Como verán, he adoptado aquella frase de mi querido Laureano Serres y la he convertido en el título de esta serie de entradas felices en La otra botella. ¿Por qué será que las entradas felices casi todas cuentan sobre escapadas a Nueva York? Esta también es así.
Excepto que en realidad para mí la tarde que a continuación describiré no se trataba tanto de “beber, abrir botellas y disfrutar” (eso vendría después), sino de catar algunas cositas ágilmente en un evento multitudinario, asegurándome de que mi amigo César Castro—el intrépido joven importador que está comenzando a introducir vinos de verdad a la República Dominicana—hiciera bastante networking y—dedos cruzados—conociese a unos cuantos elaboradores que representar acá.
Es que tocaba la cata primaveral abierta al público en general del portafolio de Louis/Dressner. Este evento usualmente ocurría en mi tienda manhattaniana favorita, Chambers Street Wines, pero se ha vuelto tan grande que ya la pobre tienda no da a basto y tienen que alquilar un local grande para albergar a la turba de gente que se apunta.
Bueno ver tanto interés por el vino de verdad. Ojalá algún día en Santo Domingo también fuera así.
Se preguntarán qué diablos ha pasado con mis interludios de “Cositas y cosotas”, que publicaba puntualmente cada viernes antes de aquel hiato que me tomé, que ha dejado el blog a la vez un poco descalabrado, pero también, irónicamente, con más enfoque de propósitos.
Pues la respuesta es sencilla: ¿Alguien ha visto últimamente las noticias de la cultureta del vino? ¡Vaya birria! No dan ni siquiera para buen cotilleo ya. Los corporativos andan en sus faenas, las seudoeminencias en las suyas… No hay ni un escandalito que valga la pena. A Bill Koch le dijeron que no fastidiara a la corte con su demanda a Acker, Merrall & Condit—todo parte de aquellos fraudes narrados en The Billionaire’s Vinegar—y jura que apelará. Bla, bla, bla. Ocurrió Vinoble 2010 y saltó alguien a pedirme que moviera “a mi red de espías” para que trajeran malas noticias de Jerez con las que regodearse en un poco de Schadenfreude. Pero es que no sé, hablar de Pancho Campo me parece tan aburrido, tan 2009 ya…
En fin, que ante el tedio que me produce la cultureta, que me resulta particularmente recoñásico hoy, prefiero rememorar lo bueno.
El evento ocurría durante la última semana de abril. Imposible olvidar que estábamos pasando por cierta fastidieta islándica máxima:
La erupción volcánica en Eyjafjallajokull y la subsecuente nube de cenizas impidió que muchos de los vignerons cuyos vinos engalanan el portafolio de Louis/Dressner pudiesen llegar a Nueva York. Pero algunos lo lograron. Valientes. Dedicados. Sacrificados.
Y la tremenda concurrencia quizás logró que valiera la pena para los vignerons el esfuerzo. ¡Porque mira que habia gente en este sarao, titulado por sus organizadores Real Wine Live 2010—Volcano Edition! Llegamos César y yo a tiempo, junto al Dr. K y a David Rodríguez, y tuvimos que esperar casi una hora en la puerta a que saliera público para poder nosotros entrar y darnos el baño de humanidad.
Yo le tenía toda una agenda a César y, hay que decirlo, el pobre cumplió y cató muchísimo. Hasta hizo contactos. Yo, por mi parte, viendo que la mesa dedicada a los vinos de Marc Ollivier y Alice y Olivier De Moor tenía una masa impenetrable de personas delante, tiré para otro lado. Como se vislumbraba la cosa, la mesa de los Chidaine también estaba ocupadísima. Y la de François Pinon. Y Thierry Puzelat es todo un superstar. También los Baudry.
Ya han pasado aquellos años en los que me hubiese yo abierto paso a codazos para pillar plaza ante una mesa de ésas. Pero por mi mente zurcaba cierta sentencia célebre que me impedía tan siquiera contemplar semejante misión:
El muchacho que una vez fui no hubiese dejado pasar la oportunidad de catar, requiriese los empellones que requiriese. Pero a estas alturas, muchas veces paso. Prefiero “beber, abrir botellas y disfrutar” sin tener que joderme mucho. Helo ahí. Hay circunstancias que pueden hacerme seguir de largo.
Un espacito se abrió delante de la mesa donde servían beaujolais Candela Prol, de Chambers Street Wines, y Jean-Paul Brun. Me colé. Enseguida Candela sirvió vino en mi copa. El Jean-Paul Brun- Domaine des Terres Dorées, “Rosé de Folie”, Beaujolais 2009 es un vino de alucine. Fue lo primero que probé. Un poquito más redondo y melonesco que sus hermanos de añadas anteriores, esta suculencia no impide que explote de repente en el paladar medio con una mineralidad verdaderamente fenomenal. Brillantemente fresco. Delicioso.

Georges Descombes, Régnié "Vieilles Vignes" 2007
Creía que el blanco que me sirvió a continuación Jean-Paul era su chardonnay de siempre y me sorprendió lo redondón y madreselvesco que lo sentí, sobre todo por un inesperado elemento glicérico y un cierto apretón en el posgusto, cuya intensidad mineral me era familiar… Resulta que era un Jean-Paul Brun-Domaine des Terres Dorées, Rousanne, Vin de Table Français 2008. Sorpresivo. Interesante. Quizás si todavía viviera en Nueva York me hubiese enterado de esta nueva aventura de Brun. Pero al Caribe las noticias llegan más lentamente. O no llegan. La cuestión es que la rousanne de Jean-Paul es de los mismos viñedos con suelo de caliza en Charnay donde crece su chardonnay.
Probé más en esa mesa, pero la presión de la multitud, que invadía el breve espacio que me había hecho, me llevó a no apuntar nada. Al lado del nombre del Georges Descombes, Régnié “Vieilles Vignes” 2007 puse “√√√”, que es lo más cerca que llego yo a una valoración numérica del vino. Creo que quiere decir que estaba rico, vaporoso y olía a fresas, porque dibujé una especie de nube con una fresa y una flor dentro al lado de los “√”.
Tras este breve ejercicio en nomenclatura alternativa y temeroso de ser aplastado por una estampida de mamuts salvajes beodos, me refugié al lado de una mesa que, inexplicablemente, tenía muy poco público. Concretamente, quien estaba ahí cuando llegué era el inimitable Dr. K, conversando con un joven guapetón que resultó ser Olivier Rivière.

Olivier Rivière explica sus vinos al Dr. K.
Sí, ese Olivier Rivière, el francés transplantado en Rioja cuyos vinos han redefinido para mí (y creo que para unos cuantos otros) la noción de terroir riojano. Vinos de transparencia y autenticidad, no se andan con los maquillajes putongueros que han venido a caracterizar la “modernidad” riojana. Tampoco corresponden al arquetipo del rioja superclásico. Son otra cosa. Hablan un idioma perfectamente reconocible, sin afeites ni frivolidades. Eso me gusta mucho.
Probé el Olivier Rivière, “Rayos Uva”, Rioja 2008, que está tan rico como aquel 2007 que me cautivara hace ya tiempo. Limpio, frutal y con muy buena estructura. En la hoja que me dieron a la entrada, sobre la cual hice mis gráficos comentarios, dibujé una lengua como la del logo de los Rolling Stones, con una gotita en la punta. Creo que lo dice todo.
El Olivier Rivière, “Gabacho”, Rioja 2008 es más grande y cerradote que el Rayos Uva. Lo sé porque dibujé un candado sin llave al lado de su nombre.
Probé otras cosas más, pero creo que he perdido la capacidad de enfocarme. Probé un magnífico merlot de Francesco Maule, el fascinante Sasa Radikon, “Jakot”, Venezia-Giulia 2004, que me llenó la cabeza de flores, y todo lo que traía Arianna Occhipinti, a quien al fin conocí en persona (tan encantadora como esperaba): Eran vinos sobre los que ya había comentado aquí en repetidas ocasiones. Magníficos.
Pero no tomé mis habituales notas detalladas. El gentío me lo impedía. Aunque veía caras de amigos entre él, no me sentía cómodo. Mi mente ya no era capaz de ejercer controles que antes ejercía con facilidad. O sea que decidí dejarme de vainas y salir a la calle un rato. Fuera esperé a que César terminara de catar todo lo catable. Y emprendimos la marcha hacia la segunda fase del evento. La privada. La buena.
Ya les contaré luego.
Te iba a hacer una pregunta y termino pensando que lo mejor será hacer la comprobación empírica, probando unos y otros. Me refiero a la distinción que haces entre los vinos de Olivier Riviere (que nunca he probado) y los riojas que llamas super clásicos. Y por qué eso de afeites y frivolidades?
¿Qué es lo que tengo que explicarte? “Sin afeites y frivolidades” se refiere al amueblamiento que llevan tantos riojas en la actualidad, trátese de levaduritas de diseño/osmosis/roble nuevo o del decorado clásico de los riojas tradicionales (ya sabes, la madera usada, preferiblemente americana, las trasiegas, la larga crianza). Si bien objeto al primer tipo de “decorado”, el segundo, bien logrado, me gusta.
Estos vinos de Rivière andan a su propio aire, sin querer encajar en un molde o el otro. Comunican. Eso es lo que me gusta.
M.
Ese rosado de Brun me resultó un desencanto absoluto la añada pasada. Y mira que de las botellas bebidas de Brun he chupado hasta el culo de la botella de lo buenos que estaban.
Jose
Bueno, Jose, no podemos coincidir en todo. A mi e 2007 me ha encantado cada vez que lo he probado (ésta creo que es mi tercera añada). Quizás esperabas algo diferente. O lo estabas comparando con algún rosadote navarro, no sé…:-)
M.
Me alegro de disentir
No jo… con compararlo con rosados de Navarra, ca’rosado en su lugar… Me resultó totalmente inexpresivo, creo que lo califiqué como Mr. Nothing Rosée. No era tampoco una cuestión de expectativas defraudadas, es que no decía ni mú :-/
Jose
Pues no sé lo que puede haber pasado ahí, Jose. Si bien se trata de un rosado de dimensiones modestas en comparación con algunos monstruos que se ven por ahí, no me parece que típico ese mutismo que describes.
Pero imagínate, si va uno a ponerse a responder por cada botella de vino… Yo lo recomiendo en base a mi experiencia, que ha sido cnsistentemente deliciosa.
M.
Anda sí, se va a poner uno a justificar cada botella y cada copa. Lo que nos faltaba pa’l duro
Vere(mos) en siguientes botellas si fue un caso aislado, motivado por el viaje desde Logroño a Madrid y posterior mudanza mía, o sencillamente que yo no le saco más a este vino.
Jose
Manuel, he conocido recientemente a Olivier Riviere en una cata de sus vinos a la que quise asistir. Coincido con tus impresiones; son vinos expresivos, limpios, francos, sin nada que ocultar y que evocan el terruño. El blanco, a base de viura, me resultó sublime y su manejo de la madera para hacernos pensar.
Recuerdos desde La Rioja.
P. S.: Envíame un correo, que no te tengo localizado por mail.