Esto lo dijo con cara de vergüenza, que es la única que corresponde a semejante confesión. Se encogía de hombros. De los altoparlantes conectados a su iPod—que brindaba una peculiar banda sonora a nuestra cata de Ribera del Duero en Wine & Spirits—salían Yo La Tengo y The Notwist. Imposible entender el lapsus, pero bueno, el primer paso es admitir el vicio. Y, para robarme y corromper sus propias palabras, si “hay vicios como tatuajes”, esto de Coldplay es más o menos como un “Wynona Forever”, en términos de cool musical.
Continuaban las rondas de tortu—er, cata… Más apuntes resumidos.
Bracamonte, Tempranillo “Roble”, Ribera del Duero 2007: Mismo color de la mayoría. Opaco. Azúcar prieta, romero, ciruela fresca, cereza y un deje de pasa dorada. En boca picantino y vivaz, con buena fruta roja acentuada por menta. Notita de remolacha hervida en un posgusto sorprendentemente largo y fresco. Del precio depende mi entusiasmo.
Martín Berdugo, Tempranillo “Barrica”, Ribera del Duero 2007: Jarabe para la tos. ¿qué, tartamudeo? Final piadosmanete breve. Horrendo.
Annosus, Tempranillo “Nobile”, Ribera del Duero 2006: Coctel de frutas enlatado Del Monte con crema de coco y vainilla. Goloso, globular y terriblemente tedioso. Corto. El equivalente vínico de llevar calcetines negros con sandalias en la playa.
Conde de San Cristóbal, Tempranillo, Ribera del Duero 2006: Habitual color en la secuencia. Peste compostada, de legumbres hervidas hasta despojarlas de toda identidad, de ciruela pasa hinchada a vainillazo puro. Globular, dulce, pesadote y con demasiado tanino tablonero. Calor alcohólico. ¡Pffftché!
Bodegas J.C. Conde, Tempranillo “Neo”, Ribera del Duero 2006: Ciruelas pasas y canela en un conjuntillo odorífero francamente repugnante. Jugo de ciruela pasa, caldo de pollo y tablones en la boca. Recortado de final, por suerte. Recomiendo huir.
Alonso del Yerro, Tempranillo, Ribera del Duero 2006: Perro mojado, granos de vainilla socatos, o quizás carobo socato… Dentífirco, ciruela-cereza. Nariz inatractiva. Redondo, aciruelado y sin ningún punto de enfoque. Corto y sin agarre. Vacuo.
Cillar de Silos, Tempranillo “Torresilo”, Ribera del Duero 2006: Barniz y toffee barato sobre sopa de ciruelas. Plano, fofo y alcohólico. Tan recomendable como la sala de espera del dentista.
Martín Berdugo, Tempranillo Crianza, Ribera del Duero 2006: Misma densidad visual. Caldoso. Leves notas oxidativas. Vainillazo. Goloso en boca, medicinal en plan semi-Listerinesco. Ciruela y especias. Taninos gruesos. Simplón y bajo el mínimo de reglamento de encanto.
Cruz de Alba, Tempranillo Crianza, Ribera del Duero 2006: Barniz, ciruela, chocolate de leche y remolacha hervida en una nariz sonsa, inapetecible. En boca un sudoroso glóbulo de jugo de ciruela pasa. Taninos secantes en un posdisgusto recortado. Brrrr…
Balbas, Tempranillo Crianza, Ribera del Duero 2006: De ahora en adelante, si no comento sobre color, es que es otro granate opaco más. Huele a zapatería, Salvavidas (los dulces con el hueco en el medio) y madera. Masacotesco, extraño, de acidez justita, especiado. Posgusto medio. En realidad, considerando lo que ha caido hasta ahora, no objeto. Se dejaría beber, sobre todo si es barato y las circunstancias son adecuadas.
Arzuaga, Tempranillo Crianza, Ribera del Duero 2006: Una leve medicinalidad seguida por café y chocolate, carne y cereza sobremadura en la nariz. Goloso y picantino en boca, masticable. Buena presencia, aunque al final torna quizás demasiado dulce y alcohólico. Buena persistencia. Si es barato e invierno, pues, le entramos.
Bodegas J.C. Conde, Tempranillo “Neo Punta Esencia”, Ribera del Duero 2006: Jarabe para la tos sabor cereza y pintalabios viejo (gracias, Cecilia Carballo, por este inolvidable descriptor que ahora puedo utilizar de iniciativa propia por primera vez) en nariz y boca. Torpe y esperablemente cortito. De los de pasar de largo mirando hacia otro lado.
Alonso del Yerro, Tempranillo “María”, Ribera del Duero 2006: Apesta a vómito. Bacterianamente fastidiado. En la línea para la impresión palatal pongo: “¡No, en la boca noooooo!”. No importa si tiene posgusto o no. Terrible. Recomendarlo requeriría una lobotomía frontal.
Arzuaga, Tempranillo “Amaya Arzuaga”, Ribera del Duero 2006: Leve volatilidad, especias y frambuesas frescas. La nariz promete. En boca es apagadillo y me decepciona un poco. Masticable, con buena presencia frutal, aunque la fruta sea más bien simplona, monótona. Taninos granulosos en un buen final, con acidez presente. Pide un poco de tiempo y comida cuando llegue el momento de consumo. Veinte dolaritos los pagaría yo por esto. ¿Pero cuáles son las probabilidades de que ése sea el precio?
De antemano, una aclaración y advertencia para aquellos que objetan a las revelaciones personales en un blog supuestamente dedicado al vino: Dejen de leer esta entrada ahora mismo, pues lo que viene a continuación es de orden que pudiera parecerles mejor dejado en privado. El anuncio está. Guerra avisada no mata soldados, etc. Si se quedan y les jode, lo lamento. En fin, vamos allá…
Esta mañana temprano colgué el siguiente “status” en mi perfil de Facebook: “Today, what remains of me is officially 41 years old. Also, 30 years ago this week I was first diagnosed with Type 1 diabetes. Perhaps I am that pot of plain yogurt, forgotten in the fridge long past its expiration date…. “
Eso. Hoy cumplo cuarenta y un años y el asunto me deprime bastante. Digo que me siento como ese yogurt nature, abandonado en la nevera hasta mucho después de su fecha de expiración, pues precisamente en esta semana también se cumplen treinta años desde aquella vez en que se me diagnosticó la diabetes tipo 1.
Acababa de cumplir once años y fíjense ustedes el regalazo que me zumbó la vida. Ahí dejé de ser niño y tuve que asumir inmensas responsabilidades. Desde entonces todo ha sido sobrevivir con la mayor dignidad posible, pues esta cabrona enfermedad no tiene la decencia de matarte de una buena vez, sino que te come a pedacitos. Hoy las neuropatías no te dejan hacer el deporte que tanto te gustaba. Mañana pierdes la vista en un ojo. Pasado mañana te haces una heridita en un pie y se te infecta, te lo amputan, te jodiste. A la semana siguiente te dicen que has desarrollado anticuerpos contra la insulina que te inyectas y caes en un desastre metabólico de órdago que te hace engordar bárbaramente, aunque comas poco y te ejercites intensamente. Un mes después va y te da un derrame. O te fallan los riñones. No es una bonita perspectiva, se los aseguro. Lo hace a uno desarrollar un sentido del humor a la vez fatalista y jodedor, definitivamente patibulario.
Todavía recuerdo como, a un año y algo de aquel diagnóstico inicial, mis padres me llevaron a un prestigioso hospital en Boston. Se hablaba mucho de que “la cura” estaba a la vuelta de la esquina, que en unos añitos no habría más diabetes, que no nos desesperanzáramos. Y aquí estoy, tres décadas más tarde, tan diabético como el primer día, pero infinitamente más deteriorado.
El gran anhelo de mi vida siempre ha sido decirle esto a mi enfermedad, mirándola a los ojos mientras me la curaban:
Quizás algún día ocurra. Pero por ahora no.
Y no es que no haya yo tenido pequeñas y grandes victorias en mi lucha contra la diabetes. Aprendí a cocinar para defender la salud que tengo. Eso ha complementado inmensamente mi amor por el vino. Estuve ciego completamente, pero gracias a un excelente cirujano logré recuperar la vista en un ojo. Aunque presumía que no podría tener hijos, ahí están dos que son mi triunfo más grande—a las siete de la mañana venía mi linda hijita en brazos de su madre, cantando “Cumpeayo feíiiii” y más atrás venía su delicioso hermano diciendo “Umpeayo papá”; eso no lo hubiese creido posible de las ruinas de mi pobre cuerpo, yo, este diabético veterano. Pero ahí está. Aparte, tengo vista y entusiasmo aún para trabajar y escribir, para alimentar mis amistades.
O sea que puedo sonreir.
Aparte, el Presidente Obama hoy me ha dado el regalo más magnífico que hubiese podido yo imaginar. Si algo me ha marcado en estos cuarenta y un años casi tanto como la diabetes, es el exilio que heredé de mis padres. Aunque me debo con afecto a muchos lugares, al final de todo me siento profunda e irrevocablemente cubano. La apertura de esa isla a la que hasta ahora no podía ir legalmente es algo que me hace muy feliz.
No sé qué beberemos Josie y yo esta noche. Hay que celebrar. Ya les contaré.
En breve retornamos a la programación regular, que tengo mucho que contarles. Perdonen el interludio, pero me sentía con la obligación de dedicarme esto. Por lo de darme a mí mismo valentía y razonar en torno a mis depresiones. Se me retuerce el sentido de la ironía y lo dejo de lado. Siento el placer de la posibilidad y les dejo un disco:
Hay que joderse con lo del amor. Nunca es como te lo venden, sin importar lo amado. El problema del cupidesco flechazo a nivel de relaciones humanas es que no ocurre sin complicaciones. Lo del “y vivieron felices…” es el más falso de los reclamos. Le entras al julepe y cuando te llevas ese gran amor a casa, te enteras de que vive roto y no tiene garantía (te dan ganas de agarrar por el cuello al que escribió aquella cancioncita tan bonita que pone que su amor vino “fully equipped, with a lifetime guarantee“, ¿no? Digo para sacarle donde consiguió el suyo…) Su supervivencia depende de las ganas que uno quiera meterle, de la paciencia que uno le aplique y de la disposición a transarse que uno tenga.
Miles de circunstancias conspiran a diario, aprovechando la fragilidad natural de ese amor. En muchos casos es heroico el esfuerzo que hay que hacer para mantenerlo vivo, o a flote, o en vuelo, o la metáfora que nos dé la gana para describirlo. Los que lo logramos quizás si nos merecemos un día de reconocimiento.
En mi caso, me gustaría recordar no la lucha, sino los momentos en que me he sentido que mi mundito va bien. Alguna que otra noche, tras un día de esos en los que la vida te sabe a mierda, ocurre algo que compone, que te hace sonreir, que te hace olvidar lo delicado que es el equilibrio de las cosas.
Abres, por ejemplo, una botella que tenías guardada del Movia, Ribolla, Brda, Goriska, Eslovenia 2004 y el vino está cantando. Lo has bebido un montón de veces y has escrito otro tanto sobre él. Aunque tu esposa estaba contigo aquella vez hace dos años en que lo “descubriste” celebrando tu cumpleaños en un restaurante neoyorquino, actúa como si lo probase por primera vez. Y le encanta. Los aromas son de una belleza poco convencional, vivos y brillantes. Hay trigo tostado, pipas de girasol, miel de lavanda, madreselva, cera, cáscara de naranja, albaricoques secos, cardamomo, pimienta blanca… Es un vino complejo y te diviertes con tu mujer enumerando elementos que no parecen querer parar de surgir.
En boca es un vino especiado, sutilmente salino, completamente seco pero de amplias espaldas. Su centro es de una tensión admirable. En el largo posgusto hay, entre notas minerales, un amarguito agradable, que los pone a ambos a discutir alegremente sobre a qué fruta se parece. Tú acabas diciendo que es kiwi verde. Tu mujer no está segura.
Tienes la dichita de que la cena te quedó sabrosa y, encima, dietética. Tanto tu mujer como tú están en las de adelgazar. Nada de carbohidratos después de las seis. Tú te inspiraste en el menú de un restaurante en Perth, o Sydney, o algún lugar de Australia, y en algo que ella se comió cuando fueron juntos a Nueva York en noviembre. Aquel viaje parece tan lejano ya… Lo que se comió tu esposa, que tanto te impactó a ti, fue esturión envuelto en prosciutto sobre vegetales horneados.
Claro, buena suerte consiguiendo esturión en Santo Domingo. De hecho, buena suerte consiguiendo algún pescado que valga la pena y que haya sido de captura reciente. Porque en esta ciudad caribeña casi todo el pescado es congelado y de una calidad terrible… Pero un filetico de dorada apetecible apareció.
Y buena suerte con los vegetales. Tierra fértil ésta. Pero casi imposible es encontrar nada producto de agricultura natural, sin el montón de basura química a la que parecen adictos los cultivadores locales. Acabas por usar una latica de esto, un frasco de aquello, con tal de que venga importado y con certificación orgánica. Pero unos tomaticos cereza decentes, una cebolla y una bolsa de alubias se te dan, si sabes donde buscar.
Ni hablar del prosciutto. De todos modos, lleva cocción, o sea que lo que debes procurar es que no sea demasiado mediocre. Opciones tienes. Aceite decente. Un poquito de azafrán. Un poquito del blanquito que sobró de anteayer. Fácil
Al final, aunque los ingredientes que tenías no eran ni de lejitos los que hubieses deseado, el plato te queda comible y—¡sapristi!—va de perlas con el vinito esloveno. El que a tu pareja le guste, el que se lo coma y beba todo con alegría, son motivos para sonreir. Elegiste a esa persona en particular. La haces destinatario de un montón de cosas que eres y que no eres, pero que vienen con tus circunstancias. Su satisfacción te valida. De repente, eso que te compraste, eso que te une a ella en las buenas y en las malas, se decide a funcionar. En San Valentín no te pusiste con cursilerías ni regalos. Ella tampoco. Abrirán una botella de champaña sentados frente a la tele por la noche, como si nada.
Hay que joderse con lo del amor, les digo. Hay bajas en la condición de uno bajo su influencia que pueden ser realmente abismales. Pero las altas, si uno tiene suerte, hacen que todo valga la pena. “What did you think about the sun-up today?“, le preguntas a esa mujer junto a quien te vas poniendo viejo, mientras miras a tus hijos en sus cunas. Y la respuesta suena más o menos así…
Habiendo dejado de lado el resto de mis apuntes sobre las vacacioncitas de Nueva York, vuelvo a rememorar la muchas veces cruda realidad de mi vida y beba diaria aquí en Santo Domingo. Lógico es que de vez en cuando amplifique yo la oferta local con cosas que me he ido trayendo en la maleta cada vez que viajo. Así, en esta ocasión puedo abrir con…
Benoît Lahaye, Brut Grand Cru, Champagne NV: Una botella sacada entre celebraciones por la victoria de Barack Obama en las elecciones presidenciales de EEUU. Bonita champaña con una nariz de croissant aux amandes caliente, melocotón, cereza y naranja rubí y talco. COqueta, es lo que es. En boca es enérgica de manera muy festiva. Aunque tiene lo suyo de nervio, está lo suficientemente relajada como para ser peligrosamente fácil de beber. En el posgusto se sienten notas masa de pan, tiza y un amarguito entre el limón verde y la piel de cereza que resulta de lo más agradable. Largo y sabroso. Te invita a servirte otra copa. Y otra. Y otra. La botella se va demasiado pronto. Y lástima que sólo tenía una, comprada en Crush en Septiembre.
Masciarelli, Trebbiano d’Abruzzo 2007: Comprado localmente en un desliz, pues se me olvidó que su elaborador produce también ciertas monstruosidades “modernistas” de las cuales ya he hablado. Pero este trebbiano básico no está mal. No es nada especial, pero no está mal. Nariz perfumada de manzanas asadas, anís, lavanda y miel. Seco y sabroso, aunque su carga frutal-confitesca en boca acaba por hacerlo trivial, abonbonándolo un poco. Aunque fresco y bien bebestible, es cortito y no tiene nada en que colgar la imaginación.
Canepa, Chardonnay “Novísimo”, Valle Central, Chile 2007: Que es chardonnay chileno cuyo reclamo de ventas es que viene “sin roble”. Y yo necesitaba una botella para cocinar. Claro, lo probé antes de rociarlo en la sartén y tomé una nota de cata, por lo de que no se diga… Sanitariamente cítrico, con un filo amargo que me recuerda a morder una aspirina. Simple, corto y completamente anónimo. Eso, tal parecería si tomamos este producto como evidencia, es lo único que se consigue en nuestros tiempos por debajo de los US$10. Al menos sirve para una salsa, si uno no es particularmente exigente.
R. López de Heredia, “Viña Cubillo” Crianza, Rioja 2002: Una botella que me traje de Nueva York, esperanzado en poder repetir la excelente experiencia que con el Cubillo 2002 tuve cuando probé esto junto a María José López de Heredia en la última cata masiva de Polaner Selections en Nueva York. Pero no sé, parece que no le gustó Santo Domingo, porque esta botella distaba muchísimo del vino vivaz y suculento que recordaba. Como una taza fría de té Earl Grey. Se sentía descarnado, con apenas vestigios de aquella fruta y aquella estructura. Una botella rana, definitivamente. Y no tenía otra, o sea que ahí me quedé, desencantado.
Argiolas, “Costera”, Cannonau di Sardegna 2006: Recordaba yo como diez años atrás, cuando vivía en Puerto Rico, alguien me sirvió una botella de esta bodega en un restaurantico italiano del viejo San Juan y me gustó mucho. Era un vinito rústico y simpático. Desde entonces me parece haber visto esta marca expandirse. Aquella vez en Puerto Rico me parecía exótica, pero me la he comenzado a encontrar en todas partes, hasta en Santo Domingo. Y los vinos, hay que decirlo, se mantienen aceptables, si bien con una cierta “lavadita de cara” modernística que parece haberles acontecido por la fuerza. Este tinto “básico” es cárnico y ligeramente olivesco de nariz, con pastel de chocolate y mermelada de cereza como fondo. Lo mismo en boca. Lo que le hace particular es más bien textural. Térreo, especiado y con taninos que aprietan lo suyo y acidez firme, esto es vino manufacturado al que, por suerte, se le sale aún algo del carácter que hayan querido matarle en pos de aprobación internacional. Funciona con carnes grasas, si no aparece otra cosa más interesante.
Pierre Gonon, Saint-Joseph 2006: ¿Qué? ¿Se creyeron que yo me iba a conformar con ese “Costera” con mi trozo de carne de cerdo? Por suerte, “otra cosa más interesante” no falta nunca en casa y pude echar mano a esto, que es muy, muy de verdad… Bonita nariz de tocino, cuero y frutas rojas muy puras, con una interesante mineralidad de fondo. Lo que impacta aquí es esa pureza, debo recalcar. Un syrah compacto, tánico, masticable, que se enorgullece de lo que es y no necesita afeite alguno. La furta pura da tanto detalle que intentar “decorarla” con madera sería un crimen. Largo y poderoso, es un bebé ahora mismo, pero me dió mucho placer tal cual. Feliz etiqueta manchada.
Hoy estoy ahogando el ruido navideño con una vieja favorita de mis tiempos más rebeldes. Recuerden conmigo a Francis Dunnery en aquel primer álbum en solitario:
Esto lo dedico a todo el que ha tenido que trabajar en una tienda, o algún otro negocio en el que haya que poner musiquita de navidad para “ambientar”. Mi despacho queda en un punto en el que es inevitable que entre constantemente algún “Jingle Bells”, o la del insufrible tamborilero del ro-po-pom-pom de #@$^%&… En fin, que las bocinas de mi computadora están activas tratando de aislarme de esas insoportables melodías. Tengo unos cuantos playlists en iTunes que me ayudan a mantener la cordura y en varios de ellos figura prominentemente lo nuevo de Nikka Costa (el álbum se llama Pebble to a Pearl).
La primera vez que ví a esta excepcional cantante—cuya voz y actitud la ponen en la categoría de una verdadera fuerza de la naturaleza—fue al lado de Prince en aquel DVD de Live at the Aladdin, Las Vegas donde está la versión de “Pop Life” que tanto gusta a mi hijito Julián. Pero me voy por la tangente… Que Nikka Costa hace en ese concierto, acompañada por Prince y su banda, una versión de su canción (de Nikka, digo) “Push and Pull” que nunca dejará de ponerme los pelos de punta. Ahí me enamoré perdidamente.
Lo que no sé es si me convence esta onda de vuelta a los sonidos de Motown y el soul de los sesentas y setentas que se traen muchos artistas hoy por hoy. En Amy Winehouse se me convirtió rápidamente en una farsa. Con Nikka Costa (o, para los efectos, con Raphael Saadiq, cuyo excelente tema “100-Yard Dash” participa del mismo feeling) ya puedo apreciar a una intérprete mucho más auténtica y musicalmente diestra intentando algo similar y, repito, difiero mi juicio. No estoy convencido. Será cuestión de oirla mil veces más, porque el disco está bueno, y llegar a una conclusión sobre si lo de “retro” está o no está.
Mientras tanto, el primer sencillo de Pebble to a Pearl (y bueno, el escote):
Cada vez que lo pienso, me parece increible. Sólo hace cuatro meses estaba yo sintiéndome con el moco caido, al borde de abandonar La otra botella; sentía que ya se me había gastado la chicha, que escribir de vinos desde Santo Domingo iba a ser imposible. Y sin embargo, ahora me encuentro ante un superavit de contenido. Páginas y páginas de notas de cata por transcribir me esperan en mi escritorio; la crisis económica global genera curiosísimas noticias diariamente sobre las que hay que comentar, particularmente si afectan mi consumo de vino; y están los amigos, que siempre dan de que hablar…
De repente, algún lector de este blog me escribe en privado y me llama la atención por lo “prolífico” que vuelvo a estar. ¿Quién lo hubiera pensado?
Pues ya hace un mes de mis vacacioncitas en Nueva York y todavía tengo material recopilado allí como para varias entradas más. Pero creo que archivaré un poco. Este impulso me viene de un excelente libro que me estaba leyendo: Passion Is a Fashion: The Real Story of the Clash. Me encontré reflexionando acerca de algo bastante obvio. Una gran banda de rock siempre tiene un catálogo de material que “se queda” a la hora de sacar sus discos. No se trata solamente de canciones. También quedan fotos, video, escritos diversos, dibujos, lo que sea… Esto venía a propósito de los famosos “Vanilla Tapes”, grabaciones de los ensayos de The Clash para su monumental álbum London Calling.
No que pretenda yo compararme con esos ídolos míos que son The Clash, pero me resulta simpática la idea de dejar de lado unas cuantas cosas que queden, quizás suscitando curiosidad en mí sobre por qué las dejé. En fin, que ésta es la última entrega sobre este viaje a Nueva York que tanto ha rendido. El ciclo “En casa, de vacaciones” acaba, reconfortantemente, en casa de Brad Kane.
Kane se queja de que no hay "fotos buenas" de él...
El grupo era reducido. Nuestro anfitrión, SF Joe, Chris Coad y su esposa Lisa Allen, Josie y este escribidorete calvo. El menú prometía. Brad había preparado lo que a todas luces era una vaca entera, estofada. Además, tenía una sopa de una exótica cucurbitácea cuyo nombre yo desconocía completamente, pero que parecía ser calabaza. Ah, y había bastante vino…
Recién entrado por la puerta me ví con una copa en la mano que contenía el maravilloso François Chidaine, “Les Argiles”, Vouvray 2005. Digo “maravilloso” por lo benéficamente seco que es—una benidción para este diab;etico. Además, porque desde que salió al mercado no ha querido cerrarse, como tienden a hacerlo todos los buenos vouvrays tras un tiempecito. Purísimo, con una mineralidad que se va desenvolviendo de talco a arena a anís y otras especias… De lo mineral a lo orgánico, digamos. Luego, notas de miel, lavanda, limón en conserva y melocotón blanco. Difícil diferenciar lo que aparece en nariz y lo que en boca. Un vino muy completo, muy preciso en lo que dice, aunque pasa de una cosa a otra rápidamente. Pero deja sus mensajes claros. Eterno en boca. Mineral. Con excelente garra y solamente marginal azúcar residual. Lo dicho: Maravilloso.
Esa tarde de sábado fue cuando estuve en Chambers Street Wines para el episodio de los barolos que les narré recientemente. Como siempre, salí “premiado” con unas cuantas botellas para llevarme a casa y alguna para consumir esa misma noche. Tal fue el caso del Guitián, Godello , Valdeorras 2006.
Había tenido en la tienda una breve conversación con el joven encargado del área española en estos tiempos. Cuando me señaló este vino de Guitián como ejemplo de algo puro e interesante dentro de mis habituales parámetros, le dije de plano que las últimas cinco o seis veces que lo había probado me había parecido más bien fabricadillo y spoofulístico. El me respondió que no, que no era tal cosa, ¡si no veía nada de madera!
Traté de explicarle que lo de la spoofulation va mucho más allá del roble y que el vino puede ser spoofulístico de toda una legión de diabólicas formas. Al final me porfiaba, diciéndome que la enóloga (Ana Martín, me entero después) que está a cargo de este vino hace un buen trabajo, etc., etc., hablando con una convicción que daba a pensar que la conociese personalmente. Como era baratiro más o menos, decidí llevarme una botella, a ver si el perfil había cambiado en algo. Estaba en una tienda con una filosofía muy afín a la mía, o sea que un esperpento no podía ser…
Huele saneado y fermentadito en frío, plasticote y sobreestabilizado. Vamos, huele a blanquito chileno… Limón y mandarina bastante fulanescos y aburridos en nariz y boca. Una virtud es que se siente algo de mineralidad de fondo. Otra es que tiene acidez decente. Pero podría ser cualquier cosa. Llano, cortito, y carente de definición.
La excelente sopa de calabazas míticas
Tras este interludio de vapidez ibérica continuamos con el F.X. Pichler, Grüner Veltliner Smaragd “Loibner Loibenberg”, Wachau, Austria 1992. Otro nivel, como es de esperarse… Intensa, temperamentalmente mineral. La pizarrería se siente estertóreamente, invadiéndote todos los sentidos desde la copa. Y si no viene de suelo pizarroso, pues, me disculpan, pero hace una imitación perfecta. Debajo, tonos de pimienta blanca, anís, lirios y claveles, cardamomo, limón y melocotón. Grande y graso en boca, pero con admirable nervio. Mucha tensión. Está enterito y es muy largo. Por cierto, un muy buen acompañante para la sopa de calabaza de Brad.
D. Ventura, "Viña Caneiro", Ribeira Sacra 2006
El primer tinto era otro aporte gallego mío. Cuando llegó al mercado neoyorquino, justo antes de mi mudanza, el D. Ventura, “Viña Caneiro”, Ribeira Sacra 2006 no me impresionó. Había pedido seis botellas a mi proveedor habitual sin conocer el vino, sólo tras haber probado su “hermanito menor”, el Viña do Burato. El Caneiro no me gustó la primera vez que lo probé. Me pareció hosco y un tanto alcohólico.
En casa de Brad, este vino no pudo estar más lejos de aquella impresión inicial. Ciruela fresca, frambuesa negra, canela, clavo dulce y mineralidad pizarrosa a raudales. Una mencía voluptuosa de líneas, pero ferozmente pura, vibrante y profunda. Jugoso, carnoso y sexy, sobre todo por tener un corazón firme y mineral. Dicho sea de paso, fue un vino hacedor de consenso entre Kane y yo, que habitualmente tanto diferimos en nuestros gustos. Bonito vino, de verdad. Mencía como debe ser.
Chris Coad reía cuando me puso enfrente el próximo vino. Declaraba que no fue justo que me perdiera yo la cena con Víctor de la Serna durante la última visita de éste a Nueva York y que por eso tenía que probar este Finca Sandoval, Manchuela 2004.
Aunque mi amistad con su creador es cosa ya del pasado, habiéndose transformado tras un montón de topetazos internéticos en no-sé-yo-qué-carajos, he intentado siempre ser justo con estos vinos. En alguna ocasión hasta acusé a alguna añada de “elegancia” y hablé de que me había gustado el vino, etc. Pero invariablemente resultaba ser una añada pachucha, atípica, de las que los puntistas premiarían con un nota en los ochentas medios, por lo de no hacer el feo… Lo que Coad me ofrecía era, obviamente, algo de una añada de las de cuidado. Un vino denso, opaco. Nariz oportesca con un flan enfriándosele encima. Alcohol en buena cantidad en boca, tras un empalagosamente pesado ataque mermeladesco-enroblado. Un vino que me resulta incómodo de entrada, lo que hace su largo posgusto algo no particularmente deseable. Pero claro, puedo entender como esto puede ser atractivo a ciertos contingentes que entienden que algo es bueno solamente si envuelve una soberbia zurra a los sentidos.
No quiero que parezca que me ensaño con este Finca Sandoval, pero ¡qué manera de no ser mi tipo, rediós!
A continuación apareció un Domaine de Trevaillon, Vin de Pays des BOuches du Rhône 2001, todo tocino y hierbas. Fruta roja muy mullida, pero sin perder frescura. Taninos granulosos en un posgusto medio-largo que me resulta más bien sencillito.
Chambers Street no fue mi única proveedora de cosas que traerme a Santo Domingo. También estuve un buen rato, dos tardes antes, metido entre mis propias existencias en el almacén refrigerado donde alquilo espacio en Manhattan para guardar mi bodega. Allí encontré un par de cosas, en el sector de “últimas botellas” que me requerían atención inmediata. Traje a casa de Brad el Château Fortia, Châteauneuf-du-Pape 1995, una de las como cuatro botellas provenientes de esta región que poseía (obviamente, ahora tnego menos…).
Bella botella. Piedras calientes y polvo perfumado con lavanda, tomillo fresco, té negro, jamón curado y un deje de volatilidad. Muy buena fruta ciruelesca—dulce, cálida y amplia, pero con frescura y tensión. Taninos bastante resueltos en un largo posgusto que resulta térreo y rústico de forma agradable.
Tignanello 1990: ¿Sabremos algún día la verdad?
El otro “final de lote” que me traje fue una botella del Antinori, “Tignanello”, Vino da Tavola di Toscana 1990. Esta botella la adqurió mi padre en Santo Domingo unos cuantos años atrás, directamente del importador, cuando el vino salió al mercado. Era parte de una caja comprada, si no me equivoco, y mi viejo me la regaló.
Desde el momento en que pasó a mis manos había estado en óptima conservación: Diversas Eurocaves y, finalmente, el almacén frío. Es por esto que me resultó sorprendente el bofetón de caramelo y acetaldehidos que salió de mi copa al servir el vino. Completamente cocinado. Una pena, pues yo hubiese querido probarlo a esta edad, o para constatar que estaba muerto por causas inherentes a su spoofulística elaboración, o para quedarme alucinando si vivía y estaba bueno. Creo que el resto de la mesa estaba de la misma disposición y todos nos llevamos el mismo chasco.
Dos que se quedaron enfrente mío, no sé por qué.
Extraño premio de consolación fue un Luddite Vineyards, Cabernet Franc “Thalia Vineyard”, Sonoma County, California 2003. Mi bromita sobre si esto venía de un viñedo propiedad de cierta cantante mexicana casada con un megamagnate disquero se queda en casi nada, pues sólo Josie la entiende. El vino es de la usual talla de los de Luddite, o sea, demasiado para mí. Medicinal. Gigantesco. Hiperglobular en su mermeladez. Pero, de su propia y rarísima manera, puro y varietalmente reconocible.
Hay cosas que mejor ni intento interpretarlas.
¿Les conté que la vaca estofada de Kane quedó muy buena? ¿No? Bueno. Pues eso. Lo que no sé es qué se haría con la vasta cantidad que sobró.
La última botella de la noche fue del René Renou, “Cuvée Zenith”, Bonnezeaux 2002. Huele a que tuvo sustancial contacto con hollejo. Albaricoque desecado, heno, miel, piedras trituradas… Tiene buena acidez, pero es demasiado dulce para mí. D-E-M-A-S-I-A-D-O. Y su consistencia siropesca no lo ayuda. Enseguida se oyeron los pitidos de mi bombita de insulina. Ver arriba, mi pronunciamiento sobre la interpretación de ciertas cosas.
No tuve o que decirlo cuando Josie y yo nos montábamos en el taxi. Era como si el tiempo no hubiese pasado, como si no viviéramos ahora a un par de miles de millas de donde estábamos. Por poco le decimos al taxista que nos llevase a la 63 y Segunda…
Nos dedicamos al tema de como podríamos reunir a este grupo en el Caribe. Sería simpático montar un jeebusito en alguna playa en Santo Domingo, con lechón asado.
Cosas de la vida. Estaba en mi oficina revisando el correo hoy domingo al mediodía, pues nuestra tienda abre los domingos en diciembre y he de hacer acto de presencia. Botaba de mi buzón montones de mensajes de tiendas de vino y casas de subastas que te ofrecen cosas caras como si no hubiese crisis. La incesante verborrea sobre la deseabilidad de cierto tipo de trofeo vínico, en combinación con el hecho de que ya va siendo hora de almorzar y tengo un poco de hambre, pongo una canción en mi iTunes y, simultáneamente, en La otra botella para que se la gocen ustedes también:
Los que me leyeron ayer ya saben lo de mi amigo Joe Dressner. Joe ha logrado, convirtiendo esa tragedia en una gigantesca y muy compleja broma, subvertir unos cuantos paradigmas de forma genial. Así es Dressner.
Comparto con él su ateismo. Joe pide a sus amigos, conocidos y a cualquier extraño que lea sobre su enfermedad que no rece por él, instándonos a todos a copartir una buena comida y una buena botella de vino con un ser querido y dedicarle, en el disfrute, un pensamiento feliz. Yo pensé en hacer precisamente eso con cada comida buena que disfrute y cada buena botella de vino que abra. También pensé en honrar la tremenda labor de Joe Dressner abriendo buena cantidad de botellas que llevaran su siempre confiable contraetiqueta. El problema es que lo que tengo aquí en Santo Domingo ha llegado muy recientemente y no quisiera abrirlo para encontrármelo descompuesto por la travesía de Nueva York acá. Además, como que las comidas verdaderamente memorables andan un poco escasas en mi barrio. Un arroz negro mojado con La Rioja Alta S.A., “Gran Reserva 904″, Rioja 1995 en Don Pepe, un muy buen restaurante cerca de mi casa era un comienzo. El arroz, la verdad, muy bien logrado. Y el vino, después de una fase inicial en el mercado un tanto torpe, comienza a tomar la forma de un gran 904. Está bastante compacto, pero sedoso y con el perfil clásico de la marca muy en evidencia. Creo que es uno que va para largo.
Pero ya les digo, como homenaje a Dressner tenía en mente otra cosa. Literalmente en mente, pues la cena que quería dedicarle había ocurrido hace semanas y era cosa de memoria y de un par de apuntes en mi libretita negra.
En nuestra cuarta noche en Nueva York, Josie y yo decidimos ir a un viejo favorito en 10ma. Avenida, Trestle on Tenth. Tenía de fuentes muy confiables que la cocina del chef Ralf Kuettel estaba como nunca y que la carta de vinos seguía tan repleta de cositas interesantes a precios razonables como siempre.
Mi amigo SFJoe me había recomendado que pidiese como primer plato los pescuezos de pato fritos, un plato que apela a mi vena más aventurera, pero cuyo atractivo no me parecería especialmente “universal”. Como yo siempre sigo los consejos de SFJoe, pues, pescuezos comí. Y estaban fenomenales. Empanados, perfectamente sazonados, fritos a la perfección y servidos con un aioli de anchoas, era verdad lo que dijera mi amigo: “Se comen como palomitas de maíz”. Josie, por su parte, fue mucho menos atrevida, ordenando un entrante de salmón ahumado que no por los sencillo dejara de estar excelente.
Me perdonarán si no recuerdo muy bien lo que comió mi mujer como plato principal. Yo pedí un suculento filete de salmón con papitas, nabos, tocino y salsa de perejil. O al menos eso creo. Estaba muy bueno, lo que fuera. La cosa es que no le dediqué nada de espacio en mis apuntes, absorto como estaba en el vino que seleccioné de la carta.
Felices son las ocasiones en que a Josie se le ilumina la cara ante una copa de vino y quiere saber lo que es. Ella no es mujer de notas de cata, ni de ruminaciones extensas acerca de los atributos de cualquier vino. Pero cuando algo la agarraaaaaaaa…
Tal fue el caso del Jacques Puffeney, Trousseau “Cuvée Les Bérangères”, Arbois 2006. No lo importa Dressner a Estados Unidos, pero no creo que le esté mal que en mi recuerdo levante una copa y brinde por él con esto. Es un vino de color rubí aframbuesado con tonos cobrizos, transparente, limpio, luminoso. La nariz comienza tímida, pero con unos minutos comienza a desplegar tonos florales y térreos, de cera caliente, de piedras, arbustos y especias, además de una fruta brillantemente roja. Su aroma es como su color.
En boca es un vino ligero, ultravivo, de una pureza y un desenfado geniales. El agarre tánico y la acidez en el posgusto invitan a la comida. Rico, rico, rico… Cuando mi esposa y yo, cenando solos los dos, comenzamos a ponderar si pedir otra botella, es señal de que algo anda muy bien con el vino, ¿no creen?
Así lo pienso, así lo cuento, en honor a un amigo.
Estaba yo pensando en lo que hubiese sido la banda sonora perfecta para esa cena, con ese vino. A decir verdad, un elemento negativo de la velada fue el individuo que nos cayó en la mesa de al lado. Parecía estar en una especie de primera cita con la mujer que tenía enfrente en su mesa. Ella no pronunció más de diez palabras en dos horas. El no dejaba de hablar, en un vozarrón estertóreo, sobre sus viajes y hazañas en Europa, Asia y Africa. Quizás la narración hubiese sido interesante de no haber sido el tipo, según transpiró por unos cuantos comentarios, de una posición política ultraderechista. Pero bueno, eso no tiene importancia. No sé ni para qué lo saco… Ah bueno, para ponerles un videito que esta mañana también puse en mi perfil de Facebook. Es un clásico de los de verdad, que ha sido reinterpretado por media humanidad (desde The Clash hasta The Specials e Izzy Stradlin, nada más en YouTube), pero me quedo con la versión original, natural, bella como ese trousseau…
Asimov hace muy certeros comentarios que resultan relevantes a nuestra reciente discusión sobre el copeo en los restaurantes neoyorquinos: Se va a las selecciones más económicas de la carta para analizarla desde ah’i. Intentando beneficiar a los no angloleyentes, les traduzco una parte:
“Una carta de vinos requiere análisis a la inversa. No debe juzgarse desde arriba hacia abajo, sino desde abajo hacia arriba. Debe ofrecer, a todos los niveles, selecciones bien pensadas, incluso excitantes. Como mínimo, una buena lista debe dar a los clientes de recursos moderados algo a que echar mano y poder disfrutar, que les haga sentir bienvenidos, en vez de meramente tolerados.
“Las botellas de bajo precio en una carta de vinos dicen tanto de la naturaleza e identidad del restaurante como las más costosas. No importa lo buena que sea la comida, un amante del vino consciente de su presupuesto se toma selecciones genéricas entre los vinos más económicos de la carta como seña de mediocridad. Por otro lado, aunque una carta imaginativa a todos los niveles de precio no excuse pecados culinarios, al menos motiva al cliente a otorgar el beneficio de la duda.”
Me parece que son puntos muy válidos. Uno, como cliente de restaurantes, llega con la mejor disposición de pagar por una buena experiencia. El que uno no tenga una tarjeta Visa Plutonio con la que pagarse tal o cual vino trofeo no debe ser un impedimento. De hecho, responsabilidad de cualquier restaurante que se precie es dar opciones a toda su clientela.
Pero me perdonar’an ustedes si esta entrega se siente un tanto desganada. Esta mañana recibí confirmación de algo que venía temiendo desde hacía un mes. Un buen amigo afronta lo peor con su habitual sentido del humor. Yo intento reir con él, no pensando en las consecuencias, pero en siento un agujero abríseme cuando leo…
“Perdonen la tristeza” es la frase que me viene a la mente, prestada.
De todas las excrementalmente pestilentes monsergas propagadas por la prensa en las últimas dos décadas, posiblemente la más aromática sea aquella de la “democratización del vino”. Ya saben: Que se ha fomentado la “cultura del vino” de forma más amplia y envolvente, para llegar al público en general y hecer el vino asequible a todo el mundo, incluido Fulanito de los Palotes, bebedor de a pie y sin sustancial fortuna.
Lo contrario está ocurriendo. En vez de generalizarse un genuino interés por el vino como bebida para acompañar comidas, mejorar la cotidianeidad y actuar como lubricante conducente al desenfado y la calidez en reuniones sociales, lo que ha ocurrido es la decidida amplificación del “factor snob” y la aspiracionalidad. He dicho y diré siempre que me sorprende como, en nuestros artificialmente coloridos tiempos de “regiones emergentes” y vino de donde quiera, puede venir cualquier Hijo de Vecino™ (me encanta la indignación de algunos ante mi uso de esta frase, tanto que merece ser una marca registrada de este servidor de ustedes para uso a discreción; aún no lo es, pero se me ocurrió probarle el simbolito y las mayúsculas y la verdad es que se ve de lo más mona…) de una región sin prestigio vitivinicultural demostrado y sacar al mercado un vino “extramegaultrapremium” por el que pide lo que se le da la gana. ¿US$200 la botella? ¡No hay problema, sobre todo si median puntos de tal o cual gurú que añadan una buena dosis de valor fetichista al vino!
Llegó alguien no hace mucho a quejarse sobre mis frecuentes diatribas en contra del Hijo de Vecino™ en cuestión (les insto a verlo en singular, como símbolo de una especie). Alegaba que cualquier elaborador tenía el derecho a sacar medalaganariamente un vino de (alegado) hipersuperduperlujo y pedir por él cifras que le dieran una “justa ganancia” (o algo así) y “motivo para enorgullecerse” (o algo asá). A lo que yo digo: Sí, hombre, claro, si no hay nada como pasearse por las viñas en un Hummer para no enfangarse los mocasines nuevos de Ferragamo. Además, en estos tiempos tan credifáciles y vivalapepísticos, todo el mundo, aunque no sea millonario, puede sentirse como tal cogiendo fiado lo que se le dé la gana, incluyendo aquella botella de Pingus o El Nido o Cirsion o Screaming Eagle o… Pero… ¿Qué me dicen de la platea? ¡¿Que ya los tiempos no son ni tan credifáciles, ni tan vivalapepísticos? ¿Que aquellas “vacas gordas” de hace cinco o seis años habían sido meramente infladas con gas para crear ilusiones de prosperidad? ¿Que el mundo entero está entrando en una crisis financiera de proporciones, er, históricas? ¡No joooodaaaaassssss!
El vino y su industria no parecen haberse enterado. Sigue la democratización de la pretenciosidad, el esnobismo y el vino de estatus, al menos por parte de sus mercadeadores, como si nada. Y yo seguiré preguntándome quién compra.
Pero este tema ya lo he sobado y resobado yo bastante desde este ángulo. Hoy quisiera echar para otro lado. El mismo individuo que protestó por lo del Hijo de Vecino™ y su supervino aspiracional me llamó la atención muy justamente porque me iba a Nueva York de vacaciones y allí, de seguro, me tomaría algunas copas en algún restaurante a precios escandalosos.
Mucha razón llevaba. Y quizás lo más sintomático del mundo al revés que es esa tan flatulentamente cacareada “democratización del vino” sean los programas de “vino por copas” en los restaurantes de Nueva York. Bueno, del mundo entero, porque no nos engañemos, la cosa pica y se extiende. Otra especie de Hijo de Vecino™ participante en el mercado global se siente, al poner su restaurante, que tiene el deber de “hacer rentable” su oferta de vinos por copa cobrando al cliente del restaurante el precio que pagara el restaurante por la botella entera del vino ofertado, que usualmente es un vino bastante “básico”. Así nos encontramos con un montón de lugares que aspiran a venderte la copa del “L’Ancien”, de mi querido Jean Paul Brun, a US$12 la copa.
Es descabellado, sí. Se pretende “rentabilizar” el programa de vino por copas haciendo las copas prohibitivamente caras. Se añade, además, insulto a la herida cuando te enteras que ese vino que te cobran a 12 tacos la copa te lo venden por botella a 35. De repente, dada la cantidad que te da la botella, aunque el mark-up por botella también sea bastante difícil de tragar, te apetece más pagar los 26 que los 12.
Yo muchas veces viajo solo. Eso hace que ocasionalmente me encuentre comiendo en solitario en restaurantes. Si se trata de almorzar, generalmente no considero prudente consumir más de una copa de vino, máximo dos. Por lo de no restar productividad a la tarde si se trata de un viaje de negocios. En algunos casos, si ando con Josie, quizás limite ese consumo porque haya una nutrida agenda de tiendas u otra diversión enérgica por delante. Eso me hace frecuente víctima de la oferta por copas en los restaurantes. Incluso a la hora de la cena he caido en la trampa, apeteciéndome una copita de fino, como aperitivo, aunque me saque US$10 de la billetera el caprichito.
No dejo de preguntarme—y preguntar a boca de jarro a todos los restauradores que conozco—como semejante cosa se ha vuelto la norma. ¿No sería más deseable que el cliente consumiera el vino copa más despreocupadamente, sabiendo que un par de copas no van a costarle más que la botella entera? ¿O quizás seré yo demasiado tacaño y esto es perfectamente aceptable?
La cosa es que grito y pataleo, pero continúo cayendo en esto del vino por copas. Juez y parte y hay que joderse… No puedo quejarme de que me han cogido de bobo. Bobo soy. En mi más reciente vuelta por Nueva York fueron unas cuantas las copas de US$10 (que parece ser el mínimo estandardizado por muchos restaurantes manhattanianos), 12, 14, 16, o lo que fuera, por las que pagué consciente de que apoyaba una sinvergüenzura de marca mayor.
Tomemos, por ejemplo, el caso de nuestro primer almuerzo de esas vacaciones. Si la oferta de vino de; que me gusta en Santo Domingo anda escasa, no se imaginan la de quesos. El concepto de “queso”, aún en los sitios mejro surtidos, envuelve usualmente productos industriales más bien plasticoides. Josie, que es una estudiosa y amante ferviente de los grandes quesos de este mundo, al no haber salido de Santo Domingo en medio año, se traía un mono tremendo. Lo lógico era irnos a ese gran punto quesero neoyorquino que es Artisanal. Ahí tienen su propia cava de quesos y solo sirven artículos de primera. Justo lo que necesitábamos.
Ibamos en plan de comer y beber ligero, pues esa noche era la orgía vínica de Café Cortadito de la que ya les conté. Claro, aunque lo de la noche fuera en grande, tampoco íbamos a disfrutar plenamente de nuestros quesos si lo que bebíamos con el almuerzo era agua (dicen que eso es muy indigesto, o sea que tiendo a evitar la combinación). La única opción era irnos por copas. Claro, si exploran los menús en el enlace de más arriba verán que la situación en cuanto a eso… Pues era como en todas partes, con unos precios de los que no invitaban a beber. En la sección de vino por copas te ofrecen un precio mayor que el otro. El menor es de una porción “de cata” y el otro es “de copa”. Lejos de dar alternativas aceptables, pensar en que le quitan a uno por un par de cucharadas de vino lo que en realidad debiera costar la copa es echar sal en la herida.
He de decir que la cocina de Artisanal no me impresionó en esta vuelta. Una crema de calabaza con chutney de algo en el fondo estaba más bien aguadilla. Y un risotto de setas silvestres, aparte de andar pachucho de dichas setas, salió ensopado y quizás demasiado al dente. Eso fue mi prix fixe. Josie salió mucho mejro parada que yo, con un sandwich de cerdo asado y queso muenster que estaba verdaderamente excelente. Pero bueno, no vinimos a los platos, sino a los quesos. que sí estuvieron fenomenales, particularmente el ossau iraty, el garrotxa y el cheddar añejo.
Con la comida nos tomamos una copa de US$14 cada uno del Domaine Wachau, Grüner Veltliner Federspiel “Terrassen”, Wachau, Austria 2007. Un veltliner de cooperativa perfectamente aceptable para una comida de bistro, pero que en realidad ni de casualidad justifica el precio por una porción moderada. Ligero y correcto, con pimienta blanca sobre fruta amarilla y delicada mineralidad. A Josie le gustó, lo que me hizo más soportable pagarlo, pues me gusta verla feliz. Pero…
Igual decidimos pedir una tercera copa, ésta un dólar más cara aún y del Gérard Meillot, Sancerre Rouge 2007 para acompañar los quesos. La consumimos compartida no por especial frugalidad, sino porque en realidad ambos no queríamos beber más. Otro correcto para tabernear—¡si costara diez pesos menos la jodida copa! Floral y térreo pinot noir, con grácil fruta roja. Erguido, con taninos firmes y acidez refrescante en un final con abundante suculencia frutal y buena mineralidad. ¿Pero US$15? Pongamos las cosas en perspectiva: La fórmula prix fixe de almuerzo, incluyendo entrante, plato principal y postre, cuesta US$21.50, o sea, sólo US$6.50 más que esa copita de sancerre. ¿Alguien le ve la proporción en terminos de costos para el restaurante? De uno decidir tomar una copa de algo con el entrante y una copa de otra cosa con el plato principal, el costo del vino fácilmente aventajaría el de la comida. El mundo al revés.
Bueno, pero ni tanto, si consideramos lo que nos pasó un par de noches después. Nos fuimos a Tía Pol, el famoso bar de tapas en 10ma. Avenida, con la intención de tapear y copear en un ambiente alegre. Ahí, irónicamente, la selección de vinos por copa era casi inexistente en términos de cosas que me resultaran interesantes, o sea que automáticamente decidí pedir una botella del Palacio de Fefiñanes, Albariño, Rías Baixas 2007. Un Fefiñanes graso y especiado, más mullido de lo que esperaba. Azahar y orilla del mar dan paso a fruta carnosa, con buena acidez, pero quizás no la habitual estructura.
No fue problema el vino, pedido por botella, como les dije. La queja viene con las croquetas. Por US$9 pensamos que nos traerían una ración normal. Pero lo que llegó a nuestra mesa fue un plato con cuatro croqueticas. Muy buenas, eso sí, pero carajo, a US$2.25 cada una más vale. De hecho, hubiese esperado algún toque especial. No sé, un cachito de trufa blanca dentro de alguna, o un relleno masudito de langosta… Pero nada.
Es que si no te clavan por un lado, te clavan por otro.
Otro almuerzo nos vió en el siempre confiable Molyvos, no porque tuviésemos particulares deseos de ir allí, sino porque nos pilló un torrencial aguacero justo al lado. Ya saben, pulpitos a la parrilla, pescado fresco y echar la suerte con algunas copas de vinos griegos a espectacular sobreprecio.
Comenzamos con el Domaine Gerovassilou, Malagoussia, Epanomi 2006, que se traía una simpática nariz floral, con subtonalidades herbáceas y un golpe de bombones de manzana. Lo mismo en boca, más o menos. Moderno, sencillo y fácil de beber. Pero recordemos que la porción supera la docena de dólares.
En Molyvos por lo menos intentan ablandarte el golpe a nivel sicológico. Te traen el vino en una coqueta garrafita que probablemente no contiene más que una copa promedio, pero que te hace pensar que es más vino, pues puede uno servirse en dos golpes, en vez de uno solo. O, en nuestro caso, puede compartir el vino, para probar.
La segunda garrafita que compartimos fue del Porto Carras, Assyrtiko “Côte de Meliton”, Macedonia 2007, algo sobresulfurado, compacto y no particularmente amigable. En boca deja entrever una cierta complejidad, con notas cítricas, de hierbas secas de cocina y salinas. Pero está muy apretado.
Estuvimos un rato conversando sobre si pagar más de US$40 por tres mini-garrafitas de estos vinos exóticos (de nombre, si bien no tanto de aromas y sabores en el caso de los primeros dos) podía racionalizarse en términos de estarnos educando sobre los mismos. La conclusión iba por los lados de que si esto es lo que cuesta la cultura del vino hoy por hoy, bien fastidiada la veremos si la economía no mejora. Terminamos con el Gaia, Assyrtiko “Thalassitis”, Santorini 2007, un viejo amigo y valor seguro, aunque estábamos pagando US$16 por la garrafita. Firme, pizarroso, marino, con un leve elemento metálico. Apretado en boca, pero largo e interesante de posgusto por su pronunciada mineralidad.
El que les cuente en detalle todo este gasto quizás es un acto de autoflagelación pública. Viendo yo ahora, con distancia, lo que pagué en copas de vino en esas comidas en las que así bebimos, me siento como un perfecto c-o-m-e-m-i-e-r-d-a, en la acepción cubana del término, o sea, un imbécil. ¿Hay entre todos estos vinos alguno que sobrepase el nivel de meramente “aceptable”? Pues no. ¿Alguno me enseñó algo nuevo? Pues aparte de como están las cosas en los restaurantes, no.
En otro almuerzo, en un viejo favorito nuestro en SoHo al que no íbamos desde hacía años, me rebelé. Era L’Ulivo, una excelente y siempre acogedora pizzería en pleno meollo del fashionismo y el turisteo de la zona. Ví en la carta por copas un chardonnay de un tal “Armani”. Habiendo probado no hace mucho (por copas, nada menos) un excelente sauvignon de Albino Armani, pensé que este vino sería meritorio de mi tiempo. La copa costaba doce billetes. La botella, treinticuatro. No lo pensé mucho. El shopping de la tarde lo haríamos con esa botella entre pecho y espalda y ya. Luego me he enterado que este Armani, Chardonnay “Io Domenico”, Trentino 2007, limpio, sabroso y con buena mineralidad, aunque no especialmente excitante, cuesta en tiendas US$14. Ya saben. Pensaré mucho en el futuro cuando me vayan a servir cualquier vino en restaurantes, sea por copa o por botella. Las copas en L’Ulivo eran de buena calidad. El vino llegó a muy buena temperatura y nos lo dejaron en una elegante cubitera de vidrio. ¿Pero excusa eso un mark-up del 140% no sobre costo al por mayor, sino PVP en tienda?
En aquel colegio de curas donde me volvieron ateo rabioso me enseñaron que toda confesión debe venir acompañada de penitencia y propósito de enmienda. La penitencia creo que es haberme autozurrado aquí. Yo mismo no entiendo esta estafa que se ha vuelto lo del vino. Una estafa que—lo peor de todo—invitamos y perpetuamos los primos que queremos seguir amando el vino, pese a todo.
¿Cómo nos sublevamos? ¿Dejamos de ir a restaurantes? ¿Seguimos en estos Jáccuse, a ver si alguien nos hace caso y de repente el mundo del vino y el de la restauración sufren un arrebato de cordura y bondad?
Por lo pronto, publico esta vaina y les dejo que me comenten. Un almuerzo verdaderamente excelente y muy económico hicimos en SoHo otro día. Josie recordaba, de sus tiempos de reportera del mundillo de la farándula y las celebridades, una taquería llamada La Esquina, allá en el cuchillo de Lafayette y Broome. Allí nos pegamos tremenda panzada con media docena de tacos hechos con ingredientes de primerísima. Veinte dólares, o algo así, que para Nueva York es nada. Eso sí, si llega a haber vino, pues, un retrato de Benjamin Franklin nos hubiese costado, por lo menos. Es el castigo, si uno quiere vino, parece. Les dejo con una sabrosa foto, que da ganas…
Bueno, y porque en estos tiempos de vacas flacas con tetas de silicona, un videito de cierto hit de los ochentas que, de repente, ahora que vivimos los efectos de un cuarto de siglo de voodoo economics puras y duras, me parece muy apropiado: