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Lo que viene derecho…

Ya, ya… He estado ocupadísimo en el trabajo de verdad, sin tiempo ni particulares ganas de bloguear sobre vino y mucho menos sobre su (en estos momentos aburridísima) cultureta. Encima me he puesto en una terriblemente efectiva dieta con un nutriólogo dominicano, a ver si acabo de adelgazar los veinte kilos aquellos. Eso no da ni para mucho vino del que escribir, ni para particularmente buena comida con que maridarlo. Algunos queridos amigos me han escrito para preocuparse por mi aparente abandono de La otra botella. Les he dicho que no está muerta, es que su autor está hasta el cogote en otras cosas. Otros amigos me han escrito para participarme esta noticia.

Jim Budd informó en Decanter.com que Pancho Campo había sido “exculpado” por la Interpol y su nombre había sido retirado de la lista de “buscados”.

“He sido informado hoy de que la Interpol ha aceptado mi solicitud para retirar mi nombre de su lista. Hallaron que se había cometido un error y una injusticia contra mí (mi traducción) “, pone el comunicado de Pancho Campo citado en el artículo de Decanter.com.

Ya estaba yo listo para unirme a las voces de felicitación al Sr. Campo por esta vindicación, cuando decidí volver a leerme el texto de Budd, además de dos o tres cositas más que encontré en la red con respecto al retiro de Pancho Campo de la lista de “buscados” de la Interpol. Luego le metí a Google. Y ya de ahí para alante comencé a hacerme preguntas. Soy así. No puedo evitarlo.

Sería de esperar que una institución policial o judicial, al haber cometido “un error” y admitido “una injusticia”, diera fe pública de ambas cosas y ofreciera disculpas al afectado, en este caso el Sr. Campo. No encontré un documento a tal efecto en ninguna parte. Eso me resultó curioso. El mencionado “error” y la consiguiente “injusticia” afectaron seriamente a Pancho Campo y supusieron como mínimo un desagradable bache en su trayectoria profesional. Además, ese “error” y esa “injusticia” potencialmente  indujeron a su vez a error no solamente a los periodistas que dedicaron ancho de banda y tinta al “affaire Campo”, sino a uno que otro bloguero inquisitivo y al público vinero en general.

Vamos, que era para que hubiésemos oido y leido mucho más de la agencia policial que lo que se encuentra actualmente con respecto a este caso.

Busca uno el “aviso rojo” sobre Pancho Campo que tan fácilmente se encontrara hace unos meses en la web de la Interpol y no aparece, o sea que es muy cierto que ha sido retirado. Hasta ahí, todo bien.

Pero luego uno se pone a ver todo lo que hay circulando y resulta que la fuente de la información es única y exclusivamente la comunicación emitida por el propio Pancho Campo. No es que quiera uno fastidiarle el momento, pero sería bueno que la Interpol y las demás autoridades pertinentes no solamente corroboraran el hecho del “error” y la “injusticia” (a vueltas vamos con lo de las comillas; no se pueden retirar hasta que todo esté pristinamente claro y se hayan cancelado todas las preguntas), sino que ofrecieran el modo de enmendar el daño hecho al Sr. Campo.

Claro, eso no sé lo que pueda implicar para todas las partes.

Pero a lo que iba. La labor de un buen periodista es seguir la historia hasta sus últimas consecuencias. Siendo nuestros tiempos como son, ese seguimiento muchas veces ocurre ante los ojos del público. Lo vamos viendo as it happens. Y hoy Jim Budd ha publicado en su blog, Jim’s Loire, una nota muy interesante.

Hay un dicho dominicano que siempre me ha gustado. Lo repito cada vez que hay algo que me aviva mi alegre ceja derecha, tan dada a alzarse a la más mínima provocación: “Lo que viene derecho no trae arrugas”. Esa entrevista de Jim Budd con un oficial de la Interpol como que expone alguna arruguita. ¿O no?

Por alguna misteriosa razón, mientras escribo esta breve entrada, me encuentro tarareando una tonadita pegajosísima de aquellos ochentas que están ya tan lejos y a la vez tan cerca. Luego hablaremos ya del vino de Iniesta, que dizque viene por ahí. Por el momento, les dejo al Timex Social Club con un clásico que siempre está à propos

Uno de Lepe

Perdonen, amigos. Hace veintitantos días ya que no escribo nada aquí. No tengo excusa alguna, más que el exceso de trabajo del que paga las cuentas (que no es este blog, que es afición y no profesión, aunque a veces se me olvide). Bueno, quizás puedo encontrar explicaciones: La internet del vino últimamente como que anda algo parca en general. Poco de interesante se ve. Y para andar escribiendo más de lo mismo, pues…

Bueno, o no. Porque hoy me mandó un amigo un enlace a este fascinante artículo, cuya moraleja cae más o menos entre Larra y Lepe. Me reí mucho. Espero que ustedes también, porque cómico sí que es.

Para que no se me sientan abandonados, les dejo con una musiquita en lo que encuentro como organizar todo el material que he recogido en el último par de meses para convertirlo en entradas razonables de este blogcillo mío y de ustedes. Resulta que de una fusión de  genes de Bruce Springsteen, The Replacements y The Clash surge una encantadora bandita de nativos de Nueva Jersey. Ladies and gentlemen, por si no les conocen, les presento a The Gaslight Anthem. Los estoy oyendo muchísimo últimamente…

32 días de vino natural, día 11: Nisswa, Minnesota…

Lo siguiente es el texto que he contribuido a la excitante iniciativa cobloguera “32 Days of Natural Wine” con motivo del segundo aniversario de Saignée, el genial blog de Cory Cartwright. Pueden seguir la saga de las jornadas de vino natural y leer esta entrada también en Saignée. Disfruten…

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Pensándolo bien, no recuerdo muchos momentos en la historia de mi enochaladura en el que me haya ido la ortodoxia.

No que lo mío haya sido sólo para contrariar. Nací con una tendencia muy marcada hacia el roscaizquierdismo que no he podido zafarme, pese a la poderosa influencia de mi educación clásica. Me he hecho viejo deseando sólo lo que comunica conmigo de forma natural.

Ah, sí. Dije “natural”. Ahí está la palabrita. No contando la mención en el título prestado que aparece más arriba, llegó pronto.

Les contaba sobre como funciona mi sistema de afinidades. Hay cosas con las que conecto, así porque sí. Y hay cosas que no me entran ni por casualidad. Y aquellas cosas con las que conecto tienden, la mayoría de las veces, a estar en los márgenes cuando conecto con ellas. En vino, particularmente… Porque es difícil no recordar aquellos tiempos en que era yo una voz casi solitaria en la enointernet hispana defendiendo las virtudes de los vinos de López de Heredia, esos otrora tan denostados por aquellos que vestían calzones de “alta expresión” por fuera del pantalón. Esos mismos vinos que ahora están muy de moda y se venden carísimos. Igual es difícil no recordar mis cruzadas por el vino “sin maquillaje”, sin las tecnoveleidades puntilleras que tan de moda se pusieron en los noventas. Y bueno, sobre lo de los gurús y los puntos no digamos nada.

Un montón de años me he pasado deseando tantas cosas, para venir a darme cuenta no hace mucho que lo que estaba deseando era sólo una: Vino natural. Buscaba vino auténtico, expresivo de su terruño, sin aditivos “mejorantes”, sin marketing trajeado de Hugo Boss detrás, ni complejos esquemas corporativos, ni ansias sociales, ni humo, ni espejos. Un estribillo muy repetido últimamente en este espacio ha sido “Beber, abrir botellas y disfrutar”. Pues eso es lo que siempre he buscado yo. Vino consumido con naturalidad, en camaradería, con goce, cuya bondad principal es como aquel viejo anuncio de ron dominicano: “Lo suave que pasa y lo contento que se pone uno”. Natural.

Ahora resulta que hay hasta un Movimiento del vino natural y que algunos conocidos y amigos míos son parte de él. Se declara a Nueva York (junto con París, San Francisco y un par de metrópolis más) como una de las “capitales del vino natural”. El vino natural se ha puesto de moda entre diversas intelligentsias. Cory Cartwright me invita a formar parte de esta brillante iniciativa multiblogueril con 32 días de vino natural. Yo acepto. Lo del roscaizquierdismo no precluye que de vez en cuando me entusiasme por alguna aglomeración ideológica.

La cosa es que desde hace dos años y dos meses resido en Santo Domingo, República Dominicana, en una orilla a distancia medio-lejana del mercado global de las enobebidas.

Aquí le mencionas a alguien que prefieres el vino natural y los ojos se le ponen de glazeado doble. “Pero yo pensaba que todo el vino es natural”, te dicen con toda honestidad. Se han venido creyendo todo el canon pastoral supermercadístico leido en contraetiquetas de vino industrial. Porque ya se sabe, aún la más tecnológicamente puntera y corporativamente necia de los megacomplejos bodegueros multinacionales apela al mito del “producto de la tierra y el esmero artesanal”.

Eso, que vivo en un lugar donde el vino natural es impensable para la mayoría de los consumidores, que no pueden concebir que la mitología según una etiqueta de Concha y Toro corresponda a algo que alguien pueda considerar “no natural”. Se consume lo que resulta familiar, por la marca y no por el contenido. La diferencia es irrelevante.

Les mentiría si les digo que he aprendido a aceptar semejante status quo. Los gustos del prójimo (no entraré en si ven CSI o no, ya que mi propia esposa parecería ser fan de David Caruso) no me molestaría si no fuesen tan hegemónicos.  Soy lo que soy y mis gustos se hicieron como y donde se hicieron. O sea que vivir aquí, habiendo dejado atrás una amplia oferta de vino del que me gusta, del que considero real y verdaderamente meritorio, el que tiende a emocionarme y a motivarme camaradería, es vivir con un eterno mono de cojones. Bien podría estar en Nisswa, Minnesota, ese lugar que decía Thor Iversson hace un par de días. A veces, ante la apabullante presencia de enoproducto industrial en el mercado de Santo Domingo, y, sobre todo, de la aceptación de esto por parte del público local como “la única posibilidad”,  me vienen a la mente todo tipo de figuras literarias. Me siento como uno de los personajes oprimidos en alguna de las novelas más simpáticas de Orwell. O no sé, como un envejeciente anarquista oculto en el ático de una casa en tiempos de Franco, viviendo del recuerdo, o sea, con una sed terrible. Cuando aparece algún importador cuya sensibilidad lo provoca a traer a Dominicana un par de vinos de verdad, pues, lo apoyo y recibo esos vinos de vida como algún joven poeta en la Checoslovaquia de antes se devoraba un panfletillo recibido por samisdat.

Disculpen si me he extendido demasiado con mi triste historia. ¿He logrado que sientan un poco de pena? Porque miren que la privación de vino natural por tiempo extendido puede ser una terrible tortura de las que aplastan el alma. De verdad, perdón si me he vuelto un coñazo en mi queja. Pero aquí viene lo de la camaradería. Notando el descontento manifestado en La otra botella con respecto a mis circunstancias actuales, un buen amigo español que elabora vino natural me cogió pena y me mandó un par de cajas de cosillas selectas—suyas y de otros productores de similar mentalidad. He ido abriendo y saboreando botella a botella, poquito a poco, cada vez que me siento deprimido. Resultan muy salutarias.

El amigo elaborador natural del que les hablo no es otro que Laureano Serres. Por casualidad, es también el autor de eso de “Beber, abrir botellas y disfrutar”, que se ha convertido en mi consigna política favorita. A Laureano lo conocí “en vivo” por vez primera hace seis años. En aquellos tiempos no era el naturalero hardcore que es ahora, sino meramente un tipo honesto tratando de hacer el mejor vino que podía. Llegaba yo a Madrid y él se trasladó desde Cataluña únicamente para cenar conmigo. Fue una noche inolvidable en la que dos nuevos amigos dieron cuenta de algún Cornas de Clape, un “Les Poyeux” de Clos Rougeard y quién sabe qué más, ante la mirada atónita de una joven y guapetona sommelier madrileña. Laureano me había traido varios de sus vinos de aquel entonces, para probar.

Una de estas copas fotografiadas en el 2004 contenía el increible rancio 1975 elaborado por el padre de Laureano Serres.

Confieso no recordar particularmente un blanco y un tinto que me presentó. Pero culminamos aquella cena con un rancio dulce de 1975, elaborado por su padre, que fue toda una revelación para mí. Laureano—si no me traiciona la memoria—me habló de como ése era un estilo de vinos otrora típico de su región, pero ahora perdido. Yo, atónito ante un vino maravilloso, auténtico, profundo, genuinamente conmovedor, le dije que ni por nada dejara perderse semejante tesoro.

Saltamos media docena de años y estoy en Santo Domingo, delante de una de mis neveritas de vino, viendo que beber con una ensalada de frijoles negros, maíz,  gambas y salmón ahumado en vinagreta al cilantro, comino y naranja agria. Encuentro algo que parecería blanco y cuya etiqueta, en una de esas neciamente vericuéticas e ilegibles tipografías que parecen encantar a los amigos hacedores de vino natural, lo identifica como “Virante”, o algo así. Ante semejante nombre, pues, no sé que pensar. Lo abro. Lo sirvo. Es algo turbio, aunque su color anaranjado mantiene una interesante luminosidad. Un vino que en Santo Domingo sería condenado como “estropeado” y echado sin más por algún fregadero. Menos en mi casa.

Huele a gloria. Instantáneamente me recuerda a aquel “Eléctrico 1922″ de Toro Albalá, uno de mis montillas favoritos de todos los tiempos. Fresas, almendras, alcanfor, trementina, piedras, aceite de pino, fresitas silvestres y una profundidad cítrica de proporciones galácticas. Da ganas de escribir una de esas notas de cata con “descriptores” de lista de compra, ¡porque mira que suelta aromas distintos!

Lo que más paralizado me deja es que en la boca es casi completamente seco. Salino. Sustancialmente tánico. Larguísimo. Mucho, mucho, muuuuucho más vino de lo que esperaba encontrarme.

Inmediatamente, utilizando esa herramienta tan natural que son los mensajitos de Facebook, interpelé al Laure para que me contara qué diablos era esto.

Juraba no haberme mandado nada llamado “Viranti”. Ni producirlo. No entendía, pero se alegraba de que me hubiera gustado, si en verdad formaba parte de aquel “care package” que me mandó.

Tomó un par de días que me llegara otro mensaje. Decía Laureano que se trataba de un “Vi Ranci”, o sea, un vino rancio. No el de su padre que habíamos probado en aquel primer encuentro. Uno hecho por él en producción micro—del que, tristemente, no le quedaban más botellas, pues las había mandado todas aparte de la mía a un bar en Banyuls. O algo así.

Le declaré que ese rancio abre una interesantísima avenida para su proyecto de vinos naturales. Su carácter es único e indiscutible y hay que joderse con lo bueno que está. Le pedí que me lo explicase un poco, para beneficio de los que leyeran esta entrega y anduvieran con curiosidad enológica. Me informó que…

Este vino lo embotellé en el 2006 de una barrica que saqué de una bodega de la comarca que había cerrado. El poco vino que quedaba lo dejé allí y lo refresqué con vino mío de garnacha y macabeo. En dos años, la barrica rellenada había bajado bastante, incluso tenía una pequeña fuga que acabó tapándose con hongos. Llené unas cien botellas, contra viento y marea, porque nadie parecía creer en esto. Pero yo tengo ganas de recuperar— aunque sólo sea un .0001 porciento—parte de este patrimonio. Si alguien me da una barrica vieja, y se puede, la cojo y meto vino… No se pierde todo. Pos eso es lo que t’as bebío: Un vino rancio, de los miles que había antes. Algo que la “madre” le ha dado el sabor, una desviación de la enología…

Bonita historia, ¿verdad? El vino es lo que dice su nombre. Y es delicioso. Su historia es el tipo que ningún departamento corporativo

Una de cien, en Santo Domingo, junio 2010.

de marketing pondría en una contraetiqueta—probablemente tendrían severas dudas sobre usar la palabra “rancio” delante, vamos… A la generosidad natural de este buen amigo, que hoy por hoy es la punta de lanza del movimiento del vino natural en España, recibí una botella de cien. Aquí en un lugar donde semejante vino posiblemente nunca sea comprendido, mucho menos disfrutado. Me complace poder llamar al vino por su nombre: Celler Laureano Serres Montagut, “Vi Ranci”, Vi de Taula NV. A menos que vaya a Banyuls antes de que a los del bar se les agote, probablemente no lo vuelva a probar.

Pero llegó a mi. Y eso es de agradecer. Sin saber lo que bebíamos, Josie y yo nos bajamos la botella casi completa de este magnífico rancio seco y al otro día no había ni rastro de dolor de cabeza. Eso también es de agradecer.

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When I think it over, I can’t recall many moments in my history as a wine geek when my thing has been orthodoxy.

Not that this has been purely for the sake of contrarianism. I was born with a marked tendency to be contrarian, and have had little luck in breaking from that tendency, in spite of the powerful influence of my classical education. I’ve grown older desiring only that which communicates with me in a natural way.

Oh, yeah, right. I said “natural”. There’s that little word. Not counting the mention of it in the title, it came quickly.

I was telling you about the workings of my peculiar system of affinities. There are things with which I connect, just because. And there are things that I can’t swallow—not even by accident. Those things with which I do connect tend, most of the time, to be in the margins when I happen to connect with them. In the world of wine, this has been particularly so… It’s hard to forget those days when I was the lonely voice on the Spanish side of the wine internet defending the virtues of the wines of López de Heredia, those so vilified by people wearing “alta expresión” underpants outside their trousers. The same wines that are now ultrahip and sell for handsome sums. Also hard to forget my crusades for wine “minus titjobs and makeup”, without the point-seeking technowhatevers that became quite the rage in the Nineties. And about the gurus and the damn points, the less said, the better.

I’ve spent a bunch of years talking about the way I wanted things to be, only to realize that what I desired could be summed up in one simple phrase: Natural wine. I sought wine that was authentic, that expressed its terroir, without additives or trafficking to “improve” it, without marketing guys in Hugo Boss suits behind it, or complex corporate schemes, or social aspirations, or smoke, or mirrors. A refrain often repeated on La otra botella lately sums my attitude best: “To drink, to open bottles and enjoy”. Simple as that. It’s all I want. Wine consumed naturally, in camaraderie, with joy; wine of which the main virtue is sort of like those old commercials for Dominican rum: “How smoothly it goes down, how happy one gets”. Naturally.

I now find out there’s  a Natural Wine Movement and a number of my acquaintances and friends are part of it. New York is declared (along with Paris and San Francisco)one of its strongholds. Natural wine is now the “it” thing among any number of intelligentsias and hipster nucleii. Cory Cartwright invites me to be part of this brilliant initiative, where 32 bloggers spend 32 days going on about natural wine and I accept. My contrarian streak is not so strong as to preclude me from occasional adhesion to one ideological community of another.

Thing is that for the past couple of years and change I’ve resided in Santo Domingo, Dominican Republic, on a medium-distant shore of the global enobeverage marketplace. I left behind a good life in Manhattan, friends and all the wonderful wine I could ever want to move to… Well, never mind.

Here you mention to somebody your preference of natural wine and their eyes become double-glazed. “But I thought all wine is natural”, they say in all earnestness. They believe the full canon of supermarket pastoral prose as printed on the back labels of most industrial wine these days. Because, of course, no matter how techy and obnoxiously corporate the global megawinery complexes grow, there’s still the appeal to the myth of wine as a “product of the earth and of artisanal care”.

So there. I live in a place where natural wine—as opposed to industrial crap—is inconceivable to the majority of consumers, who cannot conceive of the pap printed on a Concha y Toro back label as something someone else can associate with the “not natural”. A bottle of wine is opened and consumed here because of the familiarity of its brand, rather than the contents of the bottle. The difference between the two seems irrelevant to most.

I’d be lying if I told you I’ve learned to accept this status quo. The aesthetic proclivities of my neighbor (I will not discuss whether s/he watches CSI Miami or not, as my very own wife seems to be a fan of David Caruso; go figure…) wouldn’t bother me at all if they weren’t quite as hegemonic as they are. I am what I am and my tastes were formed where they were formed, so living here, having left behind what I did, is living in the throes of the nastiest never-ending set of withdrawal symptoms. I could very well be in that  Nisswa, Minnesota place that Thor Iversson wrote about a couple of days ago. Sometimes, facing the dismal selection of industrial enoproducts on offer here in Santo Domingo (and the complete acceptance by the public of said industrial enoproducts as “the only possibility”), my mind calls  up all sorts of literary figures. Maybe the oppressed subversives in a couple of Orwell’s funnier books. Or I don’t know, the aging anarchist hidden away in an attic in Franco’s Spain. Or the young poet in Communist wherever, devouring over and over the same samisdat pamphlet.

Sorry. I realize I’ve gone on a bit in this self-pity jag. Really, sorry. But an unappeased  jones for natural wine can be a truly awful, soul-crushing torture. Anyway, here’s where camaraderie comes in. Taking note of the immense discontent I’ve been feeling with regard to my current circumstances, as abundantly voiced on my blog, a good friend in Spain who happens to make natural wine took pity on me and sent me a couple of cases of selected bottles—made by him and by other like-minded producers. I’ve gone through the cases bottle by bottle, slowly, savoring each one when I feel depressed. Most salutary, this.

The natural-winemaker buddy I’m talking about is none other than Laureano Serres. Perchance, he’s also the author of that “To drink, to open bottles and enjoy” slogan I’ve been using so much lately. I met Laureano in the flesh for the first time about six years ago. Back then he wasn’t the hardcore naturalero he is now. Just a guy trying to make the best wine he could. I’d just flown into Madrid and he’d driven from Catalunya just to meet me and have dinner with me. It was an unforgettable evening: Two new friends getting royally smashed at a posh restaurant where they polished off bottles of Clape Cornas and Clos Rougeard “Les Poyeux”, as well as who knows what else, all under the incredulous gaze of an attractive young lady sommelier. Laureano had brought down some of his wines for me to taste.

This picture was taken in 2004. In one of those glasses is the 1975 rancio made by Laureano Serres' father.

I confess I recall very little about a white and a red he served first. But the culmination of the dinner was a 1975 sweet rancio made by Laureano’s father. To me, a revelation. If my memory doesn’t betray me, Laureano mentioned that this had once been a typical style of wine in his area, but is now almost extinct. I, gobsmacked before a wonderful, authentic, profound, genuinely stirring wine, managed to tell him that under no condition should he let such a treasure be lost.

We skip hald a dozen years forward and I’m in Santo Domingo, in front of one of the little wine fridges in my apartment, looking for something to drink with a salad of black beans, sweetcorn, prawns and smoked salmon, cilantro-cumin-bitter orange vinaigrette. I find something that appears to be white. The label, in one of those annoyingly curlicued typefaces favored by so many natural winemakers, identifies the wine as “Virante”, or something like that. I don’t know what to think about that name. I open the bottle. I pour the wine. It’s cloudy, though its orange orange color emits a compelling luminosity. A wine that here in Santo Domingo would be condemned as “spoiled” and unceremoniously poured down a kitchen sink without so much as a sniff. But not chez Camblor.

This smells just glorious. Instantly, it reminds me of Toro Albalá’s “Eléctrico 1922″, one of my favorite wines ever from Montilla. Tiny wild strawberries, almonds, camphor, turpentine, stones, pine oil, more tiny wild strawberries and a citric depth of galactic proportinos. It makes one feel like writing one of those shopping-lists of “descriptors”, with so many aromas coming up from the glass.

What stops me cold is the fact that on the palate it’s almost completely dry. This is very new and doesn’t quite jive with my old idea of a rancio, which tended to include sweetness. Saline, substantially tannic and very long. Definitely waaaaaaay more wine than I expected.

I immediately used that most natural of tools, a Facebook message, to get Laureano to explain to me what the hell is up with this unbelievable wine.

He swore he hadn’t shipped me anything called “Virante” or “Viranti”. Or, for that matter, made any such thing. He didn’t understand, but was happy I liked it, if indeed it had been part of the care package he’d sent

It took another couple of days for me to receive a new message. Laureano said he’d finally figured out it was a “Vi Ranci”, a rancio wine. Not the one made by his father, but something made in the tiniest amount by him–of which, regrettably, he had no more bottles to send me, since he had sold his remaining stock to a wine bar in Banyuls. Or something like that. Apparently, the wine bar in question specializes in just that sort of wine. The world I don’t live in seems to be a wonderful place.

I declared this rancio as the opening of a fascinating new avenue in Laureano’s natural wine adventures. Its character is unique and undisputable and goddam the stuff is good! I told him to explain it to me, for the sake of the readers of this entry who may harbor some sort of enological curiosity as to the wine’s “where” and “how”. And Laureano said:

I bottled this wine in 2006 from a barrel I got out of a bodega in my area which had closed up. What little wine there was I left in the barrel and refreshed it with some of my own wine from garnacha and macabeo.  Two years later, the topped-up barrel had lost a lot of wine; it even had a little leak that ended up being plugged by fungi. I filled about one hundred bottles. against all odds, because no one seems to believe in this sort of thing. But I feel like recovering this patrimony—even if it’s only .ooo1% of it. If someone gives me an old barrel, and it’s doable, I’ll take it and put in some wine. You don’t lose everything. That’s what you drank: A rancid wine, one like the thousands there were before, Something the “mother” gave its flavor, an enological deviation…

A pretty story, right? The wine is what its name says. And it’s delicious. The

One of one hundred, in Santo Domingo, June 2010.

story is the kind no corporate marketing department would ever dare put on a back label—they’d probably have severe doubts about using anything remotely resembling the word “rancid” in the front, too.. To the natural generosity of this good friend—today the spearhead of the Natural Wine Movement in Spain—I got one bottle out of a hundred. Here, in a place where such a wine probably would never be understood, much less enjoyed. I’m happy, now, to call it by its name:  Celler Laureano Serres Montagut, “Vi Ranci”, Vi de Taula NV. Unless I make it to Banyuls before the guys at that bar run out of it, I may never get to drink it again.

But it reached me, which is something to be very thankful for. Without really knowing what we were drinking, Josie and I drank up almost the entire bottle of this magnificent dry rancio and the next day we didn’t have even the slightest trace of a headache. That’s also something to be thankful for.

Hacía mucho…

Hacía mucho que la salida de un disco no me tenía tan a la expectativa. Pero el martes sale High Violet, de The National, un grupo que me ha encantado desde que lo conozco. Y hacía mucho también que no dedicaba una entrada únicamente a una canción. O quizás no tanto, pero con la pausa lo parece. La cuestión es que aquí está, porque es sábado en la mañana en Santo Domingo, del nuevo, The National:

(Siempre habrá) Cositas y cosotas…

Hasta que me diese por lo de mi reciente hiato, cada viernes me esforzaba por publicar aquí un compendio de curiosidades de la cultureta actual del vino encontradas por esta internet tan pródiga en chismes, marketing fantasioso,  idioteces proclamadas como dogmas de fe, politiquería cogebobos, trapicheos, chorizadas de cuello y corbata, paquetazos, etc., etc. Unos viernes resultaban, por ley de vida, más divertidos y edificantes que otros. Yo, por mi parte, aunque esas entradas de “Cositas y cosotas” suscitaron animados y muy saludables debates, me ví buscando algo menos, que a la vez era algo más. Necesité cambiar un poco el formato, quizás abarcar menos cosas y profundizar más en el tema seleccionado. O, por lo menos, ceñir el potencial debate a un tema nada más.

O sea que ahora “Cositas y cosotas” viene new and improved, pero intentando preservar su esencia lúdico-jodedor-analítica. Un tema por viernes. Y listo. Al asunto.

El Wall Street Journal nunca se ha distinguido por la brillante sagacidad y profunda erudición de sus críticos de vinos. Nada más hay que recordar a la parejita aquella que tenían hasta hace poco… O mejor no recordarla. Total, si los cambiaron. Hace un tiempecito anunciaron que uno de los dos puestos de crítica de vinos para el periódica iría a Jay McInerney, autor de una novela brillante en los ochentas (Bright Lights, Big City) y de un montón de columnas de vino bastante tontas para la difunta revista del hogar House & Garden. Poco después, el Journal anunció una contraparte femenina para McInerney: Nada más y nada menos que Lettie Teague, autora de otra buena cantidad de columnas tontas para la revista Food & Wine. Hasta donde sé, la Sra. Teague no ha escrito ninguna novela brillante aún, o sea…

Caso es que en la última semana  del antedicho hiato bloguero que me traía me llega el debut de la Sra. Teague en el Wall Street Journal, una columna de tonito un tanto tocagónadas sobre el tema de los vinos de alto grado alcohólico. No deja la más mínima duda de que la Sra. Teague es una defensora de los mismos, y los sumilleres, tenderos y consumidores que rechazan rutinariamente vinos de 14% de alcohol por volumen o más son esnobs insufribles que ponen sus preferencias personales por encima de las oportunidades que putativamente merecen esos vinos “grandes”.

Para los sumilleres de restaurantes que pasan de vinos con más de 14% de alcohol en nombre de servir vinos “equilibrados” y “compatibles con la comida”, la Teague tiene la siguiente cápsula de sabiduría:

[Cuando los sumilleres] hablan de “equilibrio, ¿qué están diciendo en realidad?” ¿No será en verdad lenguaje codificado para excluir los vinos que no les gustan, o los estilos de vino que no se ajustan a sus gustos personales? ¿Es esto la próxima forma de esnobismo vínico, similar al movimiento anti-chardonnay? (Mi traducción)

La prosa tortuosa no es por mi traducción, que conste. Y es un extraño concepto de la labor de un sumiller el que parece poseer la Teague. Toda la vida he visto en el oficio de un sumiller de verdad—los de carrera, los chapados a la antigua, que de verdad entienden el vino y su servicio en contexto, sea este contexto histórico, sociológico, o meramente de la cena que va a ordenar la mesa 8—como una mezcla entre trabajo curatorial, didáctico y de ventas. Tal como lo haría el curador de un museo, el sumiller monta su lista de vinos como una exhibición, diseñada para dar máximo deleite y máxima información al visitante. Se encarga el curador de elegir las obras en exhibición según criterios coherentes y velar su posicionamiento para comunicar claramente el mensaje o mensajes que busca comunicar. Así mismo el sumiller. No se trata de “dar oportunidades a todo quisque”, ni de ser un empujador de lo que le dé la gana a X segmento de la industria del vino. Se trata de crear una carta de vinos coherente, consistente consigo misma y con la cocina del restaurante.

Lo que, si mi experiencia vale de algo, pone en desventaja a los megavinotes esteroidales que defiende Lettie Teague, esos que te dan “la patada extra”.

Claro, yo soy de los que aman los vinos ligeros, gráciles, enfocados, con excelente acidez y mucha frescura, los que dejan poco estrago a su paso, los que no te imposibilitan alcohólicamente después de dos copas, los que te invitan a abrir esa otra botella… Tiendo, como esos sumilleres que condena la Teague, a respetar fronteras de graduación alcohólica y a sentir seria aprehensión ante vinos que las sobrepasan. Por más que lo intento, no puedo enterarme de como es que un jumilla con 15% de alcohol trae “más sabor” que un complejísimo trousseau del Arbois con 12.5%.

Otra cita, con metacita incluida:

Descubrí que un buen número de los vinos que había disfrutado en el pasado con mis amigos, y alegremente maridado con comidas, sobrepasaban por bastante el 14% de alcohol. Tenían sabor e intensidad y eran inmensamente placenteros…. Eso es algo que los que odian el alcohol dejan fuera. El alcohol acarrea sabores. “Es como la grasa en la carne”, como me dijera una vez Aldo Sohm, director de vinos de Le Bernardin, en Nueva York (no estaba seguro de que lo dijera de forma positiva, pero decidí tomármelo así).

Para más discusión sobre el (ab)uso interpretativo de esa línea atribuida a uno de los sumilleres más respetados de Nueva York, les refiero a mi amigo el Dr. Vino, quien también trató recientemente sobre el debut de Lettie Teague en el Wall Street Journal.

Lo que nunca dejará de sorprenderme es como, en la cultureta, los debates siempre han de enmarcarse de forma tan polarista. Obviamente, la Teague se planta en una esquina como defensora de los vinos-bomba. En la otra pone a los  “esnobs” proponentes de vinos menos aparatosos y de impacto más sutil. Claro, nunca falta denostar al otro bando, designarlo como “elitista”, “antidemocrático” y tonterías así. Blanco versus negro. Amor u odio.

Yo siempre diré que puedo comprender a los que gustan de las tumbacocos, los amplificadores de guitarra que llegan al “11″ y las tetas de silicona como pelotas de playa. Recordemos lo mucho que disfruto de Sadat X y su “fucked-up factor”:

¡Ah, Lettie Teague! ¡Ah, la humanidad! Todo esto me ha puesto a pensar en el vendedor de una tienda local. Cuando le pregunté—hará como un año—por qué eran tan pocos los vinos por debajo de 14% de alcohol que ofrecía la tienda, me dijo que “es que por debajo de eso la gente no los quiere. Hay gente que solo compra de 14.5% para arriba”.

También pienso en un amigo que se refirió a un priorat con 15% de alcohol con adjetivos como “elegante”, “fresco” y “equilibrado”, aunque luego me admitió que beber eso muy frecuentemente le estaba dejando estropeadillo.

Vamos, que debe existir espacio en el mundo del vino para todo tipo de prioridades…

Pequeños movimientos…

La otra botella contin´ä en una necesaria pausa, por lo menos en cuanto a producción de textos largos. Créanme ustedes, lo necesito. Cuando vuelva a retomar el ritmo, de seguro este espacio se verá mejorado: Con más vitalidad y precisión que la que tenía antes.

No les niego que, en medio de mis vacaciones blogueras, a veces me entra un mono terrible de escribir. Lo que sea. Y la cultureta del vino sigue produciendo sinvergüenzuras y estupideces a diario que me tientan a comentar. Además, esas manifestaciones de gente que extraña mis diatribas (vaya usted a saber, ¿eh? Hay de todo…)me llenan  de sentimiento y me entran ganas de soltar una de mis crónicas.

Pero no. Mejor esperar a que esté madurito, al momento en que me sienta cómodo.

Por ahora, quería compartir algo dicho por una amiga durante una cena en casa el otro día. Muchas veces yo he citado aquella línea de Roland Barthes: “Interrogo mi deseo, que es el único estándar para mi trabajo”, Pues lo dicho por mi invitada durante nuestra sobremesa hace eco a Barthes y luego reverbera sobre la cultureta actual del vino. Teníamos con nosotros también a César Castro y su novia Mary Ann, que intentan iniciarse como importadores de vinos artesanales y de terruño a la República Dominicana. Bebíamos algo de lo que traen. Comentábamos lo ricos y diferentes que estaban los vinos en comparación con el enoproducto artificialote, trajeado e hipermarketinguizado que predomina en el mercado dominicano. Llegamos al típico mercenario trajeado que lo vende tratándolo igual que si se tratase de cualquier cosa: Jamonilla enlatada, pantaletas, gaseosa…

La sentencia interrogante de la amiga: “Es que en este medio a cuánta gente conoces que de verdad ame el vino y ame lo que hace?”

Jugosa pregunta, ¿no? Aplicable al mundo entero en este mercado global tan jodido. Porque estoy seguro de que hay mucho vendevinos a quien el vino en realidad le importa un bledo, que ahora mismo se encuentra ante la perspectiva de tener que mover almacenes de inventario invendible. ¿Cómo estará sintiéndose sobre lo que hace?

Bueno, hasta aquí mi mini-intervención que, aunque no me quita el mono, me lo alivia ligeramente. Commentez et discutez. Y a los que vienen acá sólo por las cancioncitas, pues, una del playlist de banditas neoyorquinas independientes que ahora mismo me ocupa. The Kills, En un mundo mejor, esto sería un clásico.

La pregunta…

¿Cuánto tiempo más aguantará Camblor su autoimpuesta semiausencia?

¡Al rico hiato!

Pensándolo bien, sí que necesito un descanso. De la maldita cultureta del vino. Del blog. De todo. Desde un tiempo a esta parte me siento cansado, aburrido, con esa ligera náusea que produce después de un rato el hacer las cosas simplemente por hacerlas.

Me vengo preguntando yo el nivel de utilidad que pueda tener, escribiendo desde donde escribo, para quienes aman el vino de verdad en el mundo exterior. Por un severo error de cálculo del que sólo yo soy culpable he venido a parar a una distopía hecha realidad, al triunfo de la trivialización mercenaria del “vino” y la “gastronomía”. Vivo en República Dominicana y me está siendo muy difícil encontrar vino de verdad que beber, comida de verdad que disfrutar y amigos de verdad con los que compartir ambas entre conversación inteligente y alguna que otra risa.

Evalúo mi existencia actual a cada instante y, misteriosamente, acabo iracundo contra este blog. De verdad que me he perdido a mí mismo. Escribo y me leo separado, fragmentado, sin vitalidad.

Tengo que cambiar eso. Tengo que encontrar un ritmo nuevo. Tengo que reinventar mi voz.

Les parecerá idiota o patética esta revelación, pero tenía que hacerla. Dejo de lado este espacio por un tiempo. Quizás sean días, quizás semanas o meses. No sé. Pero si no lo pongo en perspectiva y reubico el placer que de él he de derivar, mal lo veo. No solamente se tratan estos escritos de dar caña a la patológica cultureta mundial del enoproducto. Esto tiene que dar más. Y darme más.

A la puta cultureta que nos ha malversado la idea de “vino”, pues, que le dure el tinte. No tendrá que aguantar ni preguntas indiscretas ni diatribas de mi parte. Al menos hasta que vuelva.

Amigos, gracias por dedicarme su atención todo este tiempo. Comprendan. Lo que voy a hacer ahora es muy necesario.

%$#@ crisis de inspiración…

Sólo quería decirles que si me sienten un poco ausente últimamente es porque lo estoy. Bloguear no me está sabiendo a nada y, a decir verdad, lo que estoy bebiendo y comiendo en Santo Domingo en estos días no vale la pena mencionarlo. Hasta he jugado con la idea de cerrar el chiringuito.

Deja ver si encuentro algo que sí valga la pena decir—algo que me saque de este estado y me devuelva las ganas. Entre tanto, un grupito que recién acaba de caer fortuitamente en mi vida. Difícil de creer, peron nunca había escuchado antes a Botanica. Hasta ayer, que así, de la nada, me salieron entre las sugerencias de eMusic. Y así…

Cositas y cosotas: 19.03.2010

He tenido unas semanitas intensas últimamente. Quizás se ha notado un poco por la repentina semisequía de entradas nuevas en La otra botella. O por lo que me tardo en responder a algunos comentarios.

Estoy sumemente atareado en otras cosas, la verdad. Nunca pensé que nada podría usurpar la porción de tiempo y ganas que tenía para este blog, pero está ocurriendo. Las responsabilidades que me reclaman parecen crecer a diario y yo sigo siendo uno solo. Además, me veo poseido por una fuerte desilusión en cuanto al vino, esa puñetera malaise que me hace verlo todo del gris sucio de los trajes baratos de los trajeados vendevinos a los que tanto… Bueno, nada, eso. Que está un poco cuesta arriba lo de ser bloguero ahora mismo. Pero lo seguiré intentando.

Entre las más interesantes cositas de la semana estuvo esta entrada en el blog de Tom Maresca sobre una semana catando barberas en Piemonte con un grupo de periodistas y blogueros del vino. Aparentemente, un contingente norteamericano de blogueros protestó ante los barberas internacionalistas y superenrroblados que les ponían enfrente, prefiriendo por distancias vinos más “básicos” (léase puros, sin o con poco roble evidente, jugosos, directos y honestos). Ante las negativas opiniones sobre sus vinos “top”, más de un elaborador se crispó y declaró que eso es “lo que pide el mercado”.

¿No te jode?

¡Porque mira que venir a cantar esa canción es más o menos como pedirse la “Macarena” en el karaoke!

Pero la cuestión es que muchos en la industria aún parecen quererla cantar. Maresca habla de la clara desconexión entre ese tipo de rebuz—er, perdón, ese tipo de pronunciamiento y la realidad, particularmente cuando se pronuncia la frase delante de blogueros que son, a la vez, consumidores, ergo, parte de algún segmento de mercado al que el pronunciante debiese estar prestando un poco más de atención.

Pero bueno, hablando de realidades alternativas en las que “el mercado” pide cada vaina que no veas, simultáneamente cuatro amigos me hicieron llegar este enlace anoche. Aparentemente, el Dr. Jay Miller ahora catará una buena tajada de los vinos españoles que reseña para el Wine Advocate de Robert Parker in situ en las regiones de origen. Dos viajes al año. La idea, según el comunicado al que lleva el enlace en cuestión, cuajó en… ¡WineFuture Rioja 09! Y aparentemente Jay contará con un conocido cicerone… Pero no les digo más nada. Lo dejo todo al análisis de ustedesm como he hecho siempre.

Pasando a otra cosa, que es igual que volver a lo mismo, resulta difícil de creer el tiempo que llevo ya haciendo este blog y que hace un par de años tenía una pinta completamente distinta. De hecho, busco una de mis entradas viejas porque algo me la recordó esta semana y me sorprendo por lo torpe de aquel formato que tenía La otra botella antes y lo nítida que se ve ahora.

En la que Camblor intenta respirar a través de una copa de las de "cristal respirable", sin mucho éxito...

La entrada vieja de la que les hablo era una sobre la cristalería y las mil maneras que tenemos de hacer el primo los enochalados en cuanto a élla se refiere. Pues resulta que esta semana el gigante cristalero austriaco Riedel ganó una demanda que había interpuesto contra la firma alemana Eisch Glaskultur, mercadeadora de aquellas copas de “cristal respirable” de las que les hablaba en el 2007. Aparentemente, Riedel demandó para que se retiraran alegados reclamos especiosos sobre las copas de “cristal respirable” y sus efectos mejorantes sobre el vino. Y la corte adjudicó a favor del demandante. Eisch ahora tendrá que vender sus copas bajo otra premisa. Del artículo de Decanter.com sobre el fallo de la corte alemana, una cita muy interesante del portavoz de Eisch, que traduzco para beneficio de los no angloleyentes:

Para retirar esta molestia de nuestro camino en el negocio, hemos acordado cambiar la terminología que utilizamos para describir los beneficios que proveen miestras copas, cuyo nombre hemos cambiado a “Sensis-plus”. En el ambiente técnico y legal de las cortes de ley alemanas no podemos demostrar como un hecho técnicamente confirmado que estas copas, en efecto, respiran.”

¿Soy yo solo, o esta última sentencia suena como una retorcidamente irónica apropiación de ciertas célebres palabras de Galileo? Nada más faltaría que, tras susurrar “Y sin embargo, respiran”, este portavoz dijera: “Además, es lo que pide el mercado, coño…” Luego, en cue la canción tema de Aquí no hay quien viva y nos vamos a una pausa comercial. Pensé en escribir alguito sobre monos babuinos y crítica de vinos a continuación, pero no, que después dicen que soy demasiado cruel.

Por cierto, aquello que contaba de que iba a ir a la tienda donde compré la copa de Eisch no resultó. Se me perdió el recibo y al final la copa se vino conmigo a Santo Domingo, donde aún no ha mejorado la primera porción de vino, jugo de frutas o agua mineral… La foto que aparece arriba es de hoy mismo.

Les dejo ahora con el más nuevo video de Babybird, Ex-Maniac, un álbum potentísimo, dramático, pero a la vez repleto de humor del tonito de negro que a mí más me gusta. El clip es de “Unloveable” y lo dirigió nada más y nada menos que Johnny Depp. Y, ya que hemos estado hablando de desasociaciones entre la realidad y la ilusión, entre lo que se piensa o dice y luego lo que pasa, me parece muy, pero que muy requetemuy à propos.