“Beber, abrir botellas y disfrutar” 4: Dices que es tu cumpleaños…

Iba a publicar esta entrada anteayer, pero el día se me complicó y no lo hice. Un giro irónico, considerando que ayer en la tarde me llegó este aplastante artículo de Mike Steinberger en Slate, que la velada de la cual iba a contarles incluía bastante vino añejo y que, fíjense ustedes, más de uno entre los que esa noche bebíamos, abríamos botellas y disfrutábamos en Apiary hemos sido clientes de la Royal Wine Company en Nueva York. Ninguno, eso sí, es fan de Robert M. Parker, Jr.

¿Ya se leyeron el articulazo de Steinberger? Pues podemos comenzar, entonces.

Nada hay, entre el círculo de enochalados neoyorquinos que frecuento, como uno de esos cumpleaños “transcendentes”, los que acaban en cero. Mi

Nuestro festejado, a la diestra del Dr. K y, al fondo, Victor L, al principio de la festividad. De ahí en adelante nos soltamos el pelo...

gran amigo Jayson cumplía cuarenta ese final de abril y nos reunimos en el restaurante de Scott Bryan un buen lunes (noche de traer botellas propias sin tarifa de descorche, lo que hace múltiplemente maravilloso este sitio) para celebrar como debe ser. Hacía menos de una semana que yo había cumplido cuarenta y dos, que pasaron sin celebración mayor que una cenita fuera en Santo Domingo. Secretamente, yo me incluía en el festejo de Apiary. O no tan secretamente. A alguien se lo habré mencionado, al son de los Beatles con aquello de “You say it’s your birthday;/It’s my birthday, too…

Pascal Cotat, "La Grande Côte" 2000

Los duchos en matemáticas ya habrán sacado la cuenta. Cumplir cuarenta en el 2010 implica que naciste en 1970, una añada bastante agraciada en diversas regiones vínicas importantes. Mucho buen burdeos. Mucho buen rioja. Y yo, como siempre siento envidia, porque nací en 1968, añada más bien mezquina en cuanto a grandes vinos…

Comenzamos las libaciones con un Pascal Cotat, “La Grande Côte”, Sancerre 2000 que en un principio me asaltó con cierta pestecilla a calcetín sudado, pestecilla que se semirresolvió rápidamente para dar paso al carnaval de tropicalismos aromáticos más estrambótico que he olido en buen tiempo. Explosiones de piña, maracuyá y guayaba bajo nubes de madreselva y una capa de mineralidad electrizante. Un vino-despertador donde los haya, de un impacto que podría parecer un tanto excesivo si uno no lo sabe interpretar, no perdiendo de vista sus encantos más sutiles. Lo de los calcetines vuelve por momentos y acaba por molestarme lo suficiente como para desconcentrarme. Otros en la mesa disfrutan este Grande Càte mucho más que yo. Un vino poderoso, de una exuberancia que por momentos podría ocultar su profundidad.

Crudo de hamachi en Apiary

Ví en la distancia una botella de Tondonia blanco. Pero, siendo este grupo como es, probablemente no sería consumido en las preliminares. No me sorprendió en lo absoluto que el genial crudo de hamachi del chef Bryan quedase en un espacio intersticial en cuanto a vino acompañante. Si habías guardado alguito del sancerre, pues eso. Si no, a darle a uno de los tintos iniciales.

A decir verdad, mi haber vínico neoyorquino se me ha vuelto un tanto desordenado. Antes, cuando podía ir frecuentemente al almacén donde guardo mis vinos, mantenía un cierto control de donde estaban las cosas. Pero ahora paso dos y tres meses sin ir al casillero—y cuando voy es

Monte Real Gran Reserva 1970, noten la tipográficamente variopinta etiqueta del cuello...

solamente por unos minutos, a buscar algo fácil. Había echado mano a un par de riojas y a otra botella del 70 que tenía un significado especial para mi a causa de Jayson, pues él mismo me la regaló una vez. Y una de mis contribuciones fue el primer tinto en caer, un Bodegas Riojanas, “Monte Real” Gran Reserva, Rioja 1970.

Esa botella fue fácil de ubicar por haber sido una adquisición bien reciente. La compré en una tienda neoyorquina en uno de mis últimos viajes y me pareció un buen momento para abrirla. Bromeé patibulariamente sobre la etiqueta del cuello, en la cual la leyenda “Gran Reserva” aparecía en una tipografía que nada tenía que ver con todas las demás utilizadas en las etiquetas del Monte Real. Muy de aparatico rotulador. Como improvisada. ¿Se habría dado alguien a falsificar Monte Real? No sé, pero no me luce. Como que no hay buen lucro en el julepe, considerando. Allá los expertos en etiquetas de Monte Real que opinen.

Una bonita nariz de flores secas y cuero, con notas de oxidativas de consomé de res y caramelo. Lo curioso es que bajo estos aromas tan de rioja ya mayorcito baten oleadas frutales fresquísimas, muy vibrantes.

¿Sospechosamente vibrantes?

No, hombre, es que me estoy poniendo demasiado retrospectivamente paranoico con lo del artículo de Slate. En boca el vino resulta un poquito grande de busto para su esbelto cuerpo, si se me permite semejante personalización… Lo sobrado se le perdona por lo delicioso que resulta el conjunto: Dulcemente afrutado entre elementos mucho más adultos, con vibrante acidez y aspectos de tabaco y especias en un posgusto largo y sabroso.

Aportación de Brad Kane fue el La Rioja Alta, “Gran Reserva 904″, Rioja 1970 que probamos a continuación. Nariz inicialmente tímida, que se toma su tiempo para ceder esos aromas de chocolate malteado tan característicos del 904. También huele a tinta china, té negro, incienso y violetas, entre muchas otras cosas. Sólo apunté en mi libreta negra: “Complejo, perfumado, ligero… Pero sobre todo vivísimo. Vino en HD y 3D.”

Tondonia Gran Reserva 1970

Seguimos con otra de las mías, un R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran Reserva, Rioja 1970 que tuvo que ser una de las mejores botellas de este vino que he probado en mi vida. Y miren que he consumido una buena cantidad de él a través de los años… Aquí lo sorprendente y ganador era la increible frescura. Un golpe eléctrico de fruta roja que inmediatamente se ve matizado por barro caliente, incienso, rosas secas, orégano, carne curada y coco tostado. Erguido, enérgico y gregario, éste es un Tondonia con un cuerpo maravilloso y fenomenal estructura, que está dando muchísimo ahora, pero aún tiene más que dar en adelante. Posgusto muy largo, suculento.  Uno del que nunca podría cansarme.

No sé en realidad cual sería la idea de poner los dos Tondonias en fila, con el blanco segundo. Quizás los amigos al otro lado de la mesa pensaron que sería oportuno recordarnos lo poderosos que pueden ser los blancos de López de Heredia. La cuestión es que el R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Gran Reserva, Rioja 1970 se bastaba y sobraba

Mollejitas crujientes con romesco y frisée en Apiary.

solito para hacernos olvidar los vinos anteriores. Se oyó a un par de los celebrantes exclamar: “¿Cuán viejo dices que es esto?” Fresco como si recién llegara al mundo, el sancerre de Cotat se sentía vetusto en comparación. Un Tondonia blanco digno de rondas y rondas de “¡Olés!” Color dorado pálido con destellos verdosos, esto se ve muy, muy, muy, muy, muy fresco de verdad. Luminoso. Jovencísimo. Huele a hoja de tabaco, especias, cera, cítricos variados—flor y fruto—y membrillo. Y piedras calientes. Y guisantes. Y más piedras. Firme, con tremendo nervio, te hace la boca agua. Larguísimo. Intenso. Estaba yo dejándolo jugar con las mollejitas crujientes que me habían servido (porque esa interacción no era para matrimonio, sino más bien de coqueteo interesante) cuando, demasiado rápido, volvimos a los tintos.

La tercera de mis contribuciones a la celebración apareció ante mí. Esa botella del Château Lafleur-Pétrus, Pomerol 1970 me la regaló Jayson hacía años, una vez que visitamos juntos a The Royal Wine Co. Yo, como suele suceder cuando un buen amigo me regala una botella especial, le dije

Château Lafleur-Pétrus 1970

que lo justo sería que la compartiésemos en alguna ocasión futura. ¿Y qué mejor que las cuatro décadas de mi amigo?

El caso es—y entender esto depende de que hayan leido diligentemente el artículo de Mike Steinberger, reitero; no me hago responsable si no lo leyeron—que ahora todo lo que hayamos comprado alguna vez en aquella tienda que tanto nos fascinó se ve manchado por la sospecha, aún tratándose de una botella relativamente económica.

Lo peor de todo es que esa sospecha se extiende incluso a nuestros propios conocimientos. No hay manera de evitar pensar que alguna botella falsa puede haber coloreado lo que creemos entender de un vino u otro en su adultez, madurez y senectud. Todo ese mercado de vinos viejos del que tan alegremente habíamos participado ahora nos amenaza con ponernos en vergüenza. Aún si no somos megagastadores y no estamos hablando de mágnums de Pétrus de 1921. ¿Y qué pasa si aquello con lo que aprendimos era de mentira?

Pero tanto nefasteo no lleva a mucho. Lo único que hace es joder. Esta botella de Lafleur-Pétrus, al menos exteriormente, aparentaba su edad. El

Château Giscours 1970

vino, por su parte, estaba riquísimo. Una nariz de menta fresca, chocolate, grafito, flores secas y frutas rojas, limpia, expresiva y expansiva. En boca es un vino vaporoso y vivaz. Se mueve bonito. El posgusto es interminable, y el vino, por ello, infinitamente disfrutable. Con el tiempo en la copa, aunque conserva siempre su suavidad y ligereza, va ganando en amplitud y dulzor. Bello.

Era obvio que, entrados en burdeos clásicos, ya no hab;ia vuelta atrás. Continuamos con un Château Giscours, Margaux 1970 que era un vino robusto y sumamente juvenil. Arbustos, humo, sándalo y fruta negra aún sumamente primaria y apretadísima de carnes. Potente. Bastante tánico en un posgusto que me encontré francamente austero y un poco rústico.

Seguir en la misma comarca de Burdeos era algo lógico. El próximo vino fue

Château Palmer 1970

el Château Palmer, Margaux 1970 y no hubiese podido ser más distinto de su predecesor aunque se lo hubiese propuesto. Un vino precioso—juvenil y sofisticado. Toda una gama de flores y especias sobre fresas frescas y naranja rubí. Elegante. Delicado de tacto. Puro. Larguísimo. Una auténtica dama, cuya delicadeza de maneras y profundidad de mensajes resulta tremendamente estimulante.

La apreciación sobre el Château Magdelaine, Saint-Émilion 1970 que siguió es del Dr. K. La anoté textualmente, tan de acuerdo estaba… “Es como si el Giscours y el Palmer se hubieran fusionado, pero más suculento y dulce. Y joven.” No hay que decir más. Magdelaine nunca decepciona.

En cambio, el Château Mouton-Rothschild, Pauillac 1970 que vino

Château Mouton-Rothschild 1970

después fue una prueba entre tantas de que, al menos a Camblor, el Mouton lo desencanta mas veces que las que le encanta. Cedro, cuero, bastante menta y frambuesas a la crema. En boca raya en lo mermeladesco y eso lo vulgariza. Es ahí donde me pierde. Tiene buena estructura y concentración, pero una inmensa brecha lo separa del nivel de clase y refinamiento, por ejemplo, del Palmer. Uno del que hubiese podido pasar. BUeno, me quedo con el dibujo de Chagall que adorna la etiqueta, que bonito sí que es.

A continuación, una vuelta a los músculos y el machovinismo con el Château Montrose, Saint-Estèphe 1970. A los cuarenta años, un Montrose de los de antes es un bebé (la parkerización ha cambiado mucho el perfil de este vino, haciéndolo

Château Montrose 1970

mucho más accesible más pronto, pero a la vez robándole complejidad, expresión de terruño y posiblemente longevidad, en mi opinión), cosa que esta botella dejó ampliamente demostrada. Compacto, fibroso, de voz grave y tono serio. Cedro, sangre, piedras trituradas, hojarasca, arándano seco,  carne y ropa recién salida de la secadora (así mismo dije, no leyeron mal)  sobre fruta negra densa. Poderoso y complejo donde los haya. Ni especularé sobre el tiempo que pueda requerir esto para suavizarse y amabilizarse un poco.

Es un extraño sentimiento—vuelvo a insistir—el que me posee mientras transcribo todas estas notas de bebienda. Después de todo, como ya he dicho, muchos de estos vinos bien pudieron haber salido de la tienda implicada en el escándalo de fraude según el artículo de Slate. El mayor conflicto: Si alguno de los vinos más sublimes de esta velada era falso, pues su autor tiene todo el derecho de considerarse un artista. ¿El Lafleur-Pétrus? Exquisito. ¿El Palmer? Ni se diga. ¿El Magdelaine? Indiscutiblemente admirable y con mucho futuro por delante. ¿Este último Montrose? Pues lleva lo que para mí parece  ser el sello de esa propiedad… Pero cuando nos enteramos de que el mundo es un lugar sucio, imposible no ver embarros por todas partes. Puede que este affaire Rodenstock y las pataletas de Bill Koch marquen el momento en que perdimos la inocencia y comenzamos a desconfiar. Incluso a desconfiar sanamente. Porque ser un poco más resguardados en cuanto a lo que nos venden podría conducirnos a ser un poco más frugales en cuanto a los lujos que decidimos darnos.

No hay mal que por bien no venga.

O algo así.

El último de la noche. Un regalo especial para Jayson del gran Victor L. Me pongo a pensar en lo que dijo aquel representante de Château Pétrus en el artículo sobre las falsificaciones en cuanto a los dudosos mágnums de Pétrus 1921: Pétrus en los veinte era considerado un mero vinito de mesa, para beberse más bien joven, y no la leyenda que es ahora. Poco probable que se embotellara mucho de una añada, por buena que fuera, en formatos grandes. Sencillamente no estaba en la cultura lo de envejecerlo.

Château Léoville-Poyferré 1959, culminación de una noche estelar.

¿De cuántos de los vinos de este cumpleaños se podría decir eso? Seguro del Château Léoville-Poyferré, Saint-Julien 1959 del que, gracias a Victor, íbamos a disfrutar. Hasta el otro día, el “Léo-P”—como lo llamábamos algunos de sus fans—era un burdeos de veinte o treinta y pico de dólares. Luego vino Michel Rolland. Y Parker. Y ahora ya, pobrecito, no es ni la sombra de lo bueno y buena compra que era. El 59 fue una añada magnífica, legendaria. Todos los componentes de la botella aparentan los años que dicen tener. Porque habría que ser muy perverso para falsificar esto. Lafite o Latour, no te digo.

Y esta botella, me atrevo a decirlo, era de veras, veras. Un perfume que se abre ante uno como un gran abanico de galletas de canela, jengibre, nueces, sotobosque, naranja, lilas, cuero, tierra… Luego se convierte en las más divinas natillas que has probado en tu vida. Luego vuelve a un plano más vínico y da fruta sorprendentemente fresca aún con tonos especiados y cera caliente. Un prodigio de complejidad y expresividad, el aroma me dejó

Al final de una buena noche...

lelo por un buen rato. Albaricoques secos, humo, naranja otra vez, flores funerarias… En boca es sedoso, profundo y tan complejo como en nariz. Te llena la cabeza. Vivísimo y muy largo, es un vino que presenta todas las características de su edad, pero con una energía innegablemente joven. Maravilloso.

Y al final, con todas las dudas que el caso de los amigos de la Royal Wine Co. pone sobre la mesa, se trata de beber, abrir botellas y disfrutar. Ves la mesa al final de la noche, cuando ya pagamos la cuenta, y te olvidas de todo. Estás feliz por haber pasado una noche entre amigos, unidos por buenos vinos. No quiero más certificado de autenticidad que ese sentimiento.

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14 Respuestas a “Beber, abrir botellas y disfrutar” 4: Dices que es tu cumpleaños…

  1. Ahora leeré bien la entrada porque he hecho un scroll rápido y me he ido a dar una vuelta de la mala hostia que me ha entrado… He visto nombres que me suenan…

  2. Atractivo y simple el menu de apiary, no lo conocia. Buenas las referencias de Bryan por Veritas, pero bourdain se encargo de acabar con su antiguo restaurante.

  3. Manuel Camblor

    Angel,

    Llevo escribiendo sobre Apiary (particularmente sus lunes sin descorche) prácticamente desde que abrió. Ha sido un excelente retorno para Scott, cuya cocina sigo fielmente desde Indigo. Luego Veritas fue un destino obligado durante el tiempo que estuvo allí. Apiary es Scott en ambiente más informal y con una cocina más “al desnudo”. A mí me encanta.

    Bourdain, aunque escribe bien y es un excelente showman, no es alguien que me tome muy en serio como ideólogo gastronómico. ¿Qué fue lo que hizo?

    M.

  4. Felipe Méndez

    Bueno el artículo de Steinberger, se lee con fruición a pesar de lo larguillo.

    Y tal vez sea prejuicio mío, pero no sé si me confiaría yo mucho de la accountability del marido se una pornstar. ¿O exagero?

  5. Mencionarlo en sus libros y darle demasiada fama.

  6. Manuel Camblor

    Definitivamente es prejuicio, Felipe, y muy feo, hombre. Mira que las estrellas del porno hacen una labor social muy salutaria para el mundo entero. Son seres humanos y también necesitan amor y comprensión. :-)

    No creo que sea justo impugnar el carácter de un hombre por estar casado con una estrella del porno. Lo otro con Rodenstock, pues, no te digo…

    Por cierto, es ex-marido. Ya no están casados.

    M.

  7. Manuel Camblor

    Angel,

    Suerte que yo hace años que veo a Tony Bourdain como un payaso muy entretenido y nada más. Después de la partida de Scott Bryan, Veritas, aunque era un restaurante de altísima calidad con una de las mejores listas de vino de Manhattan, no volvió a ser lo mismo.

    M.

  8. Hablando de labor social, aún recuerdo el gran film de la Cicciolina donde personificaba a una asistente social. Eso es labor social. Ese film y Operación Dragón no deberían faltar en ninguna videoteca que se precie.

  9. Buenas Manuel,
    Me encanta oir que Monte Real de 1970 esta en buenas condiciones y para nada muerto, yo opino lo mismo.
    Para mi es fascinante poder abrir botellas de esas añadas en bodega y poder disfrutar de la historia misma del vino y de la enología.
    Ya sabes donde estamos un abrazo Manuel.

  10. Manuel Camblor

    El 70 está muy bien, Pablo. Y conociendo como suelen ser esos Monte Reales, tiene larga vida por delante. Todavía recuerdo yo algunos ejemplares de los cuarentas que estaban de alucine no hace ni cinco años…

    M.

  11. Finalmente leí la nota de Steinberger en Slate. Gracias por el link. Los números son fantásticos. Sólamente en las facturas que el equipo de Koch encontró que van del 98 al 2008 hay 918 botellas de vinos rarísimos (y carísimos) incluyendo cientos de gran formato, etc. No puedo dejar de pensar que un comerciante de vinos sabe de qué se trata lo que tiene entre manos (o robado o falsificado).

    Pero por el lado de los compradores defraudados, aparece Koch denunciando y querellando. Me pregunto cómo habrá sido la historia de las cientos de botellas que han terminado en manos de otros compradores. Cuántas se han bebido y exaltado como las supuestas joyas que eran. Cuántas siguen pasando de mano en mano. Cuántas están esperando el gran día para ser celebradas y bebidas. Me imagino una cantidad enorme de decepciones. Y la pregunta del millón, qué vino les han puesto en vez del vino original.

  12. La pregunta que yo me hago es, ¿En realidad cuantos de estos compradores se darán cuenta de que les han tomado el pelo?

    Por otro lado ¿Cuantas de estas botellas en realidad serán consumidas? Muchos de estos “coleccionistas” compran estas cosas las tienen como trofeos sin ninguna intención de tomárselas.

    Muchas veces se olvida que los vinos son para beberlos y disfrutarlos, no para venerarlos. Mientras ser “coleccionista” de vinos se siga asociando con ser “culto”, “sofisticado” y “exitoso” me parece que existirá un mercado cautivo para este tipo de cosas.

  13. Buenas noches Manuel…
    El artículo en Slate y el libro de Wallace me dejaron desanimado, así que discúlpame el comentario sobre una frase del post: “Si alguno de los vinos más sublimes de esta velada era falso, pues su autor tiene todo el derecho de considerarse un artista.”
    Parece que Rodenstock (el artista) usaba esencias de diversos aromas y licores de café, menta, cassis, etc. para enriquecer sus vinos…
    Hice la prueba con un vino despreciable: quedó increíble de bueno. Si hasta a Parker le convencieron, no puedo culparme mucho… o sí?
    No le demos a los ladrones el derecho de denominarse artistas…
    Un abrazo.
    Luis

  14. Hola Luis. En realidad lo del “artista” es una línea más de humor patibulario de ése que tanto me gusta. Como toda broma, en una interpretación freudiana a las claras, es un mecanismo de defensa ante la posibilidad de haber uno hecho de primo durante décadas. Si alguno de los vinos de esa noche era de los falsos, creo queejoraravillarnos ante la pericia del falsificador (pues en verdad parecían reales) que que nos de una trombosis por el encabronamiento de haber sido timados.

    Esto, ojo, sí que li digo muy a conciencia. Si nos vamos a poner a juzgar a un alegado falsificador por usar potinguitos y artificios saporizantes, y son dichos potinguitos la marca de la falsedad, entonces un 95% (así, a ojo de buen cubero) de la industria del vino actual vive de falsificaciones. Una primera piedra va a ser complicadita de arrojar en este ambiente. La cultureta del vino es hoy por hoy, después de todo, casi entera humo, espejos y labia.

    Sigo aquí, en mi meditación veraniega, a ver si vuelvo con más fuerzas pronto.

    M.

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