nada hay, entre el círculo de enochalados neoyorquinos que frecuento, como uno de esos cumpleaños “transcendentes”, los que acaban en cero. Mi

Nuestro festejado, a la diestra del Dr. K y, al fondo, Victor L, al principio de la festividad. De ahí en adelante nos soltamos el pelo...

gran amigo Jayson cumplía cuarenta ese final de abril y nos reunimos en el restaurante de Scott Bryan un buen lunes (noche de traer botellas propias sin tarifa de descorche, lo que hace múltiplemente maravilloso este sitio) para celebrar como debe ser. Hacía menos de una semana que yo había cumplido cuarenta y dos, que pasaron sin celebración mayor que una cenita fuera en Santo Domingo. Secretamente, yo me incluía en el festejo de Apiary. O no tan secretamente. A alguien se lo habré mencionado, al son de los Beatles con aquello de “You say it’s your birthday;/It’s my birthday, too…

Pascal Cotat, "La Grande Côte" 2000

Los duchos en matemáticas ya habrán sacado la cuenta. Cumplir cuarenta en el 2010 implica que naciste en 1970, una añada bastante agraciada en diversas regiones vínicas importantes. Mucho buen burdeos. Mucho buen rioja. Y yo, como siempre siento envidia, porque nací en 1968, añada más bien mezquina en cuanto a grandes vinos…

Comenzamos las libaciones con un Pascal Cotat, “La Grande Côte”, Sancerre 2000 que en un principio me asaltó con cierta pestecilla a calcetín sudado, pestecilla que se semirresolvió rápidamente para dar paso al carnaval de tropicalismos aromáticos más estrambótico que he olido en buen tiempo. Explosiones de piña, maracuyá y guayaba bajo nubes de madreselva y una capa de mineralidad electrizante. Un vino-despertador donde los haya, de un impacto que podría parecer un tanto excesivo si uno no lo sabe interpretar, no perdiendo de vista sus encantos más sutiles. Lo de los calcetines vuelve por momentos y acaba por molestarme lo suficiente como para desconcentrarme. Otros en la mesa disfrutan este Grande Càte mucho más que yo. Un vino poderoso, de una exuberancia que por momentos podría ocultar su profundidad.

Crudo de hamachi en Apiary

Ví en la distancia una botella de Tondonia blanco. Pero, siendo este grupo como es, probablemente no sería consumido en las preliminares. No me sorprendió en lo absoluto que el genial crudo de hamachi del chef Bryan quedase en un espacio intersticial en cuanto a vino acompañante. Si habías guardado alguito del sancerre, pues eso. Si no, a darle a uno de los tintos iniciales.

A decir verdad, mi haber vínico neoyorquino se me ha vuelto un tanto desordenado. Antes, cuando podía ir frecuentemente al almacén donde guardo mis vinos, mantenía un cierto control de donde estaban las cosas. Pero ahora paso dos y tres meses sin ir al casillero—y cuando voy es

Monte Real Gran Reserva 1970, noten la tipográficamente variopinta etiqueta del cuello...

solamente por unos minutos, a buscar algo fácil. Había echado mano a un par de riojas y a otra botella del 70 que tenía un significado especial para mi a causa de Jayson, pues él mismo me la regaló una vez. Y una de mis contribuciones fue el primer tinto en caer, un Bodegas Riojanas, “Monte Real” Gran Reserva, Rioja 1970.

Esa botella fue fácil de ubicar por haber sido una adquisición bien reciente. La compré en una tienda neoyorquina en uno de mis últimos viajes y me pareció un buen momento para abrirla. Bromeé patibulariamente sobre la etiqueta del cuello, en la cual la leyenda “Gran Reserva” aparecía en una tipografía que nada tenía que ver con todas las demás utilizadas en las etiquetas del Monte Real. Muy de aparatico rotulador. Como improvisada. ¿Se habría dado alguien a falsificar Monte Real? No sé, pero no me luce. Como que no hay buen lucro en el julepe, considerando. Allá los expertos en etiquetas de Monte Real que opinen.

Una bonita nariz de flores secas y cuero, con notas de oxidativas de consomé de res y caramelo. Lo curioso es que bajo estos aromas tan de rioja ya mayorcito baten oleadas frutales fresquísimas, muy vibrantes.

¿Sospechosamente vibrantes?

No, hombre, es que me estoy poniendo demasiado retrospectivamente paranoico con lo del artículo de Slate. En boca el vino resulta un poquito grande de busto para su esbelto cuerpo, si se me permite semejante personalización… Lo sobrado se le perdona por lo delicioso que resulta el conjunto: Dulcemente afrutado entre elementos mucho más adultos, con vibrante acidez y aspectos de tabaco y especias en un posgusto largo y sabroso.

Aportación de Brad Kane fue el La Rioja Alta, “Gran Reserva 904″, Rioja 1970 que probamos a continuación. Nariz inicialmente tímida, que se toma su tiempo para ceder esos aromas de chocolate malteado tan característicos del 904. También huele a tinta china, té negro, incienso y violetas, entre muchas otras cosas. Sólo apunté en mi libreta negra: “Complejo, perfumado, ligero… Pero sobre todo vivísimo. Vino en HD y 3D.”

Tondonia Gran Reserva 1970

Seguimos con otra de las mías, un R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran Reserva, Rioja 1970 que tuvo que ser una de las mejores botellas de este vino que he probado en mi vida. Y miren que he consumido una buena cantidad de él a través de los años… Aquí lo sorprendente y ganador era la increible frescura. Un golpe eléctrico de fruta roja que inmediatamente se ve matizado por barro caliente, incienso, rosas secas, orégano, carne curada y coco tostado. Erguido, enérgico y gregario, éste es un Tondonia con un cuerpo maravilloso y fenomenal estructura, que está dando muchísimo ahora, pero aún tiene más que dar en adelante. Posgusto muy largo, suculento.  Uno del que nunca podría cansarme.

No sé en realidad cual sería la idea de poner los dos Tondonias en fila, con el blanco segundo. Quizás los amigos al otro lado de la mesa pensaron que sería oportuno recordarnos lo poderosos que pueden ser los blancos de López de Heredia. La cuestión es que el R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Gran Reserva, Rioja 1970 se bastaba y sobraba

Mollejitas crujientes con romesco y frisée en Apiary.

solito para hacernos olvidar los vinos anteriores. Se oyó a un par de los celebrantes exclamar: “¿Cuán viejo dices que es esto?” Fresco como si recién llegara al mundo, el sancerre de Cotat se sentía vetusto en comparación. Un Tondonia blanco digno de rondas y rondas de “¡Olés!” Color dorado pálido con destellos verdosos, esto se ve muy, muy, muy, muy, muy fresco de verdad. Luminoso. Jovencísimo. Huele a hoja de tabaco, especias, cera, cítricos variados—flor y fruto—y membrillo. Y piedras calientes. Y guisantes. Y más piedras. Firme, con tremendo nervio, te hace la boca agua. Larguísimo. Intenso. Estaba yo dejándolo jugar con las mollejitas crujientes que me habían servido (porque esa interacción no era para matrimonio, sino más bien de coqueteo interesante) cuando, demasiado rápido, volvimos a los tintos.

La tercera de mis contribuciones a la celebración apareció ante mí. Esa botella del Château Lafleur-Pétrus, Pomerol 1970 me la regaló Jayson hacía años, una vez que visitamos juntos a The Royal Wine Co. Yo, como suele suceder cuando un buen amigo me regala una botella especial, le dije

Château Lafleur-Pétrus 1970

que lo justo sería que la compartiésemos en alguna ocasión futura. ¿Y qué mejor que las cuatro décadas de mi amigo?

El caso es—y entender esto depende de que hayan leido diligentemente el artículo de Mike Steinberger, reitero; no me hago responsable si no lo leyeron—que ahora todo lo que hayamos comprado alguna vez en aquella tienda que tanto nos fascinó se ve manchado por la sospecha, aún tratándose de una botella relativamente económica.

Lo peor de todo es que esa sospecha se extiende incluso a nuestros propios conocimientos. No hay manera de evitar pensar que alguna botella falsa puede haber coloreado lo que creemos entender de un vino u otro en su adultez, madurez y senectud. Todo ese mercado de vinos viejos del que tan alegremente habíamos participado ahora nos amenaza con ponernos en vergüenza. Aún si no somos megagastadores y no estamos hablando de mágnums de Pétrus de 1921. ¿Y qué pasa si aquello con lo que aprendimos era de mentira?

Pero tanto nefasteo no lleva a mucho. Lo único que hace es joder. Esta botella de Lafleur-Pétrus, al menos exteriormente, aparentaba su edad. El

Château Giscours 1970

vino, por su parte, estaba riquísimo. Una nariz de menta fresca, chocolate, grafito, flores secas y frutas rojas, limpia, expresiva y expansiva. En boca es un vino vaporoso y vivaz. Se mueve bonito. El posgusto es interminable, y el vino, por ello, infinitamente disfrutable. Con el tiempo en la copa, aunque conserva siempre su suavidad y ligereza, va ganando en amplitud y dulzor. Bello.

Era obvio que, entrados en burdeos clásicos, ya no hab;ia vuelta atrás. Continuamos con un Château Giscours, Margaux 1970 que era un vino robusto y sumamente juvenil. Arbustos, humo, sándalo y fruta negra aún sumamente primaria y apretadísima de carnes. Potente. Bastante tánico en un posgusto que me encontré francamente austero y un poco rústico.

Seguir en la misma comarca de Burdeos era algo lógico. El próximo vino fue

Château Palmer 1970

el Château Palmer, Margaux 1970 y no hubiese podido ser más distinto de su predecesor aunque se lo hubiese propuesto. Un vino precioso—juvenil y sofisticado. Toda una gama de flores y especias sobre fresas frescas y naranja rubí. Elegante. Delicado de tacto. Puro. Larguísimo. Una auténtica dama, cuya delicadeza de maneras y profundidad de mensajes resulta tremendamente estimulante.

La apreciación sobre el Château Magdelaine, Saint-Émilion 1970 que siguió es del Dr. K. La anoté textualmente, tan de acuerdo estaba… “Es como si el Giscours y el Palmer se hubieran fusionado, pero más suculento y dulce. Y joven.” No hay que decir más. Magdelaine nunca decepciona.

En cambio, el Château Mouton-Rothschild, Pauillac 1970 que vino

Château Mouton-Rothschild 1970

después fue una prueba entre tantas de que, al menos a Camblor, el Mouton lo desencanta mas veces que las que le encanta. Cedro, cuero, bastante menta y frambuesas a la crema. En boca raya en lo mermeladesco y eso lo vulgariza. Es ahí donde me pierde. Tiene buena estructura y concentración, pero una inmensa brecha lo separa del nivel de clase y refinamiento, por ejemplo, del Palmer. Uno del que hubiese podido pasar. BUeno, me quedo con el dibujo de Chagall que adorna la etiqueta, que bonito sí que es.

A continuación, una vuelta a los músculos y el machovinismo con el Château Montrose, Saint-Estèphe 1970. A los cuarenta años, un Montrose de los de antes es un bebé (la parkerización ha cambiado mucho el perfil de este vino, haciéndolo

Château Montrose 1970

mucho más accesible más pronto, pero a la vez robándole complejidad, expresión de terruño y posiblemente longevidad, en mi opinión), cosa que esta botella dejó ampliamente demostrada. Compacto, fibroso, de voz grave y tono serio. Cedro, sangre, piedras trituradas, hojarasca, arándano seco,  carne y ropa recién salida de la secadora (así mismo dije, no leyeron mal)  sobre fruta negra densa. Poderoso y complejo donde los haya. Ni especularé sobre el tiempo que pueda requerir esto para suavizarse y amabilizarse un poco.

Es un extraño sentimiento—vuelvo a insistir—el que me posee mientras transcribo todas estas notas de bebienda. Después de todo, como ya he dicho, muchos de estos vinos bien pudieron haber salido de la tienda implicada en el escándalo de fraude según el artículo de Slate. El mayor conflicto: Si alguno de los vinos más sublimes de esta velada era falso, pues su autor tiene todo el derecho de considerarse un artista. ¿El Lafleur-Pétrus? Exquisito. ¿El Palmer? Ni se diga. ¿El Magdelaine? Indiscutiblemente admirable y con mucho futuro por delante. ¿Este último Montrose? Pues lleva lo que para mí parece  ser el sello de esa propiedad… Pero cuando nos enteramos de que el mundo es un lugar sucio, imposible no ver embarros por todas partes. Puede que este affaire Rodenstock y las pataletas de Bill Koch marquen el momento en que perdimos la inocencia y comenzamos a desconfiar. Incluso a desconfiar sanamente. Porque ser un poco más resguardados en cuanto a lo que nos venden podría conducirnos a ser un poco más frugales en cuanto a los lujos que decidimos darnos.

No hay mal que por bien no venga.

O algo así.

El último de la noche. Un regalo especial para Jayson del gran Victor L. Me pongo a pensar en lo que dijo aquel representante de Château Pétrus en el artículo sobre las falsificaciones en cuanto a los dudosos mágnums de Pétrus 1921: Pétrus en los veinte era considerado un mero vinito de mesa, para beberse más bien joven, y no la leyenda que es ahora. Poco probable que se embotellara mucho de una añada, por buena que fuera, en formatos grandes. Sencillamente no estaba en la cultura lo de envejecerlo.

Château Léoville-Poyferré 1959, culminación de una noche estelar.

¿De cuántos de los vinos de este cumpleaños se podría decir eso? Seguro del Château Léoville-Poyferré, Saint-Julien 1959 del que, gracias a Victor, íbamos a disfrutar. Hasta el otro día, el “Léo-P”—como lo llamábamos algunos de sus fans—era un burdeos de veinte o treinta y pico de dólares. Luego vino Michel Rolland. Y Parker. Y ahora ya, pobrecito, no es ni la sombra de lo bueno y buena compra que era. El 59 fue una añada magnífica, legendaria. Todos los componentes de la botella aparentan los años que dicen tener. Porque habría que ser muy perverso para falsificar esto. Lafite o Latour, no te digo.

Y esta botella, me atrevo a decirlo, era de veras, veras. Un perfume que se abre ante uno como un gran abanico de galletas de canela, jengibre, nueces, sotobosque, naranja, lilas, cuero, tierra… Luego se convierte en las más divinas natillas que has probado en tu vida. Luego vuelve a un plano más vínico y da fruta sorprendentemente fresca aún con tonos especiados y cera caliente. Un prodigio de complejidad y expresividad, el aroma me dejó

Al final de una buena noche...

lelo por un buen rato. Albaricoques secos, humo, naranja otra vez, flores funerarias… En boca es sedoso, profundo y tan complejo como en nariz. Te llena la cabeza. Vivísimo y muy largo, es un vino que presenta todas las características de su edad, pero con una energía innegablemente joven. Maravilloso.

Y al final, con todas las dudas que el caso de los amigos de la Royal Wine Co. pone sobre la mesa, se trata de beber, abrir botellas y disfrutar. Ves la mesa al final de la noche, cuando ya pagamos la cuenta, y te olvidas de todo. Estás feliz por haber pasado una noche entre amigos, unidos por buenos vinos. No quiero más certificado de autenticidad que ese sentimiento.

El fútbol y yo. Par de cositas…

Ayer confesé en Facebook que no soy muy futbolero, la verdad. Lo del Mundial a mí, ni fu ni fa. Bueno, a menos que se ponga la cosa muy interesante y, de repente, comience a no poder evitar acercarme a la tele.

No sé. Me estoy convenciendo de que, en efecto, soy un tipo raro. Mis amigos están todos en festejar este evento y yo aquí, declarando que me voy a hacerle compañía a las chicas (las no interesadas por el deporte en cuestión, claro).

Caso es que durante el Mundial probablemente abra los mismos vinos que hubiese abierto en tiempo normal. O nada, porque ahora mismo me ocupa un gripazo selvático de órdago. Ah, también es muy probable que siga sin poder soportar la voz de Shakira.

Hasta aquí el momento de autorrevelación.

Ahora, un par de vainas que me saltaron a la vista en los boletines publinoticiosos de Decanter.com, porque es muy difícil cambiar totalmente de onda y a veces la cultureta te la pone a huevo.

La primera llegó ayer, con el rimbombantemente hilarante titular  ”El viagra es la mayor competencia para la champaña“. Aparentemente, tal es la opinión de Pierre-Emmanuel Taittinger, ejecutivo en jefe de la epónima marca de Champagne. Esto lo dijo en la Cumbre Global del Lujo Reuters (existe semejante cosa…) a manera de demarcar nuevas fronteras para la competencia. ¡Porque si la recesión mundial no era suficiente, ahora las pastillitas para singar! La champaña, como se dice aquí en la tierra en la que ahora habito, “‘tá fea pa’ la foto”.

Aparentemente, la estrategia de Taittinger (el individuo y la casa que dirige, que, por cierto, perdió un 10% de ventas en el 2009) parece ser presentar la champaña como un ente relajante y civilizante frente al estrés del deprimido mundo actual. Santos y buenos hasta ahí. Lo que no alcanzo a comprender es como va a respaldar el reclamo de que es un remedio igualmente eficaz para la disfunción eréctil que las pastillitas azules. Si bien no discuto yo que una botella de champaña, con la compañía adecuada, tiende a agilizar un poco cualquier intención erótica, también considero que hay que meterle ganas e imaginación al asunto.

Nada, sólo llamando la atención de los dos o tres que no estén ahora mismo borrachos de fútbol a las tonterías que surgen de prominentes personalidades de la cultureta. Podríamos tomar esto y emprender unas variaciones sobre el tema. Ayer mi querido amigo Iñaki Gómez Legorburu puso una cita de un renombrado oncólogo brasileño al efecto de que las industrias farmacéuticas invierten más en medicamentos para la disfunción eréctil y silicona para cirugía de pechos que en una cura para el alzheimer’s. Por ello vaticina que pronto se verá una inmensa comunidad geriátrica de penes duros y tetas globulares que, dementes perdidos, no recordarán para que sirven dichos aparatos. ¿Qué champaña beberán? ¿Recordarán para qué sirve la bebida de las burbujitas?

Lo otro es, francamente, algo que se cae de la mata desde hace tiempo, que unos empresarios ingleses han venido a institucionalizar. Resulta que ahora hay un “Club Trae-tu-propia-botella” en el Reino Unido. Ideado por Khadine y Christopher Rose en asociación con la cadena de tiendas de vino Nicolas, el club permite a sus miembros, por el pago de una cuota anual, poder llevar sus propias botellas a un gran número de restaurantes británicos sin tener que pagar tarifa de descorche.

Una bonita idea. Hasta que te enteras que la cuota anual es de entre £75 y £100. Eso, en un mundo de tarifas de descorche racionales habría que comer mucho fuera para amortizarlo. Pero claro, las tarifas de descorche en muchos lugares de este mundo en que nos ha tocado jodernos no son nada racionales. De hecho, en algunos lugares son de extorsión. Dice la pieza de Decanter. com que el promedio en Gran Bretaña es de unas £40, porque los restauradores no estaban muy en eso de dejar a sus clientes traer sus proias botellas a los restaurantes, fuesen lo especiales que fuesen dichas botellas.

Con el club, pues, los británicos ahora tienen aprobación automática para sacar a pasear el contenido de sus bodegas domésticas. Habrá que ver como les funciona esto.

Bueno, disfruten ustedes el Mundial. Yo me largo a la playa, que me hace falta descansar. Les dejo con un poquitico de música playera de la buena. Disfruten a ALO, la Animal Liberation Orchestra…

“Beber, abrir botellas y disfrutar” 3: ¡El after party!

Ya estaba yo hablando en la entrada anterior de que la muchedumbre en la cata de Louis/Dressner no me dejó tomar apuntes. Pues resulta que, aunque el número de gente era muchísimo menor, en el maravilloso after party del evento tampoco anoté nada. Lo que sí hice fue tomar muchas fotos. Es la naturaleza de la convivialidad humana, que las palabras fallan a la hora de representarla. Sin embargo, una imagen te pone prácticamente ahí, en medio de la acción de “beber, abrir botellas y disfrutar” con gente afín.

Me acompañó al after party César Castro. Notarán ustedes una peculiar expresión en su rostro en las fotos que de él aparecen aquí...

La generosidad de SFJoe a la hora de voluntariar su casa para estos julepes nunca dejará de sorprenderme. Tras concluir la cata pública, los Dressner y sus vignerons se encaminaron, junto a un selecto grupo de enómanos venidos de un montón de lugares, al apartamento de Joe. Era una noche fresca y allí nos esperaba un sabroso estofado. Además de vino, mucho vino. Y mucha risa con amigos viejos y nuevos.

Es una suerte que no haya sacado yo la libretita negra. Porque los a[untadores crónicos, hay que decirlo, somos un poco coñazos en términos sociales. Nuestra atención siempre está dividida y el papel y la pluma tiran fuerte. Pude darme al disfrute pleno. Lo que comentaré sobre algún vino es de memoria, porque vinos de recordar sí que los hubo. Pero miren ustedes, que de eso se trata esta entrada. De mirar y sentir lo que es "beber, abrir botellas y disfrutar".

Más botellas. Disfrutadas. En casa de SFJoe siempre aparece mucho vino austriaco interesantísimo. No sé por qué, pero esto me recuerda que mis dos aportaciones, alemanas ambas, estaban casi impotables por la cantidad de sulfuroso. Cosas. A veces me da por repensar esa proclividad al Mosela que siento.

Botellas. Abiertas. Muchas. Muchas muy disfrutadas...

No, no es déjà vu: Es Eric Texier en otra de las suyas.

José, Lee—y el de la derecha va a tener que perdonarme, porque en estos momentos he borrado su nombre completamente...

SFJoe, Alessandra Bera y Francesco Maule pillados en plena canción.

Más botellas disfrutadas. Las dos del Château Magdelaine 1990 fueron muy curiosas. Una era radicalmente distinta de la otra, más musculosa y silente, mientras que su hermana era despampanantemente gregaria. Es que cada botella es un mundo. A veces dos.

Arianna Occhipinti dando un merecido cariñito a su importador, el inimitable Joe Dressner.

Continuaba la fascinante lección de Eric, ya tardecito en la noche. Al fondo vemos al genial Jeff Connell, recién llegado de Canadá exclusivamente para este sarao.

Más de lo bebido y disfrutado. Bastantes austriacos interesantes. No así mis dos aportaciones alemanas, que estaban casi impotables por su nivel de sulfuroso.

Posteriormente a la velada, César me ha confesado que su expresión de incredulidad catatónica era por la propia naturaleza de esta reunión: Alegre, gregaria, sandunguera, inteligente... Pero sobre todo, viva y abierta. Algo que impacta a cualquiera que conozca el enoambiente al que retornaríamos en Santo Domingo.

¿Verdad que hablan por sí solas estas fotos? A mí, el mirarlas mientras las editaba y subía a esta entrega me ha traido a la mente una canción, cuyo estribillo adquiere una cierta imperiosidad en mi caso. Parece un mensaje enviado desde más arriba, una instrucción que imaginaría venida desde la divinidad misma—ésa en la que nunca he tenido la pereza mental para creer (aunque visto para sentencia, Paul Weller…) En fin, tocando la única versión de “Move On Up” que me atrevería a poner después de la del inmenso Curtis Mayfield, The Jam…

“Beber, abrir botellas y disfrutar” 2: Las masas y el poder…

Como verán, he adoptado aquella frase de mi querido  Laureano Serres y la he convertido en el título de esta serie de entradas felices en La otra botella. ¿Por qué será que las entradas felices casi todas cuentan sobre escapadas a Nueva York? Esta también es así.

Excepto que en realidad para mí la tarde que a continuación describiré no se trataba tanto de “beber, abrir botellas y disfrutar” (eso vendría después), sino de catar algunas cositas ágilmente en un evento multitudinario, asegurándome de que mi amigo César Castro—el intrépido  joven importador que está comenzando a introducir vinos de verdad a la República Dominicana—hiciera bastante networking y—dedos cruzados—conociese a unos cuantos elaboradores que representar acá.

Es que tocaba la cata primaveral abierta al público en general del portafolio de Louis/Dressner. Este evento usualmente ocurría en mi tienda manhattaniana favorita, Chambers Street Wines, pero se ha vuelto tan grande que ya la pobre tienda no da a basto y tienen que alquilar un local grande para albergar a la turba de gente que se apunta.

Bueno ver tanto interés por el vino de verdad. Ojalá algún día en Santo Domingo también fuera así.

Se preguntarán qué diablos ha pasado con mis interludios de “Cositas y cosotas”, que publicaba puntualmente cada viernes antes de aquel hiato que me tomé, que ha dejado el blog a la vez un poco descalabrado, pero también, irónicamente, con más enfoque de propósitos.

Pues la respuesta es sencilla: ¿Alguien ha visto últimamente las noticias de la cultureta del vino? ¡Vaya birria! No dan ni siquiera para buen cotilleo ya. Los corporativos andan en sus faenas, las seudoeminencias en las suyas… No hay ni un escandalito que valga la pena. A Bill Koch le dijeron que no fastidiara a la corte con su demanda a Acker, Merrall & Condit—todo parte de aquellos fraudes narrados en The Billionaire’s Vinegar—y jura que apelará. Bla, bla, bla. Ocurrió Vinoble 2010 y saltó alguien a pedirme que moviera “a mi red de espías” para que trajeran malas noticias de Jerez con las que regodearse en un poco de Schadenfreude. Pero es que no sé, hablar de Pancho Campo me parece tan aburrido, tan 2009 ya…

En fin, que ante el tedio que me produce la cultureta, que me resulta particularmente recoñásico hoy, prefiero rememorar lo bueno.

El evento ocurría durante la última semana de abril. Imposible olvidar que estábamos pasando por cierta fastidieta islándica máxima:

La erupción volcánica en Eyjafjallajokull y la subsecuente nube de cenizas impidió que muchos de los vignerons cuyos vinos engalanan el portafolio de Louis/Dressner pudiesen llegar a Nueva York. Pero algunos lo lograron. Valientes. Dedicados. Sacrificados.

Y la tremenda concurrencia quizás logró que valiera la pena para los vignerons el esfuerzo. ¡Porque mira que habia gente en este sarao, titulado por sus organizadores Real Wine Live 2010—Volcano Edition! Llegamos César y yo a tiempo, junto al Dr. K y a David Rodríguez, y tuvimos que esperar casi una hora en la puerta a que saliera público para poder nosotros entrar y darnos el baño de humanidad.

Yo le tenía toda una agenda a César y, hay que decirlo, el pobre cumplió y cató muchísimo. Hasta hizo contactos. Yo, por mi parte, viendo que la mesa dedicada a los vinos de Marc Ollivier y Alice y Olivier De Moor tenía una masa impenetrable de personas delante, tiré para otro lado. Como se vislumbraba la cosa, la mesa de los Chidaine también estaba ocupadísima. Y la de François Pinon. Y Thierry Puzelat es todo un superstar. También los Baudry.

Ya han pasado aquellos años en los que me hubiese yo abierto paso a codazos para pillar plaza ante una mesa de ésas.  Pero por mi mente zurcaba cierta sentencia célebre que me impedía tan siquiera contemplar semejante misión:

El muchacho que una vez fui no hubiese dejado pasar la oportunidad de catar, requiriese los empellones que requiriese. Pero a estas alturas, muchas veces paso. Prefiero “beber, abrir botellas y disfrutar” sin tener que joderme mucho. Helo ahí. Hay circunstancias que pueden hacerme seguir de largo.

Un espacito se abrió delante de la mesa donde servían beaujolais Candela Prol, de Chambers Street Wines, y Jean-Paul Brun. Me colé. Enseguida Candela sirvió vino en mi copa. El Jean-Paul Brun- Domaine des Terres Dorées, “Rosé de Folie”, Beaujolais 2009 es un vino de alucine. Fue lo primero que probé. Un poquito más redondo y melonesco que sus hermanos de añadas anteriores, esta suculencia no impide que explote de repente en el paladar medio con una mineralidad verdaderamente fenomenal. Brillantemente fresco. Delicioso.

Georges Descombes, Régnié "Vieilles Vignes" 2007

Creía que el blanco que me sirvió a continuación Jean-Paul era su chardonnay de siempre y me sorprendió lo redondón y madreselvesco que lo sentí, sobre todo por un inesperado elemento glicérico y un cierto apretón en el posgusto, cuya intensidad mineral me era familiar… Resulta que era un Jean-Paul Brun-Domaine des Terres Dorées, Rousanne, Vin de Table Français 2008. Sorpresivo. Interesante. Quizás si todavía viviera en Nueva York me hubiese enterado de esta nueva aventura de Brun. Pero al  Caribe  las noticias llegan más lentamente. O no llegan. La cuestión es que la rousanne de Jean-Paul es de los mismos viñedos con suelo de caliza en Charnay donde crece su chardonnay.

Probé más en esa mesa, pero la presión de la multitud, que invadía el breve espacio que me había hecho, me llevó a no apuntar nada. Al lado del nombre del Georges Descombes, Régnié “Vieilles Vignes” 2007 puse “√√√”, que es lo más cerca que llego yo a una valoración numérica del vino. Creo que quiere decir que estaba rico, vaporoso y olía a fresas, porque dibujé una especie de nube con una fresa y una flor dentro al lado de los “√”.

Tras este breve ejercicio en nomenclatura alternativa y temeroso de ser aplastado por una estampida de mamuts salvajes beodos, me refugié al lado de una mesa que, inexplicablemente, tenía muy poco público. Concretamente, quien estaba ahí cuando llegué era el inimitable Dr. K, conversando con un joven guapetón que resultó ser Olivier Rivière.

Olivier Rivière explica sus vinos al Dr. K.

Sí, ese Olivier Rivière, el francés transplantado en Rioja cuyos vinos han redefinido para mí (y creo que para unos cuantos otros) la noción de terroir riojano. Vinos de transparencia y autenticidad, no se andan con los maquillajes putongueros que han venido a caracterizar la “modernidad” riojana. Tampoco corresponden al arquetipo del rioja superclásico. Son otra cosa. Hablan un idioma perfectamente reconocible, sin afeites ni frivolidades. Eso me gusta mucho.

Probé el Olivier Rivière, “Rayos Uva”, Rioja 2008, que  está tan rico como aquel 2007 que me cautivara hace ya tiempo. Limpio, frutal y con muy buena estructura. En la hoja que me dieron a la entrada, sobre la cual hice mis gráficos comentarios, dibujé una lengua como la del logo de los Rolling Stones, con una gotita en la punta. Creo que lo dice todo.

El Olivier Rivière, “Gabacho”, Rioja 2008 es más grande y cerradote que el Rayos Uva. Lo sé porque dibujé un candado sin llave al lado de su nombre.

Probé otras cosas más, pero creo que he perdido la capacidad de enfocarme. Probé un magnífico merlot de Francesco Maule, el fascinante Sasa Radikon, “Jakot”, Venezia-Giulia 2004, que me llenó la cabeza de flores, y todo lo que traía Arianna Occhipinti, a quien al fin conocí en persona (tan encantadora como esperaba): Eran vinos sobre los que ya había comentado aquí en repetidas ocasiones. Magníficos.

Pero no tomé mis habituales notas detalladas. El gentío me lo impedía. Aunque veía caras de amigos entre él, no me sentía cómodo. Mi mente ya no era capaz de ejercer controles que antes ejercía con facilidad. O sea que decidí dejarme de vainas y salir a la calle un rato. Fuera esperé a que César terminara de catar todo lo catable. Y emprendimos la marcha hacia la segunda fase del evento. La privada. La buena.

Ya les contaré luego.