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El fútbol y yo. Par de cositas…

Ayer confesé en Facebook que no soy muy futbolero, la verdad. Lo del Mundial a mí, ni fu ni fa. Bueno, a menos que se ponga la cosa muy interesante y, de repente, comience a no poder evitar acercarme a la tele.

No sé. Me estoy convenciendo de que, en efecto, soy un tipo raro. Mis amigos están todos en festejar este evento y yo aquí, declarando que me voy a hacerle compañía a las chicas (las no interesadas por el deporte en cuestión, claro).

Caso es que durante el Mundial probablemente abra los mismos vinos que hubiese abierto en tiempo normal. O nada, porque ahora mismo me ocupa un gripazo selvático de órdago. Ah, también es muy probable que siga sin poder soportar la voz de Shakira.

Hasta aquí el momento de autorrevelación.

Ahora, un par de vainas que me saltaron a la vista en los boletines publinoticiosos de Decanter.com, porque es muy difícil cambiar totalmente de onda y a veces la cultureta te la pone a huevo.

La primera llegó ayer, con el rimbombantemente hilarante titular  “El viagra es la mayor competencia para la champaña“. Aparentemente, tal es la opinión de Pierre-Emmanuel Taittinger, ejecutivo en jefe de la epónima marca de Champagne. Esto lo dijo en la Cumbre Global del Lujo Reuters (existe semejante cosa…) a manera de demarcar nuevas fronteras para la competencia. ¡Porque si la recesión mundial no era suficiente, ahora las pastillitas para singar! La champaña, como se dice aquí en la tierra en la que ahora habito, “‘tá fea pa’ la foto”.

Aparentemente, la estrategia de Taittinger (el individuo y la casa que dirige, que, por cierto, perdió un 10% de ventas en el 2009) parece ser presentar la champaña como un ente relajante y civilizante frente al estrés del deprimido mundo actual. Santos y buenos hasta ahí. Lo que no alcanzo a comprender es como va a respaldar el reclamo de que es un remedio igualmente eficaz para la disfunción eréctil que las pastillitas azules. Si bien no discuto yo que una botella de champaña, con la compañía adecuada, tiende a agilizar un poco cualquier intención erótica, también considero que hay que meterle ganas e imaginación al asunto.

Nada, sólo llamando la atención de los dos o tres que no estén ahora mismo borrachos de fútbol a las tonterías que surgen de prominentes personalidades de la cultureta. Podríamos tomar esto y emprender unas variaciones sobre el tema. Ayer mi querido amigo Iñaki Gómez Legorburu puso una cita de un renombrado oncólogo brasileño al efecto de que las industrias farmacéuticas invierten más en medicamentos para la disfunción eréctil y silicona para cirugía de pechos que en una cura para el alzheimer’s. Por ello vaticina que pronto se verá una inmensa comunidad geriátrica de penes duros y tetas globulares que, dementes perdidos, no recordarán para que sirven dichos aparatos. ¿Qué champaña beberán? ¿Recordarán para qué sirve la bebida de las burbujitas?

Lo otro es, francamente, algo que se cae de la mata desde hace tiempo, que unos empresarios ingleses han venido a institucionalizar. Resulta que ahora hay un “Club Trae-tu-propia-botella” en el Reino Unido. Ideado por Khadine y Christopher Rose en asociación con la cadena de tiendas de vino Nicolas, el club permite a sus miembros, por el pago de una cuota anual, poder llevar sus propias botellas a un gran número de restaurantes británicos sin tener que pagar tarifa de descorche.

Una bonita idea. Hasta que te enteras que la cuota anual es de entre £75 y £100. Eso, en un mundo de tarifas de descorche racionales habría que comer mucho fuera para amortizarlo. Pero claro, las tarifas de descorche en muchos lugares de este mundo en que nos ha tocado jodernos no son nada racionales. De hecho, en algunos lugares son de extorsión. Dice la pieza de Decanter. com que el promedio en Gran Bretaña es de unas £40, porque los restauradores no estaban muy en eso de dejar a sus clientes traer sus proias botellas a los restaurantes, fuesen lo especiales que fuesen dichas botellas.

Con el club, pues, los británicos ahora tienen aprobación automática para sacar a pasear el contenido de sus bodegas domésticas. Habrá que ver como les funciona esto.

Bueno, disfruten ustedes el Mundial. Yo me largo a la playa, que me hace falta descansar. Les dejo con un poquitico de música playera de la buena. Disfruten a ALO, la Animal Liberation Orchestra…

Cositas y cosotas: 05.03.2010

Estaba yo de lo más quitado de bulla el otro día, a eso de las cinco de la mañana, cuando ví el e-mail con el enlace a un sitio que de otro modo no hubiese visitado nunca.

Si hay un episodio del que no hace falta resumen didáctico, es aquel Pancho Campo MW, el mandato de arresto de Interpol. Dubai, el WineFuture, etc. Mucha cobertura tuvo y muchas preguntas suscitó aquí.

Una pregunta en particular enuncié una y otra vez: ¿Dónde estudió medicina Pancho Campo? “Soy médico”, declaró inequívocamente a Levante-EMV.com en una entrevista de junio del año pasado. En alguna otra historia salía que cursó estudios en República Dominicana. Y como ahora yo vivo en ese país del Caribe, pues, me provocaba curiosidad. Quería saber los pormenores del doctorado en medicina que anunciaba este personaje tan misterioso y controversial.

Ahora, gracias a Hosteleo.com, un preocupante poco de claridad:

“Una aclaración, aunque estudié toda la carrera de medicina, no soy médico ya que no me licencié.”

Si no hubiese salido como cita textual en aquel artículo de Levante-EMV.com lo de “Soy médico”, quizás hubiese juzgado la atribución de un título de doctor en medicina a Pancho Campo en montones de artículos de prensa como una mala interpretación por parte de X número de periodistas que le llamasen “médico” anteriormente. Pero…

Siento que es mi deber considerar todas las posibilidades. No que me queden muchas ganas, porque esta contradicción sí que parece difícil.

Hacerse pasar por médico es, en algunos paises, delito penal. Claro, tiene el farsante que intentar ejercer la medicina, que no es el caso del Sr. Campo hasta donde sé. Lo que no quita que uno vea mal esa declaración a boca de jarro al entrevistador hace menos de un año: “Soy médico”.

Y resulta que ahora no.

Cual se acostumbra exclamar en el patio de este galáctico cole que es la interné del vino: ¡No joooooooodaaaaaaaaaaas!

Mi intención aquí es someter a la consideración de ustedes estas cositas y cosotas que me encuentro en mi diario discurrir por el mundo del vino. Que cada quien saque sus propias conclusiones…

Luego hablamos de las amenazas que anda haciendo el Sr. Campo en el resto de esa nueva entrevista (no digamos nada de los vituperios contra los periodistas que se han atrevido a investigarle incisivamente), que también son la monda… Pero mientras tanto, otro tema: Del departamento del cinismo más absoluto surge este rayito de sol en Decanter.com.

Anjá. Dijeron eso.

Para los que no leen inglés, mi traducción:

Tras una junta de directores hoy en Vinos de Chile/Wines of Chile, las operaciones domésticas e internacionales que representan al 95% de la industria [chilena del vino], el veredicto es que un 12.5% de las existencias de vino en bodegas chilenas se ha perdido…. Eso es más o menos US$250,000,000 en vino—una cifra que en realidad no representará una pérdida, pues el vino estaba asegurado y además, las bodegas del país tenían exceso de inventario, dijo René Merino, presidente de Wines of Chile.

La semana pasada estábamos todos aterrados, abrumados y sumamente preocupados ante la magnitud del terremoto que sacudiera a Chile. La sección de comentarios de mi entrada del 27 de febrero es un repositorio de testimonios verdaderamente conmovedores y de manifestaciones de solidaridad. Andaba yo pensando en trabajadores agrícolas que se quedaron sin nada, en viticultores y bodegueros pequeños. Y ahora viene René Merino con una canción muy familiar, vieja favorita de estas páginas:

Recordando que mi amigo el Errepé—en la noche en que nos vimos “en vivo” por vez primera—me regaló una camiseta verde precisamente con el eslogan “Älways look on the bright side of life“,  camiseta que le encanta a mi hijo Julián, les diré que esta semana cumplieron tres añitos los mellizos Camblor y celebramos la ocasión muy felizmente.

También celebré, en nuestra página de Facebook, el sexagésimo octavo cumpleaños de Lou Reed. ¿Cómo iba yo a saber que es tan viejo el gran Lou? Y, sin embargo, es como si discurriera fuera del tiempo…

Cositas y cosotas: Suplemento especial

Es que tenía algo bajo las narices y no lo ví. Resulta que Bertrand Celce ha publicado una interesantísima entrada en su blog Wine Terroirs en la que nos narra los acontecimientos en una reciente feria de vinos naturales celebrada en París, con especialísimo interés en el debate entre Michel Bettane y Marcel Richaud, El veterano crítico de vinos Michel Bettane asume una línea argumental bastante extraña. Declara que “los vinos naturales no existen”, basándose en que no existe un marco legal diferenciando vinos tecnológicamente manipulados y llenos de aditivos artificiales de vinos naturales sin adición de nada. De manera que todo vino es igualmente natural, contenga lo que contenga, si puede acogerse a la definición de la UE de “producto de la fermentación natural de la uva”.

Bettane, adicionalmente, incurre en el viejo jueguito de comparar a los defensores del vino natural con “ayatollahs”, usando lenguaje de fanatismo religioso para describir a aquellos cuyas ideas sobre vino difieren de las suyas. Jueguito, dicho sea de paso, que lucía ridículo ya en Víctor de la Serna hace ocho años (para ser justos, Don VS sencillamente participaba de un discurso muy popular entre las hordas parkeristas de principios de esta década)  y que ahora comienza a preocupar, pues va y resulta que chochean lo suyo los avatares de la cultureta tecnovinera… Lo único que faltó fue que hablase Bettane de “talibanes”. Ah, y que no se olvide que los que propagamos estas locas ideas de que el vino sin aditivos es mejor, de que el vino debe expresar algo más que “perfección técnica” de formulita, etc., somos sólo un puñado aislado de fanáticos.

Lo más bonito de todo es que Bettane, con sus retorcidos pronunciamientos tan llenos de mala fe, resuelve un par de dilemillas que han tenido frustrados a principales teóricos de la bioética en el debate sobre las células madres, la clonación humana, etc. Porque claro, si al final una levadura ambiental que la uva trae encima a la hora de la vendimia es “igual de natural” que una de tantas levaduras modificadas en laboratorio para “mejorar” aromática y texturalmente productos de fermentación, pues, digo yo que clonarme a mí, pero mejorado de prestaciones, no es en lo absoluto objecionable. Además, la cura de mi diabetes Tipo 1 estará para pasado mañana a las 10:30 de la mañana.

Muy agradecido estoy a Bertrand Celce por el reportaje, que incluye grabación de audio de los intercambios entre Bettane, Richaud y miembros del público en la feria.

Lo impresionante es que, estando entre “ayatollahs” en ese evento parisino, Bettane saliese ileso. Ni siquiera un puto fatwa. Es que o esa gente es muy mansa o ya los ayatollahs no son lo que eran…

Alguna noción sobre lo que pide mi mercado (personal)

Desde hace un año y medio vivo en la República Dominicana. Vine aquí, como saben quienes me conocen un poquito, desde Nueva York. Nueva York: Epicentro del consumo vínico, donde hay absolutamente de todo, por más “esotérico” que sea, y absolutamente todo encuentra demanda. Yo crecí en Santo Domingo. Aquí viví entre los 7 y los 18 años, cuando me marché a estudiar en Estados Unidos. En el tiempo transcurrido entre aquella partida al extranjero y ahora se ha desarrollado lo que cariñosamente llamo mi “enomanización”. Una inmensa parte de mi educación, pragmática y sentimental, la compusieron la gastronomía y el vino. Casi un cuarto de siglo se ha ido volando y yo he visto muchas cosas, a nivel personal y a nivel de los diversos mundos que me apasionan, particularmente el del vino.

No ha sido fácil la adaptación a Santo Domingo. Digamos que vine “dañado” por la hiperdisponibilidad en Manhattan de todo lo que se me antojase. Aquí he tenido que “relajar” un poco mis estándares en cuanto a vino: He bebido cosas que hace dos años ni remotamente hubiese considerado tocar, he revisado mi presupuesto, he aprendido a encontrar algún placer aún cuando tengo objeciones éticas y estéticas a algo–quizás placer dentro de las mismas objeciones… No estoy seguro de que esto me haya hecho una mejor persona. De hecho, quizás me esté perjudicando, minando poquito a poco mis facultades críticas y haciéndome olvidar lo que antes tenía claro.

Disculpen ustedes. Que me pongo un tanto sentimental. Un tanto deprimente. Y otro incomprensible.

La cuestión es que no ha sido fácil. Pero creo que contemplar el presente y el futuro d la cultureta actual del vino y, más importante, de la verdadera cultura del vino, desde este microcosmos caribeño me ha ver ángulos que antes hubiesen pasado desapercibidos en esto del vino. No deja de sorprenderme que en este país en que ahora habito haya la cantidad de vinos que hay. Si bien la mayoría proviene de un relativo puñado de entidades corporativas grandes (ojo, no me tomen lo de “entidades corporativas grandes” literlamente, hablo lo mismo de Concha y Toro o Kendall-Jackson que de una semimaginaria “Ribera del Duero, Inc” p “Albariñokaslimón International Corporation”). Que hasta aquí se haya extendido la cultureta, o sea, la moda global del vino es testimonio del poder de la cosa. Arqueo la ceja derecha cada vez que veo como reclamo comercial de algún “nuevo” producto vínico argentino los puntos de Robert Parker, el Wine Spectator o el Wine Enthusiast, ese esperanto espeluznante de la cultureta. Y sin embargo también me digo a mí mismo burlonamente: “¡Hay que joderse!”

Claro, estos enoproductos corporativos siguen siéndome tan repelentes como lo han sido siempre. La vasta mayoría tiene muy poco que ver con lo que verdaderamente disfruto en un vino: Elaboración natural, compatibilidad con una buena comida, honestidad y transparencia a su terruño, capacidad de ser refrescantes y de invitarlo a uno al próximo trago, capacidad de estimular mi intelecto más allá del más simple agrado o el más directo asco… Pero la presencia de estos facsímiles de vino aquí me hace pensar en otras posibilidades. E incluso en otras realidades.

He tenido la suerte de encontrarme un par de mportadores pequeñitos en Santo Domingo que tienen portafolios en los que aparece alguna que otra semblanza de vino de verdad. Intentando apoyarlos, les compro frecuentemente y los recomiendo a amigos y conocidos. Invariablemente, paladares acostumbrados a chilenitos químicos y riberones tabloneros tienen una revelación ante algún lagrein del Südtirol o un barberita piemontés que, sin ser tan-tan, sin embargo provocan a beber de una forma para muchos aquí otrora desconocida.

Lo que me lleva a una pregunta crucial para el futuro del vino, ya que tanto hablamos de eso últimamente: ¿Será que la expansión global del vino sólo puede ser lograda eficientemente en los mentecatificantes términos de la cultureta, o existirá una manera de expandir el alcance global del vino de verdad?

Estoy consciente de que es antitético a la naturaleza del vino artesanal el querer que exista a escala suficiente para cubrir el mundo entero. Una de las peores patologías de la cultureta actual del vino es que promueve un deseo en el entusiasta de “haberlo probado todo”, un imposible a nivel mundial aún con el vino de mayor producción. Anda por ahí el comentario mordaz de que en Las Vegas cada año se consume más Château Pétrus del 82 que lo que jamás fuese producido de esa añada en esa dirección. Extrapolen ustedes a su gusto.

Se habla mucho de “conquistar mercados” (adjuntar gentilicio que más les guste) y del “consumidor” en el abstracto, pensando en números mucho más que en individuos o grupos de individuos consumiendo vino, creando fidelidad al vino. Se habla de “conquistar” mercados y se apela a consignas del tipo “la unión hace la fuerza”, aunque dicha unión luego se compruebe que no es en el interés de quien en un principio se creía. Y tenemos lo que tenemos. Les ruego la paciencia para tirarnos un videoclip (disculpen, queridos amigos, que no pueda insertarlo, pero Vimeo no es tan generoso como YouTube para esos menesteres, así que hay que ir al sitio) muy ilustrativo de ciertas patologías de la cultureta actual del vino. Es un video que propone “soluciones” especiosas, basadas en un modelo bastante paternalista-proxenetista de las cosas, a decir verdad. Y ya sabemos como acaban las pobres putas que no traen al chulo el billete esperado… Pero quizás me queda un poco exagerada esa imagen. Lo dejo a juicio de ustedes.

No que en ese video sea todo desperdicio. Muy bien está lo de hacer un esfuerzo comunitario para sacar a flote una comarca, una denominación, un país productor, incluso. Pero ya es hora de comenzar a darse cuenta de que ciertos modelos están un poquito gastados. “Consolidad marcas” en el portafolio de un megaimportador sólo rinde beneficios para el pequeño elaborador de vino hasta un punto. Y el sacrificio en cuanto a las idiosincrasias de la tierra y el elaborador mismo pueden ser grandes. Muy grandes. “Acuérdate del alma dijo el gordo vendedor de carne”, iba una canción del gran Sabina. Eso.

La internet del vino ha tenido un efecto muy salutario en la medida en que ha abierto la posibilidad de disentir de los gurús, los hacedores de gusto, los marketeros y tantos otros entes prepotentes y deprimentes de la cultureta. Cada día surgen blogs como setas después de un incendio. Se hacen contactos entre individuos que discuten sobre aquello de que supuestamente no se discutía, sus gustos, que establecen micromercados a los que elaboradores, importadores y otros comerciantes del vino pueden y deben apelar, sin tanto mediador, sin tanto filtro, sin tanta dictadura.Cada quien ha de evaluar, siendo profunda e implacablemente realista, lo que le conviene.

A propósito de nada y todo, un par de notas de un vinito sabroso que compré y bebí aquí en Santo Domingo recientemente. Uno de esos importadores pequeños  de los que les hablaba más arriba trae cositas interesantes (si bien no de productores tan artesanales como quisiera yo, en la muchos casos). Lo que le compro queda testimoniado por la cantidad de etiquetas italianas que aparecen retratadas en estas páginas. Vinos de diversos puntos de Italia se han vuelto la opción para aquellos en este pequeño mercado participante en la dinámica global que necesitamos salirnos un poco del mismismo riberesco-napachilenista.

Es casi cómico: Aquí decir “vino español”, por ejemplo,  es decir una tremenda cantidad de vinos perfectamente intercambiables, comprados “en paquete” a megabodegas multirregionales. O a bodegas que aspirarían a serlo y siguen el modelo “trajeado” del “wine business”. Hay sus honrosas excepciones, pero no muchas. Si uno busca algo de originalidad y autenticidad, hay que inclinarse a italianos. Irónico, ¿no? Antigua colonia española, donde el castellano tiene ventaja implícita por herencia y por pura conveniencia. Y sin embargo…

En fin, que una botellita del Nino Negri, Rosso di Valtellina DOC 2007 me pareció un soplo de aire fresco. Color fresa-granate transparente, brillante. Aromas de hojas secas, azúcar prieta, fresa, cereza y ciruela frescas y humo. Limpio, sencillo y alegre, con muy buena persistencia en un posgusto de acidez viva que me recuerda a naranja rubí. La cuvée es de nebbiolo, prugnola, rossola y pignola, envejecida en inox y en roble de formato grande. Un tintito de buen precio, ideal para una tarde tropical desenfadada con amigos. No es para tirar cohetes ni tampoco algo que pondría yo como ejemplo irrefutable de mis ideales vínicos, pero en realidad no es que la cosa aquí esté para ponerse demasiado exigentes en cuanto a motivos de alegría. Uno al que recurriré de nuevo en el futuro, conociéndome.

¿Tengo que decirles que esto es una metalección en los orígenes de la demanda?

He intentado hacer hoy una de esas entradas nutritivas. Me voy a Nueva York mañana temprano y lo único que publicaré en los próximos seis o siete días será esto y la encuesta de la semana mañana. Les dejo hoy con música. Una de The Faint, cuyo título, con suerte, será lo que los libros de historia dirán sobre nosotros…

¿Soy un frustrado de la vida?

El Facebook, con todo lo que uno se queja sobre él, acaba resultando genial. Cierto, hay mucha bobería. Pero también se entera uno de cosas importantes.

Por ejemplo, esta mañana leía lo último de mis amigos (cosas de madrugar aunque sea domingo, que uno tiene horas que perder cuando la casa entera aún duerme) y me encontré con unas líneas de Lyle Fass que me intrigaron. Aparentemente, el veterano cronista y crítico de vinos norteamericano Anthony Dias Blue ha declarado la guerra a todos los que blogueamos sobre vino. Esto lo ha hecho en el editorial de la revista The Tasting Panel (debo confesar que me maravillé de que esa publicación dirigida a la industria aún exista). Dias Blue comienza con una defensa de Robert Parker y un ataque a las hordas de “bárbaros blogueros” que hemos estado cuestionando el código de ética que rige a su Wine Advocate desde que cierto post en el blog de Dr. Vino… Bueno, ya conocen ustedes que me leen diligentemente esa historia y sus secuelas.

Dias Blue pudo asumir una actitud más elegante (por no decir menos pueril y mentalmente flatulenta) al discutir los vicios y virtudes de esta extraña pasión que a muchos nos lleva a montar un blog de vino. Son vicios y virtudes tan meritorios de análisis como los de la prensa tradicional, ese animal en la vía expreso hacia la extinción. Pero no, de todas las posibles avenidas discursivas, tomó ‘esta:

…De todas formas, ¿quiénes son estos blogueros y, más importante aún, cuál es su motivación? Sería reconfortante hallar que son enófilos altruistas cuyo propósito es aportar perspectiva y valiosa información a consumidores afines. Pero la imagen que se presenta es de amargados y protestones insectos que, mientras miran las pantallas de sus computadoras y piensan en sus patéticos empleos en la vida real, dejan volar su resentimiento y sentido de fracaso personal en la forma de virulentos ataques contra los medios críticos establecidos (Mi traducción).

No sé al resto de los blogueros, pero a mí me va muy bien en mi trabajo de diario, con el que muy bien me pago la salud y los vicios. Este blog no es un vehículo vitriólico para volcar frustraciones de mi vida. O al menos no lo es para frustraciones que no tengan que ver con el vino y su cultureta de los últimos tiempos. Dias Blue habla de “virulentos ataques” mientras lanza uno propio, lleno de insultos carentes el más mínimo conocimiento de causa. Generaliza contra la comunidad bloguera sin darse cuenta de que, a fin de cuentas, hay blogueros y hay blogueros, tal como hay críticos de vino y hay críticos de vino. Su diatriba, tristemente, dice mucho más de él que de aquellos a los que pretende criticar.

Este señor, cuyo nombre iba ya camino hacia la más absoluta irrelevancia en cuanto al mundo del vino se refiere, nos insulta así, sin más. Nos declara la guerra en lenguaje de dinosaurio chocho. Se me sale el acento de gitano de comedia de Ray Salazar en la serie que he estado viendo últimamente, ahora que me he vuelto adicto a la tele española,  El síndrome de Ulises (Ray es, por mucho, mi personaje favorito en una serie que, aunque no le da ni por la planta del pie a Aquí no hay quien viva, tiene sus momentillos). Y digo: ¿Pero qué sia creío er viejo papafrita ejte?

La cuestión es: ¿Guerra le damos? Si nos odia tan abiertamente, creo que merecería al menos un par de ciberleñazos, ¿no?

Hay, por cierto, para los angloleyentes,  un divertido y muy perspicaz hilo de comentarios sobre este tema en 1 Wine Dude, el excelente blog de Joe Roberts. Amigos blogueros, commentez et discutez… Les dejo en este domingo por la mañana con el otro gran Clinton, versionando una favorita de los ochentas que le viene como anillo al dedo a todo esto:

¡Pirañas!

Domingo por la mañana en Santo Domingo. Anoche, antes de acostarme, me leí un artículo muy interesante que había impreso. Me viene de un enlace proporcionado por SFJoe en Wine Disorder (Joe, a su vez, recibió dicho enlace de Alice Feiring, según nos dice). El artículo es una entrevista con Clark Smith en la revista Wines & Vines. Smith, fundador de la firma Vinovation, es uno de los principales proponentes de la remoción de defectos en el vino (alcohol excesivo, acidez volátil, bretanomices, etc.) a base de tecnologías como la osmosis inversa. Además, es un gran defensor de los chips de roble, entre otras cosas. Ha sido una especie de “Dr. Evil” para Alice Feiring desde hace tiempo y he observado yo con muchísimo interés sus debates a lo largo de los años.

Cuando me dormí, tuve un breve sueño en que la culminación de la Battle for Wine and Love de Alice culminaba con un flechazo tras una airada discusión en directo con el Sr. Smith. Acababan como una de esas “parejas disparejas” donde un integrante es facha y otro ultraliberal. O algo así. Hasta tenían su propio programa en la tele.

Pero suficiente ya sobre mis sueños, que son siempre rarillos y casi nunca de interés público. Espero que los anglolectores entre ustedes disfruten de esta entrevista, que da muuuuuuuuucha tela por cortar. Los no anglolectores, pues, una pena, porque se van a perder al individuo que declara cosas como:

Los enólogos están muy confusos, justo cuando una revolución de medios sociales demanda de ellos respuestas claras y honestas. Más que nunca, los consumidores se ven inspirados a amar el vino como “lo único puro” e inalterado por la manipulación tecnológica del siglo XX. La falta de hablar clara y directamente  por parte de los enólogos ha dado lugar a toda una generación de pirañas que se ganan la vida devorando a enólogos mal preparados, los pobrecitos. Esos depredadores han aprendido que pueden mercar en torno al miedo creciente que siente el público hacia la tecnología aplicada en el sagrado campo de la enología. Aunque los amantes del vino no estén de acuerdo en lo absoluto con esos sensacionalistas, no pueden evitar sentirse atraidos por su retórica (Mi traducción).

No que me gane yo la vida en esto. Es más, no que me quede clara la posibilidad de ganarse la vida discutiendo con tecnólogos de la enología a los cuales les falla el chip del claro hablar. Pero no puedo evitar sentirme parte de lo que ahí se discute… ¿Pirañas? Como diría mi hijo: ¡Guau, papá!

Pues a ver, a gozar y luego me cuentan. Ah, y por favor no dejen de echarle una buena ojeada a la discusión de Wine Disorder en torno a este tema, que está güeníiiiiiiiiiiiiijimaaaaaa…

Un videillo, para que no me les dé mono. Descubierto gracias a nuestro enópata amigo, Juan Ferrer y otro amigo más, que  colgaron otras del mismo artista en el Facebook, aquí tienen a una especie de Chet Baker andalú llamado Toni Zenet. Vamos, que muy domingo por la mañana, molletes y café a mi manera:

Retinteces…

Hace unos días inicié lo que proponía como una especie de serie de artículos relacionados, pero publicados medalaganariamente en el tiempo, sobre “Las 12 cosas que más joden a Camblor sobre la cultureta actual del vino”. Aquella primera reflexión iba de falta de honestidad. Someto, a manera de preámbulo, una serie de líneas recogidas en enoactividades de los últimos meses. Ya me dirán ustedes si no hubieron (y han) de reventarme…

No entiendo como un conocedor como tú bebe tanto vino blanco. Eso es para gente que no entiende de vino.

o

¿”Vino de verdad”, dices? Me imagino que te refieres a tinto…

o

Yo dejo el blanco para las mujeres. A mí, que me den Ribera…

o

¡Pero eso es blanco! ¿Estás seguro de que quieres que lo pruebe?
o

Recuerda el mandamiento, que me lo enseñaron en las clases de cata: “El mejor blanco es un tinto”.

Ya, ya… Dirán ustedes que se trata de ejemplos sacados de conversaciones con cuatro gatos sumamente desfasados e ignorantes. Pero no. Es algo que oigo día a día, y no sólo aquí en Santo Domingo. Viajando por ahí me encuentro rutinariamente que las falacias del tintocentrismo siguen vivitas y coleando, o sea, jodiendo la paciencia.

Muchos de ustedes que me leen ya llevan unos añitos conociéndome. Algunos llegan ya a más del lustro, que no la década. Juntos nos hemos visto evolucionar, crecer en nuestro amor por el vino—o nuestra desilusión con su cultureta. Una constante que vengo viendo, aún en los medios más superficialmente  tintófilos (no nos engañemos, que en esos foros españoles siempre ha latido fuerte el tinteo) es que, a medida que un “enófilo” va convirtiéndose en un enochalado de veras—que no un enómano, enópata, enobseso, o tantas otras subcategorías de nuestra pintoresca proclividad—su apreciación por los grandes vinos blancos de este mundo va creciendo. Y la apoteosis de eso es cuando uno de estos personajes comienza a preferir  rieslings del Mosel o del Wachau, vouvrays de Huet o  aquellos sublimes Tondonias blancos viejos  a cualquier supertinto de esos por los que antes se pirrase.

Un amor por los grandes vinos blancos, basado en grata experiencia y conocimiento, es algo sumamente positivo. Bajo ningún concepto debe ser algo conflictivo con amor por buenos tintos. Quien verderamente ama el vino puede ver con igual interés el momento de un Le Mont Demi-Sec 1967 y el de un Viña Bosconia Gran Reserva 1976.

Obvio, ¿no?

Entonces, ¿qué es lo que me jode?

Que se sigue privilegiando al tinto por encima del blanco, en los medios, en la “enseñanza” sobre vino que se lleva hoy… Hordas de principiantes, sobre todo en mercados emergentes,  se embullan con el vino y se ven ahogados en un tsunami de tintería. De repente, si quieres ser “enófilo” o simplemente parecerlo, has de tener en la mano una copa de tinto, mientras más oscuro, mejor. El blanco—y ni hablemos de rosados, que donde vivo ahora eso, aparte de dos o tres excepciones potabilillas,  es equivalente a  “White Zinfandel”—queda como algo desechable, para tomar fresquito, de aperitivo antes de que aparezca el tinto.

Eso me jode,  sobre todo cuando la gente se la pasa hablando de que admiran “la diversidad” en sus experiencias vínicas, pero sólo beben retinto. Estaría bueno ya que dejaran los “educadores” del vino de favorecer estúpidamente a los tintos y que la gente que le entra a esto llegase verdaderamente abierta a todos los maravillosos colores del vino.

Quizás parezca trivial lo arriba expuesto. Pero no sé, en lo trivial a veces se esconden las peores patologías. Les regalo a Lesley Gore (sí, esa misma Lesley Gore) cantando una canción preciosa de Blake Morgan: